Adelanto mi conclusión, para que quede clara desde el principio: el resultado del falso debate de los PDFs, promovido por los diarios Clarín, Infobae y Perfil, ha sido que la palabra “piratería” y el verbo “piratear” aparezcan en diferentes espacios como vocabulario corriente, tanto entre personas que están a favor de la circulación de PDFs como entre personas que están en contra. Compruebo mi sospecha: en un posteo en Facebook de una admirada escritora, el verbo “piratear” aparece cuatro veces, y el sustantivo “piratería”, una vez. En total, cinco veces, lo cual es muchísimo.
Me interesa señalar en qué contexto surge este falso debate y lo sintomático que es. Sabemos que un pirata es un ladrón de tesoros que circula por el mar abordando barcos que transportan mercancías con el objeto de robarlas. La identidad del pirata está formada por dos ejes: el ser ladrón y el navegar. ¿Es un delito ser ladrón? Sí. ¿Es un delito navegar? No. Un momento: hoy, 5 de mayo de 2020, navegar sí es delito, pues estamos en cuarentena.

El llamado debate sobre la circulación de PDFs ocurre en un momento histórico específico que es la cuarentena, el distanciamiento social obligatorio cuya violación está penada, y que provoca abusos de poder por parte de las fuerzas policiales a lo largo y a lo ancho de todo el territorio de este país, y qué duda cabe, del mundo. Y creo que este escándalo a causa de un (1) PDF compartido por una (1) persona en una (1) comunidad de Facebook de quince mil personas que estalla de miles de PDFs, pues la gente quiere entretenerse en cuarentena, se conecta plenamente con el derecho a la circulación.

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Con el pasar de los días, una vez superados los intensos sentimientos que me provocaron la lectura de las notas de los diarios que antes mencioné, y varios descargos de autorxs en Facebook, me siento un poco más tranquilo como para poder elaborar esto que generó tanta bronca.

Aquí no es una cuestión de nombres propios. No se trata de si esxs autorxs cuya opinión fue levantada por los medios son malas o buenas personas, ni más o menos solidarias. Los medios saben que de nombres propios se vive, y por eso tomaron los dichos de una escritora conocida, Gabriela Cabezón Cámara, que habló dentro de un grupo de Facebook donde se comparten PDFs, y con eso construyeron una falsa polémica. En esas notas incluyeron la opinión de otrxs escritores: Selva Almada, Julián López, María Teresa Andruetto, Camila Sosa Villada. Pero esos medios omitieron ciertos nombres propios que son un dato crucial: todxs estxs autorxs publican o han publicado en Random House Mondadori, en primer lugar, también en Tusquets, Mar dulce, Eterna Cadencia y en otras editoriales. Una vez que despejamos esta cuestión, entendemos, que estos medios actúan protegiendo las ganancias de editoriales, algunas de ellas, conglomerados transnacionales. Comento esto con una conocida, y ella me señala que María Teresa Andruetto, que publicó una nota a favor de la libre circulación de PDFs, también publica en Random House Mondadori. Le contesto que no importa su opinión: las principales voces del debate siguen siendo las de autorxs de Random. De hecho, para generar un debate, se precisa que haya dos opiniones contrarias. Y por eso eligieron a Andruetto. ¿Pero por qué no ponen a opinar a un autorx o editorx de una pequeña editorial independiente? A lo que mi amiga me responde: claro: ¿por qué no ponen a opinar a un lector? Y se lamenta: ¿Por qué enemistar autorxs con lectorxs? Buen punto para empezar.

Este es un claro ejemplo de un falso debate. Un amigo que trabaja en márketing me enseñó esto mostrándome el ejemplo del desafío Pepsi. En esa publicidad, la gente se tapaba los ojos y probaba las dos gaseosas, adivinando si era Pepsi o Coca Cola. Pero más allá de la marca que eligieran, la bebida que estaban tomando era gaseosa, y no agua de la canilla. Si bien Pepsi y Coca Cola son dos marcas diferentes, pertenecen al mercado de la gaseosa cola, y el interés de ambas es que la gente tome gaseosa… y no agua. Así funcionan los medios. Cada vez que leemos la palabra debate, veremos posiciones contrapuestas, pero esas posiciones están planteadas de manera de situarnos en un campo que nos aísla y nos distrae de otros temas que importan.

