“Expensive shoes and cheap minds is a recipe for disaster”

 

Y el sábado, en vez de usar mi bicicleta para hacer el recorrido por la costa, preferí alquilar una y hacer las bicisendas del centro: Mendoza, Francia, San Luis, Juan Manuel de Rosas, Mendoza, Alem, Pellegrini, Oroño, San Juan.

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En el tramo de San Luis entre Paraguay y San Martín reencontré la agitación de los que van a hacer las compras de tienda, acaso con menor apuro. Con la noche de sábado como horizonte, las veredas se cargan de una tensión inesperada, como la caminata de esas mujeres que, mientras avanzan, acomodan la inquietud de los niños que empujan hacia una vidriera. Me sorprende la naturalidad con la que los más chicos se tomaron el uso de los barbijos. Ahí van, descubriendo trayectos inesperados en el paseo comercial de sus padres, pero con la mitad del rostro tapado.

Por la vereda par de San Luis al 1400 camina una princesa suburbana, con sus calzas multicolores y su trasero tremendo, y un novio esmirriado que lleva del brazo. Se ríen. No se ve la carcajada pero se escucha con la sordina de la capa de tela del tapabocas.

Veo el paisaje iluminado por los colores de las calzas y creo que es esa irradiación de la ciudad lo que más extraño de esta nueva normalidad: la mezcolanza y el modo plebeyo en que una calle resume las expectativas dispares de los habitantes de la ciudad.

Porque ¿qué es una ciudad sino ese espacio donde las cosas van a realizarse como vuelve la promesa de la noche de sábado? Algo va a suceder y su inminencia ya creó un chisporroteo en calle San Luis.

A diferencia del circuito de la costa, más deportivo y de tránsito, las calles internas muestran recorridos más íntimos. Los cuatro adolescentes que vuelven del parque y se empujan en la vereda. La muchacha que arrastra un carro de los mandados al cruzar Juan Manuel de Rosas y San Juan. Los ojos negros me miran sobre el barbijo negro y recuerdo la nicab de las mujeres musulmanas. Hasta hace muy poco varios países europeos habían prohibido la circulación de personas con el rostro tapado con el claro objetivo de perseguir el uso de la nicab. Graciela Sacco auguró en Rosario un mundo de rostros velados y ojos que “esperan a los bárbaros”.

En Pellegrini, cuando el semáforo corta el tránsito en la mano hacia el oeste, son tan pocos los automovilistas que toman la avenida que dos pibes de no más de quince años juegan una carrera en sus bicicletas MTB por el medio de la calzada. Es fácil adivinarle el gesto de la boca al que gana. Los ojos se le estiran y se vuelven una línea brillante cuando enfrenta a su amigo para festejar la pequeña victoria.

Ya cerca de tribunales y con el tráfico desplazándose con regularidad por la avenida, un automovilista me cede el paso cuando tengo que salirme de la bicisenda para pasar a un padre que acompaña a su hijo en una bicicleta rodado 16.

Fin de la ciclovía. Doblo por Oroño y vuelvo a doblar por San Juan.

Entonces, cuando llego a la esquina de Alvear ya veo allá adelante el discreto alboroto en la casa gris, a mitad de cuadra sobre la vereda par.

Cuando me detengo, un hombre de lentes y ojos achinados sobre el barbijo está en punta de pies pegando una página impresa en computadora sobre la pared de granito lustrado, distingo debajo, en el centro, la bandera de Perú. Dice: “Gracias Dr. Binner por haber sido amigo de nuestra colectividad. (Centro Cultural Peruano)”

Se detiene un auto, baja un hombre mayor. Con pasos débiles avanza y sube el cordón. Hasta su barbijo parece viejo y deshilachado. Se queda ahí, junto al paraíso deshojado en la vereda con los brazos en jarra, mirando ese altar pagano lleno de flores rojas, banderas y carteles escritos a mano que dicen “gracias” y llaman al muerto por su nombre: “Hermes”. Si un viajero distraído, de esos que dejó afuera la pandemia, pasara frente a la casa de San Juan 2352 y no viera la bandera de la Juventud Socialista en el extremo izquierdo, podría pensar que han montado un santuario al Gauchito Gil en el macrocentro de Rosario. Pero la gran mayoría de los rosarinos saben que esa es la casa de Binner y que Binner murió el viernes pasado en Casilda. Había nacido hace 77 años en Rafaela.

Ese mismo viernes, un dirigente de la comunidad qom que trabaja con mi esposa, la llamó y recordó el trato que tenía con Binner cuando era intendente.

Comencé a tratar a Binner en los pasillos de la escuela Bernardino Rivadavia, de Oroño al 1100, en los comicios de 1999, de los que saldría reelecto intendente. Calzaba unos mocasines tipo porteños, negros, e hizo su cola frente a la mesa. Estaba solo, llevaba un saco cuadrillé que entonces no estaba muy de moda. Saludaba, estaba atento, pero tampoco se desvivía por hacer sociales. Entonces yo trabajaba en un diario que ya no existe, o existe de otra manera. Respondió a las preguntas que le hice con corrección, escaso de títulos.

