Envenenan su sangre con el plomo de la tinta de la realidad y llenan de amargura su vida con tanta supuestamente útil información. Los más prósperos, se sientan curvados en las mesas de algún bar rosarino y piden un minúsculo café con un minúsculo vaso de soda o puede ser una lágrima y envilecen sus manos y sus conciencias con un interminable listado de asesinatos, violaciones historias truculentas, corrupción política y policial.

Los que leen los suplementos culturales no son mejores. Se enteran de la tilinguería literaria y gozan mirando la frivolidad de los vernisages de las muestras de los artistas plásticos pero no leen ni compran esas novelas que los críticos ponderan, ni escuchan esos discos que tienen  los cinco puntitos máximos de ránking, ni mucho menos se movilizan a ver las muestras de arte salvo que sea para comer algún sanguchito y beber una copa de vino gratis.

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Sólo el horóscopo los salvaría del aburrimiento y la catástrofe pero como son hombres serios no se entregan a la fantasía de la ficción y antes se reían con los chistes de la última página pero resulta que ahora dejaron muchos de ser viñetas, caricaturas, para ser iguales de amargos que la realidad misma.

“La realidad debería estar prohibida” dice un personaje en una película de Almodóvar. Los que leen los diarios no piensan así, ellos disfrutan con desparpajo de estar empapados de lo real y si la realidad apesta es mejor.

Aprenden, con el tiempo y las horas invertidas aquí en la Hemeroteca Municipal de Rosario, si sube o baja la cotización de las Bolsas pero ¿tienen acciones? Se sorprenden con el aumento de los precios de la carne en el Mercado de Liniers pero nunca los vi hacer los mandados. Están atentos a la altura de los ríos y se acuerdan si en Andresito la altura del Paraná fue superior a la crecida del año anterior pero son incapaces de acercarse a la barranca y mirar simplemente, mirar el río.

Están también los vagabundos. Ellos, en realidad, buscan un refugio, un lugar caliente en invierno, algo que no sea la intemperie. Necesitan un lugar donde pasar sus horas y la Hemeroteca les parece un buen lugar, no hay letrero que indique: “La casa se reserva el derecho de admisión”.

Alberto viene de vez en cuando, pide el diario, lo deposita en la mesa, va hasta el baño, se demora bastante, vuelve más limpio, peinado. Lee el diario y a veces nos conversa. Una vez nos dijo que él no podía estar encerrado y con sus dedos dibujó una reja delante de su cara. Nosotras no le tenemos miedo, siempre fue amable y gentil.  Pero Alberto entró una mañana y no era el mismo Alberto, se disculpó por estar así (tan nervioso). Los diarios ese día hacían profecías sobre el fin del mundo, eran más apocalípticos que otros días, era el 21 de diciembre de 2012. Todos culpaban o se burlaban de los mayas. Alberto tenía la cara desencajada como si para él sí fuera a terminarse el mundo, pidió el diario del lunes 17, me mostró la tapa, se veía el asesinato de una anciana de 81 años, ya habíamos leído al caso y lo seguíamos. Ni bien lo vio Alberto me dijo apenado: era cierto, esta es mi tía.

llega el frio
Sobre el autor:

Acerca de Verónica Laurino

Nació en Rosario en 1967. Trabaja de bibliotecaria y todos los días va y viene caminando a su trabajo. Le gustan las plantas y los animales. Tiene un gato. Publicó los libros de poesía 25 malestares y algunos placeres (Ciudad Gótica, 2006), Ruta 11 (Vox, 2007) y las novelas Breves fragmentos (2007, primer premio del Concejo Municipal de Rosario) y Jardines del Infierno (Erizo, 2013). Su libro […]

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