“La esclavitud permanecerá por mucho tiempo todavía como la característica nacional de Brasil”, dice un texto de Joaquim Nabuco al que Caetano Veloso le pone música en su memorable disco “Noches del Norte”. Hay otra canción, de Chico Buarque, Geni y el Zepelín. “Tirenle tierra a Geni, ella está para aguantar, ella está para escupir”, dice su estribillo. La protagonista, una prostituta, salva a toda una ciudad, pero rápidamente vuelve a ser repudiada por quienes fueron beneficiarios de su bondad. Hay quienes ven allí una metáfora del pueblo brasilero.

En la novela Teresa Batista cansada de guerra, Jorge Amado cuenta la historia de una mujer que es vendida de niña al capitán, en el nordeste de un país tan diverso como desigual. Sufrir la crueldad de los poderosos es una constante para esta heroína, tanto como la dignidad para forjarse otra vida. Comunista a la vieja usanza, en su obra literaria Amado organiza a Teresa junto a otras prostitutas en una huelga.

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Aquello que imaginó Jorge Amado en su novela es lo que hicieron las mujeres brasileñas –para el candidato fascista Jair Bolsonaro, todas putas o en su defecto incogibles– ante la amenaza inminente. El 29 de septiembre pasado, fueron ellas las que levantaron el país para decir #EleNao. Si esa movilización tuvo –como aseguran algunos analistas con miradas interesadas– un efecto adverso, lo cierto es que no se puede parar el viento. Y las mujeres brasileñas asumieron su desafío histórico de impedir la llegada de un machista, misógino y racista al poder. Los feminismos brasileños no podían quedar impávidos ante el avance de la derecha que promete aplastar cualquier disidencia, un candidato que defiende la tortura, las violaciones, los escuadrones de la muerte. Bolsonaro es el hombre que dedicó su voto en el impeachment a la memoria del coronel Carlos Alberto Brillante Ultra “el pavor de Dilma Rousseff”. El homenajeado fue el torturador de la presidenta democrática.

No hay opción para los feminismos brasileños.

En días febriles para lograr que sea Fernando Haddad el próximo presidente de Brasil, la amplísima alianza anti fascista decidió usar también las redes sociales para contrarrestar la campaña sucia realizada por Bolsonaro con noticias falsas esparcidas a través de WhatsApp. O al menos plantar su propia bandera. En uno de los tantos videos que se comparten en estos días, pasan al frente distintas mujeres que cuentan sobre sus vidas, sus derechos conquistados, sus disidencias, y una mano que les tapa la boca. Cada una de las que habla es silenciada más rápido.

No es una metáfora: el 14 de marzo pasado mataron en pleno centro de Río de Janeiro a la concejala Marielle Franco, lesbiana, feminista negra, militante del Partido Socialismo y Libertad (Psol). Su crimen fue algo más que una luz de alerta. Como en una película que empieza por el final, la muerte de Marielle Franco deja al descubierto cuánto de la guerra contra las mujeres se cifra en la restauración fascista que vive hoy el país vecino.

“Respete mi existencia o aguante mi resistencia”, dice un cartel que compartió Analba Brazao Tixeira, feminista antifascista de larga militancia en el nordeste brasileño desde la época de la dictadura. Su primera comunicación tras el resultado del 7 de octubre fue un video sobre el triunfo de Haddad en el nordeste. Que haya sido el sur rico el que más votó al Coso –como lo llaman las feministas- no es consuelo.

Se podrá argumentar que el candidato de ultraderecha obtuvo muchos votos en las periferias de mujeres negras. Son ellas quienes viven la inseguridad cotidiana en una de sus formas más crueles: la incertidumbre sobre la alimentación de cada día, también sufren la violencia policial y narco en una intersección de vulnerabilidades, son ellas las que salen a buscar a sus hijos ejecutados, o los visitan en la cárcel, son ellas las que trabajan de cualquier cosa, en la mayor de las precariedades, para garantizar la supervivencia familiar. Son sus derechos los que están en juego, pero eso no forma parte de la agenda pública.

En Brasil, son las feministas las que fueron al Supremo Tribunal Federal por la legalización del aborto. Serán ellas las que sufrirán los recortes a la salud sexual y reproductiva, la mayor penalización de sus sexualidades. Son las mujeres y las trans las que sufrirán el odio, las tempestades que ya se desataron con las expresiones racistas y misóginas de Bolsonaro.

La periodista Maira Acevedo, conocida como Tia Má, lo dijo con todas las letras en el programa  “Mujer con la palabra”, en TVE de Brasil. “Resistir es el arte más profundo de mi pueblo. No voy a permitir que este hombre continúe con su perversidad”, expresó. “Tengo un hijo negro, soy madre de un niño negro y en cada cumpleaños de mi hijo yo me desespero, porque va tornándose un blanco preferencial de la violencia. Un hombre perverso como ése puede matarme y matar a la persona que yo engendré”, fue parte de su intervención vibrante. “Yo tengo que desesperar cada día más, porque ya morí, pero tengo que resucitar y seguir luchando todos los días. Sólo saber que tengo personas a mi alrededor que se parecen o se identifican con El Coso, hace que muera todos los días, pero tengo que seguir luchando”.

No hay opción para las mujeres brasileñas. Los discursos de los medios hegemónicos disputan sentidos, pero los feminismos saben que, si el Coso finalmente gana el 28 de octubre, sólo les quedará una posibilidad: resistir. Redoblar la lucha. Como lo hicieron las estadounidenses, que armaron una marcha en todo el país al día siguiente de la asunción de Donald Trump.

No hay matices: el triunfo del fascismo sólo puede hacerle daño a las mujeres.

sta fe Salud
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Acerca de Sonia Tessa

Es periodista. En el siglo pasado se recibió de licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en El Ciudadano, La Capital y Rosario 12, su primer medio, adonde volvió y continúa. También anduvo por la tele y la radio, un medio que ama. Su mayor orgullo profesional es escribir en Las […]

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