María Laura Uranga es profesora de inglés. Trabaja en cuatro escuelas –públicas y privadas–, desde nivel inicial hasta quinto año, da clases en veintitrés cursos. Desde que se declaró la pandemia por coronavirus y comenzó la cuarentena, su casa se convirtió de un día para el otro en casa y escuela. Todo junto, en el mismo lugar, sin distinción de espacios ni tiempos. Abrió más de siete grupos de whatsapp para estar en contacto con sus alumnes y utilizó todos los recursos disponibles: grabó y editó fotos y videos, cantó y bailó para el nivel inicial, dio contenidos en PDF, dio clases por zoom, por classroom, por correo electrónico, por teléfono, corrigió tareas y se convirtió –aunque sin certificado ministerial que la avale– en una teacher 24/7. Como miles de docentes argentinas se topó con madres y padres que por chat cuestionaron su trabajo, que poca tarea, que mucha tarea. Pero por suerte, dice –o por prepotencia de trabajo, agrega esta cronista– son más las veces que se encuentra con estudiantes que le agradecen por el aguante y por estar presente cada día. El trabajo para la teacher coexiste, de manera ininterrumpida, con su rol de madre. Sus hijos juegan y corren por los mismos espacios donde ella trabaja y, a la vez, ella misma, en otro horario, acompaña a sus dos chicos con las tareas de la escuela. Escenas como estas, que se repiten a diario en miles de hogares del país, muestran el modo radical en que la pandemia hizo estallar casi todas las formas que conocíamos de organizarnos y, en el ámbito educativo en particular, el modo drástico en que detonó el concepto de la escuela tradicional. Una institución que estaba en crisis de antemano y que tuvo que cambiar de prepo y sin planificación. Ese debate sobre la escuela, que tenía entre sus pendientes el uso de la tecnología y los modelos pedagógicos participativos, se precipita e irrumpe ahora con todas sus fuerzas, obligando a rediseñar los cimientos del sistema educativo.

¿Cómo será la escuela pospandemia? ¿Estarán todes adentro? ¿Qué lugar ocupará allí la tecnología? ¿Y lo pedagógico? ¿Logrará la escuela ponerse a tono con los intereses de les alumnes del siglo XXI? ¿Qué tipo de aprendizaje es posible sin el contacto físico con los pares y sin docentes que acompañen de manera presencial? ¿Cómo juega la imaginación y la creatividad? ¿Quiénes son los héroes y las heroínas en este lío?

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Rosario parecía hecha para el afuera. Quizás con la pandemia estemos a las puertas de lo social post-urbano: una sustracción de los cuerpos del espacio público.

El cuerpo en el ultramundo

El espacio físico de la escuela cerró por pandemia y el aula se mudó al espacio virtual. Como el viento que arrasa en un huracán, el salón de clases quedó desolado, vacío de cuerpos. Se pasó del mundo al ultramundo, como le gusta decir a la doctora en Educación Mariana Maggio, citando al libro The Game, de Alessandro Baricco, en donde encuentra claves para pensar este momento. Maggio, también directora de la Maestría en Tecnología Educativa de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, brindó al inicio de la cuarentena la conferencia “Enseñar en tiempos de pandemia” y allí dice, siempre retomando las ideas de Baricco, que “los tiempos que vivimos hoy no son tiempos de una revolución tecnológica sino de una revolución mental que se inició cuando dejamos de jugar al metegol y empezamos a jugar a Space Invaders. Ahí dejamos de poner el cuerpo y empezamos a generar esta configuración mujer-teclado-pantalla que, con el avance de los tiempos y con los teléfonos inteligentes, se convirtió en mujer-pantalla, sin teclado”. Esta revolución, dice Maggio, nos pone en un mundo en donde la realidad es una realidad de doble fuerza motriz. Y cita textual a Baricco: “La distinción entre el mundo verdadero y el mundo virtual, se convierte en una frontera secundaria, dado que uno y otro se funden en un único movimiento que genera, en su conjunto, la realidad”.

La reflexión de la especialista permite inferir que, hay algo de esta doble fuerza motriz que la institución escolar no pudo o no supo captar a tiempo y ahora, cuando la pandemia retira forzosamente los cuerpos de la escena pública y los recluye físicamente al ultramundo, esa revolución mental estalla de manera inexorable. No como una política educativa, pedagógica, pública, planificada, sino, S.O.S, como un sistema de educación remota de emergencia que se sostiene, principalmente, por el esfuerzo descomunal de las maestras y los maestros.

