Traducción de Sebastián Godoy y Diego Roldán

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de las noticias, tiendo a ubicar lo que está sucediendo en el marco de dos modelos distintos, pero interconectados, del funcionamiento del capitalismo. El primer nivel consiste en un mapeo de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos de valor monetario en busca de ganancias a través de los diferentes “momentos” (como los llama Marx) de producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este es un modelo de la economía capitalista entendida como una espiral en expansión y crecimiento interminables que se complejiza bastante en la medida que se lo integra con una perspectiva que contemple las rivalidades geopolíticas, los desarrollos geográficos desiguales, las instituciones financieras, las políticas estatales, las reconfiguraciones tecnológicas y la red siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales. Sin embargo, considero que este modelo se inscribe en un contexto más amplio de reproducción social (en los hogares y las comunidades), en una relación metabólica permanente y en constante evolución con la naturaleza (incluida la “segunda naturaleza” de la urbanización y el medio ambiente construido) y todo tipo de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes que las poblaciones humanas suelen crear a través del espacio y el tiempo. Estos últimos “momentos” incorporan la expresión activa de los deseos, necesidades y anhelos humanos, el ansia de conocimiento y sentido y la búsqueda progresiva de la satisfacción en un contexto de acuerdos institucionales cambiantes, disputas políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones; todo ello llevado adelante en un mundo de marcada diversidad geográfica, cultural, social y política. Este segundo modelo constituye, por así decirlo, mi esfuerzo de comprensión del capitalismo global como una formación social distintiva, mientras que el primero trata de las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertas vías de su evolución histórica y geográfica.

Cuando el 26 de enero de 2020, leí por primera vez acerca de un Coronavirus que estaba ganando terreno en China, inmediatamente pensé en las repercusiones para la dinámica global de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos y las alteraciones en la continuidad del flujo de capital provocarían devaluaciones que, de generalizarse y profundizarse, marcarían el comienzo de las crisis. También sabía muy bien que China es la segunda economía más grande del mundo y que había rescatado efectivamente al capitalismo mundial de las consecuencias del 2007-2008, por lo que cualquier golpe a la economía de China estaba destinado a tener graves consecuencias en una economía mundial que, en cualquier caso, ya se encontraba en una situación lamentable. Me parecía que el modelo existente de acumulación de capital ya se encontraba en graves problemas. Se estaban produciendo movimientos de protesta en casi todas partes (desde Santiago hasta Beirut), muchos de los cuales se centraban en el hecho de que el modelo económico dominante no funcionaba bien para la mayoría de la población. Este modelo neoliberal se basa cada vez más en el capital ficticio y en una gran expansión de la oferta monetaria y la creación de deuda. Ya está enfrentando el problema de la insuficiente demanda efectiva para realizar los valores que el capital es capaz de producir. Entonces, ¿cómo podría el modelo económico dominante, con su legitimidad decadente y su delicada salud, absorber y sobrevivir los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia? La respuesta dependía en gran medida del tiempo que durara y se extendiera la perturbación, ya que, como señaló Marx, la devaluación no se produce porque los productos básicos no se puedan vender, sino porque no se pueden vender a tiempo.

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Durante mucho tiempo rechacé la idea de la “naturaleza” como algo ajeno y separado de la cultura, la economía y la vida cotidiana. Adopto una visión más dialéctica y relacional del vínculo metabólico con la naturaleza. El capital modifica las condiciones ambientales de su propia reproducción, pero lo hace en un contexto de consecuencias imprevistas (como el cambio climático) y en el contexto de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están reconfigurando perpetuamente las condiciones ambientales. Desde este punto de vista, no existe tal cosa como un verdadero desastre natural. Estamos seguros de que los virus mutan todo el tiempo, pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de las acciones humanas. Hay dos aspectos relevantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones vigorosas. Por ejemplo, es plausible esperar que la rápida transformación del hábitat y los sistemas de suministro de alimentos intensivos o caprichosos en los subtrópicos húmedos puedan contribuir a ello. Esos sistemas existen en muchos lugares, entre ellos China al sur del Yangtze y Asia sudoriental. En segundo lugar, las condiciones que favorecen la transmisión rápida a través de los cuerpos huéspedes varían enormemente. Las poblaciones humanas de alta densidad parecerían ser un blanco fácil. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, sólo florecen en los grandes centros de población urbana pero mueren rápidamente en las regiones poco pobladas. La forma en que los seres humanos interactúan entre sí, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afectan la forma en que transmiten las enfermedades. En los últimos tiempos el SARS, la gripe aviar y la gripe porcina parecen haber salido de China o del sudeste de Asia. China también ha sufrido mucho de la peste porcina en el último año, lo que ha implicado el sacrificio masivo de cerdos y la escalada de los precios de ese tipo de carne. No afirmo todo esto para acusar a China. Hay muchos otros lugares con altos riesgos ambientales de mutación y difusión viral. La Gripe Española de 1918 puede haber salido de Kansas y África puede haber incubado el VIH/SIDA y ciertamente inició el Ébola en el Nilo Occidental, mientras que el dengue parece florecer en América Latina. Pero los impactos económicos y demográficos de la propagación del virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes en el modelo económico hegemónico.

