Hace semanas no puedo parar de pensar en derrumbes. El edificio lindante a donde vivo entró hace meses en demolición, la pared de mi pieza da al rincón directo donde arrojan los escombros, siento el temblor. Muchas veces fui a la terraza a sacar pedazos de cementos caídos entre las plantas. Pensé que así, acostado en mi pieza, podría ser el fin de mi existencia, el desmoronamiento de las paredes de mi casa.

Recuerdo un corto que una vez vi sobre la Amia, eran todas escenas en cámara lenta de objetos materiales (platos, billetes, una máquina de café llenando una taza, una torta de cumpleaños, flores, libros, un tendal con sábanas) explotando entre escombros.

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La ilustradora escribe del placer por los excesos, las bandejitas de plástico, los colores y sabores de ese gran patio de culturas

Salgo a caminar a través de unas estructuras antiguas en la costa del río con mi amiga Vero y me cuenta cómo su tía de 70 años sobrevivió en el hueco que quedó entre dos paredes desplomadas del edificio en Salta al 2141. Dos días antes me había llegado un mensaje cadena de whatsapp donde pedían videos de apoyo para los querellantes en el juicio por lo sucedido el 6 de agosto del 2013; no daban muchos más datos, tuve que googlear con esa fecha para asegurarme de lo que había pasado.

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Mi novio me muestra el video del río comiéndose un pedazo del Parque de España. Fantaseo con un Paraná devorándose a todo el Español como acto de justicia poética. Cuántos barcos lo atravesaron, cuánto le extrajeron, cuánto le hicieron, hasta está quedando seco, y sin embargo, aun estrangulado, él sigue comiendo. Luego vienen los especialistas, la gente los comparte en Facebook, discuten entre ellos, cuestionan y analizan cuánto más de la ciudad el Paraná va a devorar. Marcan en un mapa con azul la zona de galpones donde voy todas las noches: “posibilidad de hundimiento por socavación”. Hace un tiempo a un sector lo habían inhabilitado, una noche una mujer policía me fue a decir que me retirase de ahí, que era por mi vida; tuve ganas de contestarle que no se preocupara, que estaba todo bien.

Cuando era chico tenía fascinación por los fenómenos que llaman “desastres” naturales. Mis favoritos geológicos eran los sumideros y deslizamientos. Una tía abuela en Tucumán aún conserva un dibujo con pinturas que hice de ellos.

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Mi amiga Vero me invitó a bajar al muelle abandonado. Le conté que allí en una época hacía citas. En ese entonces Puerto Norte estaba más desalineado, y descender a ese muelle era como bajar por una madriguera entre pastizales. Hacía citas con amigues, une por vez, y antes de bajar les advertía como condición que debían hacerse amigues de víboras y ratas. Con Juampi llevamos dos tortitas de La Nuria, a él se le cayó un durazno y dos ratas se acercaron. Tomi llevó una flauta de bambú y creamos una psiball, la más luminosa que vi en mi vida. Fabri me habló de vampiros energéticos.

Vero me invitó a ese mismo muelle, yo conocía la bajada, no está señalizada, de hecho es clandestina. Frente a las oficinas de la torre Nordlink: el descenso. Sinuoso, no fácil de sortear. Una mujer delante nuestro bajaba con muletas, no quise comentárselo a Vero para no quedar capacitista. El muelle por partes es angosto y no tiene barandas, como la terraza de Vero, ese abismo donde cuelga la ropa. En una de las puntas, dos pescadores, padre e hijo, me gustaron. Vero se rio. Dijo que la oxidación del pilote mayor parece hojaldre. Una estructura de principios del siglo XX, aún intacta. Cuando nos sentamos en un muro con los pies al aire sobre el río, le recordé una frase del poema “La Caída” de Beatriz Vignoli «se sobrevive: el fondo del abismo es más blando para quien no vuela, sólo cae». Dos peces saltaron sobre el agua.

