Una mañana suena el celular. Del otro lado una voz invita a ser parte del jurado de la Fiesta de Colectividades 2018. Lo primero que pensás es que se equivocaron de número. Lo segundo –cuando ya se descarta la confusión, pero aún no diste el sí– es repasar mentalmente a todos los periodistas más o menos machirulos que durante años tuvieron la tarea de elegir a la reina de la celebración más popular de la ciudad.

Pero ahora te están invitando a vos. ¿Te invitan por ser periodista? ¿Te invitan por ser mujer? ¿Te invitan, tal vez, por ser feminista? Antes que nada, te invitan porque desde el año pasado ya no se elige a una reina. Si se eligiera, en tu segundo rol (el de feminista), quizás hasta tuvieras que denunciar el concurso de belleza encubierto detrás de la selección. Pero eso ya no importa. Ya no hay reina. Ahora se elige a una pareja de embajadores. Y vos decís que sí. Pero lo decís segura y contenta. Porque ante todo, amás esa fiesta.

La sentís desde por lo menos tus seis años. Cuando una noche, desde el asiento de atrás del auto de tus viejos, viste a un grupo bailando en el medio de la calle y empezaste a pedir a gritos que bajaran un rato. Todavía no había grandes escenarios, ni carpas enormes, ni largas filas para comer. Era una fiesta callejera, espontánea, fuera de cualquier regla o habilitación.

No te acordás quiénes bailaban aquella noche. Ni siquiera si tenían la bandera de algún país. Pero no te olvidás de esos pies descalzos en el pavimento, frente al Monumento a la Bandera, y de los tragos que pasaban de mano en mano. Algo te dice que eran de Brasil, porque la alegría, siempre que puede, es brasileña. Y porque por muchos años el desborde de la celebración se concentraba en los pocos metros cuadrados que ocupaba la geografía carioca (sí, sí, “carioca” quiere decir Río de Janeiro, ¿no se supone que eso es Brasil?).

El llamado te agitó esa marea de recuerdos y vos dijiste que sí. Pero: ¿Cómo hay que elegir a los embajadores y embajadoras de la fiesta? Hay que escucharlos, porque tienen mucho por contar, y verlos bailar, cantar o recitar. A tu juego te llamaron.

Serán dos jornadas de conversación con las 22 parejas anotadas. Se podrán puntear por separado a los integrantes de cada dupla, te dicen. Esto quiere decir que quienes ganen pueden ser una mezcla de dos culturas completamente distintas. Acaso no está nada mal. Es lo más cercano a esa mixtura de más de diez días en una tierra compartida por diferentes países a los que se cruza sin pasaporte. A los que entrás y salís sin permiso, cruzando una frontera invisible, tal vez descorriendo una división de lona que separa, de manera ficticia, a Polonia de Paraguay, o a Murcia del Líbano.

La idea es hablar con cada representante de cómo se relaciona con la colectividad, desde cuándo forma parte, si es descendiente o no y, sobre todo, qué significa para él el corazón de esa fiesta.

Entonces se trata de conocer historias, de preguntar y escuchar a  integrantes de las familias Abruzzesa y Molisana, de las asociaciones Africana, Haitiana, Alcara Li Fusi, Irlandesa, Cubana, de Perú, Paraguay, Bolivia, de la Biblioteca Cultural Rusa “A. Pushkin”, del Centro Cultural Argentino Iraquí, del Centro Cultural Croata, del Centro Gallego de Rosario, del Centro Asturiano, del Centro Amistad Argentino Palestina, de las Colectividades Helénica, Iraní, Libanesa, Polonesa, del Club Argentino Sirio y del Rincón Murciano.

Las parejas se sientan frente al jurado, parecen estar ante un examen. Pero una vez que empiezan a contar su historia, se emocionan, entran en detalles, explican los trajes que vestirán la noche final de este lunes 19, en la que se terminará de poner el puntaje que definirá quiénes van a recorrer durante un año la provincia y parte del país en nombre de la Fiesta de Colectividades.

En las dos jornadas que compartiste con los demás jurados sentís que hay algo común en esos relatos de cada comunidad: todos se ligan a lo doméstico. Tienen que ver con la casa, con la habitada y con la abandonada, con la que ocupan ahora o con la que tuvieron que dejar atrás, con el exilio y con la vida nueva que construyeron de este lado. Y siempre están asociados a esa narración que se da de manera oral alrededor de la mesa. Entonces no es raro que un relato también se ate a una receta, desde la sopa paraguaya a la crema catalana, de la empanada ábare al  souvlaki, del chucrut al chorizo murciano.

Y aparecen las migraciones: desde aquellos primeros que se desplazaron después de la Segunda Guerra Mundial a los nuevos migrantes que llegaron y siguen llegando a la ciudad. Y en un movimiento distinto, una misma búsqueda: la de un lugar mejor para vivir.

El chico africano que desembarcó hace un par de años y el señor molisano que vino hace 30. El hombre cuenta que llegó a visitar parientes, se enamoró de una rosarina, se casó, aprendió de su suegro el oficio de panadero y nunca más regresó.

Una joven siciliana amante de la literatura argentina que vino hace cinco años al país y se sintió una más desde que puso un pie en Rosario. Antes, había pasado una estancia en un pequeño pueblo de la provincia donde la espantó que a las mujeres se las miraba mal si salían de noche y tomaban vino. “En cambio, esta ciudad abraza”, dice la chica que todas las semanas da clases de teatro en la Asociación Alcara Li Fusi.

Mientras, una parejita rubia de la Familia Abruzzesa, nietos de italianos, cuenta su relación con la danza y cómo esta fiesta no es una más en el calendario. “Está a la altura de Navidad y Año Nuevo, y celebrarla juntos en colectividad es como tener una familia mucho más grande”, dicen.

La chica haitiana tiene un tocado de trenzas en la cabeza que nadie puede dejar de mirar. Dice que es una tradición femenina cambiarlo una vez al mes. De lo más curioso que le pasó en la ciudad desde que llegó fue tener que responderle a una mujer que le preguntó: “¿Del lugar donde venís hay supermercados?”. “Hay de todo”, comenta ella y promete estar en el stand de su país todas las noches de fiesta para echar luz acerca de su cultura, es decir, para responder a estos prejuicios.

Quien representa a Bolivia nació en Buenos Aires pero a los pocos años volvió a Cochabamba, donde lo criaron sus abuelos entre el español y el quechua que aún conserva. Se está por recibir de licenciado en Letras en la Universidad Nacional de Rosario. De joven, sus cuñados lo querían mandar a trabajar al campo, pero él no se resignó a ese destino. Hoy es la primera generación en su familia en ir a la universidad.

Sorprende el chico de la Colectividad Helénica que no tenía sangre griega pero es un estudioso de la cultura, la mitología y las tradiciones y se sumó a la colectividad como amigo o, como le gusta decir “filo heleno”: cambió de religión y nunca más se alejó.

Al chico de Paraguay se le llenan los ojos de lágrimas cuando dice que está ahí porque se lo pidió su hija. Y emociona un señor iraní, que trabaja de taxista, junto con su hija: practican la religión bahá’í. Dicen que gran parte de lo que sucede en las noches de fiesta no sólo es compartir recetas. Ese algo más hay que verlo.

Las historias se mueven. Como las migraciones. Contar y escuchar hace que nos desplacemos, y nos dan la posibilidad de desviarnos casi como si estuviéramos ahí. Como en esa celebración que no conoce de fronteras para entrar, salir, comer, bailar, gozar.

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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