Lo imaginario no era lo irreal. Lo imaginario era lo posible, lo que todavía no es, y en esa proyección al futuro estaba, al mismo tiempo, lo que existe y lo que no existe. Esos dos polos se intercambian continuamente. Y lo imaginario es ese intercambio. Ricardo Piglia

 

Entre marzo y abril de 1802 el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata publicó en tres entregas una “Relación histórica del pueblo y jurisdicción del Rosario de los Arroyos” que constituyó el primer relato sobre los orígenes de la ciudad. El artículo llevaba la firma de Pedro Tuella, corresponsal y único suscriptor del periódico en lo que entonces no era más que “una modestísima capilla”, al decir del historiador Juan Álvarez. No se sabe qué opinaron sus contemporáneos, pero al cabo de un siglo el texto se convirtió en el eje de una prolongada polémica que se inició y concluyó sin demasiado acuerdo entre los contendientes.

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Escandell –quien murió hace dos días– encarnó con lucidez el binomio enseñanza y compromiso ideológico. Militó la docencia y dejó una obra en la que ensayó su pensamiento plenamente contemporáneo.

Tuella no aportó datos muy precisos. “Hacia el año de 1725 se descubre el principio de este pueblo”, escribió, en lo que sería una de las afirmaciones más discutidas de su artículo. Según su relato, el español Francisco de Godoy había formado el núcleo original de población con un grupo de indios calchaquíes a los que condujo desde el norte de la provincia, para ponerlos a salvo de la persecución de los guaycurúes.

El corresponsal del Telégrafo –a quien se debe, además del primer relato histórico, el inicio de la literatura en Rosario, ya que también dejó unos poemas– no habló de una fundación. Pero los primeros historiadores que se refirieron al pasado de la ciudad –los hermanos Eudoro y Gabriel Carrasco y Estanislao Zeballos–, a través de sus lecturas, convirtieron en afirmaciones lo que en la crónica de Tuella eran referencias dispersas y tentativas, y hacia fines del siglo XIX surgió una especie de consenso según el cual Rosario había sido fundada en 1725 por Francisco de Godoy con un grupo de calchaquíes. Españoles e indígenas sellaban entonces una inédita relación de amistad dando origen a un núcleo de población.

La polémica se disparó en 1924, cuando el concejal Calixto Lassaga presentó un proyecto de ordenanza en el que proponía que se fijara una fecha para la celebración del segundo centenario de Rosario. La iniciativa dio origen a un debate del que participaron los integrantes de la Junta de Historia y Numismática a través de una serie de artículos en La Capital. La conclusión fue que no existían documentos que probaran no solo la fundación de Rosario sino la existencia de Godoy.

El nuevo consenso tenía un sabor amargo. En la historia de las ciudades, el acontecimiento de su fundación contiene símbolos y marcas ideológicas que configuran representaciones de identidad. El relato de los orígenes apuntala los valores compartidos y otorga sentido al desarrollo histórico. De pronto, el presente de Rosario estuvo desprovisto de un marco de interpretación.

La cuestión preocupaba a los historiadores. Pero el nuevo capítulo de la polémica surgió por iniciativa de los escritores. El 23 de enero de 1938 Fausto Hernández y Virgilio Albanese publicaron en el suplemento literario de La Capital un articulo donde examinaban las transformaciones que había experimentado Rosario en la década de 1850, precisamente cuando fue declarada ciudad. El 6 de febrero, en “Guerra y periodismo”, reconstruyeron la repercusión local de la guerra del Paraguay y la participación de jóvenes rosarinos en el conflicto. Y el 24 de abril, “La historia de Rosario y Francisco de Godoy”, solo firmado por Hernández, rescató la versión que asignaba el origen de la población al encuentro de españoles e indígenas.

