Envidiando de esas gentes la pasión tenaz

Baudelaire, Le Jeu

 

Él se baja de un taxi, saluda a los vecinos, está contento, tiene un gesto nuevo. Ella lo ve y no lo puede creer. Hace unas horas dividieron en mitades iguales el último dinero que tenían para vivir. Ella corrió hasta el supermercado y con su mitad compró lo básico: polenta, leche, pañales, lo necesario para proteger a sus tres chicos. Y ahora lo ve bajar de un taxi. Un taxi es un lujo. Mucho después él le explicará cómo se multiplicó esa suma porque en ese momento —lo vio en sus ojos— ella no lo entendería. Los juegos, así como otros vicios, siempre se ocultan. Se vive en una eterna mentira y sospecha.

Mi amiga vive en la zona sur, cerca de las cascadas del Saladillo, llegué a su casa en el 137. Alguien me había dicho que lo más caro del casino era el estacionamiento, de la casa de ella al casino iríamos en su auto  y decidimos estacionarlo ahí afuera.  “¿Quién se va a robar este auto?”, me dijo.

Resultó ser un día muy caluroso, el programa consistía en comer en casa de ella y luego ir a jugar. Habíamos suspendido varias veces pero esta vez ni el tórrido calor iba a detenernos. Guiadas por el deseo y la curiosidad charlábamos previamente de las escritoras, de los escritores jugadores, de los vicios, de nuestras preferencias numéricas, de la gente que lo perdió todo.  Comíamos carne asada, quínoa y verduras agroecológicas. No tomamos alcohol, necesitábamos lucidez.

Mi amiga no conocía el Casino de Rosario y yo sería su guía (si eso fuera posible). Yo había ido unas cuatro o cinco veces y con diferentes personas. Coincidimos en que ir solas nos convertiría en tristes jugadoras integrantes de esa fauna particular que se sientan frente a las maquinitas como zombies esperando un golpe de suerte que les cambie la vida. El asunto era ir juntas y si ganábamos, mejor.

Una vez cumplidas nuestras obligaciones —era un día de semana—  nos encontrábamos dispuestas al goce de jugar.

La estética del casino se contradice con el barrio Las Flores. El entorno es sencillo, humilde y de casas bajas, el City Center es ostentoso, una mezcla arquitectónica entre shopping y aeropuerto. Las palmeras le dan un aire a División Miami.

Ahora, hay que pagar entrada, a veces es gratis. Sale 32 pesos y te regalan unos cartoncitos para la ruleta y unos papelitos para las maquinitas. El lugar es enorme, varios pisos, todos alfombrados, mullidos, hay fuentes con agua dentro del predio y todo está conectado por escaleras mecánicas  No se sabe bien en qué piso estás o por dónde es la salida. El ambiente es oscuro pero luminoso, hay muchos foquitos  y neones de colores puntuales pero pocas luces generales. Funciona un aire acondicionado que inmediatamente nos reconforta, venimos de sudar.

En un momento, explotó nuestra risa, auténtica y sonora. Ya ni nos acordamos porqué reíamos pero sí recordamos que todos nos miraron, como a dos bichos raros, como a dos locas: nos miraron seriamente.

Jugamos toda la tarde, sentimos la adrenalina de ganar y de perder, aprendimos las reglas, dejamos propinas al croupier. En el momento en el que ya estábamos por salir dejando nuestros billetes, descubrí en mi cartera los cartoncitos que nos habían entregado al entrar. Le preguntamos al croupier y nos dijo que se podían usar solamente en pares e impares y el color: negro y rojo. Lo coloqué en par y ganamos una ficha de 100. Puse un pleno en el 27, el número de mi padre. Y así esa suma se multiplica por 36 y ahí nos retiramos de la mesa.

Dos nenas se suben al auto que maneja su papá. La mamá va adelante, ellas se acomodan en los asientos de atrás. Las ventanillas están cerradas porque el sol se está yendo y empieza a hacer frío. Las nenas habían pasado la tarde en el parque con su tía mientras sus papás visitaban el casino. Una de ellas les pregunta qué habían estado haciendo durante ese tiempo. El papá se da vuelta y con un gesto limpio, de prestidigitador hace una suelta de billetes que caen como papel picado sobre ellas y el espacio se transforma en una rueda de la fortuna. Ellas se miran las rodillas verdes de trepar árboles y lomas. Se ríen. Miran los billetes, miran por la ventanilla el camino oscuro y más adelante, los azulejos del túnel subfluvial hasta que se quedan dormidas. Muchos años después, una tarde de enero, bajo un sol impiadoso, camino al lado de una de ellas: es mi amiga. ¿Hay algo más fuerte que la evocación de un recuerdo? Aunque no sea propio, aunque contenga, como todo recuerdo, una invención, al escucharlo nos conmovemos. Esa imagen lejana nos amparó en su aura durante las dos cuadras que caminamos hasta que unas palmeras para nada salvajes aparecieron echando su sombra sobre el boulevard Oroño.