No me sorprendió demasiado que covid-19 se encontrara inicialmente en Wuhan (aunque se desconoce si se originó allí). Claramente los efectos locales serían sustanciales y dado que este era un centro de producción importante, probablemente habría repercusiones económicas globales (aunque no tenía idea de cuál sería su magnitud). La gran pregunta era cómo podría ocurrir el contagio y la difusión y cuánto tiempo duraría (hasta que se pudiera encontrar una vacuna). La experiencia previa había demostrado que uno de los inconvenientes de la creciente globalización es lo imposible que es detener una rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente conectado donde casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de difusión potencial son vastas y abiertas. El peligro (económico y demográfico) es que la interrupción dure un año o más.

Si bien hubo un descenso inmediato en los mercados de valores mundiales cuando aparecieron las primeras noticias, fue sorprendentemente seguido por un mes o más en el que los mercados alcanzaron nuevas alzas. Las noticias parecían indicar que los negocios eran normales en todas partes, excepto en China. La creencia parecía ser que íbamos a experimentar una repetición del SARS, que terminó contenido bastante rápido y tuvo bajo impacto mundial, a pesar de que tuvo una alta tasa de mortalidad y creó un pánico innecesario (en retrospectiva) en los mercados financieros. Cuando apareció covid-19, una reacción dominante fue describirlo como una repetición del SARS dejando al pánico en el terreno de la redundancia. El hecho de que la epidemia hiciera estragos en China, país que se movió rápida e implacablemente para contener sus impactos, también llevó al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que ocurría “allá” y, por lo tanto, “Ojos que no ven, corazón que no siente” (acompañado de algunos signos preocupantes de xenofobia contra los chinos en ciertas partes del mundo). El freno que el virus puso en la exitosa historia del crecimiento de China, fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la Administración Trump. Sin embargo, comenzaron a circular noticias de interrupciones en las cadenas de producción mundiales que pasaban por Wuhan. Estas fueron ignoradas en gran medida o tratadas como problemas para determinadas líneas de productos o corporaciones (como Apple). Las devaluaciones eran locales, específicas y no sistémicas. También se minimizaron los signos de la caída de la demanda de los consumidores, incluso aquellas corporaciones –como McDonalds y Starbucks, que tenían grandes operaciones dentro del mercado interno chino– tuvieron que cerrar sus puertas allí por un tiempo. La coincidencia del Año Nuevo Chino con el brote del virus enmascaró los impactos durante el mes de enero. La autocomplacencia de esta respuesta estuvo muy fuera de lugar.

