Hace poco más de un mes Nicolás Manzi nos alcanzó las novedades de sus editorial Casagrande, entre ellas La muerte de la actriz, una “nouvelle” de la escritora islandesa radicada en Rosario Akiko Fimm. Su biografía oficial, en la solapa del libro, no sólo nos informa sobre su carrera universitaria y como traductora, también menciona su actividad comercial: fue dueña de un kiosco en el barrio La Florida, Drykkir (en la palabra islandesa leemos el eco del sajón “drinking”), así que le preguntamos a Manzi cómo era esto de la escritora de Islandia con madre japonesa que vivía de de darle de beber a los rosarinos que llegaban hasta la zona norte de la ciudad. El editor abrió el libro y señaló con el índice un rincón de la primera página donde se agradecía a un grupo de escritores (Sebastián Carazay, Sergio Pillón, Cecilia Reviglio, Alisa Lein y María Soledad Casasola), quienes a su vez participan del taller de Pablo Colacrai. Y soltó algo así como: “Ese es el grupo que la rodea, andan siempre juntos”. Y bajó el dedo, lo detuvo en una dirección de Gmail y dijo: “Escríbanle, contesta al toque”.
Eso hicimos.
La señorita Fimm nació en Reykholt, Islandia, el 29 de febrero de 1972. De madre japonesa y padre islandés, aprendió desde su niñez diversos idiomas. Más tarde cursó talleres de escritura creativa y escribió letras de canciones para bandas punk. A los 22 años, luego de una brillante y meteórica carrera en la Facultad de Lenguas, obtuvo un doctorado en traducción de literatura al español por la Universidad de Islandia. Escribe relatos de ficción desde 1994, luego de emigrar de su país natal.

La muerte de la actriz, dividido en cinco breves partes, narra de modo fragmentario la muerte de Jessica, actriz de una película porno que se filma en Rosario. Así, un relato sobre “la parte” del camarógrafo-director de la película hace lo suyo, también hay una narración de lo que le corresponde al jefe al día siguiente de enterarse del suicidio, lo que sucede en el pueblo donde está la familia de la chica, los argumentos de una farmacéutica y, por último, una amiga.
—La actriz del relato protagoniza una película pornográfica que se rueda en Rosario, ¿qué antecedentes encuentra en la literatura que se produce en la ciudad sobre este tema?  
—Leí y leo mucha literatura argentina. Sin embargo, confieso con bastante pudor, que la literatura local es un pendiente en mi vida. Pensé esta historia acá por el pasado prostibulario de la ciudad, la leyenda de Rita la salvaje, la historia de Pichincha, ahora convertido en barrio cool, pero con una historia mucho más oscura. También sé que grabaron una película de cierta fama en la que se muestra una escena de sexo en un auto sobre el puente Rosario-Victoria. Ahora que pienso, conozco un poco –no mucho porque no es un género que visite con frecuencia– la obra de la historietista Paula Suko, Sukermercado es su nombre artístico, que incluye bastante porno en sus viñetas. Pero no puedo decir mucho más que eso. Igual, Rosario es el lugar donde elegí reinventarme en mi vida personal y como escritora, y es en este escenario donde elijo dar vida a mis personajes, a mis historias, sin negar que probablemente vengan con la influencia de otras historias escritas y sucedidas en tierras lejanas.

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Por ejemplo, saliendo de Rosario, hay otras referencias literarias que me encantan y me inspiraron y ayudaron por la forma en que abordan el tema del porno. Una es el cuento “La película”, de Ricardo Piglia, y también algunas lecturas de  Martín Kohan que son muy explícitas. De ellas saqué inspiración para elegir el lenguaje que iba a utilizar.
Y ya que hablamos de referencias, no puedo dejar de nombrar a Cicatrices, de Juan José Saer. Esa estructura en la que las partes independientes y con lenguajes propios ganan al ponerlas en relación me sirvió para pensar la estructura de La muerte de la actriz. Algo parecido hace (Antonio) Di Benedetto en Anabella a la que él mismo describe como una “nouvelle en forma de cuentos”.

—El primer episodio es, de algún modo, una reelaboración de todo el relato, pero, sobre todo, lo que el camarógrafo hace en ese trabajo de edición que narra el capítulo ¿puede entenderse como deshacer lo específicamente porno de la filmación para recuperar lo erótico (devolver esa mirada sesgada, que oculta y muestra a la vez)?  
—¡Exacto! En el primer capítulo lo que le pasa al camarógrafo devenido editor es que mientras deshace la linealidad temporal del actuar pornográfico va, no sé si redescubriendo, pero sí aseverando que hay algo más allá del porno que (si bien está curtido por participar en películas pornos y además es un ser bastante apático y asexuado) lo empieza a seducir (en una forma un tanto enferma). Ya sea por su mirada oblicua, o por su condición de voyeur, o por el sentimiento de controlar el tiempo, o por todo eso junto, que el camarógrafo empieza a recobrar cierto erotismo en lo sexual explícito.

—Jessica, la protagonista, proviene de un pueblo donde, de algún modo, quedó encapsulada “la otra vida”. ¿Qué tensiones, como autora, la increpan en relación a esa doble vida pueblo-ciudad?  
—Me parece que esa tensión es una tensión ya muy clásica y que, como tal, siempre puede renovarse de alguna manera. Me gusta esa idea alemana del “wanderlust”. Hoy se la asocia mucho al gusto por viajar, pero tiene raíces más profundas. Está relacionada con la migración y, dicen quienes conocen bien el idioma alemán, que supone el sentimiento de ese que se va a vagabundear fuera de la patria, a buscar otra cosa, a conocer otros territorios pero que al volver ya no encuentra esa patria, ese hogar, porque ese viaje, esas recorridas, esas experiencias de alejarse del territorio propio lo han modificado y entonces, ya no tiene eso que tenía antes de partir. Siente nostalgia por esa patria pero no la encuentra al volver. La patria ya no funciona como tal al regreso. Me gusta pensar que eso es lo que le pasó a Jessi, aunque ella nunca vuelve, más que a su abuela y también a Diego. Por un lado, la abuela aparece como la patria, como ese reducto que se sostiene, que no cambia, que la acompaña siempre. No pasa lo mismo con la amiga, que deja de serlo definitivamente (patria y amiga al mismo tiempo) y tampoco le pasa con la antigua conquista, a la que vuelve pero que, evidentemente, no funciona. No quiero adelantar más para quienes todavía no leyeron la novela, pero es evidente que cierta nostalgia, cierto impulso de volver a esa patria, a ese lugar original que también parece encarnarse en Diego, colabora para  llevar a Jessica a su destino final trágico. Esa sensación del wanderlust es una sensación personal, también. Quiero decir, yo dejé mi patria y adopté esta a la que le estoy muy agradecida. Pero no puedo negar que siento nostalgias por la dejada atrás y al mismo tiempo sé que nunca la podré recuperar porque ya no soy la que se fue, soy otra gracias a ese vagabundeo y a todo lo que América latina me ha dado. Por suerte, mi destino no es tan trágico como el de Jessica. Al menos, no por ahora. O tal vez sea por eso mismo, que prefiero no intentar volver…

 

Acá podes leer un fragmento de la novela

Loteria de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Pablo Makovsky

Periodista, escritor, crítico

"Nada que valga la pena aprender puede ser enseñado."

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