¿Cómo escribir sobre el dolor? ¿Cómo hacer del duelo de un compañero o pareja de vida, el objeto de la escritura? ¿Cómo atravesar el desconsuelo? En realidad la pregunta parecería ser: ¿Hay manera de atravesar el desconsuelo? Y ¿Hay una forma de narrarlo?

Todo nos sale bien es el último libro publicado de Julia Coria, editado por Odelia. Se trata de un libro conmovedor y amoroso, que cuenta con cierta lucidez cómo se enfrenta el dolor. En esta novela autobiográfica la autora relata la transición de la enfermedad de su marido hasta su muerte. Leerlo nos permite hacer un puente con los libros El año del pensamiento mágico y Noches azules de la escritora norteamericana Joan Didion. Estos libros se asemejan en la manera en la que estas mujeres exponen las memorias ante la muerte, pero sobre todo, son libros sobre el amor y el dolor.

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“El desconsuelo, cuando llega, no tiene nada que ver con lo que esperamos. No fue eso lo que sentí cuando mis padres murieron”, cuenta Didion. Su padre murió pocos días antes de cumplir 85 años y su madre un mes antes de los 91. En ambos casos, después de años de progresivo deterioro. “Sentí tristeza, soledad (la soledad del niño abandonado sea cual sea su edad), nostalgia por el tiempo pasado, por las cosas no dichas, por mi incapacidad para compartir o darme cuenta, del dolor, la impotencia y la humillación física que soportaron. Comprendí lo inevitable de cada una de estas muertes. Las había esperado, temido, anticipado y me habían sobrecogido toda mi vida. Cuando finalmente ocurrieron, permanecieron alejadas, a cierta distancia del curso de mi vida cotidiana. Si aquellas eran mis imágenes de la muerte, ¿por qué seguía siendo incapaz de aceptar que él había muerto? ¿Sería porque no lograba asimilar que le había sucedido a él? ¿Sería tal vez porque aún lo veía como algo que me había sucedido a mí? La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante”, escribe Didion en El año del pensamiento mágico luego de la muerte de su esposo, el escritor John Gregory Dunne.

Julia Coria nació en 1976 y se crió en Adrogué. Es socióloga y trabajó de investigar y escribir sobre distintos temas, pero en especial sobre enseñanza escolar del pasado reciente, hasta que en 2016 se retiró de todo. Ya de vuelta al ruedo, solo escribe. Es autora de la novela Permiso para quererte (Sudamericana, 2003), de varios cuentos publicados en antologías como Una terraza propia (Norma, 2006), Uno a uno (Sudamericana, 2008) y Letras y música (Clásica y Moderna, 2012), entre muchas otras.

A Joan Didion la descubrió a través de su marido, Fabián. Fabi, como lo llama ella, era muy lector y comprador compulsivo de libros. Antes de enterarse de su enfermedad, le había recomendado la lectura de Didion. Libros que Fabi, había comprado a buen precio en un una librería llamada El Banquete. Pero al tener el diagnóstico, Fabi le comentó que mejor no, que no eran los libros ideales para ese momento. Julia los leyó igual, porque quería leer las memorias de quien, sabía, había atravesado un duelo como el que a ella le tocaría enfrentar posiblemente en pocos meses. De Didion me encanta el tema de la hiper racionalidad, la mujer práctica y la mujer fuerte, pero combinado con el pensamiento mágico, que es el ordenador íntimo. Es la lectura de una mujer inteligente y lúcida”, cuenta.

A ella se le presentó una historia, en este caso, la suya. Se le apareció como tema la inminente muerte de su marido. “Desde el día cero que nos dijeron que no se iba a curar, tuve la necesidad de escribir la experiencia de convivir con la conciencia de la muerte”, dice.

—En ese sentido el libro pareciera un diario, una especie de testimonio. Por momentos pareciera ser una crónica, pero después de leerlo, pensaba: ¿Importa qué género es?  

—La verdad es que nunca me lo pregunté. Lo pensé como una mémoire. A Fabi le dije que iba a escribir una mémoire sobre lo que estábamos atravesando. Creo que este libro es un cruce de necesidades. Por un lado, siempre supe que no estaba escribiendo para hacer catarsis. De hecho, cuando sentí que perdí la capacidad de escribir –lo cuento en el libro–, mi psicóloga me daba indicaciones de que escribiera todos los días y no lo podía hacer, porque para mí la escritura no tiene una función terapéutica. Si me siento loca voy a correr al parque o voy a terapia. Al contrario, la escritura me demanda lucidez, tranquilidad, no puede volar una mosca, porque necesito estar concentrada. Sí es verdad que fue un registro, porque me pareció una historia que debía ser contada y porque también tenía miedo de perder los detalles. Y que esos detalles se les perdieran a mis hijos. No hay modo que ellos recuerden los detalles, seguramente se van a olvidar de ese proceso, por sus edades y por el nivel de locura que significaba nuestra vida cotidiana. Incluso, yo misma me encuentro con escenas que no recuerdo haber vivido por el nivel de disociación que teníamos. En el caso de mis hijos, no quiero que se olviden del nivel de nobleza con el que se manejaron en ese proceso.