Acceso y dispositivos

Una encuesta realizada por Santiago Bilinkis, tecnólogo y organizador de TEDxRiodelaPlata, da cuenta de ese incremento desmesurado en las horas trabajadas por docentes y observa que el 91%, incluso sin tener las condiciones tecnológicas adecuadas, está trabajando “mucho más que antes”, está “muy desbordado” y con mayores dificultades para desarrollar la tarea, cuanto más chicos son les niñes que tienen como interlocutores. Del sondeo, que se realizó vía internet y que por ende dejó afuera a quienes no tienen acceso a dispositivos o conectividad en sus hogares, participaron 8.100 personas de todo el país entre docentes, estudiantes, madres y padres. Lo que refleja esa consulta además, es que el tiempo extra de trabajo queda invisibilizado para el afuera porque no se refleja en una mayor cantidad de horas cátedra, sino que se dedica a la preparación de las clases para un territorio virtual, hasta ahora inexplorado por la mayoría de les docentes. Adaptar los materiales, rearmar la forma de los contenidos, preparar videos, rediseñar las evaluaciones y, en el medio de todo eso, acompañar también con otro tipo de soportes a les estudiantes que están offline y no tienen conectividad, se acumulan entre las tareas cotidianas.

La teacher Uranga, por ejemplo, habla de toda esa producción que, en su caso, incluyó entre otras cosas buscar dentro de su propia casa una locación amable para hacer videos y pedirle a sus hijos que hagan silencio a la hora de registrar cada toma. Con eso resuelto, la profe se vistió con su guardapolvos impecable y literalmente puso su cuerpo en el ultramundo y grabó videos y canciones para enseñarles a les niñes de nivel inicial las partes del cuerpo en inglés. “Quizás era más fácil mandar cualquier video de youtube por internet”, dice, pero con los más chiquitos sobre todo, que casi ni tuvieron tiempo de hacer vínculo con la seño, “no podía tirar: bueno hagan esto. Yo tengo que aparecer y verlos y por eso soy yo la que baila, soy yo la que explica. Al principio fue una locura, no podía ni respirar pero ahora ya me adapté un poco”, dice.

Pero ¿todo el cuerpo docente cuenta con los recursos tecnológicos necesarios para producir materiales en la educación a distancia? ¿Y les estudiantes? ¿Cómo incide la brecha digital, que se profundizó durante el macrismo, en el trabajo docente y en los procesos de aprendizaje? De acuerdo al último informe del Indec sobre Acceso y uso de tecnologías, el 60 por ciento de los hogares argentinos tiene computadoras y el 82 por ciento internet. Sin embargo, una de las preguntas que sigue girando en estos casi cinco meses de educación a distancia es cuál es el verdadero acceso a los dispositivos tecnológicos que hay por persona en cada familia, sobre todo en familias numerosas o en aquellas en las que todos los integrantes requieren inexorablemente de un celular o computadora para continuar con sus trabajos o asistir a la escuela.

Consultada para esta nota, la especialista Maggio dice: “Si tenés una computadora para tres hermanos entonces ya no es cierto que estás conectado con el nivel que puede requerir el sistema educativo, con lo cual la pandemia profundiza nuestra comprensión de todas esas necesidades persistentes”. Maggio reconoce y destaca la rapidez con que el gobierno nacional lanzó el portal seguimos educando –desde el cual se ofrecen propuestas en soportes variados y sin consumo de datos por la navegación– y reflexiona, al mismo tiempo, sobre la importancia de seguir teniendo a todos los chicos dentro del sistema educativo cuando pase la pandemia. “Tenemos una responsabilidad tremenda de ir a buscar a las chicas y a los chicos que no están conectados en este momento. Tenemos una obligación política que es ir a buscarlos para que terminen el año. Hay que hacer un análisis uno a uno, situación por situación. Ahí lo más importante es tener una comprensión muy detallada de la situación de cada estudiante para poder generar propuestas que sean en serio inclusivas”, dice.

Reinventar las clases

Algo de la escuela tenía que cambiar. Eso lo dicen todas las fuentes consultadas para esta nota y es un debate que desde hace años nutre conversatorios y conferencias en la comunidad académica y educativa. Ahora bien, el hecho de que la escuela se torne circunstancialmente en un aula virtual ¿significa a futuro un cambio pedagógico, otro modo de concebir la enseñanza y los procesos de aprendizaje? O, como muchos alertan, se corre el riesgo de que la escuela virtual se transforme en la escuela tradicional por internet.

