Una editorial es una máquina de lecturas, no sólo porque produce libros, sino porque esos libros son también la lectura de una época, un lugar. Una editorial municipal sería entonces una maquinaria de leer la ciudad que, como dice Herrera (Lautaro Murúa) en Invasión, “es mucho más que la gente”.

La Editorial Municipal de Rosario (EMR) cumplió el jueves 30 de julio 29 años. Si bien Rosario tenía para esa fecha editoriales hermosas –había tenido hasta la llegada de la última dictadura nada menos que a la Constancio C. Vigil– que publicaban a Jorge Riestra, Angélica Gorodischer, Roberto Fontanarrosa, Rodolfo Kusch o Eduardo Grüner entre muchos otros, salvo por el proyecto de la Vigil (en la que la misma EMR se referenció) la ciudad no había tenido una editorial que desarrollara un plan sostenido que se dedicase a su lectura. Una lectura que sopesara no sólo sus límites geográficos y topográficos, sino históricos, espirituales y políticos, porque la política –de polis, ciudad, pero también polemos, guerra en griego, como se subraya en la Ciencia nueva– es la forma en que pensamos y contemplamos la ciudad.

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La EMR, que lleva publicados más de 400 títulos –entre los que se cuentan autores de 15 años hasta las plumas que son hoy parte del panteón de la literatura rosarina–, hizo a su modo una escuela.

Editores

En su libro Diseñar una nación, Leandro de Sagastizábal acomete el análisis de los nueve tomos del Anuario Bibliográfico de la República Argentina, que acopió y editó entre 1879 (cuando sólo tenía 21 años) y 1887 el abogado Alberto Navarro Viola, miembro de la elite que gobernaba el país en ese entonces y luego secretario del presidente Julio Argentino Roca. El Anuario fue una suerte de compilación de todo lo que se publicaba en el país de aquellos años, en los que gobernaba el lema positivista con el que Roca le daría su estribillo a la generación del 80: “Paz, administración y progreso”.

Hay un carácter ficticio sobre el que se consolida el ideal de Nación y sobre el que el libro de De Sagastizábal intenta reubicar el poder de esa ficción. “Si hasta 1880 –escribe– lo que caracterizó a una suerte de conciencia territorial fue la conquista militar de los territorios, a partir de esa fecha fueron los estudios y los viajes científicos los que, cristalizados en libros, informes, folletos y cartografías, prepararon las condiciones que posibilitaron el proceso de colonización”.

La voluntariosa y laica ideología de Navarro Viola conduce hacia su trabajo como editor, figura que se inaugura, en los términos en que se la concibe hoy, con el Anuario. Un editor, es decir, en palabras de De Sagastizábal: “Alguien que ya no comunica de manera neutra los originales proporcionados por un autor, sino que lo vemos en una activa dinámica para conseguir los mismos, seleccionarlos, clasificarlos y elegir las formas de presentación adecuada (…) Ya no pensando únicamente en convenciones estéticas, sino imaginadas en función de los posibles receptores”.

En ese sentido podría decirse que la EMR participó del “diseño” de una ciudad que es Rosario y sus irradiaciones. “Editoriales públicas, subsidios estatales, incentivos, compras para bibliotecas, organización de ferias y planes de lectura contribuyen a la promoción, difusión y circulación de la producción literaria, democratizándola. Una editorial pública es una herramienta para el desarrollo cultural y fomenta la bibliodiversidad, subrayando el valor social de los libros. Debe convivir en el mismo campo con las editoriales independientes”, dice Oscar Taborda, director de la editorial en la gacetilla que difundió la secretaría de Comunicación municipal con motivo del cumpleaños de la EMR.

Claro que esa idea de “diseño” de ciudad o estado presente en el texto de De Sagastizábal cabe mejor en la frase de Juan José Saer: “Rosario es la ciudad que yo inventé”. Porque lo que la EMR hizo fue configurar un mapa mucho más extenso de Rosario, una “Rosario engordada” que llega hasta Paraguay –la misma ruta que llevaba a los soldados de la Triple Alianza a una guerra fratricida resignificada ahora por la palabra escrita– en el concurso internacional de novela corta o nouvelle de 2017, que convocó a autores de todo el litoral. Dice Taborda: “La serie novela corta publica a escritores y escritoras tanto de Santa Fe como también de otras provincias del litoral argentino, como Corrientes, Entre Ríos y Misiones. En este sentido, la idea es federalizar la literatura y postular a Rosario como un polo neurálgico de esa federalización. Para nosotros es importante que los autores rosarinos y santafesinos compartan catálogo e instancias de distribución con autores de otras partes del país, próximas o más lejanas en el ámbito nacional”.

En 2013, cuando se conocieron los resultados del segundo concurso infantil de cuentos organizado por la Editorial, muchos dimos por sentado que los participantes (1.100 niños de Rosario de entre 5 y 13 años que enviaron 1.220 cuentos) eran en su inmensa mayoría los hijos de ese sector que podría definirse por los lugares a los que concurre: la Isla de los Inventos, los recitales de Luis Pescetti, la escuela pública pero con cierto plus. Pues no. Oscar Taborda, director de la EMR tenía estadísticas: un 30 por ciento de los participantes provenían del centro de la ciudad; un 20, del noroeste; del sur, un 14, lo mismo que del norte; un 5 del suroeste y otro 5 que no envió datos.

