La historia de las travestis en Rosario reconoce un hito en los primeros días de noviembre de 1998, cuando una denuncia contra la policía local por el cobro de coimas y pedido de favores sexuales terminó con la renuncia del entonces jefe de policía, Benedicto Mattia. Tengo un recuerdo particular del episodio porque la denuncia surgió en una entrevista que hice entonces con varias travestis en la sede del Colectivo Arco Iris y que se publicó en el diario La Capital bajo el título: “Travestis denuncian la existencia de una red de recaudación clandestina”.

El intermediario para la realización de la entrevista fue Pedro Paradiso, vocero del Colectivo Arco Iris. Hasta no mucho antes, las denuncias sobre persecución policial a travestis y homosexuales tenían poco espacio en La Capital, pero aquella nota se publicó en la tapa de la sección Policiales y formó parte de una producción en torno al Código de Faltas, el instrumento con que contaba la policía de Rosario para manejar su caja chica y perseguir a homosexuales y travestis.

El Colectivo Arco Iris desarrollaba acciones de difusión en torno a los abusos policiales y judiciales y en particular contra cuatro artículos del Código de Faltas: 62 (actos molestos), 78 (ofensa al pudor), 81 (prostitución escandalosa) y 87 (travestismo). El hecho que había puesto nuevamente al tema en agenda, como se dice, no era puntualmente la situación de las travestis, sino la denuncia de una mujer cubana de 32 años detenida por la sección Moralidad Pública bajo el cargo de prostitución escandalosa.

El episodio expuso de modo ejemplar los procedimientos de la policía con lo que se consideraba como faltas. El 19 de octubre, la mujer había concertado una cita con un cliente a través de su celular, y los agentes de Moralidad Pública se enteraron porque –con autorización de la jueza Liliana Puccio– tenían intervenido su teléfono. El escándalo era, más bien, que la mujer no había pagado la coima de rigor.

La nota fue planeada en principio como un análisis del caso a través de columnas de opinión de Jorge Ilharrescondo y del comisario Carlos Bonilla, en contra y a favor respectivamente de la vigencia del Código de Faltas. Las dos campanas. Pero la entrevista con las travestis modificó el sumario y el domingo 1 de noviembre de 1998 sacó a la luz una sórdida rutina de policías de Moralidad Pública y de la comisaría 5ª que caían como buitres sobre mujeres y travestis en los alrededores de la Plaza Libertad.

Las travestis –eran ocho, en total– denunciaron que pagaban en forma periódica para evitar ser detenidas y, en caso de terminar presas, para salir en libertad. Los policías también exigían favores sexuales y puntualizaban que la comisaría 5ª tenía una especie de tarifario establecido.

“Ellos ven quién es la travesti o la prostituta que trabaja más y proponen el arreglo para no molestar. Incluso te avisan cuando está por pasar el jefe”, dijeron las travestis. Los policías también las llevaban presas si las veían por la calle, aunque no infringieran el Código de Faltas.

Había dos arreglos. El primero con la comisaría 5ª, con jurisdicción sobre la Plaza Libertad, “para poder trabajar en la calle”; como este pago –a veces mediado por mujeres que se prostituían en la misma zona y que también eran forzadas a la coima– no eximía de caer en redadas de Moralidad Pública, se imponía otro canon “para no quedarse toda la noche en la Jefatura”. Por si fuera poco también estaban al acecho policías del Comando Radioeléctrico.

Una de las travestis contó que caía presa dos o tres veces por semana. “Vos sabés a quién le vas a proponer el trato. El arreglo es que los policías te hacen los artículos, pagás y te largan a las dos horas”, dijo. Otra detalló que en Moralidad Pública la costumbre era arreglar con el oficial de guardia, “mientras los otros se van a levantar más chicas”.

Furia discursiva

La entrevista provocó al día siguiente una respuesta furiosa de Benedicto Mattia. Entrevistado en los programas de radio de la mañana del lunes, el jefe de policía acuñó frases que se convirtieron en paradigma de la discriminación, desde llamar a las travestis “mascaritas o sidóticas” hasta plantear que debían ser separadas de la sociedad y confinadas aparte, en un lugar al que llamó “Samantocópolis”, en referencia a Samantha Farjat, detenida en el caso Coppola y un símbolo de vida licenciosa o irregular para la época.

