La novela de Florencia del Campo, La huésped, nos deja –especialmente a las mujeres– al descubierto, a la intemperie. Y hay que leer esa magistral inmersión en el alma femenina tan bien formulado, y a la locura y el devenir de sucesos que no por conocidos o sospechados nos serán fáciles de digerir.

El libro se lee de un tirón. De un tirón angustiante, con la piel de pollo, la misma que La huésped (Baltasara Editora) parece tener siempre, o no, da lo mismo. Porque ella, la chica de mentas, la extranjera, la intrusa, es un enigma apasionante.

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Y nada es casual, porque la autora desmenuza su literatura y su lenguaje hasta hacerlo migajas y nos cuenta que es una viajera y que se siente extranjera siempre. A cada lugar donde va.

“Eso no quiere decir que en España no me sienta acogida, claro que sí, y ahora mismo es mi casa y la siento absolutamente mi casa. Y Madrid, por otra parte, es una ciudad súper inclusiva donde mucha gente no es de Madrid, es decir, somos todas un poco de afuera. Acá vive mucha gente del interior de España, no me refiero solo a extranjeros, pero así y todo la condición de extranjeridad para mí es hasta constitutiva de lo humano y de eso intento hablar en mis libros. Ya no es una cuestión de ser extranjera por el lugar de nacimiento, es más bien una cuestión de ser extranjera por estar en un fuera de lugar, en un no-lugar incluso”, dice la autora radicada en Madrid que acaba de ganar el Premio Internacional de Novela “Ciudad de Barbastro” con la obra titulada La versión extranjera, una de las tres finalistas de cinco seleccionadas.

—¿Quién sos Florencia? ¿Cómo es tu vida allá? ¿Estás casada, tenés hijos? Perdón por la invasión, pero así son las notas a la distancia.

—No tengo familia (construida por mí) y soy soltera (no tengo novio tampoco). Mi familia, la que viene dada, digamos, vive toda en Argentina. Yo vivo sola aquí en una habitación en un piso compartido (muy típico de Madrid) y el mes que viene me mudo sola a una casa en la sierra de Madrid, es decir, en un ambiente absolutamente rural, a una hora en tren de la ciudad.

—En La Huésped se percibe la locura, la obsesión, el engaño, el desarraigo, el país que no alberga a la protagonista, la angustia constante, los malos trabajos y la ignorancia frente al idioma. ¿Esa es la Europa que vos viviste? ¿Creés que la falta de diálogo y de empatía son un mal de esta época?

—No construí La huésped sobre una experiencia autobiográfica, eso es lo primero que me gustaría aclarar. Mi segunda novela, Madre mía, sí puede enmarcarse en el género o etiqueta que ahora tanto gusta utilizar, que es la de autoficción, pero La huésped no. No obstante, claro que hay algo de lo personal volcado en el texto, porque escribo desde mí y desde mi percepción del mundo. Pero no se trata de que ésa haya sido la Europa que yo viví, sino más bien de que esa es la condición humana que yo percibo. Es decir, insisto con la idea de extranjeridad. Creo que hay algo constitutivo del ser humano y luego, más aun de la mujer, que es ese no encajar, ese estar fuera de lugar permanentemente. No necesito un Estado o una Nación para creer que eso sucede, me basta una familia, por ejemplo. En esas organizaciones se dan las extranjeridades. Y en La huésped ella es eso: una extranjera no solo de Francia, que sí, pero que es casi lo de menos, sino extranjera de una familia, extranjera de una condición de mujer que socialmente establece ciertas pautas, extranjera de un cuerpo, incluso. O extranjera del amor, hasta si se quiere. Respecto a la falta de diálogo y de empatía, desde luego que creo que las sociedades de consumo son una peste espantosa para establecer vínculos sanos. Y como pienso que todo es político y que nada se desvincula de lo político, esta extranjeridad que yo señalo tiene necesariamente ese condicionante político y de nuestros tiempos. Pero porque, en definitiva, creo que todo el espíritu humano está atravesado por lo político.

–¿Cómo inspiraste este personaje, La huésped, y por qué está tan resentida?