¿En qué campo nos sitúa este debate? En el lugar peligroso y deleznable, intolerable e inadmisible de que la literatura únicamente se consuma como un producto comercial: como un libro que se compra en una librería y que está producido por una editorial. A este tema se refiere Camila Sosa Villada en un texto publicado en Facebook cuando se pregunta por qué la gente compartió el PDF de Las malas y no los textos que ella publica en Facebook, que son tan legítimos como el libro editado. Lo cierto es que al otro día de haber escrito este comentario, el texto de Facebook tenía 1.250 me gusta, es decir, en un solo día lo leyeron más personas de lo que hubieran leído una tirada de mil ejemplares de un libro, aunque, claro, gratis. Mal que nos pese, las editoriales forman parte de un circuito comercial y cultural que legitima autorxs y textos de acuerdo a procesos muy complejos en los que participan muchxs actores, desde autores, editores, libreros, prensa, hasta lectores, por supuesto. Pero por fuera de ese circuito existen editoriales pequeñas, fanzines, talleres literarios, lecturas públicas, redes sociales. Entiendo que en la página de Facebook de la Biblioteca Virtual se comparten también PDFs inéditos. O tal vez eso empezó a pasar ahora que ya nadie se anima a compartir PDFs editados. La pregunta no solo es cuántas fotocopias y PDFs de libros editados leímos en nuestra vida, además de libros prestados, que no compramos y que muchas veces no devolvimos, sino también cuántos textos literarios diversos leemos, en otros medios, y por supuesto, libremente. Sin duda, muchos.

De hecho, cuando pensamos en el acervo de literatura pasada y presente, ciertamente tenemos que incluir PDFs: libros que en papel ya no existen, textos de autorxs que aún no fueron editados por editoriales (como ocurre con el listado de la Blbioteca Travesti Trans No Binarie), pero que aún así ya circulan y con cuyo contenido ya contamos.

Pero el campo en el que nos situó el debate fue muy duro, porque no nos acusó de robarle a Random House Mondadori: nos acusó, como lectores, de robarle a lxs autorxs. Un comentario cuasi privado de Gabriela Cabezón Cámara en un grupo de Facebook derivó en que ahora lxs lectorxs somos ladrones. Y aquí no me tiembla el garfio a la hora de largar una carcajada de pirata, porque ya que esos medios se despacharon con ejemplos y testimonios de lo más hilarantes, voy a enumerar los que más risa me dieron. Por suerte, todavía la risa no me la pueden quitar. En una nota se llegó a hablar de que Gabriela Cabezón Cámara, a causa de un accidente doméstico, tuvo que vivir cuatro meses de regalías. En otra, Julián López, el Día del Trabajadorx, comentó el arduo esfuerzo que realizan los trabajadorxs de las editoriales trasnacionales, siendo explotados. ¿Es un chiste? ¿Es en serio que lo máximo que puede aspirar un autor sea vivir, a causa de un accidente doméstico, cuatro meses de regalías? ¿Es en serio que el Día del Trabajadorx se trate a los lectorxs de ladronxs porque un grupo de trabajadorxs explotados por trasnacionales se verá perjudicado por nuestro accionar criminal? En una nota en Perfil se llega a dar la palabra al abogado de María Kodama, que inculpó por plagio a Pablo Katchadjian porque usó como material para su obra un cuento de Borges. Pero la pincelada más kafkiana fue cuando citaron a Selva di Pasquale, la coordinadora de la Biblioteca Virtual donde se compartieron los PDFs (editora del blog La infancia del procedimiento, que les recomiendo mucho). Ella, como una especie de Bartleby, el escribiente al revés, le contestó a Infobae: “Hay una alegría desbordante por comentar y compartir libros y además en un contexto de pandemia mundial y encierro”. Es decir, les dijo, amablemente, como Bartleby, pero al revés: “Preferiría seguir haciéndolo”.