La vereda se hizo ancha, fresca y lisa. Cuando se abrieron las puertas del edificio y traspasamos el umbral del templo no nos persignamos ni pusimos atención en entrar con el pie derecho. La alfombra era mullida. La diosa fortuna no tolera los ruidos. Jugar es una actividad seria. Si no lo fuera, socavaría el sistema. Y no hemos venido hasta acá a socavar el sistema sino a jugar. Fuimos directo a la ruleta, que vendría a ser una rueda pequeña, roulette, invento de Pascal; estábamos en el corazón del casino, casa pequeña, invento de nobles europeos aburridos. La casa y la rueda: símbolos de la seguridad y el progreso. Frente a la mesa de juego compramos fichas. Los diminutivos, las fichas de colores que parecen rodajas de frutas y la completa abstracción del tiempo hacen pensar en la infancia. Jugamos. Estábamos paradas al lado de la rueda pequeña. Las personas ponían sus fichas apiladas ahora en un casillero, ahora en otro. Había que estar muy atenta, el juego transcurría rápido. Los juegos nuevos, los que se transmiten entre les nenes en los recreos, también tienen reglas y son vertiginosos. Hay que estar despabilada. Por esa razón muches nenes se quedan tranquiles, a la sombra de los muros, esperando que toque la campana. De esa argamasa de soledad suelen salir artistas. Una chica frente a la mesa era la encargada de hacer girar la rueda con treinta y seis números que sumados dan como resultado seiscientos sesenta y seis: una cifra diabólica. Elegimos los números, pusimos las fichas en mi caso al voleo. No va más dijo la chica con voz clara. Las miradas quedaron fijas en el movimiento de la pelotita blanca hasta que se detuvo. En un santiamén la chica barrió casi todas las fichas de la mesa y dejó sólo las que parecían pepinos, que eran las nuestras; enseguida le puso encima otras rodajas iguales y con ese gesto mecánico quiso decir que habíamos acertado. Ahí nomás empezó todo de nuevo, como si fuera la primera vez. Ni tiempo de festejar. No importa lo que haya ocurrido antes, en este lugar estás siempre empezando, como en las tareas del hogar. En silencio, los brazos se estiraron veloces, las pilas se amontonaron y se escuchó otra vez: no va más. Esta vez las rodajas de pomelo rosado se labraron un porvenir. El dichoso siete. Guardate las fichas que ganaste, dijo mi amiga y señaló mi cartera. No le hice caso. Volví a poner una y otra vez porque había descubierto el significado de la palabra pleno. Es poner todas las fichas en un número, no en las intersecciones que dan más posibilidades de ganar. Me hice devota del pleno, la juzgué como una forma valiente de apostar, de correr riesgos. Es notable como al poco tiempo de estar en el lugar cierta fuerza misteriosa se apodera del espíritu y se está en posición de opinar sobre apuestas y accionar, plena de sabiduría. A la distancia es una locura, pero ahí adentro ese comportamiento me había parecido de lo más normal. Habíamos llevado una suma insignificante. La transformación en fichas disolvió la noción de trabajo y esfuerzo, de plusvalía y de lucha de clases, ya ni pensábamos en combatir al capital: en definitiva, nos encontrábamos en el confortable mundo de la magia. Protegidas, al abrigo del clima en la casa pequeña de las afueras de la ciudad, lejos de la indigencia que la rodea, de las barricadas que cada tanto cortan el paso y del humo de las cubiertas quemadas. Lejos de las consignas y del sonido de las sirenas de la policía. Lejos del mundo del trabajo y sus infortunios.

Lejísimo de los problemas familiares. El mullido olvido de nosotras mismas, lanzadas al abandono de un tiempo que transcurre tan vertiginoso o tan lento como lo quiera la fortuna, el palpitar interno o la cantidad de fichas, formando parte de la multitud reunida que hace de cuenta que ese no lugar es un lugar: el Palacio del azar, que aunque descentrado del planeamiento urbano es un lugar seguro donde cada quien va a buscar en solitario, en ocasiones hasta la destrucción, algo que cree que ha perdido irremediablemente.

 

MoviTaxi
Sobre los autores:

Acerca de Lila Gianelloni

Nació en Rosario, en 1959. En el año 2010 recibió la primera mención del Fondo Nacional de las Artes en el género “Cuentos” por su libro La madre oscuridad, y en el 2016 por “Mapamundi”.

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Acerca de Verónica Laurino

Nació en Rosario en 1967. Trabaja de bibliotecaria y todos los días va y viene caminando a su trabajo. Le gustan las plantas y los animales, tiene un gato que se llama Groucho. Publicó los libros de poesía 25 malestares y algunos placeres (Ciudad Gótica, 2006), Ruta 11 (Vox, 2007) y las novelas Breves fragmentos (2007, primer premio del Concejo Municipal de Rosario) […]

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