El fin de semana pasado recibí en el correo electrónico una notificación de Google sobre una mención de mi nombre en la web. Tengo un alerta que me mantiene al tanto al respecto. Pero el mensaje contenía un link que no se refería a mí, sino a otra persona, a un homónimo.

No fue una sorpresa. Desde que tengo el alerta de Google sigo las vidas de otros Osvaldo Aguirre en distintos países. Tampoco se trata de algo de lo que haya tomado conciencia con internet. Para no referirme a la historia familiar, por lo menos desde el 16 de junio de 1990, cuando el ingeniero Horacio Santos mató a dos jóvenes ladrones que intentaron robar el pasacassette de su auto, uno de los cuales se llamaba Osvaldo Aguirre, los homónimos me acompañan con sus historias.

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Osvaldo Aguirre, el ladrón que fue muerto a balazos por el ingeniero Santos, es mi homónimo célebre. El que perdura en una página importante de la historia criminal, como el caso que inauguró la serie de los “justicieros por mano propia”, como llama el periodismo a ese tipo de asesinatos. Cada tanto el episodio es actualizado en las crónicas, y allí encuentro mi nombre.

Pero no es el único Osvaldo Aguirre, qué va. En Perú hay otro homónimo en problemas con la ley, pero al parecer alcanzó a escapar de la justicia antes de recibir condena, por lo que cabría presumir su inocencia. Del otro lado, pude seguir la carrera del prefecto mayor Osvaldo Aguirre, una autoridad en la Prefectura Naval Argentina.

Osvaldo Aguirre es también un futbolista en Olavarría, que ahora juega para el club Independiente Loma Negra en la liga de veteranos y que en sus ratos libres también corre maratones. Y es también un tenista en Chile, uno de los mejores en ese país según las noticias que me trae Google, y un aficionado al tenis de mesa en la ciudad de Salta. Y un ciudadano de Paraguay que se salvó de milagro después de volcar su camioneta en Mercedes, provincia de Corrientes.

Descubrir un homónimo resulta inquietante para algunas personas. El nombre propio, de pronto, parece un nombre extraño. La coincidencia puede ser siniestra, como ocurre en “William Wilson”, el cuento de Edgar Allan Poe, donde la aparición del homónimo trastorna al narrador al punto de llevarlo a la locura y al crimen. Tener un homónimo es entonces acceder a la experiencia del doble, el otro que se parece a uno y muestra, como un espejo borroso, una imagen perturbadora por la semejanza y también por aquello que revela como diferencia, un rasgo, un detalle que a primera vista pasa desapercibido y plantea un enigma complicado de resolver, el de la identidad. El homónimo no es extraño por lo que comparte con uno sino por aquello desconocido que proyecta sobre el nombre propio: llamándose como se llama, es completamente distinto.

Un homónimo también puede resultar un problema legal. Recuerdo que en mis tiempos de cronista policial era común redactar pequeños recuadros al pie de página donde alguien aclaraba, con la mención de su número de documento, que no era la misma persona que aparecía implicada en un delito. La tecnología no resolvió el problema, más bien parece lo contrario. El mes pasado se conoció la historia de Guillermo Ibarrola, que pasó cinco días preso, acusado por robo agravado después de ser detenido en la estación de trenes de Retiro; el caso fue explicado como un error del sistema de reconocimiento facial, el último dispositivo de control sobre la población, pero también se produjo por una confusión con el nombre, ya que el buscado era un homónimo.

En mi caso hay una cuestión generacional que incide en la existencia de homónimos. Por lo menos en Argentina, no sé qué ocurrirá en el resto del mundo de habla hispana. Según los datos del Registro Nacional de las Personas, en 1964, el año en que nací, otras 169 personas se llamaron Osvaldo. El año de mayor popularidad del nombre fue 1931, justamente cuando nació mi padre, también llamado Osvaldo Aguirre. Desde entonces el nombre cae en progresivo desuso y con esa tendencia, obviamente, se reduce la posibilidad de tener homónimos: en 1974, nacieron 119 Osvaldo; en 1984, 106; en 1994, 61; en 2004, 7; en 2014, 4. Sin embargo, en 2015 se registró un incremento, cuando 12 niños recibieron mi nombre. Nada comparable con lo que ocurre con Benicio, Lautaro o Jonathan, por supuesto. Ahora estamos en minoría.

La estadística muestra también una costumbre perdida, aquella que imponía fatalmente a los hijos el nombre de sus padres, cuando no les caía el santoral por la cabeza. De niño ya me quedaba confundido cuando alguien pronunciaba mi nombre para referirse a mi padre, o a mi abuelo. El nombre es entonces una marca, un signo de propiedad. Es común que un hijo reciba la demanda de ser como el padre, de proseguir su camino, de dedicarse a lo mismo, sea como fantasía paterna o materna o como inquietud social, lo que expresa la curiosidad de allegados y amigos: ¿qué vas a ser cuando seas grande?, o específicamente, ¿vas a ser como tu papá? Llevar el mismo nombre, que el nombre sea nombre del padre, puede ser entonces una carga importante. Eso es complicado, no que cualquier desconocido lleve el mismo nombre.

Se supone entonces que el nombre forma parte del legado paterno, es la quintaesencia de lo familiar y en consecuencia lo potencialmente más extraño con lo que nos podemos enfrentar, como de hecho me ha pasado varias veces con menciones donde desconozco a mi padre y a mi abuelo y me quedo en la incertidumbre. Hace poco soñé que surfeaba o iba parado sobre una ola que se acercaba a mucha velocidad hacia la orilla, con la posibilidad cierta de estrellarme en algún lugar, y es la zozobra que se puede sentir en esas ocasiones.

El nombre propio tiene un sentido, se supone que representa algo en el grupo social en el que se mueve quien lo lleva. Puede constituir hasta un motivo de orgullo, algo que el individuo reclama para sí, como su pertenencia y hasta su única posesión, ya que en esa situación “mi nombre”, como se dice, “es todo lo que tengo”. El homónimo afecta a ese imaginario. Por eso puede resultar particularmente molesto en el ambiente intelectual. El escritor Juan Carlos Martini (Rosario, 1944 – 2019) se encontró alguna vez con el escritor Juan Carlos Martini (Buenos Aires,  1940 – 1996) y tal vez para evitar equívocos y falsas atribuciones los dos tuvieron que cambiar sus nombres, y uno fue Juan Martini y el otro Juan Carlos Martini Real.

Podría contar la historia de mis homónimos como una variante de “La trama celeste”, el cuento de Adolfo Bioy Casares. Diría entonces que en varios mundos casi iguales, varios Osvaldo Aguirre salen cada día al mundo. El mío se dedica a la literatura y al periodismo; otros son profesores en la Universidad de Texas, veteranos de la guerra de Malvinas, deportistas, criminales. Como en el cuento, seguir a un homónimo es tomar un avión y aterrizar en otra realidad.

El alerta de Google me dio hace poco una idea. Como en esos eventos donde se reúnen familias numerosas que se han desperdigado en el tiempo y en el espacio, alguna vez podría hacerse un encuentro de los Osvaldo Aguirre. Al final de cuentas compartimos lo que nos identifica, lo que tenemos de más íntimo, aquello con lo que vinimos al mundo.

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Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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