“Sentarse en bares, hablar y fumar cigarrillos, esa es la historia del arte”, pregonaba en los 70 neoyorquinos la escritora Fran Lebowitz. Pero se le escapó algo fundamental que a la periodista, crítica cultural y narradora María Moreno no: el alcohol como vehículo de la conversación. Black out es un libro que construye memoria a partir del olvido (su significado es, justamente, el olvido que genera el alcohol). En este momento, María Moreno no toma ni un café. Está sentada a la mesa del comedor de un hotel que es igual a todos los comedores de hotel habidos y por haber. Si no fuera por los grandes ventanales que dan a una calle que baja hacia el río Paraná, esta podría ser cualquier otra ciudad. Pero no lo es. Es la mañana de un sábado de septiembre en Rosario, el amanecer después de un día agitado. Llegó a la ciudad el día anterior para participar de la segunda edición del ciclo de charlas “Pensamiento contemporáneo”, un encuentro con referentes culturales entrevistados por el periodista y director de Anfibia Cristian Alarcón.

María Moreno tiene 71 años, es menudita, lleva el pelo rubio y lacio y está siempre vestida de negro. Su look rockero alla Joan Jett hace pensar que si hay alguien contemporáneo, es ella. A pesar de plantear que es muy fóbica ante cualquier circunstancia con un otro, dice haber disfrutado de la charla, del encuentro con quienes fueron y, sobre todo, de aquellos que tuvo más cerca, ahí, en el piso del salón Foyer del teatro El Círculo, sentados tomando mate y escuchándola hablar. “Me encanta sentir que con Black out mucha gente joven me descubrió, porque me da la posibilidad de ser distinta”, cuenta haciendo referencia a todes les jóvenes presentes en su charla y el efecto que tuvo su libro de 2016.  Un libro que se hamaca entre el ensayo y la ficcionalización de sí misma (“hay una conciencia del simulacro mediado por el artificio de la escritura”) y de sus pares, escritores y periodistas con los que compartía el circuito de la bohemia intelectual porteña: Norberto Soares, Miguel Briante, Claudio Uriarte y Charlie Feiling.

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—Todo empezó como un encargo, por supuesto, nunca encontré otra manera de escribir que no fuera por encargo. Hace un tiempo ya Daniel Ulanovsky Sack buscaba hacer una sección de relatos confesionales en la revista Latido. Me acuerdo que hablábamos con mi amigo Daniel Molina y él iba a escribir sobre sus años en la cárcel durante la dictadura. Era militante del ERP y gay. Ulanovsky Sack nos pedía  algo que él llamaba “amarillismo íntimo” y yo al principio me enojé, lo rechacé, pero después me encantó. Es algo que me pasa siempre que algo me pone a escribir, como buena neurótica tiendo mi propia trampa. En ese momento pensé: “Si Daniel escribe sobre esto yo voy a redoblar la apuesta: voy a hablar de ser alcohólica y bisexual”. Y así escribí “La pasarela del alcohol”, un texto de treinta páginas donde el alcohol me permitía hablar de muchos temas. Fue el germen de Black out.

María Moreno ejerce, en principio, la curiosidad. A pesar de ser tímida muestra interés por su interlocutor o interlocutora, hace preguntas, incluye. Hay una anécdota crucial  para pensar su curiosidad como un puente, como una forma posible de pensar el periodismo. Su mamá era doctora en bioquímica pero como era muy habitual en esa época, no logró separarse del conventillo en el que vivía su mamá campesina analfabeta y vivían todos juntos allí. En las habitaciones había distintas sobrevivientes de Auschwitz. De chica, su abuela la mandaba a repartir el correo entre los vecinos. Un día fue a entregarle dos cartas a Ruth Seiden. Ella estaba lavando ropa y la joven María quedó hipnotizada al ver el brazo descubierto, numerado, desapareciendo entre la espuma y volviendo a aparecer.

—¿Le dolió el tatuaje señora Ruth? —se le ocurrió preguntar

—No es un tatuaje, chirusita. Es mi número de teléfono. Tengo tan mala memoria” —dijo la señora Seiden sin mirarla.

La señora Seiden le contestó con humor y ternura y sin ningún tipo de posición trágica, pero según María Moreno la que la hizo sentir mal fue su mamá, que la llamó llorando para pedirle disculpas. “A mí me gusta pensarlo como mito de origen. Nunca más volví a un tema tan profundo del siglo XX en mis entrevistas”.

