Dirigirse hacia la cumbre en busca de alimento trae ventura.
Espiar en torno como un tigre,
con ojos aguzados e insaciable avidez.
I Ching, hexagrama 27, línea 4

Vamos con un flashback de la saga: hace un tiempo, el Colo me traía un amigo a cenar. Otro colorado, un taita malevo, arisco. Yo lo echaba a sifonazos. Cuando se iba, el Colo lo seguía. Lo apodé el Batarasa (con ese) porque cuando se sentaba muy firme en la escalera parecía una gallina bataraza. Costaba moverlo de ahí. Aguantaba chistidos y amenazas. Era de uñazo fácil. Le inventé una murga: “Porque pone mucho huevo, le dicen el Batarasa”. Fue copando el escritorio, la cama, todo menos mi sillón, el último bastión del Colo antes de irse.

DÍA 7, lunes 23 de julio de 2018

00:00 AM: Nacho sube a la cornisa de Maipú y Cerrito a dejarle alimento y un plato de agua al Colo.
9:30 AM: el dueño del garage en cuyo techo vimos al Colo autoriza el ascenso. El IMUSA no atiende. Llamo a los bomberos. Voluntarios no tiene dotación. Llamo al 100. Zapadores no necesitaban autorización.

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9:47: Zapadores en camino.

11:00 AM: Sube un bombero al techo de Maipú y Cerrito pero no ve nada.
Mediodía: El viaje al centro para imprimir en buena calidad los nuevos afiches arroja una serie de encuentros azarosos con gente amiga que se emociona con la imagen color del Colo.
Cuyo lugarteniente repórtese:

02:00 PM: Enter nuestro nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, Mg. Theodor Batarasa, manso y confiado; come de su plato y se echa en la mantita, donde vomitó al instante de la tercera foto que le saqué.

14:40: Exit Batarasa.

18:00: Vuelve el Batarasa con sus malos modales de siempre.

20:30: Oigo al Colo, a los gritos en la manzana de al lado. Estoy segura de que es él. Todos estos días me parecía oírlo en mi cabeza. Atenta a los ladridos. Hoy al anochecer estaba en casa escribiendo y de pronto lo oigo. Pero lo oigo de verdad, con un ritmo desparejo de cosa viva, ya no la monotonía machacante del eco falso. “Me parece oírlo”, le escribo a un amigo. “Salgo a buscarlo”, le escribo. Y salgo a buscarlo. Camino por Maipú en dirección al sur, en dirección al sonido, que ya no oigo. Justo sale una pareja de un pasillo. Los saludo. Me presento. Les pregunto si vieron un gato, si lo oyeron. Sí, afirma él. ¿Cuándo? Ahora, ahora mismo. Un gato que suena como… en celo, dice él. Puntos suspensivos de pudor más que de duda. Es mi gato, digo. ¿Dónde? En el fondo, lejos. ¿Dónde exactamente? No sé, interior de manzana. Gracias. Doy la vuelta y frente a mi casa entra un muchacho al edificio recién construido. Muy amable. Recién mudado. Primer piso apenas. No conoce a nadie. No tiene llave de la terraza pero sí muchísima empatía. Prometo cartel mañana. U hoy más tarde.
Reparto volantes bajo las puertas de las casas y hago una pegatina de afiches por toda la manzana donde está el Colo: varios árboles, postes, columnas, un par de negocios. Recubro los anteriores que tenían el número reescrito a mano. Casi todas las impresiones son en blanco y negro, algunas en color; sumadas a las casi veinte previas son 50 copias distribuidas hasta ahora. La imagen de su carita en todos los hogares. Que lo tengan presente, que sepan de qué les hablo cuando vaya a tocar timbre a ver si me dejan entrar y acercarme. Que sepan quién es si lo oyen y no me lo maten. Cada tanto lo oigo maullar a lo lejos en medio de un griterío de perros. Para, arranca de nuevo, para. Doy toda la vuelta a la manzana llamando, Colo, Colo, Colo. Y sigo al almacén y mientras espero en la vereda lo oigo. Y ahora estoy escribiendo esto y lo oigo. Lo sigo oyendo, lo sigo oyendo de verdad.
Clasifico los relatos oídos. Además del asesino de gatos, fechado “hace pocos años”, tengo dos más recientes. Una gata fue hallada muerta en el contenedor, según el kioskero. A un gato perdido, según una de las dos viejas de enfrente, “lo encontraron muerto allá atrás”. Un bombero voluntario que subió en la incursión anterior del Colo dice haberlo visto escapando “casi hasta el otro lado de la manzana” (Riobamba). Deduzco la existencia de un moridero que les sirve de refugio transitorio. ¿Habrá sobrevivido al agua de los charcos? Menos mal que llovió. Nacho dice que lo vio débil. Puede ser que coma la comida que le dejamos o que a la comida la hayan devorado pájaros. En la foto señalo el lugar desde donde se asomó el martes y el domingo. Las líneas de puntos marcan su recorrido probable, calculado según el oído. Veré la foto satelital.

