Los semáforos peatonales se ponen en verde y cientos de androides, mutantes y humanos avanzan simultáneamente de una esquina a otra. Están a punto de colisionar como dos masas de aire frío y caliente en el segundo previo a una tormenta. Se desplazan a gran velocidad, pero momentos antes del choque se encastran formando una trama simétrica que se mueve como una sola pieza.

Observo desde lo alto de la estación Shibuya la misma escena varias veces hasta que decido experimentar el fenómeno en carne y hueso. Apenas salgo me estremezco ante la inmensidad del cemento y el acero; el tamaño colosal de las construcciones me re-confirman que soy un ínfimo punto en el universo.

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Al analizar la crisis en la región, Eduardo Crespo, desde Brasil, señala: “Una salida antidemocrática en Argentina es más complicada porque el peronismo tiene una tradición de organización y lucha”.

Intento girar en 360 grados pero justo a la mitad me choco con una mujer con tres tetas. Estoy rodeada de robots, vampiros, chicas yami-kawaii y otras especies desconocidas. Es Halloween en Tokyo y las multitudes se visten acorde a la ocasión.

Siento que estoy dentro de una película futurista. Por un segundo parece que las 12 horas que me separan de Argentina en realidad son 2000 años: pantallas gigantes que asemejan ser hologramas en lo alto de los edificios, kartings piloteados por Mario, Luigi y Yoshi, quienes en caravana sobrepasan a los taxis que parecen conducirse solos –en realidad el volante está a la derecha.

Un grupo de policías realiza maniobras conjuntas, precisas y coordinadas para evitar que los transeúntes nos abalancemos hacia la otra esquina en el momento equivocado. Cuando se me permite cruzar, avanzo y miro fijamente a Goku quien se dirige hacia mí acompañado de los personajes de Dragon Ball Z.

A centímetros de distancia, parece que alguien presiona un botón de time-lapse: en un nanosegundo acomodamos nuestros cuerpos, evitamos la colisión y continuamos, sólo para descubrir que en la otra ochava, desde arriba de un camión, también hay policías con megáfonos forzándonos a circular.

Shibuya es un área de shopping y entretenimiento de Tokyo; a su estación llegan diariamente más de 2.5 millones de pasajeros. Se encuentran las tiendas más populares a nivel nacional e internacional, tanto de indumentaria como de
gastronomía.

Entro en un local de electrónica llamado BIG CAMERA. Me atiende un hombre muy simpático, con su nombre inscrito en una placa: Nishikida Kan. Le pregunto: “¿Se puede cambiar el idioma de este reloj a español?”, señalándole un Garmin de carreras.

Los minutos pasan y Nishikida Kan no sabe la respuesta: teclea sin parar, llama por teléfono, se acercan otros vendedores a asistirlo. Nadie encuentra la solución. Mientras tanto hace preguntas sobre mi país en un inglés salvaje: “Where Argentina?”

—Rosario—, le digo.

—Oh Messi, Messi, Messi.

Admiro su vocación laboral y la extrema felicidad con la que me atiende, aunque tengo el presentimiento de que quiere que me vaya, pero no puede decirme en su idioma que el reloj no se puede configurar.

A mi alrededor los empleados de la puerta repiten una y otra vez la palabra de bienvenida –“Irasshaimase”– y le hacen una reverencia a cada cliente que entra. Los cajeros toman el dinero de una bandejita y por cada operación aprietan el botón que abre la caja. “Recibo 10.000 yenes, devuelvo 286 yenes”, dicen y sonríen.

Al ver estas acciones continuas y repetitivas entro en un estado de trance donde todos parecen danzar al compás del “omotenashi”. La traducción literal de esta palabra es hospitalidad pero su significado es más profundo: es parte
de la cultura nacional; las fuerzas instituyentes enseñan a los miembros de la sociedad desde que nacen a anticipar las necesidades del prójimo y satisfacerlas sin tener en cuenta sus propios anhelos o deseos. Esta filosofía de vida
se traslada al servicio al cliente: los empleados prestan atención incluso al más ínfimo detalle.

