Sobre la cubierta de mi barco, Mariela todavía duerme. La miro y me lleno de ternura. Sus doce centímetros no la hacen ni más ni menos extraña. Es ella. Ahora todo está en calma y lo sé: es ella, pequeña, pero ella. Mi marinerita me llena de orgullo y de paz.

Creo que esta escena me resume o que, al menos, resume lo que era nuestra relación. Un día me desperté y ella estaba en la puerta de la pieza. Me miraba en silencio con su maletín al hombro. Estaba por irse a dar clases. Entredormido, le dije que la esperaba con la comida. Cuando volvió yo seguía tirado en la cama. Me había quedado mirando la lámpara que colgaba del techo, casi sobre mi cabeza. En la parte donde sale el cable desde el techo, la tapa no llegaba a cubrir del todo el agujero y dejaba un espacio negro con forma de luna menguante. Por esa luz, cada más o menos uno o dos minutos, salía una hormiga. No sé si era siempre la misma o si eran varias. Salía y deambulaba azarosamente por el techo para luego volver a meterse en el agujero. Yo la miraba, dormitaba, me despertaba y la seguía mirando. Imaginaba un mundo de hormigas en el cableado de la casa. Así se pasó la mañana. Ella llegó y calentó algo de la heladera. Yo bajé cuando sentí el olor. Una escena repetida hasta el cansancio: el de ella y el mío.

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Trabajábamos los dos en la Facultad de Biología. Ahí nos habíamos conocido cuando ella vino de Córdoba y se unió a la cátedra en la que estaba yo. Enseguida empezamos a salir y no pasaron tres meses hasta que nos mudamos juntos. Ella empezó a avanzar en la universidad, a hacer proyectos, viajes y a trabajar en los posgrados. Yo trabajaba menos: entraba un poco más tarde, daba mis clases y volvía antes a casa; no tenía proyección en la carrera ni me interesaba tenerla. Con el tiempo, el abismo entre su entusiasmo y su arrojo, por un lado, y mi falta de ambición, por el otro, se hizo más marcado y hasta llegó a hacerse insoportable para los dos. A ella yo le daba una mezcla de pena y de vergüenza no exentas, por suerte, de compasión. A mí, el tiempo libre me estaba matando, pero no lograba entusiasmarme con nada. Era una especie de zombi pacífico y silencioso.

—¿Por qué no te buscás alguna actividad? —me dijo Mariela mientras comíamos— Algo que te obligue a salir, a ver gente.

La noche anterior yo había visto la publicidad en la tele de un suplemento del diario. Traía las piezas para armar un avión de la Segunda Guerra Mundial. No le había prestado atención pero se ve que algo había quedado dando vueltas porque el comentario de Mariela me hizo pensar en eso automáticamente. Ese miércoles empecé a comprar el suplemento y lo seguí haciendo hasta que salió la última parte. Creo que no era lo que Mariela tenía en mente cuando me dio su consejo, seguramente pensaba en algún deporte o taller de algo. Sin embargo, pero la idea de construir algo movió cierto engranaje en mí. Hizo, como se dice, clic. Era distinto a hablar de la diferencia entre genotipo y fenotipo a estudiantes recién salidos del secundario que abandonarían la carrera antes de llegar a noviembre. Esperé a tener todas las piezas del avión y recién después lo armé. Ya era primavera.

Había gastado un montón de plata. Mientras lo armaba sentía que había valido la pena. Cuando lo vi terminado, en cambio, me quedó un sentimiento de vacío, de indignación incluso: el avión se veía, sencillamente, berreta y, encima, me era completamente ajeno: a pesar de haberle dedicado tanto esfuerzo y tiempo, no había nada de mí en él. Que no se entienda mal: el avión era mejor que cualquier otro que yo hubiera sido capaz de crear pero esa superioridad era igual a la superioridad que tiene una lámina de algún cuadro famoso con respecto al boceto que un estudiante de dibujo pueda hacer del mismo cuadro después de algunas horas de estar sentado frente a él en un museo: la lámina se parecerá más al original pero solo el boceto tendrá la capacidad de fascinar a alguien.

