Día IV – Aún París (01/03/2020)

Anoche salí a dar vueltas con mi amiga M. Fuimos a una serie de bares –a dos bares, para ser estrictos–; del primero prácticamente nos echó un grupo enorme de franceses que fueron llegando de a poco y se acomodaron en la mesa al lado de la nuestra. (…)

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M dijo, en determinado momento, que a sus treinta años le resulta difícil pensar en tener un sueldo mísero en Rosario, que en Francia es difícil pero puede sostener una vida estable en términos económicos. Es perfectamente entendible, teniendo la posibilidad de hacerlo, pero el precio a pagar es alto: me dijo que le duele pensar en no tener amigos, en que la gente a la que quiere está muy lejos, y que sabe que hay amigos o amigas que jamás podrán visitarla en su nueva ciudad. (…)

Día V – Adivinen… (02/03/2020)

Seguimos en París, pero ya estoy completamente desfasado con la escritura de este diario, registro, o lo que sea. Esto se corresponde con el día de ayer, es decir el día IV, cuya entrada termina con el final del día III. Hasta yo me pierdo y me confundo.

Ayer intentamos ir al Louvre y ya puede empezar a notarse la amenaza que se cierne sobre Europa. Cuando llegamos al museo, vimos que había larguísimas filas de gente ubicadas en distintos sectores de un ingreso lateral y del patio. Al comienzo nos ubicamos en las filas del ingreso lateral, pero nos dimos cuenta de que eran filas destinadas a grupos, contingentes y cosas así, por lo que fuimos hacia el patio. Alrededor de la pirámide –interesante manera de graficar la entrada a un museo– había montones de gente dispersa que formaban caóticamente unas colas sin criterio ni categoría. Empezamos a preguntar hasta marearnos, sin que nadie supiera decirnos detrás de quién debíamos ponernos: algunos decían que era la fila para gente con reserva online; otros, que se trataba de la cola para entrar sin ticket; más allá afirmaban que era el lugar pertinente para que aguardaran aquellos que diligentemente habían adquirido sus entradas con anticipación (es decir que las habían pagado, no solo hecho la reserva). Había también un supuesto ingreso especial para quienes, no contentos con reservar una entrada, habían también señalado una franja horaria específica. Era una especie de Idioma Analítico de John Wilkins de colas y, por supuesto, nadie estaba seguro –ahí residía el mayor problema– de que estuviera haciendo la fila que le correspondía. En el medio de ese caos, donde había gente que seguía llegando y la cola no parecía avanzar nunca, ya pasado el mediodía se largó a llover. Era extraño que a esa hora el museo, a todas luces, aún estuviera cerrado. En un primer momento, no hicimos caso de la lluvia, pero luego se volvió cada vez más intensa, hasta que mi padre le preguntó a un vendedor ambulante a cuánto vendía los paraguas; le discutió el precio –pretendía cobrarlos 10 euros– y de inmediato obtuvo el cincuenta por ciento de descuento. A todo esto, ya nos habíamos decidido por una cola en particular. Nos encontramos con una mujer y sus hijas, también argentinas, que estaban tan desorientadas como nosotros y como todo el resto de las personas que estaban en ese patio. Ahora bien, justo cuando debatíamos acerca de qué hacer con respecto a las colas, en cuál debíamos ubicarnos y eso, una mujer –al parecer francesa– que hablaba un castellano con mucho acento español nos dijo que, en realidad, los primeros domingos de cada mes el museo era gratis, así que daba un poco lo mismo en qué fila nos pusiéramos, ya que no había que pagar entrada. A mí, al menos, me pareció un poco sospechoso (¿por qué el museo no informaría de manera clara acerca de su gratuidad ese día y dejaba que la gente compre su ticket si era innecesario? ¿Tan estafadores eran?), pero decidimos creerle y, aliviados, nos quedamos donde estábamos, en una fila que avanzaba muy lento. De pronto, veo que unos guardias de seguridad comienzan a colocar unos carteles que decían Fuerte afluencia en el Louvre. Por favor, haga su reserva online para garantizar su acceso al museo. También corrían rumores de que aún no habían abierto porque había algo que estaba sucediendo adentro; alcancé a escuchar una cosa como “asamblea nacional” e imaginé a los parlamentarios de Francia reunidos en alguna sala del Louvre… Cuando ya estábamos hartos y no había signos de mejora, la hija de la mujer argentina que encontramos encaró a uno de los guardias y en francés le preguntó qué pasaba. Volvió refunfuñando: No sé para qué le hablo en francés si me responde en inglés, la concha de su madre. Me dijo que no es gratis hoy, que eso es el sábado que viene y que todavía no saben si van a abrir hoy. Quedamos un poco perplejos con la situación y decidimos que era absurdo seguir esperando bajo la lluvia, total podemos venir el martes, sí, seguro un martes hay menos gente, y nos fuimos. (…)