Luego de 75 minutos Nishikida Kan encuentra la respuesta: el reloj sólo puede configurarse en japonés e inglés. Lo compro igual. El hombre me indica que vaya a la caja y me despide sonriendo, agradeciéndome por la compra, diciéndome que vuelva cuando quiera. Pago y se repite el ritual de la registradora. Me retiro; los empleados me hacen reverencias como si fuese la reina de Inglaterra.

Salgo a la calle fascinada, en ningún lugar del mundo recibí un trato tan amable y personalizado por comprar un producto. Sin embargo, miro con recelo tanta amabilidad.

En Japón existen dos términos: honne y tatemae. Honne (本音) son los verdaderos sentimientos, opiniones y pensamientos que nunca se expresan en público por una cuestión formal o bien para no herir susceptibilidades ajenas. Por otro lado, tatemae (建前) es la máscara social: los “sí” que se dicen para quedar bien, la simpatía extrema en la atención al público, los “cómo estás” cuando no te importa nada sobre el otro. Muchas veces invitan a sus pares a comer pero no desean que realmente acepten y sólo aquel que tenga experiencia con el tatemae sabrá distinguir cuándo decir que sí y cuándo, no.

Los nipones consideran que el manejo correcto de estas dos prácticas es una virtud porque preserva la armonía social. Un empleado de atención al público jamás dirá que “no” a sus potenciales clientes sin antes simular que intenta responder favorablemente. Tampoco serán capaces de aceptar abiertamente que no hablan otro idioma. Recuerdo numerosas ocasiones en que pregunté si hablaban en inglés y, a pesar de no hacerlo, jamás me dijeron: “No te entiendo”. Más bien, originaron conversaciones incodificables, cada uno de los participantes hablando en su
propia lengua e imaginando una supuesta respuesta, interpretada –quizás correctamente– a través de expresiones faciales.

Siendo casi las diez de la noche, busco un lugar para comer pero la fiesta de Halloween no parece acabar y todo estalla de gente. Me dirijo a la estación para tomar la línea Yamanote con destino a Shinjuku. En el tren se sienta frente a mí el empleado de BIG CAMERA. Atino a saludarlo. Sin embargo simula no reconocerme y me ignora. Nishikida Kan ya no es el hombre feliz que conocí. Su rostro se va transformando a medida que pasan los
minutos, tiene una mirada triste y desanimada: una parada antes de la mía se rinde al sueño.

Shinjuku – Golden Gai

Shinjuku es otro de los distritos más frecuentados de Tokyo, conocido mundialmente por su versatilidad. Durante el día, trabajadores de cuello blanco invaden edificios de oficinas como el del Gobierno Metropolitano. De noche, turistas y japoneses en busca de diversión visitan desde locales swingers escondidos en algún sótano, hasta restaurantes que incluyen shows de robots. Shinjuku se caracteriza por su contraste, es la reina del día y el rey de la noche.

A pocas cuadras de la estación se encuentra el Golden Gai: seis callejones que concentran más de 200 minúsculos bares de entre 10 y 15 metros cuadrados cada uno.

Camino sigilosamente. Si bien es uno de los lugares más publicitados en las páginas turísticas, esta noche la gente parece haber desaparecido. La arquitectura de los callejones se mantiene con el aspecto original de aquellos años en los que se ofrecían servicios sexuales en el primero y segundo piso de los pequeños edificios. Los bares son todos iguales. Elijo el más vacío: sólo hay cinco banquetas frente a la barra, no hay espacio para caminar y no hay
más opción que estar cara a cara con los otros comensales y el empleado.

Solo están la cocinera y un salaryman* agotado, bebiendo sake. Me da un poco de vergüenza interrumpir el momento de privacidad aunque parecen alegrarse al verme y me invitan a sentar.

