El barrio es lo que primero se escucha. La mezcla de ritmos, de canciones, de televisores prendidos, sale de las casas, suena en la vereda, brota de los recovecos y  escondites donde lxs chicxs juegan o se besan (o juegan a besarse). Las puertas abiertas, la vida que está un poco adentro, un poco afuera, el calor que no se aguanta y el saludo constante. El calor y el aburrimiento que obligan a ver quién anda por ahí y qué está haciendo. Una chica camina por los pasillos del que fue alguna vez su barrio. En su paso hay confianza en sí misma, o al menos, una idea de sí que desde afuera proyecta una sombra enorme, delineada. No hay nada como volver porque todo es quietud. Más que quietud, pura estática. En el pueblo, en la ciudad chica, en el barrio, no importan los hechos, importa lo que se diga bajito, el rumor que corre como la electricidad, asegurándose de asignarle a cada quien una sentencia inevitable. Una chica camina por los pasillos de su barrio con sus mejores amigos. No le interesa otra cosa que el básquet, hasta que es alcanzada por la sombra de Renata y ya no hay vuelta atrás.

Las mil y una es la segunda película de Clarisa Navas, directora y docente correntina. Un retrato vivo del despertar sexual de Iris (Sofía Cabrera), una chica tímida que juega al básquet y que conoce a Renata (Ana Carolina García) una ex vecina que vuelve a Las Mil Viviendas, un barrio periférico de la ciudad de Corrientes. Iris comparte su vida con sus mejores amigos, los hermanos Darío (Mauricio Vila) y Ale (Luis Molina), quienes también experimentan sus primeros encuentros con el amor, el sexo y la violencia que pueden traer aparejados.

El largometraje –que es el segundo de la directora realizado en Corriente– fue estrenado a principios de 2020 en la última edición de la Berlinale, fue parte de la sección Horizontes del Festival de San Sebastián y representante local dentro de la Competencia Internacional de la última edición del Festival de Mar del Plata. Ahora se puede ver en  Cinear.

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Cuenta la directora que la película se venía gestando desde hacía mucho tiempo: “Siempre estaba dando vueltas y cada tanto decía ‘ya me voy a animar a hacer esto’, y mientras iba haciendo otras cosas. Una vez que se concretó la posibilidad y empezamos a pre-producir, llevó aproximadamente un año el desarrollo del guion. Tuvimos varios meses de pre-producción, varios meses de ensayo y la película fue medio una proeza porque la grabamos en tres semanas, a partir de un gran trabajo del equipo de dirección”.

—La película aborda muchas temáticas. ¿De qué dirías que trata Las mil y una?

—Se trata sobre la vida en un barrio periférico,  algo que abunda en las provincias de Argentina. En el caso de Corrientes, la demarcación entre centro y periferia está muy delineada. A partir de ahí, Las mil y una es una película sobre cómo es existir en un lugar así siendo adolescente, perteneciendo a una minoría. Sobre los deseos y el despertar de los primeros amores en un contexto donde lógicamente hay mucho tabú todavía con las disidencias sexuales.

 —Se nota que es una historia muy personal y que propone una mirada muy íntima, de mucho acercamiento. ¿Cómo fue para vos tomar distancia de esa historia para poder contarla y hacerla accesible para que otrxs puedan identificarse?

—Creo que son procesos bastante complejos. Lleva mucho tiempo poder tomar distancia, porque lógicamente en una ficción como lo es Las mil y una, es una ficción que está llena de vivencias personales mías y también de muchos y muchas integrantes del elenco. Entonces creo que la película se fue armando de eso: una historia central impregnada de sensibilidades y de cosas que habían pasado. De alguna manera la ficción permite esa posibilidad de cambiar ciertos rumbos y de crear otros posibles, y para mí esto es muy hermoso porque permite torcer donde la vida y la realidad fue más dura. Entonces creo que a partir de ahí también hay una posibilidad de entendimiento y de identificación a personas que no pertenecen a estos contextos y que de todas maneras pueden encontrar una relación con la película.

—La ficción también posibilita y potencia esos momentos muy poéticos y de mucha ternura que la película muestra, justo cuando todo parece ir en contra de esas existencias.

—Creo que hay algo… una ética de las imágenes, que de alguna manera tengan que ver con estas lógicas de ternura, con poder pensar de otro modo lugares y contextos que están como destinados a que estas cuestiones no ocurran. Para mí hay casi una responsabilidad en  cuanto a poder construir desde la periferia imágenes que puedan reencantar un poco el mundo.