Pero, como una metáfora botánica que se apropia de un texto y lo vuelve un jardín de lugares comunes, la semilla del trabajo a escala ya había sido implantada y crecían sus raíces dentro de mí. Estaba decidido: construiría mi propia miniatura. Lo haría con mis propias manos y mi propio diseño. Sería difícil, incluso rudimentario, pero me permitiría sentirme orgulloso una vez finalizado el proyecto.

Era principios de diciembre. Me acuerdo porque Mariela estaba armando el arbolito. Sentada en el piso del living, me vio pasar frente a ella, esquivando bolitas y luces. Saqué el avión de la repisa donde lo había colocado y lo tiré a la basura. Con medio arbolito en la mano, las ramas todavía sin desplegar, Mariela me miraba atónita. Yo esperaba el comentario.

—¡Con toda la guita que gastaste! —dijo por fin.

Me encogí de hombros y salí.

No sé por qué pensé que en la ferretería iban a vender los palitos que usan los médicos cuando te revisan la garganta. Los conseguí en la farmacia. La farmacéutica fue detrás de las estanterías y apareció con una caja cerrada del tamaño de una caja de zapatos.

—Tengo esta sola. Para la semana que viene le puedo traer las otras diez.

Podía empezar con eso. Me instalé en el estudio y me dediqué a cortarles las puntas redondeadas a los palitos –“bajalenguas” había dicho la farmacéutica– y, luego, una vez reservadas las puntas en una bolsa, a partirlos para que salieran, de cada uno, cuatro palitos más chicos. De los primeros cien habré arruinado ochenta pero con los siguientes desperdiciaba cada vez menos hasta que, al final, prácticamente no rompía ninguno. Pensé que tardaría un día entero en tener lista esa caja y que tendría que esperar para poder seguir a que llegaran las otras, pero el proceso de sacar las puntas y dividir los palitos me llevó toda la semana. Cuando volvía del trabajo, a la siesta, me encerraba en el estudio y Mariela me tenía que llamar para avisarme que ya estaba la cena o para decirme que estaba aburrida. Yo dejaba los palitos un rato y bajaba a tomar unos mates o a mirar un capítulo de una serie a su lado. Después seguía, hasta la hora de dormir.

Las otras diez cajas las pude resolver en un par de semanas. Desarrollé un método de cortado que me permitía trabajar de a varios palitos a la vez y me compré mejores herramientas: cutters profesionales que ni sabía que existían, una cola que pegaba los palitos entre sí con firmeza pero solo de manera momentánea, de modo que podía cortar de a cinco o incluso de a seis palitos pegados, si me animaba, y separarlos luego sin ningún tipo de inconvenientes. Los días que yo no trabajaba, Mariela salía a dar sus clases y me gritaba desde abajo que se iba. Al principio bajaba a saludarla, después empecé a recurrir a la comodidad del grito de un simple “chau”. Cuando ella volvía, yo todavía seguía metido en el estudio. Era paciente Mariela. Por momentos, incluso, creo que estaba contenta. Algunas veces en vez de pedirme a media tarde que bajara a tomar algo o a charlar, venía ella. Se traía el equipo de mates, se sentaba en el suelo y cebaba.

Creo que ya era enero cuando empecé la construcción propiamente dicha. Hasta entonces no había hecho más que preparar el material. Durante las fiestas estuvo con un mal humor tremendo por no poder dedicarme al proyecto pero apenas pasó año nuevo me senté en medio del estudio. Miré todas las tablitas y todos los semicírculos de las puntas cortados dentro de las cajas de zapatos. Algunas piezas habían quedado considerablemente más pequeñas que las demás. Esa fue la primera y tempranísima señal de todo lo que pasaría. No me culpo: era imposible de adivinar. Solo eran maderitas. No recordaba haberlas cortado así pero, ¿qué más daba? Mejor para mí: me servirían a la hora de hacer los detalles. ¿Pero los detalles de qué? Ni siquiera tenía en mente todavía qué iba a hacer.

