Bajo el sol toma de a sorbos un café, que está frío hace rato.  Del bolso saca una petaca plateada de aluminio donde destella la luz de la mañana. Llena con whisky el vasito de la soda y se lo zampa con entereza, de a tragos lentos pero continuados.

Le sonríe y vuelve a su ensueño, él entra al bar. Pide un café en un salón lleno de chinos hablando de negocios, pantallas led y estantes repletos de frutas. Un escalofrío lo sacude. El mundo imaginario en el que vive cada vez se parece menos al mundo real. Sale con su desayuno en una bandeja y se sienta en la única mesa que está libre. El logo de la estación de servicio es un felino salvaje; ni siquiera sabía que había estaciones llamadas Puma. Desayuna mecánicamente y la mira con los ojos perdidos. No se da cuenta que sigue cada uno de sus movimientos con atención.

Te puede interesar:

La inocencia de mis amigos

Entre las charlas con su abuelo pintor que desgrabó el autor de este texto, ésta trata de las pensiones de bandidos y estudiantes en Rosario en los años cincuenta.

El temblor de la Circunvalación, atravesada por veinte mil camiones furiosos que llevan y traen las cosas útiles e inútiles que hacen posible la vida en la ciudad, es una áspera sinfonía que llega desde el oeste.

—Vení, sentáte —invita ella, siguiéndole el juego—. Andrea —se presenta.

Él se acerca y dice su nombre, pero en ese momento ella parece estar en otro lugar.  Es difícil saber si tiene sesenta años o cuarenta y cinco.

—Mi hija en New York y yo acá. ¿Podés creer? —exclama, y le hace escuchar audios de whastapp de una mujer joven que cuenta anécdotas de viaje.

Sus ojos celestes están derrumbados y brillosos. ¿De dónde la conoce? ¿Quién es? Está envuelta en un sobretodo rojo que le cubre las rodillas; tiene el pelo largo y enrulado, de un rubio casi colorado, y manos finas que se mueven como arañas sobre la mesa.

Llena el vasito con whisky y tras probarlo le convida. Él lo bebe de un trago.

—Ay querido, me olvide que tengo covid –dice ella y se deja llevar por una risa que brota de sus entrañas y se rompe como un cristal.

Los tipos de la mesa de al lado los miran con desconfianza, con ganas de pelear.

—No te hagas problema —continúa—. Es un whisky muy barato, casi alcohol puro. Mata todo —murmura y se sigue riendo.

Se va hasta el baño y cuando vuelve irrumpe:

—Me voy. Un gusto querido. Cuidate.

Se sube a un auto azul bastante nuevo, estacionado a un par de metros, y se pierde en la ruta.

***

En la cruz de asfalto de Perón y Circunvalación se estremece la comunión de los neumáticos y el asfalto, salmo cotidiano de la rutina y el abastecimiento. Él sigue sin poder despertar; o mejo mejor dicho, metido adentro suyo, ejecutando automáticamente los actos que lo unen al mundo. Despacio camina hacia el este, dejando atrás los enormes galpones de las distribuidoras de comida y de productos de higiene. Autos y camionetas entran y salen mientras pequeños montacargas acomodan la mercadería.

Sigue su rumbo y un par de cuadras después da con un enorme predio desocupado que está a la venta —en el estacionamiento solo se ve el auto del sereno. Tantea los depósitos de concreto vacíos, monótonos, aburridos y descubre una especie de sala de reuniones de paredes vidriadas, recubiertas con esos cristales que desde adentro dejan ver el afuera pero, de afuera, son un espejo del mundo. Hay yuyos de dos metros que le compiten en altura  a la sala en cuestión, cascotes y piedras chiquitas sobre el suelo, fierros oxidados, pequeños arbustos brotando del piso y en las rajaduras de las paredes, maderas humedecidas y desparramadas, carteles de cara al suelo. Un ecosistema silencioso, seductor, propio de los lugares abandonados.

Llega a la Shell de Perón y Provincias Unidas y la mira de reojo, decepcionado. Ahí tomaba café  con el Lechuza Gómez, amigo de su tío, primero, y luego amigo suyo. Un tipo bueno, risueño, que le daba de comer a los perros del barrio. Lo ayudaban un par de vecinos porque para la comida de todos no le alcanzaba. Andaría por los cuarenta. Desde su muerte la estación le parece un lugar frío y sin alma. El escenario de una obra desprovista de toda vitalidad.

—Escuchá… ¿por qué no me atendés? — le había increpado al Lechuza la última vez que logró ubicarlo.

—Ando loco. Ya voy a estar bien —fue su respuesta.

El Lechuza no salía, no contestaba el timbre. Para no cruzarse con nadie le daba de comer a los perros de noche. Un día lo fue a buscar a la estación, primero, luego a la casa, ahí a la vuelta, y se encontró con unos albañiles haciendo refacciones. Los hermanos ya la habían vendido.

Preguntó por las cosas que hacían al mundo de su amigo: libros de alquimia e historia antigua, fotos de sus viajes al sur, cartas de sus antiguas novias; etc.

—Nos dijeron que tiremos todo —le respondieron.

***

Aun no son las diez, y en la puerta de los enormes locales de ropa de mujer ya hay gente haciendo cola: madres jóvenes con sus críos en cochecitos, señoras que conversan o en silencio, alguna piba acompañada de su novio. Un señor corre un colectivo que se le escapa, y de las callecitas laterales aparecen pibitos arrastrando carros, revolviendo la basura y haciendo chistes. Hay uno con buzo de Ñubel que se jacta ante su compañerito de lo fácil que le resulta entrar y salir del conteiner.

