La noche de la definición de River y Atlético Tucumán se me presentó una sorpresa o un problema. No fue el 0-3 que debía revertir el millonario. Fue un problema superior que no llegué a entender hasta tres días más tarde, el viernes en que escuché en el Festival de Pensamiento Contemporáneo que “las pantallas son centrípetas”. Pero yo no pensaba en eso aquel martes a la noche en que un hacker me llevó hacia lugares ajenos y que no pude o no quise abandonar. Un espacio habitado por miles de usuarios que deben ser personas y que hacen cosas de las que no había sido testigo hasta ese momento.

Esa noche sólo quería que River ganara por tres goles o más para seguir en la Copa de la Superliga. Entonces abrí la notebook y busqué el streaming del partido en una página pirata de fútbol porque nunca pagué el abono. Escribí: fútbol para todos punto net. En realidad, no terminé de escribirlo que me lo sugirió la memoria de la barra del navegador, y le di enter.

La página me ofreció dos opciones, dos cajas reproductoras embebidas, para ver el juego. Elegí la primera. El partido ya había empezado y mi equipo ganaba 1 a 0. Bien.

–Dale boludo– escuché.

Las dos palabras salieron de mi notebook. Sonaron de fondo mientras River atacaba y el relator contaba las acciones. No le di mucha importancia. Pero después surgió un ruidito. Abajo a la derecha de la pantalla (de la ventana dentro de mi pantalla) apareció una notificación de Instagram, que yo no tengo.

–Sí, bien, bien, bien. La tomo de Flow y la bajo–.

Alguien estaba hablando.
Ahora no tenía dudas y dejé de hacer como si no pasara nada. La ventana que reproducía el partido se achicó, se achicó, se achicó, y al mismo tiempo se abrieron otras, como mamushkas digitales. Fue todo tan rápido que no alcancé a entender lo que veía. Escuché más sonidos de notificaciones.

–No sé cómo hice eso. Uyyy, qué paja, ¿cómo es esto?, ¿alguien sabe en el chat?– preguntó la voz de un adolescente que claramente nacía del streaming del partido y se mezclaba con la de Matías Martín que comentaba la victoria parcial de River.

–Pratto, Pratto, Prattooooooo, afuera; apenas afuera –seguía el relator. River necesitaba dos goles más para forzar los penales– Barbona para definir, Barbonaaaaa, tapo Armani, gran tapada de Armani.

–La concha de tu madre–

¿La concha de tu madre?

La voz del pibe que se me metió en el partido lamentó que el arquero de River haya salvado un gol. La voz era de Boca. Un intruso mayor que encima volvió a tocar no sé qué cosa, habló no sé con quién y achicó una vez más el partido. “Listo. Me voy. Se acabó”, pensé. Puse pausa a ese streaming y le di play a la opción 2 de la página de Fútbol para Todos trucha.

La opción 2 tardó en cargar. Demoró mucho. Se cortó. Se volvió a cortar.
Es increíble lo rápido que puedo perdonar cuando nadie me ve. Volví arrodillado al pendejo hacker de Boca de la opción 1. Algo le pasó en los minutos que me fui y volví porque estaba más caprichoso. Sacó el relato del partido y puso música de fondo sobre las imágenes. Cumbia melosa. El juego se veía bien, no se interrumpía ni se frenaba pero mientras tanto escuchaba: “No le hagas caso a la gente que dice que yooo a ti te estoy engañando y béeeesame como a nadie tu has besado y yo te aaaamare como nunca te han amado”.

A los 40 minutos del primer tiempo, Pratto metió el segundo para River. “Gol”, festejé seco en mi sillón con la notebook mientras sonaba el tema de “La Champions liga”.

–Gol –gritó dos segundos después el hacker sorprendido porque evidentemente se perdió la jugada haciendo no sé qué cosa y reconectó el audio de la transmisión oficial.

–La actitud de River es fenomenal, qué difícil es elegir una figura en este primer tiempo–.

–Escuchá, voy a cortar un rato, no me rompan las bolas que es para actualizar el sitio– dijo mi Dj de pantallas y empezaron de nuevo los movimientos. A esa altura yo tomaba apuntes en un bloc de notas de lo que pasaba como el único impulso posible que me quedaba. Registrar para entender: un refugio.

En el entretiempo, el tiranito de la pantalla respondía preguntas y comentarios pero yo no veía con quién hablaba. De repente se río, dijo “dale” y puso un gol que Juan Román Riquelme le hizo a River con la camiseta de Boca. Adelantó la imagen. Todo lo hacía en elipsis y se desvanecía apenas en segundos. Después, reprodujo el gol del Pity Martínez para el 3-1 de River en la superfinal de la Copa Libertadores. Puso pausa y contó que en ese momento él apagó el televisor. Demostró que podía ser ecuánime. Fue generoso el Dios del streaming y sus fieles le agradecieron. Le agradecimos.

–De nada guachos, gracias a ustedes por estar acá–.

La curiosidad me llevó a clickear sobre el extremo superior izquierdo de mi pantalla, sobre el nombre de usuario: “Juan PS No Vengan”. Se abrió otro espacio digital: https://www.twitch.tv/juanps. Ahí vi el chat, al costado del cuadrado reproductor de video, y descubrí los mensajes que Juan PS leía y respondía.