¿Recuerdan lo ridículo que nos parecía ese clip de los DVDs donde una madre en una cocina de estilo country miraba al marido con horror porque había comprado un DVD pirata, como si el niño fuera a volverse narcotraficante, y cerraba con “¿Qué le estás enseñando a tu hijx”? Pues bien, si dejamos que este falso debate siga así, pronto encontraremos el mismo clip en cada página web que leamos, y al lado, estará el botón “denunciar violación a los derechos de autor”, botón tan frecuente en cada red social, donde “denunciar” depende de un solo click.

Sí, legalmente es un delito. Y una ley aparece cuando una realidad determinada la activa. ¿Cuál es la realidad? Que mucha gente baja de internet un PDF que no compró, en lugar de comprar un ebook o un libro de papel, y muchas veces no lo hace por maldad sino porque no tiene plata, por comodidad, porque el libro está agotado, o porque por alguna otra razón no puede comprarlo, porque vive en una provincia lejos de una gran ciudad, porque precisa consultar no la obra completa sino solo una parte, o precisa facilitar el copiado y pegado de textos para ser citados o simplemente los quiere compartir con amigues, alumnxs, etc. Y, yendo al detalle, muchas veces, cuando se sabe que la editorial es un súper conglomerado uno siente menos culpa de hacerlo, porque se sabe que vende más que una editorial pequeña, tal como mucha gente puede robar algo en un gran supermercado pero no lo robaría en un mercado de barrio. Pero si bien es frecuente bajar un PDF para tenerlo por si acaso, leer el PDF completo no es algo tan común ni tan cómodo, y de hecho hay gente no leería un PDF “ni que le paguen” porque no le gusta leer en la pantalla. Y nadie, obviamente, va a dar un PDF de regalo, sino que va a regalar un libro. ¿Realmente que una (1) persona postee un PDF a la Biblioteca Virtual en que participan quince mil personas implica que quince mil personas lo leerán? Claramente, no. Que un PDF sea bajado mil veces no significa que se haya leído mil veces ni que se hayan dejado de comprar mil libros: ¿cuántos PDFs tenés en tu pc y no leíste?. Además, las personas no dejan de comprar libros porque exista el PDF. Es al revés: si no hay un PDF disponible, entonces las personas simplemente no leerán ese texto.

Consultadas, personas de la industria editorial me dijeron textualmente que el problema para las editoriales hoy no es que la gente descargue PDFs, cosa que ya ocurre desde hace tiempo y seguirá ocurriendo, y que está calculado dentro de los planes productivos de esas editoriales, sino el parate de la economía por la cuarentena. Hoy las editoriales se preocupan por reactivar la cadena de pagos, y no porque la gente descargue libros.

Pero ahora quiero hablar desde el punto de vista de un escritor. A los treinta y siete años, por primera vez, este debate me llevó a poder darme cuenta cabal de que siempre narré y escribí para que me escucharan y me leyeran. Y me pregunto: ¿estoy dispuesto a que por no poder comprar un libro mío, por la razón que sea, una persona se vea inhabilitada de leer un texto que escribí con la expectativa de que alguna vez sería leído? La respuesta es no. Eso está totalmente por fuera de la lógica de la escritura.