La EMR premió a diez chicos y otorgó sesenta menciones de honor.

En la primera convocatoria, realizada en 2010, se presentaron 500 niños que podían enviar hasta tres cuentos breves. Quienes participaron entonces, me dijo Taborda, conformaban un grupo más homogéneo: clase media, hijos de profesionales o comerciantes. Es que en 2010 no había sido tan intenso el trabajo con las escuelas públicas, que en 2013 tomaron la posta y difundieron el concurso, al punto de que muchos de los cuentos de los participantes llegaron en lotes enviados por la misma escuela u otras organizaciones intermedias, como el Centro de Acción Familiar (CAF) de avenida De los Trabajadores 961, en el parque Alem, que recibe a niños de la comunidad qom del asentamiento de Empalme Graneros, así como a otros chicos de ese barrio.

Un grupo de siete chicos alentado por las docentes del CAF (del que surgió uno de los ganadores) visitó la editorial (en esos años en la estación Rosario Norte, donde funciona la secretaría de Cultura municipal): “Hicieron algo así como una excursión –me contó Juan Manuel Alonso, de la EMR– y llegaron hasta acá para entregar sus cuentos”. Algunos de los datos de esos niños que entraron al concurso y llegaron a las instancias finales, ni siquiera tenían una dirección: vivían en pasillos donde no hay numeración.

También desde la Escuela República del Perú, en Alem al 3000, llegaron cuentos de niños de Tablada y zona sur. Los envíos, por correo electrónico o por carta, llegaban en lotes. Los 10 cuentos ganadores y las 60 menciones, aclara DanielGarcía, de la EMR, no son necesariamente los mejores, sino los que mejor encajaron en los criterios del jurado, que integraron el mismo García, Paula Elissamburu y Nicolás Doffo.

Sin embargo, el equipo de la editorial observó que algunos de los cuentos, sobre todo aquellos que enviaron niños ya púberes, de entre 12 y 13 años, presentaban otras características, “más literarios”, también más extensos que la mayoría, donde se nota una intención más propia de personas que quieren escribir. Para esos participantes, cuyos nombres y datos quedaron registrados en la editorial, García y Taborda imaginaron una suerte de taller que podrían dar los mismos jurados.

Entre las estadísticas que Taborda desplegó en un documento de Excel, también estaban las de género y edades: un 65 por ciento de los participantes eran niñas. Del total, un 10 por ciento tenía 8 años; un 15, 9; un 16, 10; otro 16, 11; un 17, 12 y un 8%, 13. Asimismo, se presentaron dos o tres casos de pequeños de hasta 4 años.

Como siempre, una de las preocupaciones de la editorial ha sido la de, dicho metafóricamente, “mapear” la escritura y la imaginación de la ciudad y área de influencia. Por eso sus concursos de narrativa, poesía y ensayo de alcance metropolitano –a diferencia del concurso infantil de cuentos, del que sólo pueden participar residentes de la ciudad de Rosario– descubren y ponen en circulación escritores y poetas nuevos al tiempo que su serie Mayor –que recupera la obra completa de escritores rosarinos “clásicos”, por ponerle un mote– reconfigura la historia y la tradición literaria de la urbe.

Tanto Tabroda, como García y Alonso accedieron en 2013, después de leer los 1.220 cuentos y cotejarlos con los anteriores, a un punteo de los temas que atraviesan la imaginación de los niños rosarinos: muchos que finalizaban descubriendo que se trataba de un sueño, otros sobre casas abandonadas, los más esquemáticos sobre príncipes y princesas y algunos con contenido social. Entre esos relatos, dos o tres mencionaban la explosión del edificio de calle Salta al 2100, otros se presentaron como una historieta, con ilustraciones, algunos en hojas manuscritas que son en sí como un dibujo y maravillaron a los jurados. Incluso en algunos cuentos hubo menciones a estrellas del fútbol local o a celebridades del deporte como “Gabriela la campeona de tenis”. Algunos de los relatos llegaron a través del correo electrónico pero eran imágenes escaneadas de un original manuscrito.

La ciudad

Los más de 400 títulos publicados de la EMR abarcan poesía, novela, cuento, ensayo, historia, crónica, literatura infantil y juvenil, historieta, fotografía, artes plásticas y música. “Por su catálogo y trayectoria –dice Oscar Taborda–, no solo sobresale entre las editoriales municipales en términos de una sostenida política pública, sino que por su diseño y presencia comparte la misma escena y los mismos espacios con las independientes y habitualmente es invitada a participar de las ferias de libros de varias ciudades, de la Feria de Editores y otros eventos nacionales que tienen por objeto la promoción del libro y la lectura”.

