Me es casi imposible no sentir que viví en dos mundos diferentes. Uno hasta el 27 de octubre del 2016 a las 00:45 y otro a partir de ahí. No lo digo de manera melancólica. Lo digo por cómo me miran en la calle, por cómo me hablan, por cómo se condiciona mi persona y corporalidad, por cómo se me invalida en las tiendas de ropa, en el sexo, en lo deseable, en las instituciones educativas, en los boliches, bares, y puedo seguir nombrando mil lugares y situaciones más.

Antes tenía las puertas abiertas al mundo entero. A cada lugar y actividad que deseaba experimentar. Ahora en este mundo no es así, incluso se me hace complicado asistir a muchos espacios que antes me encantaban y no porque sienta que no pueda ir, sino porque las condiciones no están dadas. Hablo de estas condiciones porque son las que mi corporalidad reconoce como faltantes, ya que son las que necesita que se le brinden para poder tener un desempeño independiente.

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La discapacidad me inquietaba hace muchos años. Pero luego del incidente que me hizo adquirir una discapacidad, mi incertidumbre sobre el tema aumentó al 100%. No me sentía cómoda con la definición de esa palabra, con las creencias populares y, sobre todo, por cómo la pensaba mi familia y mi entorno cercano.

Realicé un largo recorrido en lecturas, en discusiones y un enorme proceso de deconstrucción de mis pensamientos y creencias sobre el tema. Me di cuenta de que había incorporado prejuicios a montones, la mayoría con fundamentos médicos y religiosos, con una gran carga “capacitista” y normativista sobre las personas con discapacidad. Siempre supe que había muchas definiciones para llamar a las personas que tenían alguna discapacidad, creía válidos a varios porque nunca me había detenido a investigar sobre su etiología o sobre lo que implicaba su aplicación y en el tipo de modelo que se sustentaban.

Leyendo me encontré con el término Diversidad Funcional, no digo con esto que es el correcto, sino que es con el que yo me siento cómoda, incluso uso ambos cuando hablo sobre la temática o explico alguna cuestión que amerite mencionarlos. Digo diversidad funcional o discapacidad más que nada porque al primero la mayoría de las personas no lo conocen y al ponerlos juntos se sabe de qué se habla y genera la duda de qué quiere decir y por qué lo aplico, de este modo lo doy a conocer.

No me parece inocente ni azarosa la decisión de usar una terminología. Considero que tiene una carga impositiva hoy por hoy la palabra discapacidad, ya que es la que se contempla en las leyes, los decretos y todos los documentos legales. Históricamente se han usado otras terminologías hasta llegar al uso universal de ésta, que por cuestiones de aval social se impuso como correcta –esto último atravesó muchos debates en la búsqueda de imponer masivamente otro término, pero ninguno tuvo tanto éxito como para ser utilizada legalmente–.

No hace mucho tiempo atrás fui a una charla de una filósofa que hablaba de estos términos y decía que si elegís el de Diversidad Funcional quedás fuera del amparo legal, esa fue una razón más para usar ambas terminologías; pero me llevó a pensar y cuestionar si no se podría hacer un uso masivo del termino diversidad funcional, incluyéndolo también en lo legal, ya que es más ameno y se sale del parámetro médico/rehabilitador desde donde se posiciona por lo general a la discapacidad, además de no cargar con lo negativo del capacitismo y de la vara de lo normal.

Diversidad funcional está más orientado hacía el modelo social, donde la discapacidad deja de ser un problema individual y pasa a ser uno social. Tener una diversidad funcional no es un problema, pero se convierte en uno cuando a nivel social las condiciones de accesibilidad –en toda su amplitud de variaciones– no están dadas y ahí aparece entonces la discapacidad.

En cambio, discapacidad significa: falta o limitación de alguna facultad física o mental que imposibilita o dificulta el desarrollo normal de la actividad de una persona. La misma definición ya condiciona, habla de “normal” como si hubiese algo que no lo fuera, que en este caso serían las personas con discapacidad. Como si esta última fuera algo malo, algo que si se evitara sería mejor, de ahí viene el hecho de que por años se escondió a estas personas, se sintió –y aún muchos lo sienten– lástima y compasión por su condición, como yo en este caso. Doy cuenta de que aún hay gente que me ha mirado así y hablado desde un lugar de pobrecita, de un lugar drástico donde consideran prácticamente que mi vida terminó por quedar renga. El parámetro de la normalidad que rige a nuestra sociedad invalida a los cuerpos diversos funcionales negándole la entrada, el acceso o visibilidad en muchos ámbitos, ya sean de recreación, de educación, de belleza y demás. Los espacios que se le ceden siempre están como en un mundo aparte. Pero eso no es inclusión, porque se las relega a permanezcan aparte del resto de la sociedad, en espacios sólo para personas con discapacidad.

