Necesito besar. Necesito tocar. Es mi quinto día de aislamiento y amanecí con unas ganas locas de sentir los besos en mi boca y las caricias en mi cuerpo. Hace más de 100 horas que estoy sin salir de casa y hace el mismo tiempo que tener contacto piel con piel con los demás está cancelado.
¿Será uno de los efectos del aislamiento? ¿Será el resultado de la prohibición? Basta con que te digan que no podés hacer alguna cosa para que el deseo irrefrenable aparezca. ¿Será que una parte de nosotros siente que el avance de este enemigo invisible es el principio del fin? ¿Será que no queremos que el mundo se acabe en medio de esta soledad de los cuerpos?

Besar en la boca. Besar con lengua. Besar y que me besen. Tocar, acariciar, rozar, scrollear el cuerpo del otro con la yema de los dedos. Pero no. No hay que tocar. No hay que besar. No está permitido hacerlo ni siquiera en las mejillas. Desde que el coronavirus avanza el sentido de la vida cambió. Las medidas de aislamiento aumentaron y el saludo dejó de ser con un beso. Salvo por error o descuido los besos escasean y si amagas con dar uno te miran mal. Te castigan con la mirada. El ojo disciplinador, más atento que nunca, señala y juzga cualquier escamoteo al orden.

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La recomendación es saludarse codo con codo, sin choque de mano, mucho menos con el roce de la cara. También dicen que hay que mantener un metro de distancia entre una y los demás. Por eso el cajero del minimercado no sólo me cobró con guantes de látex sino que me trató con una lejanía inusual en la que casi no hubo ni siquiera un cruce de miradas.

Estos días me traen el recuerdo de Anna, mi amiga sueca que llegó a Argentina en 2001. Ella decía que amaba muchas costumbres nuestras pero su favorita era que no se pactaran con demasiada antelación los encuentros. Te llamo porque estoy cerca de tu casa y caigo. Te escribo para tomar una cerveza en media hora en el centro y ahí estás. Ando con ganas de charlar, toco un timbre y vos no dudas en poner la pava sobre la hornalla para escucharme. El mate, la birra, el abrazo, la mano, el beso. Ese beso de cortesía pero también de confianza. Ese beso amigo y compañero. Ese beso que Beatriz Sarlo dijo que con suerte gracias al coronavirus logremos erradicar. Por ridículo, por baboso, por argentino. Y también, porqué no, por nacional y popular.

El intercambio de saliva y de fluidos se puso en pausa. Los besos, como dice la canción, por celular. Nos tenemos que cuidar y cuidar a los demás. Tomar distancia física, separar los cuerpos, extremar al máximo las fronteras. Pero con la precaución de que no se conviertan en fuertes muros.

Estamos en emergencia y los besos son mi urgencia. ¿Quién pediría besos desde el confinamiento? ¿Cómo garantizar que mi boca no es vectora y que la otra no es una víctima potencial? ¿Cómo no ser una sospechosa en tiempos de barbijos, lavandina y alcohol en gel? ¿Las tecnologías sexuales serán nuestro único destino en la pandemia?

Dentro de poco será una semana sin salir de casa. Afuera hago de prisa y no tengo tiempo para nada. Adentro no sé qué día es, hago una sola cosa por vez y el tiempo pasa lento . La casa se cierra y yo me abro. Siento, me conmuevo, deseo. Que su boca esté sobre la mía. Que mi lengua se enrosque a la suya. En mi cuarentena me quedo quieta y sin embargo me muevo. Cierro los ojos y soy Venecia. El agua se aclara, la naturaleza empuja, los cisnes y los peces bailan mi danza. En cuarentena conspiro un encuentro. El distanciamiento físico es territorio, refugio afectivo para compartir y pasar este tiempo. Y en mi escondite el beso es un permanente complot.

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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