Sigue la marcha. Choca con una iglesia evangélica en cuyo frente hay un cartel hecho a mano que dice “Bar”, y una flecha que señala a la vereda de enfrente. Se trata de un carrito de lata techado, montado al lado de lo que parece un depósito. ¿Es un bar evangelista? ¿Está vacío o hay gente tomando café?

“Ya sé quién es la mujer”, se ilumina y desaparece, de golpe, dejándome a mí su lugar. El que pidió un café en la estación de servicio, el que se sentó a charlar en las mesas de afuera, es el fantasma que me reemplaza en mis ausencias casi cotidianas. Vuelvo a habitarme a mí mismo y miro con extrañeza la postal del paisaje que me rodea.

La rubia que le daba al whisky era la misma que, antes de la pandemia, cantaba a Sergio Denis en un cantobar del centro, con tanta pasión que de todas las mesas nos parábamos para aplaudirla. “El asunto, de todas maneras, no tiene importancia”, me digo.

Cruzo la calle y me fijo si estaba abierto el bar. Hay gente adentro. Me tomo un café doble para despertar del todo. ¿Para qué sigo trabajando de periodista? No me interesa la actualidad política, cultural, económica ni literaria. Es decir, leo sobre todos estos temas, me importan, pero no puedo cumplir con nada. ¿Qué puedo yo? Andar por ahí  y escuchar lo que el mundo habla por lo bajo. Me conmueven los carteles de aliento que un grupo de alumnos pegaron para la “Seño Noe” en la entrada del HECA. O la discusión a los gritos de una joven pareja que ya no sabía cómo darle de comer a sus hijos.

En la puerta del Distrito Municipal Oeste veo una larga fila de mujeres que esperan ser atendidas. Tienen la cara silenciosa, paciente, sufrida; forman una larga fila y apenas se inmutan por el agite del día. Paso un par de veces y siguen ahí, a la espera. De Matienzo al fondo llegan algunas más, solas o junto a sus hijas, con changuitos improvisados que usarán para cargar el bolsón de comida que fueron a buscar.

Poco a poco, abren los lavaderos de autos y los talleres mecánicos. En una gomería esquinera encienden un viejo televisor de tubo. Laburan acompañados de un psicodélico noticiero, atravesado por rayones verdes que arman y desarman la imagen una y otra vez.

Freno a la altura de Avellaneda, enciendo un cigarrillo y miro el celular. Pasan dos pibitos traperos con la cara tatuada. Pequeños dibujitos sobre las cejas y en la parte superior de la frente. Vuelvo a mi caminata. “Jesús es un estilo de Vida”, dice en una pared. “La vida es Newell´s”, se lee a un par de metros. La avenida se abre sobre la mañana  y la actividad comercial se mueve. No mucho, pero se mueve. Casas de cotillón, de repuestos de automóviles, supermercados y verdulerías. Otra vez me arrastro por la avenida, cuyo rostro se llena de llagas al mirar de frente el rostro del prójimo.

A la altura de San Nicolás me encuentro con “La Cautiva”, el templo de la cumbia y la festividad. Es un lugar al que todos queremos; porque escuchamos con alegría sus publicidades en la radio y en la tele, y en sus noches comimos y nos pusimos en pedo, bailamos y nos fuimos alegres y también tristes, en definitiva vivos, porque alguien en la joda nos concedió la gracia del polvo urgente. Hoy funciona como un bar de día, mientras espera que vuelvan los espectáculos nocturnos.

Enfrente, marrones de tanto óxido, se lucen las chapas de una estación de servicio abandonada y el desteñido cartel de una vieja elección corona la postal.

Quisiera saltearme las horas en la oficina y volver a casa ya. Leer el diario, acariciar a mi gata, tirarme en la cama, estirar las piernas y fumar. La mañana se abre sobre la ciudad y por el lomo de sus avenidas nos arrastramos. Aferrados a la vida, pero descreídos de la vida que la época nos permite.

Unos metros después de Iriondo contemplo la parroquia “Nuestra Señora de Luján”, enorme y con cúpula blanca que se ve de lejos, y le doy paso a un par de fieles ya viejitas que entran y se hincan a orar. Antes de llegar a la esquina de Crespo cruzo hacia el lado sur, donde una pequeña plaza con juegos, pinos y araucarias le guiña el ojo a mis ganas de descansar.

En la esquina sudoeste de Perón y Francia descubro un geriátrico y me quedo duro. Es un pequeño edificio pintado de amarillo con un balcón cerrado en el frente. Tiene forma de barco, sí. Es un barquito de cemento y su proa apunta hacia el noreste, hacia el cementerio. Sus navegantes se asoman poco por la ventana y calculo que haría lo mismo en su lugar. Es el destino y sus designios pero acá estamos, como decía el viejo Centeya, enfrentándolo con la nada de nuestro cantar.

sta fe Salud
Sobre el autor:

Acerca de Santiago Beretta

Nació en Rosario en 1989. Es periodista y escritor. Desde 2010 dirige y edita la revista Apología, con veintidós números editados y cuya propuesta es contar la vida cotidiana de Rosario a partir de crónicas, aguafuertes, relatos y entrevistas. Participó con notas de actualidad, crónicas, relatos y entrevistas en La Capital, El Ciudadano, Rosario Express, De […]

Ver más
Sobre el/la Ilustrador/dora:

Acerca de Maxi Falcone

Rosarino, Diseñador gráfico, ilustrador, desarrollador web y músico. colabora para varios medios de su ciudad y del resto del país como historietista y humorista gráfico. Miembro de Cromattista y parte integral de la RevistaREA maxifalcone.org

Ver más