Años de formación

“Comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres. Imitaba una iconografía fuerte: Alfonsina en el café Tortoni, Norah Lange en el Auer’s Keller. Como Alfonsina, quería un hogar contra el hogar, ser la mujer de las medias rotas –una gota de esmalte detiene la corrida–, la varonera ante cuya sorna se ponen a prueba las teorías, la amada vitalicia pero protegida por el tabú del incesto a la que se descubre de pronto como la amante más fiel aun en su traza impostada de pendenciera. Estaba convencida de que, más que ganar la universidad, las mujeres debían ganar las tabernas”, escribe  María Moreno en Black out mientras entrama sus memorias con el alcohol como coartada.

Ubicando el bar como escenario en plena dictadura, los encuentros de este grupo intelectual bohemio suceden en el bar La Paz, donde se contrabandeaba informaciones de grupos diversos. Pero de qué bar se trata es lo de menos. Opera casi como una institución. El bar se aísla y lo que pasa ahí es la construcción de teoría. Periodistas y escritores hablan de su deseo de escribir, editan textos virtuales, los mejoran y se cuentan historias que quizás nunca serán escritas. Trabajan la literatura desde un lugar contaminado, como le gusta llamar a María Moreno: “El que quiera escribir que escriba afanándole tiempo a la crónica diaria”.

—Para mí era fundamental recuperar de Soares, de Briante, de Feilling sus posturas estéticas, entender que ya nadie piensa así, pensarlos desde la extinción. Gracias a la serie del Recienvenido de Ricardo Piglia, la colección de reediciones que publicó el Fondo de Cultura Económica,  hubo algún tipo de acceso a sus obras: allí esta Gente que baila de Norberto (Soares), El mal menor de Feilling, Hombre en la orilla de Briante. Ojalá la gente más joven pueda acercarse a esas obras porque son muy actuales. También creo ahora que hay algo que me quedó afuera de Black out, que tiene que ver con el machismo y que pude reconocerlo en ese momento: había algo mortífero para ellos en el machismo de esa época. En esa competencia constante y en los roles que cada uno debía cumplir. Es algo en lo que me gustaría trabajar en una próxima edición de Black out.

Células madre: un registro posible de la prensa feminista en los primeros años de democracia

Durante toda su carrera periodística María Moreno encontró los vericuetos para contar desde el feminismo y difundir autoras mujeres. Ya en democracia, creó La Cautiva, una sección en la revista cultural Fin de siglo; La Porteña en la revista El Porteño, La mujer pública en Babel. En el periódico feminista Alfonsina, fundado por ella en 1984, hizo que personalidades como Alberto Laiseca, Eduardo Grüner, Rodolfo Fogwill y Martín Caparrós, escribieran textos firmados con nombre de mujer. “Estaba muy identificada con el feminismo de la diferencia, todavía lo estoy”.

A fines de junio  inauguró en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti la muestra Células Madre, con la selección de Moreno, a partir de un vasto trabajo de investigación hecho en hemerotecas, centros de documentación –como el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (Cedinici) y el Centro de la Cooperación– y entre su red de amigos y amigas, referentes de los años 80. Revistas, fotos, piezas audiovisuales y objetos-recuerdos buscan reconstruir un relato de la prensa feminista de los 80 con sus demandas y reivindicaciones jurídicas, sexuales, políticas.

—Me gusta mucho el trabajo con el archivo porque considero que el archivo es la experiencia.  La segunda ola feminista, en los 80, abrió un debate sobre el contrato sexual, se articuló con los espacios de derechos humanos, no así con partidos políticos. Se manejaron desde los márgenes, fue un movimiento alternativo pero potente.  Me interesaba recuperar ese espíritu, encontrarle alguna forma de vínculo con esta cuarta ola: no de linaje, no de herencia, quizás si de parentesco. Algún término que reconozca una lógica pero no una jerarquía.

Desde Página 12 y Anfibia María Moreno problematiza, opina y construye sentido alrededor de los feminismos actuales. Considera que se ha generado otra forma de hacer política, irreversible en su forma. “Puedo decir que vi a mi generación siendo exterminada en la dictadura pero también puedo decir que vi una ola verde inundándolo todo. Claro que me entusiasma”.

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Lucía Rodriguez

Periodista

Nació en Corrientes y vive en Rosario. Es licenciada en Comunicación social. Actualmente pasa sus mañanas como parte del equipo de La marca de la almohada, transmitido por Radio Universidad de Rosario y sus tardes como co-conductora de Tardenautas, en 5RTV. Cuando puede colabora para distintos medios gráficos. Como gestora cultural, organiza actividades vinculadas a la música y al ámbito editorial.

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