Como suelo hacer, cada vez que me crucé a Binner miré sus zapatos. Le vi en los últimos tiempos unos Derby negros y otros marrones y, en el transcurso de los 2000 hasta le observé unos dockside –que acá llamamos “canadienses” y, a falta de una tipología precisa, hasta “náuticos”–, nunca unos mocasines italianos o unos Oxford. Los zapatos de Binner eran para caminar. La relativa formalidad de los Derby eran para un agasajo en la Bolsa de Comercio, pero también para un paseo en un parque. De hecho, el militar prusiano que creó ese estilo de zapatos los pensó con el cuadrante de cuero de la cordonera encima de la pala, para que resulten más holgados y cómodos en las largas caminatas.

Binner elegía los zapatos con un fin práctico, moverse. Realizaba esa elección con la misma actitud, algo distante y atenta, con la que permanecía parado frente a la mesa de votación de la escuela Rivadavia. Como escribió el amigo David Narciso, era sistemático, en sus hábitos como en la política, a la que le dedicó la vida: “Parecía gobernar sin tenerle miedo al tiempo. Repetía que para que un gobierno sea bueno tiene que tener ideas, proyectos y planificación. De ahí su sistemático empeño, no siempre valorado, en que las ideas quedasen escritas, compiladas, desarrolladas, para que no se las lleven las urgencias que el día a día le impone a la gestión.”

Entiendo y respeto que se lo aprecie por su honestidad, pero no es un valor que pondere. Los políticos –que son para mí, en los mejores casos, los profesionales más nobles de la Tierra– son honestos cuando cumplen con las ideas y los programas que propusieron a la ciudadanía para ser votados, y cuando ofrecieron a esa ciudadanía las garantías suficientes para ejercer sus derechos. No elogio su estilo monástico, ese con el que también se lo homenajeó en el profano santuario en el frente de su casa en calle San Juan, pero lo aprecio y me conmovió hasta las lágrimas ese discreto escándalo de colores, y el pausado desfile de personas que se detenían a dejar un ramo un de flores.

Antes de agarrar de nuevo la bicicleta, me crucé de vereda buscando una foto que no saqué. Me encontré entonces con la mirada de una mujer dentro de la Lavandería Alvear, bien enfrente –entre los carteles pegados en la pared del frente de la casa de Binner, había uno de ese negocio, que le agradecía la vecindad. Barbijo mediante, éramos dos que nos emocionábamos y no podíamos dejar de observar la inédita procesión frente a la casa de una persona que fue dos veces intendente y gobernador de la provincia.

Pedaleando de vuelta en el vehículo municipal me sentí imbuido de ese espíritu austero. ¿Qué es una ciudad si no los nombres de las personas que desparramaron su nombre en el orbe? ¿Qué es si no ese sentimiento pedestre que nos lleva con sencillez hasta sus últimos rincones? ¿Qué es si no esa mezcolanza dispar de los que caminan calle San Luis? ¿Qué es si no la promesa semanal del sábado por la noche?

Escuché al intendente Pablo Javkin decir que cuando termine el aislamiento por la pandemia alguien le sugirió que se le dedique un día de la ciudad a los niños.

En aquel diario en el que trabajé y ya no existe también cubrí el entierro de Guillermo Estévez Boero, fundador del partido al que perteneció Binner. Con toda una juventud en la que comulgué cada día con las ideas más radicales de la izquierda y el peronismo, me creí ajeno a esa última manifestación de sus fieles, hasta que se escuchó sobre la multitud frente al cementerio El Salvador el canon de Pachelbel que era uno de sus temas favoritos. Recordé entonces los últimos años en la secundaria, cuando poníamos en pausa los discos de Lynyrd Skynyrd o Led Zeppelin y nos reuníamos los sábados a estudiar los misterios de la música clásica en una asociación cultural en la que, ya en los 80, aún consideraban vanguardia a Pablo Picasso. Pachelbel era la llave de Bach, de las fugas y de toda la música anterior al piano, aunque ya intuía el piano y toda la música que vendría.

No sé quién tuvo la idea de que nos enteráramos de los gustos musicales de Estévez Boero, pero fue ese gesto el que lo devolvió, para mí, a ese territorio de dolor que transitaba la multitud que lo despedía.

Sí, creo que es necesario que la ciudad sea dedicada uno y varios días a los niños cuando los peligros de la pandemia se diluyan en el futuro, para que los peligros del tráfico de la ciudad se diluyan por un momento, pero también creo que necesitamos que la ciudad despida a Binner, no al monje austero que predica el gorilismo. Y que alguien se encargue de hacernos saber qué música escuchaba Binner en su casa de calle San Juan, no solo para despedir al intendente y el gobernador con el que todos hablamos de vez en cuando, sino también al hombre al que no llegamos a decirle que fue tan importante en nuestras vidas.

sta fe Salud
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Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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