Me senté en el piso, corrí la mesa de trabajo a una esquina y dispuse todo como en un semicírculo frente a mí.

Ahí lo vi: un barco. Un barco velero. Un galeón del siglo XVII con cañones, escalas y todo.

Tenía el verano entero por delante.

Primero me dediqué a investigar en foros y ver videos tutoriales. A la semana era un experto en construcción de barcos a escala, al menos en teoría. Mariela se fue unos días a la costa con su familia y me pude concentrar cien por ciento en el diseño. Cuando volvió, ya había empezado la construcción de la base que sostendría el galeón.

—¿Cómo va el barquito? —dijo ni bien soltó sus bolsos. Estaba bronceada, resplandeciente. Las pecas oscuras sobre la piel marrón veteaban su rostro como pintitas de barniz sobre madera.

—No es un juguete —le dije. Pero estaba de buen humor. La invité a que subiera a cebar unos mates y a que mirara cómo trabajaba, yo después la ayudaría con la ropa del viaje.

Además de la base, había armado el esqueleto del cuerpo del galeón con alambres firmes. Sobre el esqueleto construiría la quilla y luego, alrededor, colocaría cada maderita que formara la parte exterior. Para lograr la curva correcta del casco, cada pieza debía ir pegada sobre la otra con una precisión milimétrica. Había comprado una regla especial y pinzas de relojero. Las maderitas más pequeñas que había cortado sin darme cuenta me resultaron más útiles que las otras y pronto descubrí que me convendría dividirlas a todas para ganar en exactitud y detallismo.

Mientras intentaba colocar una maderita sobre otra, Mariela me contaba sus vacaciones. Para completar las frases esperaba a que yo la mirara. Cada diez segundos, me veía obligado a suspender lo que estaba haciendo y a dejar las manos estáticas en la posición que tuvieran en ese momento para mirarla y que acabara de decir la frase que no estaba dispuesta a concluir si yo no lo hacía. Creo que me estaba contando lo que habían cenado el tercer día, cuando se me cayó la pinza sobre el barco y despegó todas las maderitas que había logrado pegar desde que habíamos subido.

—Necesito concentrarme para no arruinarlo. Si vos me hablás no puedo—. El tono me salió más agresivo de lo que pretendía.

—Si estás pegando palitos —dijo.

—Es como pensar.

—No nos vemos hace más de una semana.

Tenía razón. Desistí y bajamos a la cocina. Podía tomarme un día de descanso, ya que, de acuerdo al cronograma que me había trazado, lo iba llevando bien. Si terminaba la construcción para marzo, me quedaban los primeros días de abril para ultimar los detalles: velas, portas de troneras, escalas, banderas, cañones, insignia. Ya había ido acumulando en una caja clavos, pedacitos de tela y cualquier cosa que me pudiera llegar a servir.

—No limpiaste nada mientras no estuve —me dijo Mariela después de terminar de contarme el último día de sus vacaciones y las historias que inventó con su hermanita durante el viaje de vuelta, porque Ari –así se llamaba su hermana menor; no Ariana, sino Ari– había preferido volver sentada con ella y no con la madre, que aprovechó para dormir y hasta había roncado.

—No tuve ocasión.

—Vas a tener que empezar a encontrarla.

—Dame febrero —le dije mientras me acercaba a darle unos masajes en los hombros. Ella me eludió con una sonrisa y se fue a dormir.

A la mañana siguiente me levanté a las seis para recuperar el tiempo. Era sábado, hacía calor y me quedé en calzoncillos trabajando en el estudio. Sobre la mesita, el barco todavía no tomaba forma, pero pronto comenzaría a hacerlo. Además de los bajalenguas, ahora utilizaba pequeñas varillas que había comprado en la maderera, también fósforos y, a veces, escarbadientes. A las nueve se levantó Mariela y vino al estudio con café. Primero estuvo callada. Yo movía las manos como un artesano: con delicadeza, con decisión para los movimientos gruesos, con vacilación para los finos.