Este debate también se montó alrededor del trabajo, del arduo esfuerzo que implica escribir una novela, (pues claro, los autorxs aquí citados escriben novelas: el género más comercial y popular. Oh, casualidad, ninguno es poeta, cuentista o dramaturgo) y por tanto, lo injusto de leer un libro sin que ese autorx reciba la regalía que le corresponde. Esa parte del argumento, en que el lectorx ladrón roba al autorx trabajador es muy dura y generó un intenso debate en redes sobre qué tipo de trabajo es escribir. Cuando María Teresa Andruetto señaló que escribir no es lo mismo que ser plomerx, recibió muchas críticas. Y lo cierto es que escribir no es lo mismo que fabricar una silla. No lo es en el sentido de que, en la mayor parte de los casos (salvo que tu editorial te encargue que hagas un libro) nadie te pidió que escribieras la novela; lo hiciste porque te surgió. Y la principal motivación de escribir tu novela seguramente no fue venderla o sacar ganancia de eso. El trabajo literario merece los mismos derechos que cualquier otro trabajo digno, sin embargo su producción no se ajusta al cálculo comercial de cualquier otro trabajo. No creo que ninguno de estos autores considere que Random House es su jefe o tienen una relación nominal más allá de ese contrato solo porque el producto de su trabajo es comercializado por esa empresa. El autor es, a Random House, autor. El autor es, a lxs lectorxs, también autor. El fabricante de la silla es, al dueño de la mueblería, empleado, pero el fabricante de la silla no es empleado del que compra la silla. Con esto quiero decir que, aparte de los contratos, el autor mantiene independencia de las editoriales. Y luego, una vez que un libro es leído, y lo prestamos, y la otra persona no nos lo devuelve, aunque hayamos perdido el libro, y lo reclamemos, aún contamos en nuestro haber con el texto. Esto quiere decir que el libro producido por la editorial es una carcasa que libera algo: un texto que luego pasa a pertenecerle al lector, independientemente de ese libro y de su autor. De ahí que no solo el autor sea independiente de la editorial sino que el texto, su producto, es independiente también del autor y es también independiente del libro. ¿A quién le pertenece un texto? Claramente un texto nos pertenece a todxs. Un texto está siempre entre una persona y otra. De hecho, nace para eso. Por eso es que si bien es deseable que todxs podamos comprar el libro o el ebook y que al autorx le lleguen las regalías, a veces pasa esto, que es que el texto se zafa del circuito comercial y pasa por fuera de él, de muchas maneras. Basta poner el nombre de un título en Google para obtener la búsqueda de su correspondiente PDF. Y ahora pareciera de pronto que todxs somos vírgenes de habernos bajado un PDF.

Yo creo que el verdadero pirata es el texto. Es el texto el que circula y se filtra aún en las peores condiciones: cuando hay censura, en dictadura, en guerra… y en cuarentena. Un texto nace con el objetivo de ir al abordaje.

¿Por qué un texto nace para circular? Llegamos a un punto crucial de este falso debate. Como dije antes, no casualmente este affaire se dio en el contexto de la cuarentena, en que tenemos prohibido circular. Tratamos de respetar la cuarentena por el bien de la salud: y la respetamos porque la dicta un gobierno peronista que consideramos que se preocupa por el bien común. Es claro que si el gobierno fuera el de Cambiemos la cuarentena hubiera durado un puñado de días y seguramente hubiera terminado de la peor manera posible. Aparte del parate económico que tanto daña a lxs más vulnerables, nos dolió mucho no poder manifestarnos el 24 de marzo, y no poder manifestarnos ante los femicidios ocurridos: no poder circular. No poder expresarnos, no poder compartir y promover la memoria y la protesta ante la violencia que hiere y mata.

Circular, migrar, comerciar, transmitir mensajes son un derecho básico inalienable. Así como ningún migrantx es ilegal, considerar que la circulación de un texto es un delito atenta contra este derecho social básico de las personas que es el de transmitir información y cultura. Ciertos derechos se visualizan de una forma individual: cuando hablamos del derecho a la salud, a la educación, a veces imaginamos que una persona recibe ese derecho, como si le cayera del cielo directo en la cabeza y no como si el Estado fuésemos todxs . En cambio aquí parece mucho más claro que el derecho a la circulación de la cultura es social. Y creo que por eso se ha generado tanta bronca.

