“Living in a jungle
It ain’t so hard
Living in the city
It’ll eat out your heart”
Sid Vicious – “Born to lose”

El 10 de noviembre de 2019 Javier Messina, conocido en las calles del centro rosarino como el Dios Punk, halló la muerte tras arrojarse de un piso 14. Durante los trece meses anteriores, desde el 12 de octubre de 2018, había sufrido el asedio y el escrache, luego de que una chica de 18 años lo acusara de haberla drogado en el colectivo, delirante versión que se viralizó a través de un audio de whatsapp y convirtieron a Messina –de 37 años, músico, poeta y con cierto padecimiento mental– en víctima de una persecusión infundada por la que llegaron a quemarle las pertenencias en la pensión donde vivía. Murió sin saber que la justicia lo había declarado inocente días antes de que se arrojara al vacío.

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Es sábado por la noche y la temperatura hace que la gente se quede en la puerta de la Usina Social matando el tiempo antes de que comience el evento. 

¿Quién de los que está acá tiene una anécdota con Dios Punk? 

¿Quién no se lo cruzó por la peatonal con su capa negra, fanzines y discos? 

¿Quién no estuvo sentado en el parque acompañado de esa música rota?

Nicolas Maggi junto con Tomás Trapé y la banda Sueños Punk Rock van a presentar el podcast “La segunda muerte del Dios Punk”. La propuesta es llamativa desde el comienzo: si el podcast ya es algo novedoso en el mundo de la oferta de productos digitales, la realización de un evento que tiene como protagonista a este formato duplica la oferta de extrañezas.

En el año 2020, Lucía Fernández Cívico, escribió para esta misma revista un artículo llamado “El lenguaje sonoro en escena, donde describe: El podcast vino a traer otros tiempos, no sólo de producción sino también de escucha, lo que posibilita asimismo otro tipo de profundidad en los temas abordados, mayor posibilidad de experimentación y nuevas maneras de construir relatos sonoros”.

El evento comienza con la reproducción del primer capítulo. Situado en espacio y tiempo, la experiencia invita a sumergirse en un ambiente profundo. Se siente un clima sherlockholmeano.

El local por dentro está a oscuras, algunas luces violetas y azules iluminan uno de los dos escenarios. El público de adelante está sentado en algunas mesas dispersas pero la mayoría de la gente está parada. El ambiente comienza a teñirse con la voz del locutor y los arreglos artísticos del episodio, el tono detectivesco hace del lugar un espacio donde la incertidumbre se transforma en una experiencia estética. Martín Parodi, uno de los editores artísticos del proyecto, publica en sus redes algo cierto: “En una ciudad que el siglo pasado se ganó el apodo de la Chicago Argentina por sus relaciones con la mafia y que hoy ve asesinatos todos los días, era lógico que se desarrolle el germen del podcast de true crime.

Por la falta de luz, es difícil distinguir a quién tiene uno al lado. El Dios Punk está presente de una forma aurática: si él, cuando andaba por la calle, ocultaba su rostro con la capa del disfraz, la oscuridad de la escena nos permite viajar a esa forma de transcurrir el mundo. Las caras anónimas de los espectadores se combinan con la fantasmagoría de aquellos sonidos que salen de los parlantes ocultos. Mientras, el público camina achinando los ojos y parando la oreja. En un día a día plagado de visualidad, es menester un espacio donde se despiertan otros sentidos.

Juan Junco rompe el hielo antes del comienzo. Riéndose de sí mismo, realiza una presentación que se extiende a un pequeño monólogo. Cuando el relato comienza a sentimentalizarse lo corta con ironía: “No voy a llorar porque llorar es de puto. Ese golpe seco trae la reflexión, que de alguna manera, suena en carácter de mea culpa. Aunque no hable por él sino por el periodismo en sí, el hombre de los espectáculos devenido en periodista integral, señala las falencias de las formas en que se trataron y tratan casos como el de Javier en los medios de comunicación. Enumera entonces la necesidad de evitar lo más posible el sensacionalismo, el zócalo amarillista, esa tendencia cínica a escandalizar cada centímetro de la vida de los otros.

Wittgenstein escribió una vez: “Está claro que la ética no resulta expresable”. Igualmente. Es honroso que de alguna manera se haga una autocrítica dentro del campo profesional. No en búsqueda de culpables, sino en un proyecto de pensar y dar a luz esos oscuros mecanismos que abonaron a la muerte de Messina. Todos esos pequeños empujones a la exclusión que no dejaron de intensificarse después del audio viral y el purgatorio en redes. Si los medios tradicionales profundizan los errores del mundo virtual, McLuhan dirá que el medio es el mensaje y nos quedaremos sin lugar a donde ir.