La vacilación es el signo del que domina un oficio. Si vacila, es porque sabe que de los detalles contingentes, de las elecciones mínimas, depende el resultado de la obra.

Ella estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared, el mate en su mano y el pelo de recién levantada cubriéndole la cara de manera caprichosa. Yo medía con mi regla el lugar exacto donde debía colocar la maderita que seguía. Creí que estábamos teniendo un momento de felicidad. Esos momentos de plenitud en los que cada uno sabe, sin necesidad de ponerlo en palabras, que el otro también está pensando lo mismo: ojalá este momento dure. Estaba a punto de agradecerle por la idea que me había dado de ocuparme de algo para salir de mi estado penoso, pero ella habló primero.

—Te va a dar tortícolis así —dijo, se paró, bajó y al rato volvió con una pila de hojas impresas y una cartuchera—. Vos seguí.

Creo que eran trabajos de sus alumnos de maestría. Mientras leía y pasaba las hojas, chasqueaba con la boca y susurraba. Yo me esmeraba en concentrarme en mi barco pero cada vez que susurraba no podía evitar querer saber qué decía. Sin quererlo, me detenía y trataba de prestarle atención. Ella subrayaba las hojas, escribía en los márgenes y seguía hablando.

—¿Qué dijiste?

—Nada. Estoy corrigiendo —respondió sin levantar la vista de la hoja.

—Sí, pero qué dijiste.

Mariela se alzó de hombros y siguió subrayando.

Tomé aire. Me puse a buscar una de mis reglas, que no aparecía. Durante algunos minutos ella estuvo en silencio. Cuando encontré la regla me pareció que era más pequeña de lo que la recordaba. Apenas alcanzaba, como mucho, los cinco centímetros de largo y no parecía medir milímetros sino décimas de milímetros. En ese momento, debería haber sido capaz de ver todo lo que pasaría después: yo jamás había comprado una regla de ese tamaño. Sin embargo, elegí pensar que quizás había venido junto al juego de pinzas y que no la recordaba. Busqué la otra, la grande, y no la hallé. Por suerte tenía varias, aunque la que me faltaba era la que me resultaba más cómoda. Estaba midiendo la próxima ubicación para una maderita y ella volvió a susurrar.

—Si vas a hablar, hablá fuerte, la puta madre —grité, sin abandonar mi posición sobre la estructura del barco ni alzar la vista hasta completar la frase.

Me miró con una cara que mezclaba asco y repulsión y, en ese gesto, me vi con sus ojos: encorvado sobre la mesita, con un codo alzado hacia un lado, la otra mano sosteniendo la regla a centímetros de la cara, los lentes caídos en la punta de la nariz, la barba sin afeitar y en calzoncillos como estaba.

—Chau, Quasimodo —dijo y se fue abajo con sus cosas.

Durante dos semanas no hablamos. Pude avanzar con el barco, que ya empezaba a parecerse a un barco. Después volvimos a dirigirnos la palabra pero solo lo indispensable. Mariela ya no subía ni me pedía que la acompañara para merendar y yo tuve que volver a ocuparme de mis comidas porque ella dejó de cocinarme.

Cada centímetro que el barco ganaba en altura, lo ganaba a la vez en calidad. Me iba haciendo mejor con cada maderita colocada: era más rápido, más prolijo. Estimé que quizás podía llegar a terminar el galeón para los últimos días de febrero, antes de mi cumpleaños.

Mediaba el mes y ya tenía casi terminada toda la obra muerta.

Obra muerta se le llama a la parte de arriba del casco de un barco, la que no toca el agua. La obra viva está debajo y, una vez que el barco es lanzado al agua, ya no se vuelve a ver: lo que se ve es la obra muerta y una zona de indiferenciación que, según el peso de la carga o el movimiento de las mareas, no se sabe si pertenece a una u otra parte. Por supuesto que, aunque lo iba a barnizar y laquear, mi barco nunca tocaría el agua y, así, tanto la obra viva como la obra muerta estarían siempre a la vista. O, más bien, no habría, estrictamente hablando, ni obra viva ni obra muerta, sino que todo sería obra muerta.

