¿Qué vas a comer? ¿Qué serie puedo mirar? Este tema es para vos. Hoy voy a limpiar la casa. Estoy raramente alegre. Salí a caminar y estaba celeste el cielo, algunas nubes algodonosas nomás. Es que las cositas cotidianas ahora son nuestro contenido y lo que nos contiene, lo que compartimos y antes ni registrábamos. Algunos ya veníamos unidos, otras nos reencontramos, nos arrimamos en este tiempo o nos conocimos ahora. Da igual.

Quienes amanecemos en nuestras casas en soledad, nos reinventamos la vida en los metros cuadrados que tenemos, creamos nuestros rituales cotidianos evitando el derrumbe. Y ahí está el mate, la ventana, el almuerzo con la radio, la desconexión placentera, el silencio. Soñé con vos, me olvidé de decirte. Tengo miedo de que muera mi padre. Ya estoy mejor. Me voy a bañar y aprovecho pa´ llorar un rato. Pensamos en otras, en otros; y hay quienes piensan en nosotrxs. Rompemos el soliloquio y con ese audio aparece un carraspeo, es que creo no hablé con nadie hoy todavía. Me activé tinder. Le escribí a mi ex. Anoche me puse en pedo. Estaba chateando con una pero ya no me importa. El sexteo fue y vino y pasó. Sí, qué fiaca remar la conversa con alguien nuevo. Si rompo esta soledad prefiero hacerlo para verte a vos, no a alguien que no conozco. Además ahora ya sabemos que nada de eso importa en verdad: ni el beboteo, ni el chiste que espera la reacción, ni tu like, ni yo intentando decir cosas grandiosas, ni esa selfie con filtro mon amour. Hay quienes insisten, pero ya nos dimos cuenta que no va por ahí. Nada de esa vacuidad nos salva.

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Las apuestas que importan son aquellas donde hay algo en juego, no esas donde no hay mucho que perder. Para seguir de pie, es preciso el afecto. Nos mandamos chistes, mensajes de aliento, cariño virtual, stickers. Nos abrazamos amorosamente por vías digitales. Y en esos bytes de apariencia fluida, se dan nuestros vínculos diversos con formato nuevo, impensados e improbables antes, significativos ahora. Nos aferramos a estas maneras que inventamos, nuestros hábitos sensibles de cuarentena: ese amigo que vive lejos, tu prima que te escribe siempre, el flaco que antes ni mú y ahora jelou. Y si pasan los días sin contacto aparece la pregunta: ¿Estás ahí? ¿Cómo estás?. Es que voy a cambiar los muebles de lugar, mirá te mando video a ver qué te parece. No tenés buena voz, ¿Todo bien? El gato mató una paloma y la dejó en la cama. Vieras cómo floreció el jazmín, parecía que iba a morir ¿Te acordás que te mostré? Este trago es un invento mío, me salió genial, yo debería estar atrás de una barra. Y es que no me vengo viendo con nadie, él tampoco, así que hoy cogí al menos qué sé yo, mal no estuvo. No creo que repita. Dale, un cafecito puede ser. Tengo dos videollamadas. Agarré la bici y le metí, me hizo bien el ejercicio, el aire en la cara. Es que ahora coger ya no me interesa, lo que me importa es sobrevivir cada día.

Así que acá estamos nosotrxs, tan progres, tan adultxs jóvenes, tan que trabajamos con las cabezas porque nuestros cuerpos son capaces de producir desde cualquier lugar con wifi. Nosotrxs que nos queremos tanto nos quedamos en casa. Tan privilegiadxs, tan todo con distanciamiento. Tan con nuestras lecturas, nuestras playlists, nuestros vinos, nuestros vermús, nuestra indignación desde el sillón, nuestras pelis. Nuestras ideas de consumo responsable. Tan extrañando la naturaleza, porque somos tan kayak, tan runners, tan tratando de comer menos harinas. Tan queriendo viajar y tan cursando webinars. Coqueteamos con la cerveza artesanal y la dejamos. Estamos ancladxs en nuestros recuerdos de fotos analógicas y digitales, tan en la guarida porque podemos, tan con nuestro vicio y nuestro hastío de social media. Tan cansadxs y tan diciendo ya basta, pero tan cuidando a nuestros padres, madres, a nuestros hijxs, tan viendo cómo le llevo la nena a mi ex.

En el medio de todo, y por esto o por otra cosa, se han muerto muchxs. Se apilan en bolsas. No podemos despedirlos. La tristeza también se lleva puesta gente, nos lleva al psicólogo, al psiquiatra, a las drogas, nos lleva y nos devuelve, rotas. ¿Querés que hablemos? Sabemos que no podemos quejarnos, porque seguimos leyendo nuestras revistas, nuestros ñusletters, nuestras notas largas. Sabemos que la gente pobre está peor. Nosotrxs, tan repitiendo la palabra empatía. Te mando un libro. Estate atenta al timbre es un regalo para vos. Tan de ciudad, tan universidad, tan bailando en el living room. Del desafío inicial pasamos a la amargura, a la tibieza de quien se acostumbra y compra verduras al por mayor. Hablamos de recetas, de separar nuestros residuos, de lo que deberíamos y no deberíamos hacer. Mirá este meme. ¿Cuánto hace que no veo a tu hijo?

Decimos que extrañamos pero realmente ya no nos acordamos bien cómo era eso de estar con otrxs. Saldremos heridxs y habrá que inventar toda nuestra amorosidad de nuevo: nuestros vínculos, nuestra sexualidad, nuestras amistades, nuestras nuevas relaciones posibles. Y mientras tanto nos acompañamos, nos damos afecto, nos peleamos, nos erotizamos, nos deseamos largamente, lloramos a coro, nos damos fuerza, cantamos juntxs por guatsap. Hubo etapas y momentos. Cenas por zoom. Juegos en red. Compañías diversas. Las del inicio, las del invierno, las de ahora. ¿Saldremos más amigas de esta? ¿Te olvidaré para siempre? ¿Tendrás un amor eterno? ¿No nos hablaremos nunca más? ¿Qué será en el futuro de nuestras compañías virtuales de confinamiento? Poco importa lo que pase. No nos pedimos nada, no esperamos demasiado. Nos sostenemos en esa reciprocidad, incluso en la letanía y el aburrimiento de la repetición. El mundo cruje y son estas las redes que no nos dejan caer.

Mientras todo se desarma, tu celu vibra porque un corazón en algún lado late y dice tu nombre, un destello señala que alguien piensa en vos. No deberíamos olvidarnos de esta red de intimidad construida desde el aislamiento en el tiempo de excepción. Con mucha más comodidad, pero casi como compañerxs de cautiverio o de colimba, quedaremos anudadxs unxs a otrxs tal vez para siempre, entre quienes estuvimos –y aún estamos ahí– de algún modo consistente, honesto y sostenido. Habrá algo en común en el futuro, ese que todavía no llegó, cuando esto haya pasado.

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Sobre el autor:

Acerca de Cecilia de Michele

Nací en 1984 en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. A los 18 años me mude a Rosario y me quedé. Soy politóloga, entusiasta de lo público, la cultura y la vida en común. Asesoro a gobiernos, organizaciones y líderes. Escribo ideas, proyectos, discursos, poemas, documentos técnicos, pequeños ensayos, posteos. Creo que lo que más me […]

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