Mattia imaginaba que en Samantocópolis estarían los indeseables de la sociedad, como en los centros clandestinos de represión de la dictadura. Lo siniestro tenía que ver, además, con que había sido presentado como un modelo por el gobernador Jorge Obeid y su ministro de Gobierno, Roberto Rosúa. En febrero de 1997, cuando asumió como jefe de policía de Rosario, la oficina de prensa de la Unidad Regional II destacó que tenía título de abogado, se había capacitado en los Estados Unidos y, bajo cuerda, que no estaba comprometido con la represión ilegal durante la dictadura.

La policía de Rosario conservaba en sus filas a notorios integrantes de la patota de Agustín Feced, como José Lofiego (en la División Logística), César Peralta (en Seguridad Personal) y Ramón Ibarra, el represor destinado a la intervención de la Biblioteca Vigil (en la División Informaciones). En contraste con esos personajes, Mattia aparecía como un policía moderno, profesional, democrático, con rostro humano. Pero las travestis le sacaron la máscara y pusieron al descubierto su verdadero rostro.

“Te detienen porque te estás prostituyendo pero para largarte te exigen un sexo oral o un sexo completo –habían denunciado las travestis. De qué moralidad estamos hablando cuando los representantes de la moralidad son inmorales: ellos propician la coima y el comercio sexual, y pasan a ser proxenetas, porque para poder trabajar hay que pagarles”.

Hombre de acción

Como en los tiempos de la dictadura, Mattia acudió a las razzias y en poco menos de dos días la policía detuvo a sesenta personas en la Plaza Libertad. “Les voy a contestar con acción para ver si ahora aparecen los denunciantes”, dijo, mientras crecía el escándalo.

En un programa de la tarde de América TV el conductor Jorge Pizarro cruzó a Mattia con Jennifer, una de las travestis denunciantes:

Usted es un caradura –dijo Jennifer–. Se olvida que hace dieciséis años, en Ayacucho y Uriburu, era uno de los policías que pedían coima.

Yo no me voy a prestar a este juego— respondió Mattia, dirigiéndose a Pizarro.

Lo recuerdo perfectamente— insistió Jennifer.

El jefe de policía también denostó a “la prensa copada por los zurdos” y a los organismos de derechos humanos. Dijo que la libertad de prensa tenía un límite “que hasta ahora el periodismo no se ha autoimpuesto” y pretendió explicar en términos persecutorios la nota en el diario: “Fue una puñalada trapera, organizada perfectamente en contra de la institución”, dijo, y también quiso hacer creer que la denuncia provenía de un estudio jurídico.

Veinte años después, las declaraciones de Mattia no parecen un acto irreflexivo sino una calculada respuesta que apuntó a sintonizar con los sectores retrógrados de la sociedad rosarina y, sobre todo, a desplazar la discusión de aquello que las travestis habían focalizado: la red de recaudación clandestina y su relación directa con la vigencia del Código de Faltas, un recurso central para el poder de policía de entonces y su control sobre la población.

Mattia tuvo en claro desde el principio que sus declaraciones eran insostenibles para el gobierno provincial. Por eso se proclamó peronista, “católico practicante y cursillista”, y dejó correr la versión de que iba a dedicarse a la política. Tenía grandes aspiraciones: la gobernación de la provincia. Pero ni siquiera pudo competir por un cargo de concejal, y sus apariciones públicas posteriores se redujeron a las actividades en la Asociación Belgraniana y a respaldar un acto de homenaje a los policías muertos en el atentado montonero del 12 de septiembre de 1976, frente a la placa que los recuerda en el shopping Alto Rosario.

La renuncia de Mattia fue un cimbronazo en algunos sectores de la Unidad Regional II: “¿Cómo puede ser que un par de maricones volteen al jefe?”, se preguntó una fuente policial no identificada, en una crónica de La Capital. Los tiempos estaban cambiando.

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Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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