Con la cocinera me comunico por señas –no habla ningún otro idioma más que el suyo. Intento decirle que quiero comer y de una bolsa comienza a sacar diferentes ingredientes para que elija los que desee. Entre ellos hay uno que capta mi atención: un tubérculo grueso de unos 30 cm de largo llamado daikon o raíz grande japonesa.

La señora lo rebana meticulosamente y lo mete en una ollita con una sopa que contiene pescado y otros alimentos de procedencia desconocida. Durante los minutos de cocción se escuchan las burbujas del menjunje hirviendo.

El otro comensal intenta cortar el silencio: “Los occidentales siempre se sorprenden cuando ven un daikon.”

Me río. Le comento que además de estar sorprendida por el tamaño y textura de esta verdura, también estoy anonadada por el servicio de atención al cliente en el país, la dedicación al trabajo y por los 75 minutos que pasó Nishikida Kan buscando la respuesta sobre el reloj junto con el grupo comando de Big Camera.

Es probable que mi comentario haya sido la última gota que rebalsó uno de los tantos vasos de sake que esa noche el salaryman estaba bebiendo porque fue el puntapié de un vómito de críticas a la sociedad a la que pertenece:

—No creas en todo lo que ves –dice desesperanzado–. Desde chicos nos enseñan que tenemos que estudiar y trabajar en una misma empresa para siempre. Tengo 50 años y hasta hace algún tiempo me quedaba en la oficina todos los días, desde la mañana hasta las 22. Algunas veces perdía el último tren y me quedaba en un hotel cápsula. Las noches que llegaba a mi casa, dormía sólo cuatro horas porque me levantaba antes del amanecer para llegar nuevamente a mi oficina.

Me explica que no se tomaba vacaciones para no generar conflictos, sabiendo que a su regreso podría ser maltratado pasivamente por haberse tomado un descanso y haber recargado a otro con sus tareas, o incluso lo responsabilizarían de forma indirecta si el grupo no alcanzaba sus objetivos laborales.

El señor del bar hace hincapié en las palabras “pasiva” e “indirectamente” porque el tatemae –máscara social– pocas veces permite hablar de manera abierta y sincera. Me pide el celular y en Google escribe “過労死”: karoshi. Significa “muerte por exceso de trabajo” y cientos de noticias relacionadas con este tema aparecen en mi pantalla.

—En el 2009 uno de mis compañeros murió de un ACV mientras trabajábamos. Se determinó que fue una muerte por “karoshi” porque durante un año realizó 100 horas de más por mes, sin días de descanso. Cuando lo vi morir, mi cabeza hizo un click y me di cuenta de que no podía continuar con esa vida porque iba a pasarme lo mismo.

La muerte por karoshi, hasta el día de hoy, representa uno de los problemas sociales más graves del país. Con el objetivo de luchar contra los fallecimientos por estrés laboral en 1988 se fundó el Consejo Nacional de Defensa para las Víctimas de Karoshi. Desde su inicio se han inscripto más de 29.500 familiares de víctimas para recibir compensaciones por muertes o suicidios por exceso de trabajo. En la mayoría de los casos los fallecidos son hombres.
El gobierno indemniza a los familiares sólo si se prueba que la patología fue generada por estrés laboral.

Si bien existen varios factores que inciden en el reconocimiento, el principal es la cantidad de horas extras realizadas:

● Comenzando desde el día de la aparición de los síntomas, si el empleado trabajó hasta 45 horas extras mensuales, la relación entre la muerte y la enfermedad es débil. A partir de las 45 horas y a medida que el número se incrementa, se considera mayor la conexión entre el trabajo y el fallecimiento.
● Si en el mes anterior a la muerte/suicidio la cantidad de horas extras supera las 100, o durante los seis meses anteriores al deceso el promedio es mayor a 80, se asume que existe una fuerte conexión entre el trabajo y la enfermedad.

Los japoneses, teóricamente, no son obligados al trabajo extra. Muchos lo hacen para mantener la armonía social. Es una sociedad colectivista y la reputación de un individuo afecta también a aquellos que lo rodean. En un ámbito
corporativo todos temen sobresalir, no encajar o cometer un error que lo excluya del resto del grupo. Para un japonés formar parte de una empresa es sumamente reconfortante porque le da un sentido de pertenencia.

