“Mis hijos me causan el sufrimiento más exquisito que haya experimentado alguna vez. Se trata del sufrimiento de la ambivalencia:
la alternativa mortal entre el resentimiento amargo y los nervios de
punta, y entre la gratificación plena de la felicidad y la ternura”
(Adrienne Rich, en su diario en 1960)

Silvia Lenardón recibe a todas las que llegan como en su casa. De golpe, uno de los túneles del Centro Cultural Parque España se convirtió en algo doméstico y cotidiano. Eso sí, acá no hay cuartos que dividan el espacio. Todo está integrado. Pero lejos de un concepto de arquitectura moderna, Obra agotada* –la propuesta de acción colectiva con la que Lenardón reunió a otras artistas madres con sus hijxs para discutir, producir y cuidar– es una fusión que responde sobre todo a la experiencia de la maternidad. Esa que hace que todo se desdibuje de un momento a otro. ¿Qué es el fondo? ¿Qué es la forma? ¿Cuál el contenido y el continente? ¿Y mi cuerpo? ¿Dónde empieza y dónde termina? ¿Qué hay de ese espacio propio tan reconocible y delimitado antes de parir?

En esta casa montada, la cocina se encadena con el comedor y también con el lavadero. El living toma la forma de una sala de juegos. Les niñes se mueven con la soltura del espacio libre y abierto aunque todo suceda entre cuatro paredes. Escalan el sillón de tres cuerpos, guerrean con almohadones, pican una pelota de básquet del piso al techo mientras los fogonazos de una película muteada son la poca luz que los alumbra. Acá, como en la maternidad, se trata del todo en uno. No existe división. Nada está separado. Todo se interrumpe cada vez. El cuarto propio del que hablaba Virginia Woolf dedicado a crear es pura ilusión.

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Un vocabulario bélico se levanta sobre las madres de personas con discapacidad: “guerreras”, “pelea”. No quise vivir la maternidad como si estuviera en guerra con el diagnóstico de mi hijo.

Las artistas llegan de a una con sus crías. Para entrar esquivan un coche paraguas estacionado en mitad del camino, rodean un tender plagado de ropa, se saludan, se sirven algo de tomar, conversan en pequeñas rondas simultáneas. En el medio del salón hay una mesa larga y comunitaria que las reúne de a ratos, como alrededor de un fuego, para contar y contarse la experiencia personal/maternal. Y la conversación provoca coincidencias: el problema de que el proyecto artístico y la maternidad no sean compatibles no es un drama individual ni mucho menos. Es algo común a todas. Y es, por eso, un problema político.

“El 95% de los eventos de arte son en el horario de dar de cenar, bañar y dormir a lxs niñxs”. “Fui madre muy joven y ahora que puedo continuar soy muy vieja para las convocatorias”. “Las obras que logro terminar están en mi cabeza”. “Los años en blanco en mi curriculum vitae corresponden a mis períodos de lactancia”. “Arte interruptus”.

Por un lado, Silvia propuso romper el aislamiento para hacer grupo y lugar de encuentro marcado por la intermitencia entre la producción propia, la doméstica y el cuidado de lxs hijxs. Y por otro,  intervenir colectivamente el espacio con el objetivo de visibilizar las problemáticas que atraviesan a las trabajadoras del arte que deciden ser madres.

Todas se reconocen artistas, profesionales y madres con un pseudo privilegio de clase y lo remarcan acaso como si la culpa, tan propia de la maternidad, también calara en aquello de las condiciones de vida. Incluso sabiendo que para quien no es pobre tampoco es fácil. Lxs hijxs exigen tiempo y cuidados y eso siempre se traduce en extracción de una gran parte de la vida de las madres. “Salvo para las que como Maru Botana tienen tres o cuatro niñeras alrededor haciéndolo todo”, dice una.

La tribu de las madres artistas dibuja y escribe. Y al mismo tiempo son dibujadas y escritas por la maternidad. Una lo hace mientras da la teta y otra sin dejar de mirar cómo su hije se embadurna las manos de distintos colores.

Habitan el espacio la fotógrafa Andrea Ostera y la artista Michele Siquot que ya tienen hijes grandes. Luján Castellani, María Crosetti, Cecilia Lenardón, Paulina Scheitlin, Irene Macera, Blu Navarro, Mariana de Matteis, Lucía Rubiolo, Eugenia Calvo, Sol Pipkin, Pauline Fondevila, Alina Calzadilla, Natalia Arónica, Cecilia Turrin, Luján Allemand, Maida Dahí Delius, Melina Lovera. Pasan y se quedan las bailarinas Yerutí Arocena, Paula Manaker, Verónica Rodríguez y la productora Anuk Taleb, entre varias artistas más.