Poeta y periodista de intensa actividad en la primera mitad del siglo XX,  Fausto Hernández publicó en 1938 otros dos artículos en el suplemento literario de La Capital, que dos años antes había comenzado a editarse bajo el cuidado de Hernán Gómez. En “Una ciudad con mitología” (12 de junio) y “El funcionalismo histórico” (3 de julio) presentó su perspectiva de análisis. Desde el principio, contra lo que dirán sus críticos, Hernández admitía que el relato sobre Godoy y los calchaquíes no estaba probado; pero no debía ser descartado, argumentaba, porque constituía la matriz de un mito que se proyectaba en la identidad de la ciudad. Fueron adelantos de su libro Biografía de Rosario, publicado al año siguiente por Librería y Editorial Ciencia.

Fuego cruzado

El mismo año de su aparición, Biografía de Rosario recibió el primer premio de Historia y Etnología, otorgado por la Comisión Nacional de Cultura. Fue un reconocimiento importante. Pero las críticas no tardaron en llegar. El 19 de octubre de 1939 José Agasso recogió el guante en una colaboración para La Capital. Al año siguiente Augusto Fernández Díaz publicó el libro Rosario desde el fondo de su historia, donde recusaba la versión de Tuella y por extensión el mito presentado por Hernández. Y entre el 2 y el 29 de septiembre de 1941, Félix Chaparro escribió siete artículos para La Capital con el mismo propósito.

“Los calchaquíes no llegaron nunca a Rosario”, afirmó Chaparro, que presidía la Junta de Historia local. Además consideró que la fecha de fundación era el 7 de mayo de 1731, cuando entró en funciones el curato de los Arroyos; si bien admitió la existencia de Godoy lo situó en la zona del arroyo del Medio, lejos de Rosario, y le reprochó a Hernández la “sobreestimación” del relato de Tuella.

Para Hernández no importaba tanto demostrar los hechos históricos sino observar que los relatos sobre Godoy y los calchaquíes circularon entre los antiguos pobladores de Rosario, tal como lo asentó Tuella, y que en ellos lo que contaba era su significado respecto al carácter de la ciudad y a la percepción que los habitantes de entonces tenían de su pasado. Era una perspectiva novedosa y audaz, pero que prácticamente no tuvo interlocutores en la ciudad. Y mucho menos entre los historiadores, que hicieron una lectura selectiva de la Biografía de Rosario: dejaron de lado la interpretación del mito –central en el libro- y para impugnarlo se concentraron en la cuestión de los orígenes de la ciudad. Hernández, hay que decir, tampoco favoreció el diálogo, ya que su libro contiene ideas que parecen provocaciones, como la afirmación de que “Rosario no tiene historia”.

Tuella, antes reconocido como “el primer historiador”, fue rebajado primero a cronista y después a simple vecino, “hombre estudioso y sencillo, mitad literato, mitad pulpero”, según la descripción maliciosa de Juan Álvarez. Desconocer su autoridad era el paso previo para rechazar su versión “No siendo historiador, no se lo ocurrió acudir a los archivos –escribió Augusto Fernández Díaz–. Su trabajo por esto debió circunscribirse a consultas entre antiguos pobladores con un resultado no muy halagador al comprobar que muchos de los relatos, los más antiguos, eran contradictorios o sin ninguna conexión”.

Segundo round

De origen español, Tuella se radicó en Rosario en 1759, apenas tres décadas después de los hechos que relataba. Cuando escribió su artículo era en consecuencia uno de los vecinos más antiguos, en un pueblo que por otra parte tenía 400 habitantes.

Fernández Díaz se aplicó a cuestionar las afirmaciones de Tuella y en particular su testimonio de que los calchaquíes tenían una imagen de la Virgen del Rosario y se habían establecido a una distancia de entre cuatro y seis cuadras de la actual Catedral, para mudarse a la costa del Carcarañá cuando aumentó el vecindario. La versión de Tuella retomada por Hernández implicaba una representación inaceptable: la ciudad de Rosario había tenido su origen en unas tolderías.

Juan Álvarez dedicó un capítulo de su Historia de Rosario, publicada en 1943, a “la pretendida fundación de Rosario por don Francisco de Godoy”. Allí renovó las críticas a Tuella, enfatizó en la ausencia de documentos para probar su relato (o las interpretaciones que historiadores posteriores hicieron de su relato) y trató de demostrar que los calchaquíes no habían estado en Rosario sino más lejos, a orillas del Carcarañá.