Timothy Keeley, autor del libro International Human Resource Management in Japanese Firms, afirma que la importancia del colectivismo se ve reflejada en los métodos de evaluación del desempeño de los empleados, los cuales se basan en la cooperación con sus co-workers, la asistencia y productividad grupal, más que en la eficiencia individual.

Sumado a la máscara social y al colectivismo, existen otros dos ingredientes que convierten al japonés en la víctima perfecta de la muerte por estrés laboral:

1. Trabajo de por vida
2. Sueldos acordes a la antigüedad

Diferentes corporaciones niegan que en la actualidad los japoneses aún se desvivan por obtener un trabajo de tan larga duración. Sin embargo, el Instituto Japonés de Política Laboral y Formación asegura que el 55% de los jóvenes
aún desea trabajar para siempre en una misma firma.

Por un lado, porque se obtienen grandes beneficios por antigüedad y por otro, porque los japoneses más conservadores rechazan la idea de contratar personas que hayan renunciado o sido despedidas: temen que no puedan adaptarse a la sinergia y principios de la compañía.

El 1 de abril de cada año miles de recién graduados son contratados por grandes empresas de forma masiva para reemplazar las bajas. Durante 365 días serán moldeados acorde a los valores corporativos y rotarán entre diferentes áreas, ya que se contrata al humano completo, quien debe ser maleable y multi-tasking. A cambio de un entrenamiento minucioso y una carrera de por vida se espera todo de él y, a su vez, él también está dispuesto a dar todo.

La elección de un trabajo vitalicio representa un enorme dilema para los estudiantes universitarios ¿Cómo saber si la empresa para la cual van a aplicar será la correcta una década después? Aquellos que no son seleccionados se
quedan más tiempo en la universidad y lo intentan nuevamente al siguiente año, optan por un trabajo part-time o toman la triste decisión de morir.

Los afortunados en ser seleccionados no corren una suerte muy distinta de la de éstos últimos. Su carrera dentro de la firma podrá llevarlos a la muerte si no aprenden a decir que no.

La última muerte por karoshi mediatizada internacionalmente fue la de una periodista llamada Miwa Sado quien después de trabajar 159 horas adicionales durante su último mes de vida, falleció por una falla en el corazón.

En abril de 2019 entró en vigencia una ley que regula la cantidad de horas extras que pueden hacer los japoneses: 45 horas por mes, como máximo 360 horas al año. Existen excepciones: aquellos cuyos ingresos superen los
97,500 dólares anuales pueden renunciar a su nuevo derecho. En este grupo se encuentran: investigadores, financieros, analistas, consultores y desarrolladores de productos.

Familiares de víctimas de karoshi y los partidos opositores insisten que si se da la posibilidad de dimitir, entonces esta ley no será suficiente para detener las muertes.

El señor del bar toma su última gota de sake y afirma: “Nos recompensan si dormimos más, nos controlan el sueño mediante una aplicación de celular”. Se despide de nosotras y retira su cuerpo extenuado para tomar el último tren.

Minutos después entran dos pseudo-androides que continúan festejando Noche de Brujas. Los miro, no puedo evitar pensar que cuando todos los japoneses comprendan que no vale la pena sacrificar la vida por la conciencia colectiva
y por el capital ajeno, será Halloween todas las noches: los trabajadores serán reemplazados por robots.

 

*Salaryman: empleado de oficina que muestra lealtad absoluta hacia la empresa para la que trabaja.

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Desiré Ionescu

Graduada en turismo, cronista de viajes y estudiante de periodismo. Para ella visitar nuevos lugares, probar nuevos sabores, caminar por la jungla urbana observando cómo se vive son actividades que contribuyen a la libertad  personal y a ver situaciones, problemas y soluciones desde perspectivas que alguien que no viaja no podría comprender.  Ama la era […]

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