Esa mañana, mientras me preparaba el desayuno, antes de que ella se despertara, descubrí lo que pensé que era un regalo para mí. Estaban sobre la mesada: una serie de utensilios de cocina varios en perfecta miniatura y de un realismo impresionante. Me había comprado un regalo, pensé, y se había olvidado de esconderlo antes de dármelo. Había cuchillos que no llegaban al centímetro, ollitas, platos. Había hasta un pequeño mate con su bombillita. Un mate en un galeón del siglo XVII era, cuanto menos, improbable, pero Mariela debía haber pensado que la bombilla, con las modificaciones pertinentes, me podría haber servido para cualquier otro propósito, como el cañón de un pedreñal, por ejemplo. Después de examinar cada una de las miniaturas y de dejarlas en el lugar exacto donde estaban, para que Mariela no notara que la había descubierto, me di cuenta de que eran exactamente iguales a las cosas que teníamos nosotros en nuestra cocina. Hacía más de seis años que estábamos con Mariela y todavía podía sorprenderme con facetas nuevas de su personalidad: nunca la había visto desarrollar tal obsesión por algo. Dedicarse a conseguir las réplicas exactas de las cosas de nuestra casa… Casi una locura.

Volví al estudio. Cuando entré, sentí que faltaba algo, la habitación parecía vacía pero no quise averiguar qué había pasado. Me enfrasqué en el trabajo y no bajé hasta las diez de la noche. El casco estaba casi terminado y estaba a punto de comenzar una nueva etapa en la construcción. Pensé que era una buena ocasión para reconciliarnos con Mariela. Podía tomarme dos días de descanso y tratar de recomponer las cosas. Bajé con la idea de decirle que fuéramos a tomar algo por ahí y, así, darle la oportunidad de que me diera su regalo. No la había visto en todo el día pero sabía que estaba en casa porque no había escuchado la puerta. Seguramente estaba en el comedor, leyendo o haciendo sus cosas.

Sobre la mesa vi sus libros de genética, apilados en varias columnas. Cuando me acerqué a los libros vi que del otro lado de la mesa, en el piso, había una valija. Tenía la tapa abierta y, dentro, la ropa de Mariela ocupaba más de la mitad del espacio.

No había señales de ella.

Tirados por el suelo vi un par de pantalones. Cuando me agaché para alzarlos, escuché el zumbido.

Era un sonido bajo, arrítmico. Intenté ignorarlo, quise dar unos pasos para volver al estudio, pensando que Mariela habría salido de casa y que ya volvería a buscar sus cosas -ahí yo aprovecharía para convencerla de que no se fuera- pero el zumbido se intensificó.

Cerré las ventanas para eliminar el ruido exterior, apagué la computadora para asegurarme de que el zumbido no venía de allí y traté de localizar su fuente. Mientras revisaba la habitación, una de las sillas empezó a sacudirse. Era imperceptible a la vista pero se escuchaba el golpe suave de las patas contra el piso. Era la silla que estaba frente a la computadora.

Me agaché para ver al piso y ahí estaba.

Era Mariela.

Me gritaba con su zumbido desde el piso y sacudía los brazos. No medía más que quince centímetros. Era ella, exactamente ella, pero en miniatura. Una versión a escala de sí misma. Me acerqué y el zumbido adquirió forma, se definió en palabras.

—¡Ayudame, por favor! Tengo miedo.