—Y es cierto que en la escritura los hechos perduran. En distintos momentos del libro contás que salías corriendo a escribir lo que estabas viviendo, para anotar las cosas que pasaban. Captar esas sensaciones que podían fugarse de la memoria.

—Sí, totalmente. La novela es autobiográfica. Estoy segura que si no hubiera anotado en el momento que pasaban, no la podría haber escrito.

—Además el libro trata sobre la muerte pero también sobre la memoria, cómo hacer perdurable ciertos momentos vividos. En parte lo relaciono con tu historia personal, tu papá y tu mamá están desaparecidos.

—Soy socióloga y me dediqué muchos años a investigar sobre la enseñanza escolar del pasado reciente, que me parece un tema alucinante. Los temas de memoria me fascinan, porque inmediatamente que algo pasó, no importa lo que pasó sino lo que queda en tu registro y eso me parece apasionante. Hace muchos años escribí un cuento que publiqué en una antología que realizó Florencia Abbate de escritoras mujeres –en ese momento no era tan común, fue precursora. En ese cuento el protagonista se despertaba un día y había perdido la memoria; trataba de cómo va armando su identidad en el transcurso de un día y medio. Me comentaron que lo habían leído y relacionado con el tema de la memoria y la búsqueda de la identidad. En este libro es distinto. Es un aporte a la identidad de mis hijos. Cuando vos crecés tu memoria hace que recuerdes algunas cosas y otras no. Como madre, quiero que puedan conservar la manera en la que transitaron la enfermedad de su papá. Así que también hay temas o cosas que decidí no encarar, que ni planteé. No me sale escribir desde la bronca, aún la literatura cuando trata temas horribles, siempre está planteada desde la belleza.

—Y después de este libro, ¿seguís escribiendo?

—Sí, cuando Fabi se enfermó estaba haciendo la tesis del posgrado y por otro lado estaba escribiendo una novela policial. Después que murió Fabi estuve varios meses hasta poder retomar la escritura. La novela policial ya está lista y ahora estoy armando un libro de cuentos cortos, que nacen de otro planteo.

—Últimamente también sucede que escritoras me comentan que están leyendo en mayor medida a autoras mujeres, ¿A vos te pasa?

—Creo que fundamentalmente hay un clima de época, en el sentido de que las mujeres siempre escribieron, obviamente las que tenían el tiempo que el patriarcado les dejaba después de criar hijos, y de hacer las tareas domésticas. Además, creo que el cambio cultural posiciona en otro lugar a las mujeres, hay claramente una decisión editorial. De pronto hay una gran cantidad de autoras publicando que son inéditas. Hace un tiempo mi hija Cuca me compartió un video escandalizada porque en un programa de Francia sacaban un porcentaje de cuántos libros fueron escritos por mujeres y no llegaba al diez, y lo hice con la bibilioteca de mi casa y me pasa lo mismo. Me alegra mucho lo que está sucediendo.

En el libro, Julia cita a Amélie Nothomb con esta frase: “El recuerdo tiene el mismo poder que la escritura: cuando ves la palabra ‘gato’ escrita en un libro su aspecto es muy diferente del minino de los vecinos, que te ha mirado con esos ojos tan hermosos. Y sin embargo, ver esa palabra escrita te proporciona un placer similar a la presencia del gato, a su dorada mirada dirigida hacia ti. La memoria es igual (…) Si logras inscribir los tesoros de tu paraíso en la materia de tu cerebro, transportarás en la cabeza, si no su milagrosa realidad, al menos sí su poder”.

“Estoy muy enamorada de Amélie Nothomb. Me fascina leerla y me llena de entusiasmo para escribir, quiero morir y reencarnar en su cabeza. Es muy culta y tiene un gran dominio de la lengua y de las imágenes. Me sale una palabra ‘muy adrogué’ que es que es muy pispireta. Me hace reír mucho, sobre todo los libros de su infancia japonesa”.

 

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Sobre el autor:

Acerca de Paula Turina

Es Comunicadora Social, egresada de la Universidad Nacional de Rosario. Adscripta en la cátedra de Periodismo Digital. Asiste al taller literario “Alma Maritano” coordinado por el escritor Pablo Colacrai. Algunos de sus cuentos trabajados en ese taller se publicaron en la contratapa del suplemento Rosario 12 de Página 12. Participó en la antología “Yo quería ser manzana”coordinado por la escritora Maia Morosano. […]

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