De mi abuela Antonia, mi abuela rusa –que en realidad era ucraniana–, recuerdo sus pañuelos de seda cubriéndole la cabeza; el paso decidido cuando entraba a la casa de Paysandú por el portón de rejas del costado y abría la puerta de la cocina: si estaba mi padre le hablaba en ruso, parada contra la mesada. Recién cuando terminaba ese protocolo en jerigonza que duraba unos segundos, torcía el rostro para mirarnos y sonreía, como si otro ser descendiera sobre ella.

Pero lo que más recuerdo es la cajita de acero quirúrgico que guardaba mi tía Sofía, donde estaba la jeringa con la que le inyectaba insulina. Antonia murió a fines de los 70, de modo que esos recuerdos pertenecen a una era previa a las jeringas y agujas descartables. Entonces, una jeringa era menos un dispositivo para inyectarse insulina que un objeto precioso: un cilindro de vidrio transparente con su escala de mililitros y su émbolo de vidrio esmerilado, coronado por el apoyo del émbolo de un color azul tornasolado, lo mismo que el anillo de retención del cilindro contenedor. El pivote, en la otra punta, también de vidrio esmerilado, recibía el pabellón preciso de la aguja metálica, que sobresalía como un mástil y largaba en el biselado unas gotas claras y plateadas. En esa jeringa y esa aguja corría algo más que insulina: había algo así como un resplandor industrial y titánico que se proyectaba sobre el cuerpo ya viejo y frágil de mi abuela como diciéndole “Acá llega la maquinaria médica a salvarte el pellejo, y lo hará clavándote su bandera de acero en tus venas desvencijadas”.

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Y estaba la cajita de acero quirúrgico, claro, que la tía Sofía me regaló cuando me convertí a la diabetes. Fui el único heredero de ese patio trasero familiar que recorría mi abuela hablando en ruso. Спасибо.

Conversión

A principios de los 90 trabajaba en un canal de televisión de San Nicolás. Me atendía una médica de apellido Malizia en un consultorio en calle Ameghino, a unos metros de Rivadavia. Malizia observó los análisis que me había hecho Silvia –mi tía política, que entonces aún tenía su hermoso laboratorio sobre avenida Francia, en Rosario–, y me dijo que tenía diabetes, que no me convenía hacer paracaidismo, deportes de alto riesgo y hubiera seguido la lista si no la interrumpía para decirle que el mayor riesgo entre las actividades que practicaba en esos días era no entender del todo los textos de George Steiner que había empezado a leer. 

La diabetes, entonces, era un discurso, una conversación con la cajita de acero quirúrgico de mi abuela, con ese legado biológico, ya que no había aprendido nunca la lengua materna de mi padre. Era cantado que no tenía mucho que hacer con la doctora Malizia. 

Por esos años aún componía canciones y cantaba en una banda que se llamó La Mecedora e intenté escribir una serie de canciones bajo el título general “Insulina & cigarrillos”, de la que sólo quedó “Lumbre”, a la que Robbie Kawano le puso esa música mínima y meticulosa, que desfila entre la milonga, la zamba y la balada. Dedicada al cigarrillo, dice el estribillo: “No me ha quitado el cigarro lo que no me ha dado la salud. Cuando yo ya me haya ido, tu humareda me traerá. Más estrellas dio tu luz que la noche del sur”.

La diabetes, en ese período de conversión, fue una metáfora antes que la enfermedad: ausente de mis orígenes rusos, veía en ese mal que hasta ahora sólo me había enflaquecido un encuentro. Lo que sea que mi abuela haya traficado en esas charlas en ruso, mis moléculas ahora estaban imbuidas de su eco épico y revolucionario. Да здравствует революция.

Sangre

No sé cuántos de mis parientes se habían percatado de la enfermedad de la abuela Antonia, para mí había sido durante unas dos décadas la mujer de la caja de acero quirúrgico a la que Sofía le aplicaba insulina todos los días, y como si ese recuerdo se materializase ahora y cobrara una forma palpable, yo podía estirar la mano y acariciar el acero relumbrante de una caja, como quien extiende la mano hacia un cofre que guarda un tesoro secreto. 

Por esos años también miramos con mi esposa toda la filmografía del gigantesco Vincente Minelli, entre ellas Some Came Running (Como un torrente, o Dios sabe cuánto amé, 1958), que es por razones que no vienen al caso, una de mis preferidas. El personaje de Frank Sinatra es un escritor que no pudo volver a escribir una página luego de publicar dos libros, vuelve de la guerra y aterriza en su pequeña ciudad natal, en el medio oeste estadounidense. Lleva a Shirley McLane, una prostituta neoyorkina a quien enamoró borracho y cuando despierta, en el Greyhound en el que viajó, encuentra a su lado e intenta deshacerse de ella (es acaso uno de los mejores papeles de McLane en toda su carrera y uno de los personajes más entrañables que vi en mi vida). Sus días en el pueblo transcurren en largas jornadas de poker y alcohol y su mejor amigo es Dean Martin –dicho sea de paso, ¿quién no querría a Dean Martin de mejor amigo?. Un día hay una gresca con disparos y Sinatra y Martin resultan con heridas menores. El médico, tras revisarlos, les dice que está todo bien, pero retiene a Martin –quien durante casi toda la película no se quita el sombrero– y le dice que tiene diabetes, que le conviene dejar de beber, no comer azúcar y abandonar el cigarrillo, a lo que él responde: “Gracias, doctor, usted siga haciendo su trabajo, yo haré el mío”.

Me resultó soberbia esa escena. No sólo porque Martin hacía lo que yo estaba haciendo (ignorar la enfermedad, dejar arrumbada allá atrás esa zancadilla biológica y continuar con lo que tenía entre manos), sino porque el diagnóstico que acababan de tirarle al personaje de Dean Martin era una condena que, a diferencia de los otros personajes, él había sabido rechazar del mismo modo que rechazaba sacarse el sombrero incluso cuando se afeitaba.

Fue un tiempo en que me cruzaba todo el tiempo con personajes diabéticos en las películas (incluso en The Witches –1990–, de Nicolas Roeg). Pero la revelación llegaría con el estreno de la tercera parte de El Padrino (1990): el coma diabético de Michael Corleone no sólo replica la hospitalización de Vito Corleone en la segunda parte –por lo tanto su encarnación–, también la enfermedad le da a Michael la “excusa” de confesarse con el papa Juan Pablo I, a quien le cuenta que asesinó a su hermano, y una hipoglucemia convierte una tira de caramelos redondos en la santa hostia. La diabetes –sobre la que escribí, ni bien me enteré de mi enfermedad, a un amigo que entonces vivía en un país vecino: “I’m through with sweet days”– era también eso: el fin de los dulces días, pero para saborear una amargura sustancial, “fundamental y fundamentada”, como quería Ernst Jünger de la tristeza.  

Faltaban muchos años y muchos cigarrillos para que la diabetes deviniera enfermedad y cuarentena.

Cámara de Diputados de Santa Fe
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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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