“Es una trampa para bobos/ analizan las palabras, en algún lugar los jodo”

Mugre – Wos

 

Para entender el trap hay que admirar su paisaje: entender el límite y recorrerlo  en la distancia. La sensación primordial que a uno le impacta cuando escucha un tema de (t)rap es que probablemente esa canción no se haya compuesto para “gente como uno”. Así, en el instante en que uno expresa su rechazo instintivo hacia ese trance abrumador seguramente esa canción esté cumpliendo su cometido: marcar un límite interpretativo.

A la hora de escribir esta nota son varios los temores. Primero y principal, siento que al escribir sobre (t)rap uno está convirtiendo en algo aburrido algo que sencillamente no lo es o, mejor dicho, algo que hace del aburrimiento un síntoma y lo convierte en otra cosa. Segundo, y no menos importante, tanto el trap como el rap pueden y quieren hablar por sí solos, no hace falta que nadie los interprete. Tercero, una comunidad no es una cosa sobre la que se escribe. El trap está construido sobre un lugar con personas de carne y hueso, y uno no puede mezclarse y disfrazarse tan sencillamente para vivenciar este mundo al estilo “rapero por un día”Cuarto y último: ¿alguien se imaginaba la existencia de una música tan alentadora en una época de crisis tan profundas?

La ruina es una forma de restablecer un vínculo con la antigüedad

El historiador sobre cultura hip-hop y crítico musical estadounidense Jeff Chang comienza su libro Generación Hip-Hop planteando dos vías de lectura sobre este fenómeno. Una es que “el hip hop siempre está muriendo”, es decir, vive reinventándose y no es un género definido. La otra señala que “cada generación es una ficción” que impone una narrativa propia.

Por eso, antes de hablar de trap hablaremos de rap. El rap, en palabras de David Foster Wallace y Mark Costello, es el reflejo de las condiciones sociales de un momento histórico en Estados Unidos, donde la expresión de rabia y frustración de una generación se volvió a combinar con los elementos rudimentarios disponibles para construir una música, algo que siempre ha estado presente de alguna forma en la música negra. Siguiendo la genealogía familiar uno puede imaginarse al tatarabuelo de algún rapero afro haciendo música con las cadenas esclavistas que maniataban sus tobillos.

La historia del lenguaje es la historia de las metáforas que pierden su uso y transforman su sentido. Las trap house eran los nichos donde jóvenes racializados del sur de Estados Unidos confluían para hacer de sus días y sus noches un espacio de goce oscuro sobre una tríada infalible: drogas y plata fácil al ritmo de la música. El orden no altera el producto.

El trap, cómo subgénero del Hip-Hop, nace en Atlanta a mediados de los 90 y tiene su auge en Estados Unidos desde el 2010. Su popularidad masiva llegó en el 2015 a ocupar gran parte de la escena musical contemporánea. Su estética no es única pero, como toda estética, contiene sus clichés: pibes con corte de pelo degradado, gorras con visera, conjuntos deportivos caros, adidas y nikes en los pies, cadenas de oro extragruesa sobre el pecho y aros de diamantes brillando en las orejas. 

La lente invertida de la sociocriminología los verá como dos caras contrapuestas de una misma moneda: pibes peligrosos y pibes en peligro. La lente cínica de la moda podrá verlos como una oportunidad, como dijo el modisto Christian Lacroix en la revista Vogue hace más de 20 años: “Es terrible decirlo, pero muchas veces, los atuendos más interesantes son los de los pobres”. La lente de la industria musical hará lo mismo: pondrá un beat y hará que la música fluya sobre sus reglas.

El significado de una palabra no viene dado por su origen, sino por los usos siempre cambiantes que le dan los hablantes autorizados y competentes de una lengua. El trap pasó de ser una casa, a un movimiento musical underground y así, de la noche a la mañana, se transformó en el subgénero del hip-hop que cada cosa que toca la convierte en éxito. 

Confirmado. En voz del filósofo español Ernesto Castro: el trap es la palabra más usada y descontextualizada de este último tiempo.

Esto es América

La historia de este tiempo es la historia de las series. El catalizador óptico con el cual atravesamos el relato cotidiano tiene forma de producción audiovisual. Para conocer el contexto del trap sólo necesitamos tres cosas: curiosidad, respeto y una cuenta en Netflix.

La serie Atlanta, producida por Donald Glover en el año 2016, realiza una pintura de época. A simple vista, parece ser otra historia de la juventud negra y racializada en el mundo de la post-negritud, un contexto donde los negros tienen dos caminos: o ser estrellas o ser criminales. 

Los 21 capítulos que existen hasta el día de hoy tienen forma de viaje. Un viaje que siempre nos recuerda algo: vivimos en una sociedad sin presente donde los negros no pueden fallar.