40 años de neoliberalismo

Las primeras noticias de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas, con un grave brote en Corea del Sur y algunos otros puntos calientes como Irán. El brote italiano provocó la primera reacción violenta. A mediados de febrero, la caída del mercado de valores osciló un poco, pero a mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo. La escalada exponencial de las infecciones provocó una serie de respuestas que oscilaron entre la incoherencia y el pánico. El Presidente Trump realizó una imitación del Rey Canuto[1] de cara a una posible ola creciente de enfermedades y muertes. Algunas de las respuestas han sido extrañas. Hacer que la Reserva Federal baje las tasas de interés ante un virus parecía raro, incluso cuando se reconocía que la medida tenía por objeto aliviar los impactos del mercado en lugar de frenar el progreso del virus. Las autoridades públicas y los sistemas de atención de la salud fueron sorprendidos casi en todas partes por la escasez de mano de obra. Cuarenta años de neoliberalismo en toda América del Norte y del Sur y en Europa habían dejado al público totalmente expuesto y mal preparado para hacer frente a una crisis de salud pública de este tipo, aunque los anteriores sustos del SARS y el Ébola proporcionaron abundantes advertencias, así como lecciones convincentes sobre lo que habría que hacer. En muchas partes del mundo supuestamente “civilizado”, los gobiernos locales y las autoridades regionales/estatales, que invariablemente constituyen la primera línea de defensa en las emergencias de salud pública y seguridad de este tipo, se habían visto privados de fondos gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y a subsidiar a las empresas y a los ricos. La corporación Big Pharma tiene poco o ningún interés en la investigación poco rentable de enfermedades infecciosas (como toda la clase de coronavirus que se conocen desde los años 1960). Big Pharma rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir en la preparación para una crisis de salud pública. Le encanta diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no contribuye a la cotización de las acciones. El modelo de negocios aplicado a la prestación de servicios de salud pública eliminó el exceso de capacidad requerida para afrontar una emergencia. La prevención no era ni siquiera un área de trabajo lo suficientemente atractiva como para justificar los convenios público-privados. El presidente Trump recortó el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades (CDC) y disolvió el grupo de trabajo sobre pandemias del Consejo de Seguridad Nacional con el mismo espíritu con el que había recortado toda la financiación de la investigación, incluida la relativa al cambio climático. Si quisiera ser antropomórfico y metafórico sobre esto, concluiría que covid-19 es la venganza de la Naturaleza por más de cuarenta años de su maltrato burdo y abusivo a manos de un extractivismo neoliberal violento y desregulado.

Tal vez sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, hayan superado hasta ahora la pandemia de mejor manera que Italia, aunque Irán hace tambalear este argumento como principio universal. Pese a las muchas pruebas de que China manejó el SARS bastante mal con mucho disimulo y negación inicial, esta vez el Presidente Xi se apresuró a ordenar la transparencia tanto en la presentación de informes como en las pruebas, al igual que Corea del Sur. Aun así, en China se perdió un tiempo valioso (sólo unos pocos días marcan la diferencia). Lo que fue notable en China, sin embargo, fue el confinamiento de la epidemia a la provincia de Hubei con Wuhan en su centro. La epidemia no se trasladó a Beijing ni al oeste o incluso más al Sur. Las medidas tomadas para confinar geográficamente al virus fueron draconianas. Sería casi imposible replicarlas en otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. Los informes que llegan de China sugieren que los tratamientos y las políticas fueron todo menos cuidadosos. Además, China y Singapur desplegaron sus poderes de vigilancia personal a niveles que eran invasivos y autoritarios. Pero en conjunto parecen haber sido extremadamente eficaces, aunque si las medidas se hubieran puesto en marcha sólo unos días antes, los modelos sugieren que se podrían haber evitado muchas muertes. Esta es una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión que una vez superado, la masividad del crecimiento se descontrola totalmente (obsérvese aquí, una vez más, la importancia de la masa en relación con la tasa). El hecho de que Trump haya perdido el tiempo durante tantas semanas puede resultar costoso en vidas humanas.

Espiral fuera de control

Los efectos económicos están ahora en una espiral fuera de control tanto dentro como fuera de China. Las perturbaciones que se produjeron en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron ser más sistémicas y sustanciales de lo que se pensaba originalmente. El efecto a largo plazo puede consistir en el acortamiento o la diversificación de las cadenas de suministro y, al mismo tiempo, avanzar hacia formas de producción que requieran menos mano de obra (con enormes repercusiones en el empleo) y una mayor dependencia de los sistemas de producción basados en la inteligencia artificial. La interrupción de las cadenas de producción conlleva el despido o la cesantía de trabajadores, lo que disminuye la demanda final, mientras que la demanda de materias primas disminuye el consumo productivo. Estos impactos en el lado de la demanda habrían producido por sí mismos al menos una leve recesión.