Compartir literatura de la manera en que lo hagamos, en el formato que sea, es algo que nos constituye como personas sociales, es algo basal de nuestra manera humana de vivir y es imposible que nos lo puedan quitar, aún cuando no lo hagamos de la manera más deseable. ¿Puedo resistir querer compartir la mejor novela de la década que, por alguna razón, no la puedo comprar, y se la quiero compartir a la gente que está encerrada en la cuarentena, solo porque las regalías no le llegarán a Camila Sosa VIllada? ¿Podría tal vez, compartir el PDF y en todo caso comprar el libro en otro momento? Es posible que esto me pase. Entiendo que la cuarentena nos pone en estado de excepción y que un grupo de Facebook es en sí un pequeño mundo donde las reglas de lo correcto se pueden diluir. También entiendo que los textos contienen en sí un empuje a circular. También es así como donamos dinero o lo que podamos a las redes que se armaron estos meses para ayudar a travestis, trans, putas, y otras personas que lo necesitan más que nadie. Como diría Hebe Uhart: tengámonos paciencia y no nos aburguesemos. Una sola persona de ese grupo de Facebook se equivocó en compartir un PDF de un libro que estaba editado. Una sola persona. Y seguramente enseguida Selva Di Pasquale retiró el libro. No me cabe duda que muchxs personas apoyarán la literatura argentina comprando libros en cuanto puedan. Como dice un relator cuando un jugador erra un gol: puede pasar.

Parece algo básico, y es preocupante tener que aclararlo, pero en medio de la confusión que plantea este debate, es necesario decir que si aceptamos que no se puede compartir un PDF libremente, debemos tener clara la implicancia de esto, que es la de que una persona que no puede comprar un libro se vea impedida de poder leer. Que ocurra algo así sería privatizar la literatura, así como el gobierno de Cambiemos privatizó museos, o en ciertos países si no tenés plata no podés ir al hospital, por poner algunos ejemplos. Y eso es algo que, claramente, no puede pasar. Y no pasará.

Me gustaría que sea Random House quien reclame por estos PDFs, pero como dije, no lo hace, porque esta no es su principal preocupación hoy, ni siquiera es motivo real de perjuicio. También sería genial que lxs autorxs perciban aún más regalías, que puedan vivir de ellas, que editen en industrias nacionales, que el papel de los libros no venga de China sino de papel reciclado por cartonerxs… También me gustaría que no se creen falsas enemistades, porque no creo que ningunx de los autorxs ni de los lectorxs tenga que sufrir acusaciones. Sin embargo, como lo he hecho otras veces, defiendo y apoyo que haya bronca y enojo, sea en las redes sociales o sea donde sea. La bronca en redes sociales, dicho sea de paso, se genera porque la gente en vez de hablar, escribe. Y al escribir, a diferencia de cuando hablamos, no estamos dirigiendo un mensaje a una sola persona, se lo estamos dirigiendo al mundo, un mundo, como digo siempre, mágicamente “ausente y presente” al momento de la escritura. Al escribir anónimamente, la gente puede ir al abordaje sin temor e incluso decir una cantidad de barbaridades punitivas. Pero prefiero que eso exista y poder charlarlo y no repudiar las agresiones pretendiendo reprimirlas sin atender a qué las motiva, como lo hizo burdamente Infobae diciendo “debate sí, agresiones, no”. Porque sí hay motivos para enojarse, y mucho: no podemos dar un paso atrás cuando ciertos medios nos dicen que acceder a un texto es ilegal. Eso no lo vamos a permitir ahora ni nunca. Y mucha gente no lo está diciendo porque le parece muy obvio. Sin embargo, prefiero decirlo, porque el artero enfoque que crearon estos medios generó dudas en muchas personas acerca de sus propias prácticas.

Qué más puedo decir. Leer nos entretiene, nos acerca a gente, nos salva la vida. Lo sabemos muy bien, no lo tengo que explicar. Conozco personas que han tipeado textos enteros, los han copiados de libros cuando no encontraron el contenido en Internet, y todo para poder mandárselo por mail a otras personas. Cuando pienso en estas escenas, que parecen de copista, pero en el siglo XXI, no me cabe duda de que si el pirata es el texto, el tesoro son lxs lectores. Por suerte, la literatura está llena de escenas así. Un texto siempre vendrá a nuestro encuentro.

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Sobre el autor:

Acerca de I Acevedo

Nació en Tandil, 1983. Publicó los libros de cuentos Trilogía canina (2015), Jajaja (2017) y Late un corazón (2019); las novelas Una idea genial (2010) y Quedate conmigo (2017) y el ensayo Horas robadas al sueño (2018). Trabaja como editor y profesor de español y literatura. Vive en Buenos Aires desde el año 2001.  

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