Otra cuestión de este término es el capacitismo: si no hacés las cosas de la misma manera que la mayoría, en el mismo tiempo y con la misma cantidad de funciones, algo falla en vos, algo te hace menos válido. Por lo visto nuestra sociedad se rige por un modo único y global de hacer las cosas, y si no lo alcanzás quedás fuera.

Es bastante usual encontrar personas con diversidad funcional/discapacidad que romantizan su situación y se quedan en el lugar de pobrecito, en un lugar donde aceptan que no estén dadas las condiciones y que deban recurrir a asistencia, una que en muchos casos no sería necesaria si todo estuviera dado.

Un compañero me dijo una vez: “Ahora hay colectivos adaptados”, a lo cual respondí: “Si, solo que algunos nomás, y están mal adaptados”. “Bueno tampoco seas tan pretenciosa, al menos lo hicieron, cuando yo era chiquito no había nada de esto”, me respondió. Sí, soy pretenciosa. Capaz porque nací en otro mundo y estaba acostumbrada a otras, cosas como por ejemplo a subir a cualquier colectivo y poder sentarme en cualquier asiento, a asistir a cualquier fiesta o recital sabiendo que iba a estar cómoda. Y eso es lo que quiero para mi nueva corporalidad. Quiero esa sensación y quisiera que todas las personas diversas funcionales puedan experimentarla.

No me conformo con lo mal hecho porque es cuestión de políticas públicas y de derechos que las cosas estén dadas y que se implementen bien. Solo que creo que como no les atraviesa el cuerpo a quienes las implementan o realizan, entonces no se dan cuenta de que genera mucha más bronca que estén pero que sigan siendo inútiles por su mala implementación.

No me conformo con lo mal implementado, con lo que aún falta, quiero que se cumpla con nuestros derechos y la accesibilidad sea plena en todos lados, porque es una vergüenza que la diversidad funcional o discapacidad existió toda la vida y aun así se la invisibiliza a tal punto de que se siguen construyendo espacios recreativos, lugares, viviendas o medios de transportes sin las condiciones necesarias.

Creo muy válido que nosotras/os debemos habitar nuestra corporalidad, para habitar espacios de debates y discusiones para mejorar o cambiar muchas cuestiones, creo que la diversidad funcional o discapacidad incomoda socialmente muchas veces. La pregunta es: ¿por qué genera eso en las otras personas?

Es muy usual encontrarse con quienes hablan de la discapacidad, de la belleza en ella, del deseo sexual, de cómo llevar a cabo una vida teniendo una diversidad funcional. Muchos dicen cosas copadas; otros, algunas incoherencias; estas personas son muy consultadas sobre esta temática. Ahora, yo me digo que es hora de que hablemos en primera persona sobre estas cuestiones. Nadie mejor que nosotros sabe lo que es sentir deseos de tener sexo y todo lo que muchas veces eso cuesta. Lo que es pararse frente a un espejo y sentirse válido por tu belleza. Lo que implica no sentirte inútil por no poder hacer ciertas cosas como se supone que deben ser hechas.

A mi me costó muchísimo romper con todas las creencias capacitistas y normativistas sobre la diversidad funcional o discapacidad, sobre su belleza, sobre lo válido como deseable. Rompí mil veces mi reflejo en el espejo, hasta que logré ver estas cuestiones, hasta que deconstruí mis propios prejuicios, hasta que me di cuenta de que viví formateada por la vara de la normalidad. La mayoría no imagina a una persona cuadripléjica teniendo sexo, o a una no vidente cocinando. Las barreras de la normalidad y del capacitismo reinan en nuestra sociedad.

Por eso, saquemos a la diversidad funcional del closet. Y que no vuelva nunca más.

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Daiana Travesani

Nací en Gobernador Crespo (Santa Fe) en 1992. Vivo en Rosario desde 2011. Soy estudiante de Ciencias de la Educación, poeta y militante. Soy lo que se diría una maldita lisiada.

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