Pero las mayores vulnerabilidades ya existían en otros lugares. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007-2008 se han estrellado con consecuencias devastadoras. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca posible a cero. La avalancha de inversiones en estas formas de consumismo tuvo una absoluta relación con la máxima absorción de volúmenes de capital exponencialmente crecientes en formas de consumismo que tenían un tiempo de rotación lo más breve posible. El turismo internacional era emblemático. Las visitas internacionales aumentaron de 800 millones a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería inversiones masivas de infraestructura en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y eventos culturales, etc. Este campo de acumulación de capital se encuentra muerto, las aerolíneas están cerca de la quiebra, los hoteles están vacíos y el desempleo masivo en las industrias del hospedaje es inminente. Comer fuera de casa no es una buena idea y los restaurantes y bares han cerrado en muchos lugares. Incluso la comida para llevar parece riesgosa. El vasto ejército de trabajadores en la economía de los eventos o en otras formas de trabajo precario está siendo despedido sin ningún medio visible de apoyo. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y básquet, conciertos, convenciones empresariales y profesionales e incluso reuniones políticas en torno a las elecciones se cancelaron. Estas formas de consumismo experiencial de los eventos han sido clausuradas. Los ingresos de los gobiernos locales se han reducido. Las universidades y escuelas están cerrando.

Gran parte del modelo de vanguardia del consumismo capitalista contemporáneo resulta inoperante en las condiciones actuales. El impulso hacia lo que André Gorz describe como “consumismo compensatorio” (en el que los trabajadores alienados deberían recuperan su espíritu a través de un paquete de vacaciones en una playa tropical) fue aplastado.

Pero las economías capitalistas contemporáneas están impulsadas en un 70% o incluso en un 80% por el consumismo. La confianza y el sentimiento del consumidor se han convertido en los últimos cuarenta años en las claves de la movilización de la demanda efectiva y el capital se orientó fuertemente hacia ella. Esta fuente de energía económica no ha estado sujeta a fluctuaciones salvajes (con algunas excepciones, como la erupción volcánica de Islandia que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas). Pero, lejos de una fluctuación desenfrenada, el covid-19 está sosteniendo un poderosísimo golpe en el corazón de la forma de consumismo que domina en los países más prósperos. La espiral de la acumulación de capital sin fin está colapsando de un extremo del mundo al otro. Lo único que puede salvarla es un consumismo masivo gubernamentalmente alentado y financiado, conjurado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía en los EEUU, por ejemplo, sin llamar a eso socialismo.

Mito conveniente

Existe el conveniente mito de que las enfermedades infecciosas no reconocen las barreras, límites de clase o de otro tipo. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, la trascendencia de las barreras de clase fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de un movimiento de sanidad pública y de salud (que se profesionalizó) que ha perdurado hasta hoy. No siempre quedó claro si este movimiento estaba destinado a proteger a todos o sólo a las clases altas. Pero hoy en día la diferencia de clase y los efectos e impactos sociales cuentan una historia diferente. Los impactos económicos y sociales se filtran a través de las discriminaciones “consuetudinarias” que están en todas partes en evidencia. Para empezar, la fuerza de trabajo que se espera que se ocupe del creciente número de enfermos es altamente sexista, racializada y étnica en la mayor parte del mundo. Es un reflejo de la fuerza de trabajo basada en la clase que se halla, por ejemplo, en los aeropuertos y en otros sectores de la logística. Esta “nueva clase trabajadora” está en la vanguardia y soporta el peso de ser la fuerza de trabajo que corre con el más alto riesgo de contraer el virus a través de sus empleos o de ser despedida sin recursos debido a la reducción económica impuesta por el virus. Por ejemplo, existe una diferencia respecto de quién puede trabajar en casa y quién no. Esto agudiza la división social, así como la cuestión de quién puede permitirse el lujo de aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin remuneración) en caso de contacto o infección. Exactamente de la misma manera que aprendí a llamar a los terremotos de Nicaragua (1973) y México D.F. (1995) “terremotos de clase”, así el progreso de covid-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que “todos estamos juntos en esto”, las prácticas –en particular por parte de los gobiernos nacionales– sugieren motivaciones más siniestras. La clase obrera contemporánea de los Estados Unidos (compuesta predominantemente por afroamericanos, latinos y mujeres asalariadas) se enfrenta a la fea elección de la contaminación en nombre del cuidado y el mantenimiento de las características clave de la prestación (como las tiendas de comestibles) abiertas o el desempleo sin beneficios (como una atención sanitaria adecuada). El personal asalariado (como yo) trabaja desde su casa y cobra su salario como antes, mientras los directores generales vuelan en aviones y helicópteros privados.