Viajando desde el surrealismo narrativo al realismo extremo, la historia de cada uno de sus personajes invita a pararse frente al espejo. Reflejo de una sociedad sin memoria donde el color de piel sigue marcando los trayectos de vida.

En lógica sitcom, cada episodio muestra al espectador un atajo y una trampa. El atajo de hacer música en un mundo donde la explotación del hombre por el hombre se muestra como el único objetivo. La trampa de comprender que el músico de trap está condenado al éxito. Pedagogía neoliberal: un futuro donde no se permite el fracaso es un mundo donde no hay alternativas posibles.

Sin embargo el trap como música le da esa opción a los protagonistas: sobrevivir para salir. Crear un personaje para ganarle a la muerte inmediata, al mañana impuesto: esa historia ya pactada con el origen de donde se viene, un origen donde no hay boleto y el tren no pasa seguido.

Earn, el personaje principal, su primo Paper Boi y su colega Darius se muestran constantemente en un callejón sin salida: entrar en la prisión de los estereotipos del trap para hacerse de un camino arrebatado de nacimiento. Uno se hace trapero para darle al barrio lo que el barrio mismo le quitó.

La crisis es lo que más vende: el futuro es un fragmento

El trap implosiona en sí mismo y destruye toda dicotomía posible. Si el pop fue la forma que tomó la música para disolver la idea de baja y alta cultura, el trap vino a mostrar que la forma más elevada del arte son los negocios.

Atlanta es agonía pura. Un relato sin síntesis, donde los protagonistas ven la victoria como una derrota y la fealdad como una belleza; donde ya no hay un otro al que vencer o sobre quien escupir canciones de protesta. Lo único que hay que vencer es el fracaso que uno mismo lleva dentro.

Sobre esa escena dolorosa, pegarla con una canción aparece como el único salvavidas que queda sobre el agua de inoportunidades. En un océano donde cantar es gratis y pegarla es caro, Atlanta invita a no ser indiferente ante el espanto: sólo a partir de ahí entenderemos nuestro rechazo, fascinación y miedo por una música que desafía nuestros códigos culturales.

La serie compone una realidad extrapolable a cualquier punto del mundo. Una realidad donde el goce extremo es la mejor herramienta para salir del ghetto. Vivimos un presente donde la negritud se transformó en un objeto de consumo más sin dejar de ser criminalizada. El trap como sinécdoque del rap en sí: no hay forma de escapar de la muerte, al menos, bailemos.

Entre el derecho a hablar y la obligación del diseño de sí

El trap habla de y para la comunidad en la que ha surgido: esos pibes que “no trabajan porque no hay trabajo y no estudian porque no hay trabajo. Como género musical marca y redefine el mapa con un sonido abrumador: el ritmo de una crisis.

El trap es un error que si uno quiere corregirlo ya está errado. El artista, como estratega, es un fingidor. En el mundo del trap, el elogio al “ser real” busca borrar ese límite entre lo que el mercado propone como consumible y la propia singularidad del artista. Pareciera ser que en el trap lo que se muestra es lo único que hay: vacío sobre vacío. 

El traper de la serie, a.k.a Paper Boi, se plantea como un artista anti-diseño, manteniendo una postura con sus pares y eligiendo a su primo Earn, un joven decepcionado por el mundo académico y el mundo del trabajo, como su manager. Sin romantizar el lugar de la familia para hacer negocios, la jugada parece más bien un armado para vencer la exhibición pública y a los peces gordos de las grandes compañías. 

Sin embargo, la demanda del mercado lo empuja al campo estético del auto-diseño, una lógica propagandística que le impone a estos jóvenes hacer algo más que música, es decir, vender su delirio de autonomía: presencias en boliches, televisión, radios, eventos y mujeres que el mismo mercado habilita y cosifica pero al mismo tiempo vela. Todo pautado bajo el sinfín de imágenes y producciones audiovisuales y su instantánea publicación: si no hay foto no estuviste ahí.

En un mundo donde ya no hay grandes disqueras porque no hay CDs,  el gran show se fracciona y es mucho más difícil ver el rostro de sus orquestaciones. Sumergido en un mundo de pantallas y redes sociales, queda descubierta una existencia obscena donde la transparencia entrega todo a la mirada, donde la exposición mercantil de las intimidades es lo que hay para consumir: queremos que seas negro, el negro que avala nuestros discursos.

La tecnificación y digitalización completa del mundo robustecen dicho árbol que tapa el bosque. En la serie, la inmersión en las pantallas y el peligro de perder la autenticidad se hacen uno, donde nunca se ven los procesos creativos del arte, las grabaciones o la distribución de la música. Así, la división entre capital mediático y capital económico de este tiempo vuelven a ponerse en tensión: con followers no se come pero parecen ser la única salida. El trap aparece como algo que no se dice, sino que, como mucho, se muestra.