Maggio sostiene que esta es una gran oportunidad para reinventar la clase y sugiere hacerlo escuchando y poniendo atención a los intereses de les estudiantes. “Antes de enseñar algo a alguien, es necesario al menos conocerlo”, dice el filósofo francés Michel Serres en el libro Pulgarcita y Maggio retoma esa reflexión para pensar cómo funciona hoy la cabeza de las nuevas generaciones. “Nuestros estudiantes están acá y al mismo tiempo están en otro lado, intermitencia online-offline. Entonces tenemos que hacerles propuestas para acá en este momento, pero, al mismo tiempo para el otro lado en donde están, las redes, por ejemplo. Los chicos que nosotros decimos que son apáticos, que no leen, están haciendo producciones mutimediales muy sofisticadas en redes como Tik Tok”. Ese “tremendo fenómeno”, para la cientista, valida las experiencias del docente gamer o tictocker como las que vienen experimentando desde el grupo de pedagogías clandestinas que funciona en el Instituto Olga Cossettini. “Hay que poner esto en la escena de la docencia porque ahí se teje de nuevo como una trama cultural en la que nosotros reconocemos a los estudiantes como sujetos”, dice Maggio y llama así a reinventar las clases y a codiseñar las propuestas junto con les estudiantes. “Yo creo que nuestras propuestas educativas estaban lejos de reconocer esa revolución mental. En mis conversaciones con los docentes de estos días, cuando les pregunto qué aprendimos en la cuarentena, me dicen que aprendieron a estar más cerca de los estudiantes, a reconocer esas miradas, a ser más flexibles, a ponerse en el lugar del otro; pero yo digo, a todo esto, ustedes lo sabían. Los docentes están hablando de esto en la virtualidad. Si eso está sucediendo, entonces sí creo que la pandemia está de alguna manera empujándonos a pegar el salto ese que requería la revolución mental y eso creo que es una noticia súper interesante”, reflexiona Maggio.

Con la cámara apagada

¿Cuánta conexión existe en la virtualidad? Cómo se percibe lo que pasa: si hay interés, si hay aburrimiento. Sofía Aldasoro es docente reemplazante de la materia “Historia de los medios” que se da en 4° año del secundario Belgrano y señala que es todo un desafío establecer un vínculo con les estudiantes cuando la gran mayoría se conecta a la plataforma zoom con la cámara apagada. “Algunas veces es por problemas en la conexión a internet y otras veces es porque no quieren prenderla. Es muy difícil hablarle a una pantalla en negro, o a un nombre o a una foto y no saber las reacciones que tienen los chicos. Está el cuerpo pero hay silencio. Es rarísimo. En el aula vos podés leer lo que va pasando, la dinámica que se juega en las miradas. Es muy diferente a lo que pasa virtualmente”. La profesora cuenta que ese tema se trabajó en las reuniones plenarias. “El presentarse a clases sin la cámara se toma como una elección y se respeta porque es parte de la privacidad de los chicos. Muchos tienen problemas con su imagen y con su cuerpo y la cámara impone verse constantemente expuesto a esto. Entonces es por eso que no se toma como una obligación”, dice y marca que el desafío, en este contexto, es intensificar el uno a uno y buscar otras dinámicas para saber lo que sienten y opinan les estudiantes.

Es un tiempo para pensar profundamente en este tema, dice la pedagoga argentina Inés Dussel en su ponencia “La clase en pantuflas”, e invita a reflexionar ahí, entre muchas otras cosas, en que la ausencia del espacio físico da cuenta de que en los establecimientos educativos pasan ciertas cosas que no pasan en las pantallas. “En la escuela del futuro habrá más tecnologías pero lo valioso es que ese espacio siga operando como una forma de encuentro para abrirse a otros mundos propios y con otros”, señala. Para Dussel la pregunta que resuena en esa institución que cumple un montón de funciones que van más allá de impartir conocimientos es, “¿qué queremos que siga de lo que hacíamos en la escuela y qué no queremos que siga?”

Ese es el corazón del asunto también para Maggio, que cree que en esta pandemia se abrió una oportunidad inesperada para recuperar el sentido. “Eso implica pensar el asunto no desde una perspectiva exclusivamente tecnológica sino didáctica. Mi búsqueda es que las clases que proponemos den lugar a la construcción de propuestas originales que sean transformadoras de algo que está más allá de la escuela, que cambien algo de lo que sucede en el mundo, que alienten los procesos de construcción colectiva y que sean placenteras, porque en un momento tan difícil, lo menos que podemos hacer con nosotros mismos es generar experiencias que valgan la pena vivir aún estando encerrados. Me parece que es muy importante que esas prácticas nos lleven a un lugar mejor, en términos de educación, a un lugar más justo, más inclusivo. La conversación hoy está girando en torno a cuestiones que tienen que ver con lo pedagógico y lo didáctico y con cómo enseñar en una realidad tan alterada. Esa, probablemente, sea la única buena noticia de la pandemia desde una perspectiva educativa”.

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Sobre el autor:

Acerca de Vanina Cánepa

Nació en Rosario y es licenciada en Comunicación Social (UNR). Creció escuchando la colección Musicuentos en el tocadiscos de su abuelo y descubrió así el valor de la palabra y la potencia de los relatos. Desde entonces los registra en múltiples formatos. En el podcast Este es el Plan recupera la palabra de niñes y […]

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