En su libro, Álvarez relegó a la Biografía de Rosario a una nota al pie, como parte de una heterogénea enumeración de obras dispares, que habían contribuido al conocimiento histórico de la ciudad, pero ubicándola junto con La ciudad cambió de voz, la novela de Mateo Booz, es decir en la literatura, un espacio ajeno a la historia. Un reconocimiento que significaba a la vez una negación.

Sin embargo, por lo menos un párrafo iba dirigido tácitamente a Fausto Hernández: el “modo de nacer, espontáneo, determinado por necesidades espirituales (el nucleamiento de pobladores alrededor de la capilla) antes que materiales, económicas o políticas, es harto más honroso que el artificio de cualquier hipótesis indemostrable tejida en base a indios vagabundos (…) Esa imposición de mitos por decreto tiene todo el aspecto de estar empañando uno de los más puros méritos de Rosario”. También su célebre sentencia sobre el origen de la ciudad -“Rosario fue obra de blancos, no de indios” –apuntaba contra la tesis del escritor.

Álvarez pareció esmerarse en desacreditar la figura de Tuella. Atribuyó su relato a “informaciones incompletas” e inexactas; supuso, sin ninguna prueba, que había inventado la existencia de Godoy para congraciarse con un ministro español que tenía el mismo apellido y destacó que “ni fija con precisión el año 1725, ni dice que Godoy se propusiera fundar un pueblo”.

Ninguna de esas críticas es tan significativa como un comentario que hace al pasar. Álvarez cuenta que su casa se encuentra edificada en el mismo solar que habitó Tuella. Así como él ocupa el espacio físico del corresponsal del Telégrafo, y para eso tuvo que tirar abajo “recias paredes de adobe levantadas más de un siglo antes”, su libro desaloja definitivamente a la “Relación” de los estudios históricos y se constituye en versión canónica del pasado de la ciudad. “La casa de Álvarez era una construcción moderna, en la que era posible escribir la historia que la ciudad necesitaba”, dice Mario Glück, respecto del modo en que el autor de Historia de Rosario legitima su versión.

Discusión por entregas

En 1958, cuando la discusión parecía cerrada, Hernández volvió a la carga. Lo anunció en una entrevista publicada por La Capital el 11 de mayo de ese año: “Ahora voy a ofrecer un apéndice titulado El mito Francisco de Godoy, en el que demuestro que nuestra ciudad ha tenido su origen en unos indios calchaquíes comandados por Godoy, quienes se radicaron en el sitio que actualmente ocupa la plaza (25) de Mayo. Yo estoy seguro de la autenticidad que revista la manifestación de Pedro Tuella”.

El mito Francisco de Godoy salió por entregas en el suplemento literario del diario. Y cuando concluyó su publicación, en agosto de 1958, La Capital publicó, también por entregas, las nuevas respuestas de Chaparro y Fernández Díaz.

En la Biografía de Rosarioreeditada por Editorial Baltasara, junto con El mito Francisco de Godoy– el problema de la veracidad no le importaba demasiado a Hernández; el viaje de Godoy y los calchaquíes desde el norte hacia la zona de Rosario podía haber sido real o ficticio, pero tenía una proyección mítica y una significación en el modo en que la ciudad definía su identidad. El mito era entonces el relato de una fundación imaginaria. Pero lo imaginario no suponía algo irreal o falso sino lo posible en la bruma del pasado.

Al retomar la cuestión, molesto por la reacción de los historiadores, Fausto Hernández decidió reivindicar la existencia de Godoy y los calchaquíes. En ese punto su versión tenía su punto débil, ya que intentó trabajar con los datos de sus adversarios y sus especulaciones son muy discutibles. Su fuerza y su encanto surgían del mito que él mismo construyó: Rosario como ciudad universalista y democrática, dijo Hernández, ajena al conservadurismo y a las supersticiones, tolerante con la diversidad y producto de la amistad de españoles e indios y no de su enfrentamiento, a diferencia de lo que había ocurrido en el resto de las grandes urbes argentinas. Una versión que reclama su lugar en la historia de la ciudad.

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Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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