En un pequeño grupo Silvia cuenta que al nacer su primer hije hasta cambió el formato en que producía obra. No sabe si fue para que no ocuparan espacio o para que al crecer la criatura no las alcanzara. Pero tiene la certeza de que a partir de ahí “todo tomó un tamaño más chico”. Tal es así que había cuadros que entraban en la palma de una mano. La mano como espacio mínimo de producción y reproducción. ¿Qué cabe en una mano? Un chupete, un babero, un piecito, una manito, un pañal, una mamadera, un pañuelo de papel. Pero también un lápiz, un pincel, una goma, un cuaderno.

La fotógrafa Mónica Fessel dice que con la maternidad aprendió a armar su propia burbuja y que después de cierta hora prefiere que los encuentros y hasta algunas reuniones de trabajo sucedan en su casa. Porque esa es la garantía de que pueda haber niñes, incluido el suyo.

Si los cuadros de pintores clásicos reflejaron la maternidad llena de redondeces, de madres esbeltas, de pechos rebozantes de leche y de niños angelicales, acá todo se parece al día después de una guerra: tierra arrasada y revuelta. “La vida misma”, dice Silvia.

Una caja de leche, un maple de huevos, un canasto de ropa sucia conviven con las galletitas surtidas, los bloques de encastre, las muñecas. Las pinturas, los anotadores, las tijeras, los bolígrafos se mezclan en el espacio con todo lo demás y van de las manos de las madres a las de lxs hijxs.

“Faltan las bolsas del supermercado en el suelo”, dice Margarita la hija de Silvia Lenardón. Y la niña tiene razón. Están ausentes esas compras que una arrastra a la casa con toda la intención de descargar y acomodar meticulosamente por tamaño y necesidad o por perecedero o no perecedero. Pero algo interrumpe el proceso. Un e-mail, una llamada, el intento de retornar al trabajo porque el hije llegó dormido y entonces no sólo no hay que despertarlo sino que hay que aprovechar el rato. En ese tiempo, entre la vuelta del mercado y el deseo de retomar la producción, las bolsas de nylon son la instalación perfecta de lo  inconcluso.

La artista y poeta Vir Negri irrumpe en la casa túnel sin compañía de su hije. Ante la pregunta de las demás explica que “hoy es el día con su papá”. Cuenta que con el nacimiento sintió la resignación de su ser en pos de otro sumado a que transitó el puerperio en medio del campo, lejos de sus amigues y su familia. “La maternidad ha sido un gran engaño. Nadie nos contó todo esto. Siento ganas de decir: ‘Devuélvanme el dinero’”, dispara. Las demás ríen y la anfitriona aprovecha el momento para sacar unas latas de cerveza fría.

Si todas fueron educadas en la creencia de que las tareas que conlleva la maternidad son insignificantes en relación a los grandes temas del arte, los apuntes y recortes escritos en la pared bien podrían servir para una teoría feminista de la maternidad:

“Tiempo libre = separación”. “Donde estoy / Quién soy / Siento que perdí / Perdí mi centro”. “Quiero hacer todo pero no puedo”. “Necesito tiempo y espacio”. “Los hijos y el arte son ¿mi? producción”. “El hije, el arte, el trabajo”. “No tengo resto”. “Si no tenés ganas de coger no la prestes”. “Disfrute de la maternidad”. “TIEMPO LIBRE. Para conversar o estar sola, encontrarse con otres, dormir, tomar una cerveza, leer, escribir, dibujar”.

Entre la producción y reproducción del arte y de la vida, el túnel es también útero materno que cobija y calienta. Las fronteras físicas se desdibujan. Camino entre la limpieza, la suciedad, la confusión, el deseo de control. Un niñe grita “mamáaaaaaaaaaa” y me sobresalto. El alarido me saca de mis pensamientos. Me trae a las emociones más intensas. Aunque vine sin mi hije giro instintivamente la cabeza como si pidiera por mí. ¿Acaso siento que me falta algo?
En ese momento tomo una fibra y un papel. Escribo: “Algo hay que sacar de todo este caos”. Lo prendo con dos ganchitos a la pared y respiro.

*Hasta el 19/3 en Galerías del CCPE, de miércoles a sábados, de 16 a 20. Gratis. Sin turno. (El miércoles 8/12 permanecerá cerrada)

vacunarse es la salida
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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