En un rincón oscuro de mi casa, donde una biblioteca incrustada en la pared hace una curva, se pierde de vista y se vuelve inalcanzable, cerca del cielorraso, guardo un par de docenas de libros de los que no he podido deshacerme y no quiero que nadie vea. Es una colección para conocedores de los escritos de Ayn Rand y sus discípulos, que reuní en mi adolescencia hace mucho, mucho tiempo. Mi primera novia, una mujer mayor de unos veinte años, me presentó a Rand. Recién había emigrado a los Estados Unidos desde Rusia, había salido de la escuela secundaria, y de alguna manera los escritos de Rand me interpelaron, hicieron que el mundo pareciera simple y conquistable. Mi fase de Rand fue relativamente breve, pero, antes de que terminara, me abrí camino en mi primer trabajo en publicaciones hablando de Rand con mi futuro jefe, un pionero editor gay que estaba igualmente obsesionado con ella.

Según este nuevo libro, esto es más o menos normal. En Mean Girl: Ayn Rand and the Cullture of Greed (“Chica mala: Ayn Rand y la cultura de la codicia”, Lisa Duggan, profesora de análisis social y cultural en la Universidad de Nueva York, señala que, aunque la línea de liberación sexual de Rand no se extendió a la homosexualidad, sus heroínas femeninas se niegan a conformarse a las normas femeninas, y sus héroes masculinos están todos enamorados el uno del otro. Por cierto, no fui el único adolescente queer que se dejó seducir por estos libros, que Duggan llama “máquinas de conversión que funcionan con lujuria”. El valor terapéutico del libro de Duggan va más allá de liberarme de la vergüenza por mi falta adolescente de gusto literario y de discernimiento político; también provee una explicación para nuestro actual momento cultural y político.

Como parte de American Studies Now, una serie de delgados volúmenes publicados por la editorial de la Universidad de California, el libro de Duggan resume la vida y la filosofía de Rand en menos de noventa páginas, una afrenta a un novelista cuyo magnum opus, Atlas Shrugged (“La rebelión de Atlas”), llegó a más de diez veces esa longitud. “¿Cómo podría una novela de más de mil páginas, con personajes de dibujos animados que se mueven a través de un argumento melodramático salpicado de largos discursos didácticos, atraer a tantos lectores y generar tanta atención?”, pregunta Duggan. “Claramente, las fantasías que animaban la novela golpearon un acorde profundo”.

Los libros de la crueldad

Las novelas de Rand prometían liberar al lector de todo lo que le habían enseñado que era correcto y bueno. Invitó a sus lectores a regocijarse en la crueldad. Sus héroes eran seres superiores, seguros de su superioridad. Reclamaban su derecho triunfar al destruir a aquellos que no eran tan inteligentes, creativos, productivos, ambiciosos, físicamente perfectos, egoístas y despiadados como ellos. Duggan llama al estado de ánimo de los libros “crueldad optimista”. Son malos y tienen un final feliz, es decir, los seres superiores son felices al final. Las novelas revierten la moralidad. En ellos no hay ningún deber para con Dios o con el prójimo, solo con uno mismo. El sexo es abundante, libre de consecuencias y áspero. El dinero y otras cosas buenas llegan a los que las toman. Las tramas de Rand legitiman los peores efectos del capitalismo, creando lo que Duggan llama “una economía moral de desigualdad para infundir su ficción de romance suavemente pornográfico con el eros político que cautivaría a una gran cantidad de lectores”.

Duggan rastrea la influencia de Rand, tanto directa como indirecta, en la política y la cultura estadounidenses. La ficción de Rand fue un vehículo para su filosofía, conocida como objetivismo, que consagró una forma extrema de capitalismo de laissez-faire y lo que ella llamó “egoísmo racional”, o el deber moral y lógico de seguir el propio interés de uno. Más adelante en su vida, Rand promovió el objetivismo a través de libros de no ficción, artículos, conferencias y cursos ofrecidos a través de un instituto que ella estableció, llamado Fundación para el Nuevo Intelectual. Estaba estrechamente relacionada con Ludwig von Mises, un economista e historiador que ayudó a moldear el pensamiento neoliberal. Cuando Rand publicaba activamente ficción, desde los años treinta hasta 1957, cuando salió “Atlas Shrugged”, la suya era una perspectiva política marginal. Los críticos destrozaron sus novelas, que ganaron gradualmente una inmensa popularidad, de boca en boca. La cultura política estadounidense de mediados de siglo estaba dominada por el pensamiento del New Deal, que valoraba todo lo que Rand despreciaba: el estado de bienestar, la empatía, la interdependencia. Para los años ochenta, sin embargo, el pensamiento neoliberal había llegado a dominar la política. El economista Alan Greenspan, por ejemplo, fue un discípulo de Rand que llevó su filosofía a su papel de presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Gerald Ford y, desde 1987 hasta 2006, como presidente de la Reserva Federal.

Disrupción y riqueza

Duggan no culpa exactamente a Rand por el neoliberalismo, pero destaca el espíritu randiano de lo que llama el “Teatro de Crueldad Neoliberal”. Este teatro incluiría jugadores que no necesariamente describimos como neoliberales. Paul Ryan, el ex presidente de la Cámara de Representantes, es un evangelista de Rand que repartió copias de “Atlas Shrugged” como regalo de Navidad para su personal y dijo que “hizo el mejor trabajo para construir un caso moral del capitalismo”. Cuando el Tea Party salió envalentonado contra la Ley del Cuidado de Salud Accesible, en 2009, algunos de sus miembros portaban carteles que decían “¿Quién es John Galt?”, Una referencia a “Atlas Shrugged”. El espíritu de Rand es prominente en Silicon Valley, también: los multimillonarios Peter Thiel, Elon Musk, Travis Kalanick y otros han acreditado a Rand por haberlos inspirado. La imagen del empresario de tecnología estadounidense podría haber venido de una de sus novelas. Si estuviera viva hoy, probablemente adoptaría la palabra “disrupción”.

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El colapso del mercado de hipotecas y la crisis financiera de 2007 y 2008 deberían haber provocado la muerte del neoliberalismo al dejar en claro el costo humano de la desregulación y la privatización; en su lugar, escribe Duggan, “el neoliberalismo zombie” ahora está acechando la tierra. Y, por supuesto, el espíritu de Ayn Rand atormenta a la Casa Blanca. Muchos de los asociados de Donald Trump, incluido el secretario de Estado, Mike Pompeo, y su antecesor, Rex Tillerson, han rendido homenaje a sus ideas, y el mismo presidente ha elogiado su novela The Fountainhead (“El manantial”: Trump aparentemente se identifica con su héroe arquitecto, Howard Roark, quien hace estallar un proyecto de vivienda que ha diseñado por ser insuficientemente perfecto.) Su versión del randismo está despojada de todos los elementos que podrían explicar mi incapacidad para deshacerme de esos libros: el pretexto del intelectualismo, el ateísmo militante. y la defensa explícita de la libertad sexual. De todo lo que Rand ofreció, estos hombres han tomado solo lo peor: la crueldad. Ni siquiera son optimistas. Son simplemente nefastos.

Publicado en The New Yorker | Traducción: Pablo Makovsky

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Sobre el autor:

Acerca de Masha Gessen

Masha Gessen (Moscú, 1967; reside en Nueva York) es autora de diez libros, que incluyen “The Future Is History: How Totalitarianism Reclaimed Russia,” (“El futuro es historia: cómo el totalitarismo recuperó Rusia”, que ganó el National Book Award en 2017, y “El hombre sin rostro: el ascenso improbable de Vladimir Putin“. Gessen ha escrito sobre […]

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