“Una pornografía del dolor”. Así define Roky Bigiolli, rosarino nacido en 1977, maestro de escuela y músico de rock, su poemario El tropezón editado por Fracaso Social Ediciones. Será por lo crudo o lo sincero de sus páginas. De entrada la edición se insinúa extraña, atemporal. El título recuerda al habla tanguera, parece el nombre de algún tango instrumental del ’50. En la portada, un dibujo alucinado de un Leopoldo Lugones rodeado por demonios que lo asedian, realizado por el ilustrador Gustavo Mateo, irrumpe sobre un fondo negro salpicado de blanco; un negro que no es pleno, como si se tratara de una fotocopia mal hecha, una emulación de los fanzines de los ochenta y noventa que circulaban en los ambientes punk. Fracaso Social Ediciones, el sello creado por el autor exclusivamente para la ocasión, parece ir en el mismo sentido. Asumirse perdedor y desde ahí hablar, gritar. Mostrar las heridas y los sueños de venganza.

Pero ya en los primeros textos el nihilismo del “No Future” queda desechó; y el rumbo que podía suponerse no es tal. En lo que funciona como una especie de prólogo, Bigiolli se sincera: “Siempre desprecié la poesía y acá me encuentro frente a mi primer libro: un poemario. Es un encuentro amable con mi propio desprecio”. En “Lo que queda”, donde relata la decadencia social e individual que devino del triunfo del macrismo, una propuesta vital, salvadora, se muestra sin vueltas: “…¿Es en silencio el camino del bajón, el cortejo fúnebre que va por dentro? / No. Está la música.”

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Antes había advertido: “… Las miserias emergieron. Las propias y las ajenas. Las propias son las que más torturan. Las ajenas envenenan…”. Se nombra una salida al reinado de días hostiles, largos, en los que  “El berretín de la cocaína llevó las riendas” y “El caballo fue el fracaso del amor”.

El tropezón reúne 22 textos cortos. Veinte en verso y dos en prosa. Hay incluso versos rimados y hasta reminiscencias de la gauchesca, en un conjunto donde la forma libre y el estilo directo, contemporáneo, se impone. Los distintos estilos trazan finalmente un recorrido, un camino de ida, un derrumbe del cual, como decía Scott Fitzgerlad, nadie se repone: solo es posible convertirte en otro;  alguien para quien las viejas heridas, aunque sigan ahí, ya no tienen importancia porque no le pertenecen.

La edición literaria estuvo a cargo de Lucía Rodríguez, Marco Mizzi y Anabel Martin, escritores de la ciudad que, junto al autor, pulieron los textos en los distintos momentos que hicieron a la composición y armado del libro. En las páginas finales hay un collage a color de la artista de Juliana Gentile. Un hombre y una mujer alados brindan con una copa de extraño contenido sobre un paisaje de ruta y cerros.

Bigiolli recuerda a los amigos que no están. Reivindica a Nora Giavedoni, una histórica militante por los derechos de los presos. Entiende a ese hombre áspero y difícil que fue su abuelo. Honra  a sus muertos:

“…Soy tu testimonio.

Te ibas yendo y vomitabas mierda.

¡que dolor del carajo!

 

ahí me di cuenta:

 

cuando la mierda te sale por la boca

es el momento

en el que se desgarra

lo que llaman alma

y solo la muerte te salva

soy tu testimonio”.

 

Entre los textos humorísticos hay uno que reivindica al escritor Leopoldo Lugones y otro al periodista José de Zer, a quien Bigiolli le antepone el don antes de su nombre. Los poemas a su hija crean una posta, reconocen algo firme en un territorio donde la tierra tiembla y el cielo está ausente. Si en “Fuga” le canta al sol de la cuarentena, al que va a buscar en caminatas solitarias en pleno aislamiento, y le dice que no se vaya, que le cambia cáncer por cáncer, en “Canción de cuna para una niña dormida” afirma: “…había una vez / el sol” .

El Tropezón está dedicado al amor perdido. Y aunque no son muchos, hay poemas que lo nombran, que lo traen al presente como buscando cerrar las heridas. “Cadáveres de Paraguas” es la evocación de una caminata romántica bajo la lluvia, de un recorrido por la ciudad que se vive como un estado de gracia imposible de prolongar. El momento feliz de una historia que termina en resignación ante un adiós forzoso, como puede leerse en “La negra más linda del mundo”: “¿Sabés lo que es para mí / que la negra má linda del mundo / me retire el saludo? / Ruido blanco”.

Nadie que anda por ahí diciendo que desprecia la poesía dice la verdad. Quien verdaderamente la desprecia la ignora, la ridiculiza, ejecuta la atroz brutalidad del ninguneo o la indiferencia. El desprecio que Bigiolli dice haber superado, no es más que una de las tantas maneras de interpelación y encuentro que los artistas, los diletantes y, en general, cualquier persona que ande por este mundo y que tenga corazón, puede tener con la literatura. Algunos poetas malditos de la Europa clásica y algunos punks no tan lejanos (por citar algunos ejemplos) construyeron textos potentes, bellos y legendarios afirmando el fin del arte y hasta maldiciendo la propia obra. Lo bueno, en este caso, es que el primer libro de Bigiolli anda a los tumbos por la ciudad, gritando, escupiendo, tropezando, rondando al fin.

 

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Sobre el autor:

Acerca de Santiago Beretta

Nació en Rosario en 1989. Es periodista y escritor. Desde 2010 dirige y edita la revista Apología, con veintidós números editados y cuya propuesta es contar la vida cotidiana de Rosario a partir de crónicas, aguafuertes, relatos y entrevistas. Participó con notas de actualidad, crónicas, relatos y entrevistas en La Capital, El Ciudadano, Rosario Express, De […]

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