Las luces focales apuntan directo al escenario alternativo donde Trapé y Maggi, quien hizo de este podcast su tesina y viceversa, comienzan a compartir un diálogo fluido como si fueran dos muchachos sentados en un bar. No es un gesto de amiguismo, ni camaradería gratuita, es el clima que se generó desde el comienzo.

Entre anécdotas, procesos de creación, opiniones y valoraciones sobre el recorrido hecho y el que se vendrá, más que citas quedaron algunas anotaciones furiosas. Javier es de esa generación que luchó contra la nada y perdió. “La Segunda muerte del Dios Punk” no buscó ni busca canonizar a un muerto, es un trabajo periodístico que busca relacionar la cultura con la justicia, y además contar la historia de un hecho paradigmático de la ciudad con todas las voces posibles de sus protagonistas.

Los panelistas reiteran: jamás se buscó ser vengadores ni tampoco jugar a los abogados y fiscales. Se buscó hacer periodismo de calidad con un caso sensible, por eso la segunda parte del podcast va a estar mayormente relacionada con la salud mental porque es un tema que quedó pendiente en esta primera temporada. Ya hacia el final, Maggi, quien cumple a rajatabla con la estética de un punkrocker, deja una reflexión que mueve las fibras de una época donde todo parece al revés: “Hay que recuperar el punk para que no se lo quede Milei, el punk es nuestro, no de los libertarios”. Parafraseando a Pablo Stefanoni: si la rebeldía se volvió de derecha, habrá que encontrar nuevas formas de canalizar nuestros enojos.

Antes de darle paso a la banda, los disertantes invitan a decir unas palabras al padre de Javier, Alfredo Messina, que está presente en el lugar. La lucidez impacta y deja el dolor en un segundo plano. El mensaje se vuelve a remarcar: no estamos buscando venganza. ¿Por qué se insiste tanto con esto? Si el escrache fue y es el nuevo puritanismo del siglo XXI, responderle al escrache con más escrache sería contraproducente, el mismo gesto de moralidad de cotillón. Audre Lorde dixit: “Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”.

El dolor de una persona se puede sentir en dos puntos específicos: los ojos y la voz. La mirada y el tono. Unos se humedecen y los otros se entrecortan. El cuerpo habla. Pienso en todos esos familiares que de un día para el otro su vida pasó a ser otra. Esa gente que tuvo que resignificar su vida porque le arrebataron lo más cercano. Desde las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, pasando por el papá de la militante Micaela García, el papá de Franco Casco, la hermana de Pichón Escobar y muches, muchas, muchos otros.

Lo que se hereda no se hurta. El padre de un hijo punk dice que puede llegar a sonar utópico y concluye: “El mundo nuevo que se pueda venir, que verdaderamente necesitamos, sea un mundo que tenga un cielo, unas ventanas, que tenga la mirada de los javieres, esa mirada de inocente” 

Silencio de radio. Las luces vuelven a apuntar al otro escenario para dar comienzo al show de Sueño Punk Rock. La ex banda de los amigos de Javier. Me acuerdo de dos tweets aleatorios que leí en algún momento y me quedaron guardados en la memoria.

  1. Los punks son gente agradable fingiendo ser mala y los hippies son gente mala que finge ser agradable. 
  2. ¿Dónde quedó el punk rock? Ahora tiene que pagar un alquiler.

Una reflexión que no es del mundo del revés

En su libro Retromanía, Simon Reynolds, comienza el capítulo “No hay futuro” de la siguiente manera: “Existe una paradoja en el corazón mismo del punk: este movimiento, el más revolucionario de la historia del rock, nació en realidad de impulsos reaccionarios. El punk se oponía al progreso, impulsado por un apetito más amplio de colapso y destrucción, tenía una visión literalmente desesperanzada de las cosas”.

El mismo escritor, en otro ensayo titulado Después del rock: psicodelia, postpunk y algunas revoluciones inconclusas” plantea que el momento más difícil que se le dio al punk rock como movimiento fue cuando en su propia diversidad no supo para qué lado salir, es decir, después del rompan todo apareció la pregunta: ¿a favor de qué estamos? Y ahí todo se complicó.

¿A dónde quiero llegar?

El punk fue el último género que creyó que la música podía cambiar las cosas. Cada vez que aparece, lleva ese fantasma consigo mismo: la idea de que el mundo no tiene solución pero que de alguna manera puede llegar a cambiar. Es llamativo que en una ciudad como Rosario, y en este contexto, las cosas no están yendo por los mejores caminos, un grupo de jóvenes vuelva a juntarse a tocar punk rock en memoria de un amigo.

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Sobre el autor:

Acerca de Andrés Mainardi

Nací en Rosario en 1996. A veces estudio Comunicación Social. Escribo para cazar fantasmas. A la vida no se viene a ser feliz o infeliz: se viene a aprender lo que te enseñan los amigos.

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