–“Juanferconbuzarda”, jajaja, qué buen nombre. ¿Tenés novia? No. ¿Les gusta el Counter, se la bancan? –preguntó divertido a su gente y apareció una ametralladora gigante en la pantalla. –¿Vas a poner el segundo tiempo? ¡Obvio capo!

En los comentarios, algunos lo puteaban y le reclamaban por el partido. Entonces la pantalla se llenó de letras que invadieron todo: “ENTRETIEMPO MOGÓLICOS”.
Todos seguíamos sus caprichos porque queríamos ver a River. ¿Queríamos eso?

El viernes después del partido de River y Atlético de Tucumán  llegó con algunas respuestas o pistas. “La pantalla es centrípeta”, definió Pablo Makovsky en la charla del Festival de Pensamiento Contemporáneo en el Parque España.

Paulina Cocina advirtió sobre su omnipresencia: “Están para el ocio, el trabajo, el placer, los amigos; todo lo hacemos a través de ellas”.

Rafael Cippolini agregó: “Tomamos comportamientos distintos en entornos digitales con respecto al mundo de los átomos pero no hay uno que sea menos real”.

Somos distintos a nosotros mismos como padres, como hijos, como compañeros de trabajo y también en las redes. Hay diversos yo. “El yo escrachado. Hay una exposición hasta porno”, provocó Cristian Molina.

“Pasamos de buscar los 15 minutos de fama a querer ser famosos cada 15 minutos”, resumió Makovsky. Y lo de las pantallas no quedó sólo en palabras. La performance de la Sinfonía Big Data, en el túnel 4 del mismo Parque España, puso en escena que “la intimidad se vuelve parte de un espectáculo”.

En la charla repasaron el camino transitado desde los textos puros del blog a la palabra escrita con imagen del Facebook, hasta que llegó la tía y la abuela a esa red social y los pibes se fueron a Snapchat o a Instagram. Pero nadie nombró a “Twitch”, que es pura experiencia, la experiencia de la interacción en sí misma, el otro extremo del blog. Un porno del vacío compartido.

Juan Manuel Fontana preguntó a la mesa por el odio que generan los spoilers y Eugenia Mitchelstein respondió que en las redes hay quienes acusan de “clasistas” a los que ven, por ejemplo, las series en vivo por HBO y anticipan los finales a quienes tienen que esperar a que algún pirata lo suba on line. Todos se rieron pero a mí me subió una bronca aún tibia de lo que pasó y aún no conté del martes a la noche.

Después de escuchar el debate, volví a entrar a Twitch.tv. Es una plataforma de Amazon en donde jóvenes y no tanto interactúan con videojuegos: unos juegan y explican, otros miran para aprender o simplemente para pasar el rato. No es ni siquiera nuevo y tiene millones de usuarios en el mundo.

“Algunos streamers de Twitch cobran hasta 50 mil dólares por una hora”, decía el título destacado por Google del sitio Hobbyconsolas. “Uno de los streamers más famosos es Tyler “Ninja” Blevins, que es el rey de esta plataforma con 14 millones de seguidores”, informaba la nota.
Pero el otro día vi algo más que juegos on line en ese lugar. Busqué a mi Juan PS en el sitio pero no lo encontré.

Le pregunté al periodista hack hacker Ezequiel Clerici. No conocía esa plataforma pero me explicó que la experiencia del dios DJ fue una forma de “mashup”, que es usar una aplicación web o servidor para integrar o “llamar” otra aplicación o servidor. Un híbrido que reutiliza contenidos. Los mashups dentro de otros forman “mashups monstruos”. Como los yahoo de Los viajes de Gulliver que Makovsky llevó a la charla del viernes. Otra vez me asaltó una sensación familiar.

Ese martes, la noche del partido, cuando la velocidad y el ruido de la pantalla del hacker me agotaron, encontré otro administrador que me dio el segundo tiempo de River sin intervenciones. Nadie cantaba, nadie decía que se iba a bañar o mezclaba la transmisión con caprichos. Apenas la publicidad de un sitio: “Adicción futbolera”.

La comodidad de lo conocido. El capitalismo es una religión que llega a todos los rincones. Si no está el Vaticano de las grandes multinacionales que monopolizan el negocio del fútbol, aparecen pequeños templos evangelistas con un organito y el streaming en baja calidad.

Pero esa ventana casi normal tenía, como la de Juan PS, un chat. Alguien escribió “Macri gato”. Me reí de esa babel de las sorpresas y otro usuario tipeó: “Gol”.

¿Qué? ¿Gol de quién si hay córner para Atlético Tucumán? Centro al área. Contuve la respiración. Toledo metió la pata para el 2-1 de Atlético. River pasó a necesitar un milagro. Me invadió una tristeza que excedió al resultado. El fútbol de pronto me pareció lento, algo aburrido. No debería haber abandonado a Juan PS y sus monstruos hipnóticos.

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Sobre el autor:

Acerca de Ricardo Robins

Ricardo Robins. Rosarino de 1980 y periodista. Trabajó en Notiexpress y Semanario NE (Cablegohar), en el diario Crítica de la Argentina y en la actualidad es redactor en Rosario3.com. Coautor del libro “Crónicas Primarias”. Fue co-realizador del documental Gran Inundado y productor y guionista en Buscando al huemul y La arquitectura del crimen.

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