Las fuerzas de trabajo en la mayor parte del mundo han sido socializadas durante mucho tiempo para que se comporten como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal, pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema). Sin embargo, aún los buenos sujetos neoliberales pueden ver que hay algo malo en la forma en que se está respondiendo a esta pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto tiempo durará esto? Podría ser más de un año y cuanto más tiempo pase más devaluación, incluyendo la de la mano de obra. El desempleo se elevará casi seguro a niveles comparables a los de los años 1930 en ausencia de intervenciones estatales masivas que tendrán que ir en contra de la matriz neoliberal. Las ramificaciones inmediatas para la economía así como para la vida social diaria son múltiples. Pero no todas son malas. En la medida en que el consumismo contemporáneo se estaba volviendo excesivo, rayaba en lo que Marx describió como “sobreconsumo y consumo loco que significa, al mismo tiempo, lo monstruoso y lo extraño, y la caída” de todo el sistema. La imprudencia de este consumo excesivo ha desempeñado un papel importante en la degradación del medio ambiente. La cancelación de los vuelos de las aerolíneas y la reducción radical del transporte y el movimiento han tenido consecuencias positivas con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero. La calidad del aire en Wuhan ha mejorado mucho, al igual que en muchas ciudades de los Estados Unidos. Los sitios eco-turísticos tendrán un tiempo para recuperarse del pisoteo constante. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene el gusto por el sobreconsumo imprudente y sin sentido, podría haber algunos beneficios a largo plazo. Menos muertes en el Monte Everest podrían ser algo bueno. Y aunque nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus podría terminar afectando a las pirámides de edad con efectos a largo plazo en las cargas de la seguridad social y el futuro de la “industria del cuidado”. La vida diaria se ralentizará y para algunas personas eso será una bendición. Las reglas sugeridas de distanciamiento social podrían, si la emergencia se prolonga lo suficiente, conducir a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con seguridad se beneficiará es lo que llamo la economía “Netflix”, que de todas maneras, sólo satisface a los “maratoneros de series”.

En el frente económico, las respuestas han estado condicionadas por la forma en que se ha producido el éxodo desde el crack de 2007-2008. Ello supuso una política monetaria ultra laxa, junto con el rescate de los bancos, complementada por un aumento espectacular del consumo productivo mediante una expansión masiva de la inversión en infraestructuras en China. Esto último no puede repetirse a la escala requerida. Los planes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también supusieron la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y el colapso de la demanda del mercado, las tres grandes empresas automovilísticas de Detroit estén cerrando al menos temporalmente. Si China no puede repetir su papel de 2007-2008, entonces la carga de la salida de la actual crisis económica se trasladará a los Estados Unidos y he aquí la ironía definitiva: las únicas políticas que funcionarán, tanto económica como políticamente, son mucho más socialistas que cualquier cosa que pueda proponer Bernie Sanders y estos programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara de “Making America Great Again” [N.deT.: “Haciendo a Estados Unidos grande otra vez”, lema de campaña de Trump]. Todos los republicanos que se opusieron tan visceralmente al rescate de 2008 tendrán que tragarse sus palabras o desafiar a Donald Trump. Este último, si es sensato, cancelará las elecciones con carácter de emergencia y declarará el origen de una presidencia imperial para salvar al capital y al mundo de los disturbios y la revolución.

[1] El relato apócrifo del siglo XII, Canuto y las olas, encierra la máxima de que un rey humano no tiene control sobre las fuerzas naturales.

• Este texto fue traducido del podcast de David Harvey en su blog, que puede escucharse en: DavidHarvey.org.

• Nota bene: Se agregaron hipervínculos, algunos sugeridos por los traductores, que amplían la lectura y los conceptos de Harvey.

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de David Harvey

Harvey (1935, Gillingham, Kent, Inglaterra) es Profesor Distinguido de Antropología y Geografía en el Centro de Graduados de la City University of New York (CUNY), director de Investigaciones en el Center for Place, Culture and Politics, y autor de numerosos libros, entre ellos la Breve historia del neoliberalismo, por la que es conocido en todo el mundo. Enseñó El Capital de Karl Marx’s […]

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