Los concursos periódicos, con jurados destacados y reconocidos (con un representante de Rosario y otros “nacionales”), su stand comercial sobre peatonal Córdoba, las pasantías universitarias, la distribución nacional, la ampliación de géneros (que llevó a la edición de libros pioneros sobre historieta y fotografía, por ejemplo) y la reciente publicación de libros electrónicos, que pueden leerse (subrayarse y anotarse en el teléfono o el Kindle) hacen de la EMR no sólo un polo de lecturas y reconfiguración de Rosario, sino la lectura de la Rosario ilustrada, como se tituló una recopilación brillante que hicieron Nora Avaro y Martín Prieto circa 2007, donde Raymond Carver, Angélica Gorodischer, Graham Greene, Alfonsina Storni, Juan Carlos Onetti, Noemí Ulla, César Aira, Gabriela Saccone, entre muchos otros desplegaban su visión de la ciudad, una ciudad imaginaria que era “la única real”.

Clásicos

Hasta entrados los 90, el legado de poetas y escritores rosarinos se desvanecía en inscripciones detrás del asiento del conductor de un colectivo de la desaparecida línea 15, en conversaciones trasnochadas y en promesas de una bibliografía casi inexistente. Entonces la EMR creó a comienzos de los 2000 una colección Mayor, que incluye los poetas, narradores y ensayistas que nombraron la ciudad en el siglo XX, con prólogos que ensayan para el lector actual un acercamiento a la obra y la vida de autores locales como Felipe Aldana, Arturo Fruttero, Irma Peirano, Aldo Oliva, Emilia Bertolé, Roger Pla, María Teresa Gramuglio, Adolfo Prieto, Francisco Gandolfo, Beatriz Vallejos, Facundo Marull.

Además de los libros de poesía nacidos de los concursos periódicos, los de narrativa, los de la colección Naranja de crónica que encarga la misma editorial, la EMR tiene también unos fabulosos libros de fotografías, desde la reconfiguración de Rosario, esa ciudad, publicado originalmente por la Vigil, que en 2010 y tras una convocatoria a jóvenes fotógrafos tuvo como título Rosario, esta ciudad, hasta las ediciones de colecciones particulares, que mostraron una íntima visión de la urbe en la mirada de fotógrafos más jóvenes e, incluso en la cámara de reporteros que transitaron la Rosario entre los 50 y fines de los 60, como Joaquín Chiavazza y Blas Persia, fotorreporteros de La Tribuna.

Concurso

Este año, en el Plan Ciudadano de Lecturas Leer Rosario, la Editorial Municipal convoca al Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto 2021 para libros de cuentos.

La convocatoria es para libros de cuentos inéditos, escritos en idioma castellano, de tema y forma libres. Se establecen dos categorías: Mayor (para participantes de 20 años o más) y Juvenil (para participantes de 13 a 19 años a la fecha del cierre de la convocatoria). Podrán participar escritoras y escritores que hayan nacido o residan actualmente en la ciudad de Rosario o área metropolitana. Para mayor información se puede ingresar al sitio de la EMR.

Sobre el objetivo de este concurso, Taborda remarca que un primer propósito es alentar a los escritores y escritoras para que presenten sus obras, asegurándoles que van a ser leídas con atención por un jurado imparcial y reconocido, y que los libros seleccionados serán publicados en ediciones cuidadas y de distribución nacional. “El hecho de haber establecido una categoría para jóvenes de 13 a 19 señala nuestro interés en conocer y divulgar también la producción de esa franja etaria, estimulando su interés por la expresión literaria. Es algo que ya hicimos en dos oportunidades: en el Concurso de Poesía Aldana en 2013, cuando publicamos un libro singular como 101. Memorias de un pianista de Cleffa Takahashi, que entonces tenía 15 años; y en el Concurso Musto de Narrativa del 2014, cuando publicamos Milton de Manuel Díaz y Prisión Brooke de Sofía Gorini, de 18 y 16 años respectivamente. A esto deberíamos sumarle las tres convocatorias del Concurso Infantil de Cuento, en las que participaron ya alrededor de cinco mil chicos y chicas de entre 6 y 13 años”, dice Taborda.

Escritores que hoy son parte de la biblioteca de cualquier lector de literatura argentina, como Francisco Bitar, Patricia Suárez, Osvaldo Aguirre, Patricio Pron, Mario Castells, entre muchos otros, tuvieron entre sus primeras obras las publicadas por la EMR. La editorial leyó en esos textos no sólo el estilo de los autores, sino la radiación de la ciudad en esa literatura, una ciudad que es mucho más que el mapa de Rosario o, mejor, es un mapa multidimensional de una Rosario que se expande y hasta se desconoce para contarse.

En otras palabras, el trabajo de la EMR opera como la cartografía imaginada en el cuento “Del rigor en la ciencia”, en el que unos cartógrafos desmesurados trazan un mapa que al principio coincide en sus dimensiones con el territorio cartografiado para convertirse luego en una extensión de ruinas y maravillas, como sucede con la literatura y las capas geológicas de la ciudad que habitamos.

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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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