–Yo no ceo que esté resentida, honestamente. Creo que no encaja y está incómoda. Lo inspiré porque yo estaba en el norte de Francia y me pregunté qué pasaría si me volviera loca, si a las cosas normales, tangibles, de toda la vida, como una mesa, un vaso, de pronto no las reconociera o no pudiera nombrarlas o ya no me parecieran eso. La novela nace de esa idea de extrañamiento. Luego fue evolucionando y del extrañamiento pasé a la incomunicación (utilizando el tema de que la protagonista no sabe hablar el francés como excusa para hablar de una incomunicación mucho mayor) hasta acabar en el gran tema de la novela, desde mi punto de vista, que es la extranjeridad, que un poco incluye los dos anteriores (extrañamiento e incomunicación). Está “resentida” (me permito poner comillas) porque está pasmada. Porque un hombre se convierte en animal y todo así, es desesperante.

–La voz que narra tu novela tiene la habilidad de cambiar su humor y el de los lectores: odiamos/amamos a Manon y objetamos al marido que, al fin y al cabo, no es tan malo. Contame de qué manera construís tus personajes y si los buscás en la gente de tu entorno justamente en Europa. Me refiero a que parece que “tus” franceses no son muy amables ni frendly.

-Bueno, claro que me inspiro en gente que me rodea o que conozco, pero luego hago ficción, ridiculizo, etcétera. La Manon que yo pude haber conocido en mi vida o todos los franceses que me crucé eran gente normal (si tal cosa existe). Lo interesante es pasarlo por el filtro de la escritura y des-normalizar las cosas, poner en cuestión todo. Lo que me interesaba hacer en La huésped era construir personajes desde los ojos, desde la óptica, desde ella. No sabemos en realidad cómo es Manon o los amigos de su marido, ni su marido. Exactamente, como bien dices, puede que no sea tan malo. No sabemos. Da igual. Además, de eso se trata: nadie es bueno o malo, así, como si fueran superhéroes. Estos son humanos, por lo tanto, serán lo que puedan ser. Para ella el marido es un extranjero. Eso es lo importante. Con esto quiero decirte que el personaje que yo realmente construyo es a ella, los demás los construye ella, no existirían si ella no existiera.

–Debo decir que toda tu novela trasunta una angustia atávica que resulta admirable por cómo está plasmada. ¿Crees que la angustia es uno de los azotes de este siglo?

–Mirá, el primer libro que leí de adolescente fue El yo y los mecanismos de defensa, de Anna Freud (mi madre era psicoanalista). Desde ese libro y hasta las conversaciones que se establecían en mi casa, en la mesa (una casa con más de un miembro psicóloga de profesión) la angustia fue un tema muy presente en mi vida, como cosa teórica. Como cosa práctica, es decir, como experiencia, claro que también, como en la vida de cualquier persona. No, no creo que sea de este siglo. Creo que es humano. Pero sí creo, por supuesto, que en cada época puede tomar unas formas propias que tendrán que ver siempre con lo político en términos amplios (o sea, lo político, no la política). Seguro que en el siglo XVI también se angustiaban (¡tenemos literatura y arte para saberlo!) y se seguirán angustiando en el siglo XXX. Lo político hará que esas formas de angustia tengan más que ver con tales cosas y menos con otras, nada más. En España, a la gente de mi generación le angustia la precariedad laboral. A mí también, dicho sea de paso. Pero también la muerte. Y la soledad. O nos angustian los femicidios. Sí, claro, estamos donde estamos y viviremos esas angustias, no podremos librarnos de eso. Y menos mal.

–Respecto a toda la movilización local en contra de la violencia de género, el me too, el aborto libre y gratuito, cuál es tu postura. Se me ocurre que La huésped podría tranquilamente pertenecer a alguno de esos grupos o aparecer muerta ¿no?

–No, no sé si la huésped podría aparecer muerta. Desde luego, no es esa la novela que escribí. La huésped habla de la condición de la mujer, por ejemplo, cuando se pregunta por qué una mujer que es madre adquiere otra categoría en la sociedad que una que no lo es. Y todo el tiempo habla de la mujer y del cuerpo y eso es político también. No creo o no quiero que para hablar de la mujer y para tener una postura feminista, como posición ética, haya que hablar de maltrato o de me too, necesariamente. Quiero que podamos hablar de feminismo también cuando hablamos de deseo, por ejemplo. Por supuesto, estoy a favor del aborto libre y gratuito y creo que es un momento histórico en la Argentina y en el mundo que tenemos que aprovechar. Es una batalla a ganar. Tenemos que seguir peleando.

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Sobre el autor:

Acerca de Alejandra Rey

Periodista free lance, redactora y ex editora del Suplemento ADN Cultura del diario La Nación. Y madre de Lola.

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