¿Hace falta leer a Simone de Beauvoir para saber que mujer se hace y no se nace? ¿Es necesario leer a Kate Millet para descifrar que lo personal es político? ¿Para ser feminista hace falta leer?

Desde que nos sumergimos en el feminismo aprendemos que no estamos solas. Si la lectura permite dar forma a la experiencia y reparar lo roto, la lectura compartida y en diálogo con otras acompaña más que nunca. Es en esa trama colectiva donde las opresiones que ya se sentían cobran, a partir de la lectura, un nombre o un sentido.

Reconocer que lo que le pasa a una les pasa a todas. Comprender que se nos construye y se nos instruye para ser mujeres, madres, esposas, hijas. Ocupar las calles, revolucionar nuestras camas y nuestras casas. Empoderarnos contra la opresión de nuestro trabajo. Son saberes que pueden germinar con un libro, pero que son fuego ancestral que quema desde lo más hondo. Son poder que electriza y que se anida en la palabra.

Clubes, rondas y tertulias reúnen en la ciudad de Rosario a mujeres que quieren leer y conspirar juntas:

Tertulias feministas

Belén Campero es doctora en Filosofía y poeta. Desde su perfil en Facebook convida a participar durante los viernes de marzo de un espacio para encontrarse a leer y conversar. “No es clase expositiva y no se requiere experiencia previa”, anticipa.

El formato es el de tertulias y cruza la Filosofía y el Feminismo. “La idea es crear un espacio de reflexión feminista para leer juntas y compartir lo que provoca esa experiencia”, cuenta.

Pero además se propone como una puerta a problematizar no solo los textos que se leen, también sobre las situaciones cotidianas que nos atraviesan.

A partir de la lectura de Judith Butler, Silvia Federici y Paul B. Preciado, se intentará incluso hackear las consignas propias del feminismo. “También apuntamos a generar posturas críticas y autónomas respecto de los conceptos sobre los que discutimos”, abunda.

Es por eso que también irán al rescate de algunas producciones teóricas de feministas latinoamericanas. “Si buscamos poner fin a los universales dominantes, tenemos que detenernos para mirarnos, ver que hay en nosotras y poder hacer las lecturas desde ahí. Y no es en un sentido identitario, sino solo un punto de partida diferente”, explica.

Como filósofa que es, a Belén la inquietan las certezas pero nunca las preguntas. Por eso los disparadores de cada encuentro tendrán casi siempre signos de interrogación. ¿Qué es el feminismo? ¿Quiénes son o pueden ser feministas?  ¿Qué es el género? ¿Qué es el poder? ¿Qué es ser una mujer? ¿Qué es el cuerpo? ¿Lo habitamos? ¿Lo vivimos? ¿Cómo? ¿Hay un cuerpo colectivo? ¿Qué es el amor? ¿Cómo amamos? ¿Cómo queremos que nos amen?

Y si como ella dice, la lectura es germen, echar ramificaciones para inventar otros modos de relacionarse será un destino posible.

El Club de la Señora Hawkins

Lila Paolucci es profesora de Letras e integrante de la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Da clases en una escuela secundaria y antes trabajó como editora para empresas de traducción.

Hace dos años armó El club de lectura de la señora Hawkins. Aunque su vida laboral es cambiante, inestable y un tanto precarizada, el espacio literario se mantiene como una constante, primero como proyecto, y desde fines de 2017 como una realidad. “Es algo así como mi trabajo ideal”, asegura.

El nombre de la señora Hawkins es un homenaje a la adorable narradora y protagonista de Muy lejos de Kensington, la novela de Muriel Spark. “La amé como personaje y usurpé su identidad primero para mi perfil en Facebook y luego, para armar el taller su nombre me vino como anillo al dedo”. La propuesta es: leer textos literarios, conversar sobre lo leído, cada unx desde su singularidad, desde su experiencia, qué gustó y qué no.

Confiesa que desde hace un tiempo a esta parte lee casi en exclusiva a escritoras mujeres. Lo que no es algo premeditado, pero tampoco una casualidad. “Cuando cursé la carrera de Letras, excepto Sor Juana o alguna mención a Virginia Woolf y Silvina Ocampo, no recuerdo haber leído literatura escrita por mujeres”, dice.

Así que ella misma decidió hacerse su propio canon a partir de recomendaciones de amigxs, de librerxs, de escritorxs, de compañeras de laburo, de Radar o el Paris Review. “Me maravilla ver cómo se va armando una red que de un libro me lleva a otro”, cuenta.

Por ejemplo, a Lydia Davis llegó gracias al prólogo que ella le escribe al Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin; y leyendo una entrevista a Lydia Davis llegó a Rachel Cusk y a Elena Ferrante.

Si bien el taller no es el reflejo exacto de sus lecturas actuales, mucho de lo que está leyendo va a parar allí y dice que la mirada feminista pasa por la selección pero también por el modo en que se lee lo que se lee.

“Leímos a Clarice Lispector, Katherine Mansfield, Claire Keegan y Lydia Davis, todas minas que escriben como las diosas. Pero también la mirada feminista pasa por la forma de leer cualquier texto: qué aspectos llaman nuestra atención, qué mundos muestran esos textos, qué cosas resuenan, cosas que tal vez ni estén dichas. Aquí pienso en los orilleros de Borges o en los amigos de Saer. Y también me pregunto si hay textos o escritorxs que ya no deberíamos leer. ¿Qué hacemos con Salinger o con Neruda? Me hago muchas preguntas en este sentido”. Aunque tampoco se desvela por responderlas como por seguir avivando el fuego que permite los encuentros, las conversaciones y, por supuesto, las lecturas.