La tomé con cuidado con mis dedos índice y pulgar desde abajo de los bracitos, la alcé y la recosté sobre la palma de mi mano. No pesaba nada. Se desmayó mientras me paraba. Traté de moverme más lento porque cada movimiento mío debía ser para ella una tempestad. Parecía una muñeca sobre mi mano. Sobre la mesa, la computadora, los libros y el cuaderno que acababa de leer también se habían vuelto diminutos. Ahí entendí que no había existido nunca ningún regalo. Caminé despacio y con delicadeza, salí del comedor, atravesé la cocina. A mi paso descubrí otras cosas de la casa que también se habían achicado, como la heladera, que dejaba un vacío horrible sobre la pared, o el sillón del living, que ahora parecía de casa de muñecas. Preferí ignorar todo y seguí avanzando. Mariela todavía no volvía en sí. Subí las escaleras hasta el estudio con cuidado. Mariela se removía un poco en mi mano, agitada. Tuve que cubrirla con la otra para que no se cayera. Si se me caía en la escalera, que para su tamaño habría sido como caerse desde un edificio, sería el fin, definitivamente. Llevaba un pequeño pedacito de vida entre mis manos.

Crucé la puerta del estudio. Temí que mi barco se hubiera empequeñecido pero no. Allí estaba. Erguido e imponente sobre la mesa. Era la obra de un artesano. Avancé hacia él y, con movimientos lentos, delicados. Dentro de mis manos Mariela ya no se movía. Apenas rezongaba, imperceptiblemente, en su desmayo.

Sobre la cubierta a medio hacer del barco, la recosté. Dormida como estaba, parecía una marinerita naufragando a la deriva. Busqué la caja de los recortes de tela. Tomé uno de gamuza negra, de unos tres centímetros, y con una tijera, un hilo y una aguja, improvisé un sombrerito pirata. Volví al barco y, antes de que despertara, la alcé un centímetro con el índice de mi mano derecha y se lo puse en la cabeza.

Su respiración había calmado. Dormía plácida sobre mi galeón inacabado. Todas las cosas de la casa que habíamos compartido durante todos esos años podían volverse milimétricas si querían (y de hecho lo estaban haciendo), a mí me daba igual. Mariela era el toque final que dotaba de maestría a mi trabajo. Faltaba mucho por hacer pero yo sabía que acabaría siendo una obra perfecta. Sobre ese barco inconcluso, Mariela me desafiaba: exigía de mí un realismo total. No podría dejar de lado ningún detalle. El barco debía volverse indistinguible de lo real. Ya la podía ver, parada en la proa con su brazo derecho en alto, actuando para mí su nuevo mundo pirata.

Con otro pedacito de tela la tapé. El sombrero se le salió cuando se giró sobre su lado izquierdo. Fui a acostarme. La habitación parecía desierta: también allí todo se había vuelto minúsculo.

El verano estaba en su mejor momento, parecía que podía ser eterno, así que subí a la techo de la casa y me acosté allí.

Las estrellas señalaban con su luz azul caminos en la noche. Marineros sin nombre las mirarían, como yo, en alguna parte del mundo, mecidos por el agua irreal. La misma agua que mecía a Mariela en sus sueños, a unos pocos metros, debajo de mí.

***

 

“Insertos en el territorio lingüístico de Borges –el cuento–, los y las cuentistas del volumen tensionan los procederes del género: tiemblan en el límite con la novela, o van decididamente hacia afuera, explorando cruces con la enciclopedia, el diccionario, la fábula o el discurso de la historia. El tiempo de esta selección no se corresponde entonces con un bloque o tendencia definida o definitiva, sino con las puntas de un entramado que comienza a deshilacharse: es el tiempo posterior al espejismo de una generación. Estos escritores, por decepción o por tensión o por hartazgo, son la muestra de un tiempo de desintegraciones”, del prólogo de Francisco Bitar de 9 nueves: narrativa contemporánea santafesina editado por Serapis.

 

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Acerca de Leonardo Berneri

Nació en 1991 en San Lorenzo. Es profesor de Lengua y Literatura y bibliotecario. Escribió su tesis de maestría acerca de la ficcionalización de la lectura en las novelas de Manuel Puig y actualmente escribe su tesis doctoral sobre la obra de Elvio E. Gandolfo. Tiene cuentos y poesías publicados en distintas antologías en papel […]

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