E, mi amiga parisina, me propuso encontrarnos en un viejo hospital abandonado que en la actualidad alberga una serie de proyectos culturales y sociales, además de ofrecer refugio para gente sin hogar. Queda cerca de su casa, a pocas cuadras de las Catacumbas. A E la conocí hace unos diez años, a través de Facebook, y durante nuestra adolescencia nos mandábamos cartas sin habernos visto nunca la cara. Esta sería la segunda vez que nos encontrábamos; la primera había sido ocho años atrás, en la ciudad de Córdoba. Es extraño el marco de confianza que se abre con gente a la que uno no ve nunca, pero a la que es posible contarle cosas que, tal vez, en su propio círculo íntimo uno no contaría. En todo caso, ella vive en otro continente y no tenemos absolutamente nadie en común.

Cuando llegué a la estación a tomar el subte para ir a su encuentro, me perdí por completo. Tenía que tomar un medio de transporte que era una mezcla entre un subte express y un ferrocarril. La estación quedaba debajo de un shopping, a pocas cuadras de donde me alojo, y tiene muchísimos niveles; se ve que es un lugar en el que confluyen varias líneas de toda la ciudad. Estaba un poco desorientado porque en el plano no encontraba la parada que me había indicado E, así que bajé a un andén y consulté. Estaba en la senda correcta. En el vagón había olor a suciedad (a cuerpos sucios) y cuatro estaciones después bajé en Denfert-Rochereau. Habíamos quedado con E en encontrarnos a la salida de la estación, pero no la veía por ninguna parte. Pude robar un wifi y me dijo que estaba llegando. El reencuentro fue extraño, un abrazo medio breve y a caminar rápido hacia algún lado. Enseguida me dijo que el Louvre había cerrado por coronavirus, que por eso no habíamos podido entrar al mediodía. Eso que yo había entendido como una reunión del parlamento era, en realidad, una asamblea de empleados del museo, quienes habían votado por unanimidad cerrar por tiempo indeterminado debido a la epidemia. (…)

 

Día VI – Último día en París (03/03/2020)

Estamos cerrando las valijas y acomodando el equipaje. Es casi el mediodía y a las siete de la tarde nos vamos a Venecia, el epicentro europeo de coronavirus, según dicen. Durante estos días, vi a los franceses muy despreocupados, tocando todo en el metro, llevando sus manos a la cara, sin considerar los potenciales riesgos de contagio. Me dijo mi amiga E que los casos confirmados del virus en el país llegan casi a doscientos, pero Italia es peor. Ella aseguró no tener miedo ni tomar recaudos, pero agregó que hay gente muy paranoica. No lo he visto, honestamente. ¿Serán conscientes los franceses de la amenaza que se cierne sobre ellos? Esto es una epidemia que recién comienza, dijo el presidente de la República. Los únicos sensatos parecen ser los empleados del Louvre. (…)

 

 

 

 

 

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Manuel Díaz

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha escrito los libros Inquilinos (Trópico Sur, Uruguay, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, 2017), junto a otros que permanecen inéditos. Con Milton obtuvo el […]

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