El desafío del club es para Lila: “Abrir la discusión para que el sentido se negocie y se elabore en conjunto. Y que nada sea tomado como «la verdad del texto, porque lo dijo la profe de Literatura»”.

 Club de Lectura Feminista

Cecilia De Michele y Florencia Botazzi son politólogas e impulsoras del Club de Lectura Feminista, un espacio de formación, autogestivo, sin programa y donde los textos o disparadores se deciden de modo colectivo. La experiencia está inspirada en una similar pero de la orilla uruguaya comandada por unas amigas montevideanas.

Leer a mujeres y crear un espacio común a partir de lugares y trayectorias propias fue lo que activó el deseo de Cecilia y Florencia y también las puso en marcha.

“Empezamos por rastrear a algunas autoras y rescatar textos escritos por mujeres desde las inquietudes que teníamos. Desde el comienzo viramos hacia textos ensayísticos y teóricos”, cuentan.

La bibliografía se define a partir de una encuesta participativa entre quienes están activas en el club.

Hasta ahora leyeron a Silvia Federici, a Virginie Despentes, a Paul B. Preciado y a Chimamanda Ngozi Adichie. Lo político, el poder, la organización doméstica fueron los ejes donde más se centraron temáticamente, pero entendiendo que si “lo personal es político”, las vivencias de cada una y las propias memorias suman carnadura a cualquier reflexión teórica.

Uno de los requisitos es que los textos tengan traducción al español y estén disponibles en internet, ya que por cuestiones económicas el objeto libro a veces se hace inaccesible. Aunque para sortear ese obstáculo, desde el comienzo tejieron una alianza con la Librería Arde (también comandada con mirada feminista) que les hace buenos descuentos a las integrantes del club.

Pero los encuentros no se agotaron en la lectura de textos. También apuntaron a entender la trama de la realidad de cada una.

Es así que para Cecilia y Florencia el club también funcionó como una excusa para “tejer otros modos de relacionarse en clave de género, feminismo y poder”.

“Entre quienes se van arrimando se armaron otras formas de vínculos, más colectivos y autogestivos también”, dicen.

Rondas de lecturas

Todos los sábados a las 11 en la Biblioteca Popular Vigil se realizan las rondas de “Lecturas antipatriarcales”.

Lucila Myszco define a las reuniones como “un espacio donde la palabra circula y permite a las participantes reconocerse en historias que parecen ser individuales pero son comunes e históricas”.

Como si aquello del autoconocimiento del feminismo (ver que lo que le sucede a una le sucede a todas)  se activara en estas rondas, Lucila señala: “Nos hermanamos en problemáticas cotidianas donde detectamos los mismos patrones que nos oprimen y encontramos que juntas es mucho más fácil enfrentarlos”.

Se leen autoras mujeres como Virgine Despentes, con su Teoría King Kong, El calibán y la bruja de Silvia Federici, cuestiones del amor romántico, también material de Educación Sexual Integral, y este año comenzaron con Putita Golosa de Luciana Peker.

Y para Lucila es un plus que esto se cocine en la Biblioteca Popular Vigil que históricamente fue un foco de la cultura y del crecimiento de les habitantes del barrio.

Veladas Flora Tristán

Los miércoles de diciembre de 2018 Maia Morosano armó en su casa las Veladas Flora Tristán (en homenaje a la escritora revolucionaria, socialista y feminista francesa).

Luego de liberarse del maltrato de su marido, Flora Tristán, fundó la unión obrera y emprendió una campaña a favor de la emancipación de la mujer, los derechos de los trabajadores y en contra de la pena de muerte. “Siempre me impresionó la historia de esta mujer. Y mucho más cuando me enteré que la famosa frase que en la facultad me habían enseñado pertenecía a Marx no era de él sino de Flora  (“Proletarios del mundo uníos”)”, cuenta Maia y agrega: “Muchas de las compañeras de las veladas se enteraron aquella noche que nos reunimos por primera vez”.

El grupo, que funcionaba con invitación previa, se fue conformando a través de los distintos encuentros y la idea desde el comienzo fue que las participantes pudieran enriquecerlo desde diferentes disciplinas y diversos puntos de vista. “Lo que queríamos era discutir y repensarnos como mujeres”, dice.

Así fue que asistieron periodistas (Sonia Tessa y Virginia Giacosa), militantes (Silvia Chacha Guidobaldi y Roxana Tulino), la astróloga Alma del Universo, la tarotista Pilar Sequeira, la poeta Paola Santi Kremer, las editoras Laura Remis (de la editorial Ciudad de las mujeres) y Milagros De la Horra (de Revista Camalote), la psicóloga Noelia Casatti y la directora teatral Carla Saccani.

“Armar encuentros, grupos o talleres feministas nos permite desindividualzar las experiencias. Cuando desindividualizamos perdemos el miedo y la palabra y la voz fluye en cataratas”, dice Maia.

Los textos de Flora Tristán, Las guerreras de Monique Wittig, cuentos de Clarice Lispector, Me gritaron negra de Victoria Santa Cruz, Por qué volvías cada verano de Belén López Peiró, poemas de Alfonsina Storni, canciones de María Elena Walsh, textos de Paul B. Preciado, de la filósofa brasileña Djamila Ribero, así como también textos de astrología, de economía, de tarot y hasta videos de reguetton. Fueron algunos de los disparadores que permitieron hablar sobre experiencias personales, cuestionar prácticas desde distintos puntos de vista, debatir sobre herramientas, sobre la historia y la construcción del movimiento feminista.

“Los materiales fueron tan diversos como creemos que es el feminismo”, sostiene Maia. Es así que uno de los debates de las veladas fue que no hay un feminismo sino muchos y muy diversos. La cuestión está en cómo ponerlos en palabras y al mismo tiempo conquistarlas.

 

 

 

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Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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