Gracias a un micrófono, una computadora, dos software (uno para el beat y otro para la voz) y los algoritmos de las plataformas de distribución de música y videos, el trap se transforma en un lugar donde los jóvenes pueden soñar pasar de la precariedad extrema a la santidad de la estrella. Volvamos al comienzo: atajo y trampa.

Los jóvenes artistas de esta escena, han generado y generan su propio self-represent, es decir su relación con ellos mismos y lo social, priorizando qué mostrar y cómo demostrar sus valores: la autonomía, el librepensamiento, el “egotrip”, el “bling-bling” y otros discursos que a simple vista buscan permear esa frontera que son las nuevas vidas juveniles públicas y privadas de este tiempo. 

Diciendo lo que quieren, rompiendo cualquier pretexto de corrección política y musical, mostrando sus mejores maneras y formas de elevar su autoestima, convalidan y ponen en juego ciertos valores que conjugan con los modos de vida de derecha. La vida de derecha es esa vida guiada bajo el proyecto de sociedad propuesto por el neoliberalismo, o como plantea Silvia Schwarzböck en su libro Los Espantos: estética y postdictadura cuando habla de el Niño Mierda como sujeto post-fin de los grandes relatos y triunfo del relato capitalista: “Ese sujeto que queda sin querer del lado de los vencedores”, esos que sólo conocen la vida de derecha, esa vida donde la clandestinidad solamente es un estado mental.

Bajo los límites del prime-time, el discurso neoliberal marca su cancha. Mostrarse como pieza de consumo es la norma, un discurso hegemónico que más que hacer callar obliga a decir. Sin ego-trip, bling-bling, violencia, mujeres y gangsterismo no hay trapicheo: serás la estrella que el mercado necesita o no serás nada.

Estos artistas reciclan la idea de crisis como drama, pero al utilizarla la alteran de forma crucial: sobre la noción de amigo y enemigo la lucha será por los pocos símbolos culturales que quedan sin gastar. El carácter profundamente identitario del trap nos excluye, pero también nos define. Sin hablar de nosotros, el trap explica con claridad y por omisión que no somos ni seremos. El trap nos sitúa fuera de juego y nos obliga a observar desde la barrera. El drama es poder y el trap lo entiende. 

Entre diseñados y auto-diseñados, la violencia aparece como un real que si no se muestra no da de comer. En simples palabras: la condición de crisis es lo que más vende, como dice el rapero argentino Homer El Mero Mero: “esto no es música, es droga”.

Rosario y su realidad

Para correrse del esencialismo, uno tiene que tocar puertas. En este contexto de distanciamiento, la puerta más segura a tocar es el WhatsApp. Así, Joaqo Molina, Brunella y Nasir Catriel, abrieron sus puertas digitales para enviar sus respuestas como artistas.

A diferencia de Nasir, que plantea el rap para mi hoy en día es como el colchón de todo lo que hago”, Joaco y Brunella me advierten que no son raperos, sino que hacen rap como un género más, es decir, que el rap aparece como una herramienta más para hacer música.

Los tres coinciden en la importancia de la producción de sus trabajos y remarcan la amistad como un punto clave para esto:uno nunca puede hacer las cosas solo”, dice Joaco después de preguntarle por sus estrategias a la hora de componer y su relación con otros artistas.

Si hablamos de plataformas, redes y estrategias, Brunella patea el tablero y comenta: ya no es como antes que te llamaba la radio para pedirte el tema, si bien sigue existiendo, forma parte de ese universo, es decir: se mueve la red social y ahí se mueve la radio. De igual manera pero con otra respuesta, Nasir, miembro de Rosario Kids, habla de las potencialidades de la red: subir nuestra música a todas las plataformas digitales que se usan hoy en día y poder ver algún dolarcito de las reproducciones ya es una banda.”

También, como plantea Joaco, que cuando termina su música, la manda a Buenos Aires para distribuirla, Brunella pone otra necesidad sobre la mesa: Entiendo que para muchos artistas es muy complicado y muy duro encontrar un equipo de trabajo que los apoye, hay muchos que actualmente no tienen un equipo y van haciendo rap como pueden”, los artistas de la ciudad lo entienden así: sin equipo no hay trabajo.

Luego de un análisis más global, la escena rosarina nos deja un sabor agridulce, donde los pibes y las pibas hacen malabares con lo que les toca sin dejar de perseguir sus sueños. Entre beats de Internet, letras grabadas en las pantallas de los teléfonos, los pibes apuntan a crecer y hacer de sus barras algo más: es lo que pienso todas las noches antes de dormirme, y lo que for real me inspira, es el camino que elegí”, o como dice “CROMO”, el tema a dos voces con Taka Dog: “no veo mi futuro pero sé que está dorado”.

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Sobre el autor:

Acerca de Andrés Mainardi

Nací en Rosario en 1996. A veces estudio Comunicación Social. Escribo para cazar fantasmas. A la vida no se viene a ser feliz o infeliz: se viene a aprender lo que te enseñan los amigos.

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