No me animaba a bajar sola pero miraba desde arriba y me tentaba. En uno de nuestros paseos por el río Nacho me dijo que me acompañaba, que él conocía el camino para bajar. Fue así que nos encontramos una tarde de sol de julio; dejó la bici en casa y bordeando el Paraná bajamos, delante nuestro iban dos mujeres y un niño y ahí ya sentí más confianza y abandoné mis miedos. La bajada era difícil, un camino improvisado por el paso de los pescadores nos llevó al devenido muelle.

Maravillados por la cercanía del agua y su música, saludábamos cada tanto a los pescadores que nos cruzábamos observando atentos nuestros pasos para no caer al agua en esa pasarela sin baranda. Íbamos en fila india porque los dos no entrábamos en el ancho del muelle, nos mareamos un poco al levantar nuestras cabezas y mirar la inmensidad del cielo y el cambio de posición de las nubes.

Decidíamos sobre la marcha cuan arriesgada sería nuestra aventura fluvial. Nuestro picnic consistía en un bolso con cuatro naranjas traídas desde el campo por mi mamá y dos botellas de agua. Le pedí a Nacho que llevara su celular para sacar unas fotos y él asintió. Desde el muelle se veía la corrosión de la barranca natural y la intervención, en cemento, del hombre. En las grietas de éste nacía el palán palán.

También vimos las piedras apiladas por el hombre para contener las crecidas y sostener la verticalidad arenosa de la barranca. No pudimos calcular los metros, no somos  buenos en matemáticas. Arriba se asomaban las modernas torres. Dos gatos negrísimos comían unos restos de pescado entre los vestigios de asados compartidos.

Pasaron cantidad de enormes barcos, kayaks, botes de pescadores. “Ningún río nació para ser navegable”, era una frase que me venía acompañando, hacía unos días, cuando hablaban de Paraná como una hidrovía.

Nos sorprendían el salto de los peces y un biguá que se sumergía y volvía a aparecer cuando ya no lo esperábamos.

Vimos a un niño pescar un amarillito bastante grande, le pesaba, lo felicitamos y él nos dijo que se llamaba gordito. Tenía una cara que era pura alegría, de las que hacía mucho tiempo no veía en un niño, de las que la virtualidad nos privó.

Al comenzar a bajar el sol nos encontramos con dos señores que llevaban esas bolsas blancas que se usan en el campo, llenas de pescados, habían dejado sus bicicletas abajo en la orilla y debieron subir toda la barranca primero con sus bolsas y luego con las bicis. Al otro día me dolían las piernas y recordé el esfuerzo de esos hombres.

Pero lo más lindo de ese día fue ver enfrente ese horizonte verde natural, esa playa salvaje a la altura de nuestros ojos. Deseando estar allá, del otro lado, Nacho me dice que si estuviéramos allá nuestra vista sería la ciudad, sus torres y hasta escucharíamos su ruido.

Nos sentamos en unas rocas al sol, ablandamos y comimos las naranjas, conversamos sobre el poder del río, la bajante histórica, la caída del muelle del Parque España pero también de la belleza de la flor de la campanilla violeta, el alucinante secreto de la ipomea, la paciencia de los pescadores. Interrumpimos y retomamos viejos temas, miramos unos mejillones pegados a las rocas, nos preguntamos si las gaviotas que aquí vuelan son las mismas especies que las del mar.

 

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre los autores:

Acerca de Nacho Estepario

Nacho Estepario nació en 1990 en la punta noreste de la provincia de Santa Fe al límite con Chaco. Hace varios años vive en Rosario. Es poeta, escritor y artivista. Escribió en los libros “Rosario, una Ciudad Anfibia. Crónicas Contemporáneas” (Mansalva, 2019) y “Bitácoras de la intimidad” (2020). También contratapas en el diario Página 12 (Rosario […]

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Acerca de Verónica Laurino

Nació en Rosario en 1967. Trabaja de bibliotecaria y todos los días va y viene caminando a su trabajo. Le gustan las plantas y los animales. Tiene un gato. Publicó los libros de poesía 25 malestares y algunos placeres (Ciudad Gótica, 2006), Ruta 11 (Vox, 2007) y las novelas Breves fragmentos (2007, primer premio del Concejo Municipal de Rosario) y Jardines del Infierno (Erizo, 2013). Su libro […]

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