DÍA 8, martes 24 de julio de 2018

Hoy sonó el teléfono. “¿Ustedes pusieron carteles buscando un gato? Porque mi hija vio un gato como el de la foto, el domingo, en el muro que da a la playa de estacionamiento. Un gato largo, dice. Me pareció oír todos estos días un muchacho que buscaba a su perro, Colo, Colo…”.

Cada vez más amable, la gente. Vengo de llamarlo del patio de la casa donde fue visto. La dueña de casa, que me avisó hoy, tiene un grupo de Whatsapp de seguridad con varios vecinos. Me dejó pasar, llamarlo y dejarle comida y agua arriba del techito del parrillero. El vector naranja en la foto indica el muro donde “el gato largo” fue visto por su hija el domingo.

 

Me encontré con el vecino del pasillo que lo oyó ayer y también me dejó pasar a llamarlo. Quedó en avisar si lo oye de nuevo, sabe que mi número está pegado en la veterinaria de la cuadra. En cada ingreso observo los detalles que me permitan imaginar su nuevo territorio. En el fondo de ese pasillo hay una serie de toldos metálicos y una enredadera que creció sobre uno de ellos. Calculo que será una de las manchas verdes que se ven en la foto satelital. Me dice un vecino de mi pasillo que justo sacaba a pasear al perro: “Mi mujer vio un gato enfrente la semana pasada”.

Suena el teléfono. Atiendo. Me he convertido en una persona que atiende enseguida el teléfono. Voz de mujer. “¿Usted anda buscando a un gatito? Hay uno parecido, en la calle, en Ituzaingo entre Maipú y Laprida”. Me calzo de nuevo las zapas y el buzo y acudo corriendo. Es a la vuelta de mi casa. Junto al árbol de la vereda del geriátrico me espera Gaby, que está paseando a su perro. Pertenece al mismo grupo de seguridad de la otra vecina que me llamó. Gaby me muestra en su teléfono una foto del gato. La amplío. Reconozco al animal. Su manto colorado oscuro es inconfundible. Junto al árbol de la vereda del geriátrico estuvo hasta hace instantes… ¡el Batarasa! Le pido a Gaby que me envíe la foto.

 

DÍA 9, miércoles 25 de julio de 2018

Lugarteniente Batarasa reportándose hoy cerca de las 10:00 AM con el lomo húmedo por la llovizna. Pide mimos, toma agua, olisquea la comida. Posa para unas tomas con el cerro San Javier de fondo. Acabo de descubrir que mi supuesta alucinación de maullido son las palomas del barrio. Era una ilusión, nada grave. Les escribo a las dos vecinas que llamaron ayer, pidiéndoles que pregunten en el grupo de seguridad si alguien tiene una gata no castrada por la zona. Adjunto copia del afiche color de búsqueda del Colo. Cherchez la femme.

 

 

CONTINUARÁ…

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Beatriz Vignoli

Beatriz Vignoli Blotta es novelista, ​​ poeta, ​ periodista, traductora y crítica de arte.​​ Nació en Rosario, el 29 de enero de 1965. Publica sus poemas desde 1979. En 1991, comenzó a colaborar en la sección Cultura de Rosario/12, donde actualmente es crítica de Plástica y Literatura.

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