–Tenés un interés particular por trabajar con personas que no necesariamente se dediquen a la actuación y proponer una dinámica entre actores profesionales y otrxs que quizás nunca tuvieron esa experiencia.

—Creo que encontramos una dinámica muy particular que podía dialogar entre esta espontaneidad de alguna manera para reaccionar, que para mí muchas veces tienen las personas que no han actuado antes y actores y actrices con experiencia. Sin embargo, no todas las personas que no hayan actuado tienen eso, es muy particular encontrar eso. En el caso de Sofía Cabrera, la protagonista, ella es jugadora de básquet profesional y para mí esa inteligencia corporal que tiene alguien que sabe jugar un deporte es algo que puede ser trasladado al campo de la actuación. Y en el caso de Sofía era así, alguien que está  muy permeable y muy disponible a reaccionar y no tanto a accionar, que es un poco para mí la diferencia en la actuación. Hay algo de eso que muchas veces entre tanta teoría y tanta conciencia del cuerpo inhabilita a ese lugar más espontáneo de la reacción. También creo que pudo actuar así porque estaba Ana Carolina a su lado y pudiendo también elaborar esos procesos que son tan complejos, sobre todo lo que tiene que ver con exponerte en un contexto: hablar y protagonizar ciertos temas que todavía son difíciles en Corrientes.

—El cuerpo es el gran dispositivo en juego en la película. Entre los planos secuencia y los planos cerrados donde se puede percibir la cercanía entre cuerpos, hay una decisión clara. Pero también está este cuerpo en el juego, en el deporte. ¿Qué te ofrece el deporte al momento de pensar los cuerpos y sus vínculos?

—Creo que hay un campo ahí de mucha relación entre deporte y cuerpo. Hay algo del deporte que te hace estar muy ahí y creo que en la película Iris que juega al basquet y todavía de alguna manera no ha recuperado su cuerpo a todo lo que el cuerpo puede dar cuando se relaciona con un otrx. Las mil y una se pregunta también por eso: Iris conoce su cuerpo, ese que sabe jugar al básquet, pero de pronto aparece Renata y le abre un campo nuevo de relaciones y de posibilidades a un cuerpo que aún no pasó por eso.

—En la película Renata vuelve a su barrio y se dicen muchas cosas de ella. La noción de rumor y de chisme y las consecuencias que tiene en la vida de las personas que viven en pueblos o en ciudades chicas está retratado de una manera muy fiel. ¿Qué era importante para vos contar de eso?

—Creo que es muy corrosivo siempre el rumor, y más todavía en una ciudad chica o en un barrio. Creo que cuando el chisme o el rumor empieza a correr se anulan las posibilidades para esas vidas que son habladas de esa manera. La película también ronda sobre estas preguntas, sobre cómo de pronto en una misma comunidad hay vidas que ya están sentenciadas o pensadas de un modo, dichas de un modo y qué potencial hay en cada unx para poder correrse de eso. Creo que Renata discute contra estas cosas y bueno termina un poco siendo imposible su vida ahí pero al menos lo intenta.

—¿Cuáles fueron las repercusiones en tu ciudad?

—Hay gente muy conmovida y eso es algo muy hermoso de recibir y escuchar, porque creo que hay muchas personas que han tenido adolescencias similares o que inclusive identifican mucho lugares e  historias,  el nivel de entendimiento de alguien que es de Corrientes con la película es muy conmovedor. Y después también hay gente que queda un poco tocada o sorprendida, por no saber que esas cosas pasaban en el barrio, es raro porque la idea nunca fue revelar lo que estaba a la vista, pero también hay gente que decide no ver. Y luego bueno, también hay silencio, mucho silencio, que eso todavía no sé cómo tomarlo (risas).

 

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Acerca de Lucía Rodriguez

Periodista

Nació en Corrientes y vive en Rosario. Es licenciada en Comunicación social. Actualmente pasa sus mañanas como parte del equipo de La marca de la almohada, transmitido por Radio Universidad de Rosario y sus tardes como co-conductora de Tardenautas, en 5RTV. Cuando puede colabora para distintos medios gráficos. Como gestora cultural, organiza actividades vinculadas a la música y al ámbito editorial.

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