Juan L. Ortiz (1896-1978) y Francisco Gandolfo (1921-2008) parecen a primera vista dos estrellas distantes en la constelación poética del Litoral. Sin embargo, brillaron muy cerca entre fines de los años 60 y mediados de los 70, y compartieron parte de sus trayectorias, en el contexto de acciones culturales de la época, como las publicaciones de la Biblioteca Vigil y la edición de la revista el lagrimal trifurca.

Gandolfo pudo haber leído por primera vez a Juan L. Ortiz en Setecientosmonos, la revista de Nicolás Rosa y Juan Martini, que publicó el poema “La muchachita” en su número 5, de agosto de 1965. O buscar sus libros por sugerencia de su hermano, el pintor Enrique Gandolfo, que se lo recomendó en una carta escrita el 15 de agosto de 1966, después de leer una nota sobre el poeta entrerriano en otra revista, Hoy en la Cultura.

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“Creo recordar que Juan L. ya estaba en la mitología del Litoral a esa altura”, dice Elvio E. Gandolfo, hijo de Francisco y codirector con él de el lagrimal trifurca. El número 2 de la revista, fechado en junio-septiembre de 1968, le dedicó 16 páginas a Ortiz, con una selección de sus poemas, introducción de Rafael Ielpi y datos bio-bibliográficos de Alfredo Veiravé.

“A diferencia de Aldana o Fruttero, que claramente llegaron a través de Víctor Sabato, no recuerdo el momento del “¡ajá!”. Mi propio viejo lo leía bastante –dice Elvio Gandolfo-. A mí siempre me pareció un genio, pero no fue de mis insumos vitales. No recuerdo, por ejemplo, si habrá sido Jorge Isaías. Pero los libros sueltos de él ya circulaban bastante. El gancho personal con él tal vez haya venido a través de Ielpi: era un poco el Guardián de la Cripta. Yo apreciaba El arremangado brazo, y siempre había pensado seguirla leyendo. Le pedí una introducción, y la impresión del lagrimal se atrasó porque costaba un huevo hacerla”.

La buena recepción del número por parte de Ortiz quedó documentada en un telegrama que el poeta entrerriano le envió a Gandolfo el 2 de enero de 1969: “Ruégole envíe urgente otro ejemplar Lagrimal Felicidades”.

Se conocieron personalmente el 29 de julio de 1971. Ese día Ortiz presentó en Rosario En el aura del sauce, la edición de su obra reunida que había publicado en tres tomos la Editorial Biblioteca, de la Biblioteca Vigil.

“Fue una reunión cálida, ya por la sola presencia de Juan L. que es hasta físicamente poesía que anda (…) Don Juan leyó poemas suyos con expresivo ritmo y buen timbre de voz”, le contó Gandolfo a Raúl Gustavo Aguirre el 1° de agosto de 1971. Y a Elvio, en otra carta fechada el mismo día, con más detalles: “Conversé por primera vez con Ortiz. Elogió la revista y dice que hasta gente de Europa se la ponderó asombrada de que dicha publicación se hiciera en el interior del país (…) El acto, pese a haberse realizado en un salón helado de la Vigil, estuvo cálido porque el viejo con su presencia llena el ambiente de poesía. Pasaron una breve película sobre él realizada por estudiantes de cinematografía de Santa Fe a pedido de la Vigil, muy bien hecha: la imprenta imprimiendo sus libros; él en su rincón de trabajo; sentado en un sillón del patio contestando preguntas; paseando como un tul en el paisaje mientras se oían sus declaraciones en off”.

La salida del lagrimal estaba en suspenso desde el año anterior, cuando Elvio Gandolfo se mudó por primera vez a Montevideo. Francisco Gandolfo concibió la idea de editar plaquetas mientras se definía la situación de la revista. Y después de la presentación se acercó a Ortiz, se puso a hablar con él y le preguntó si tenía textos para publicar.

Ortiz le contó que tenía una traducción inédita de La ventana, del poeta griego Yannis Ritsos. En la presentación, Rubén Naranjo había dicho precisamente que ese era un aspecto todavía secreto del poeta, y Gandolfo aceptó el ofrecimiento.

Una mañana fresca de domingo

Ortiz se tomó su tiempo para enviar el original. Samuel Wolpin, integrante de la redacción del lagrimal, viajó a Paraná con la misión de buscar la traducción. “Imposible: Juan no sabía dónde estaban, en su propia casa o de sus amigos, sus poemas y traducciones”, recordó Gandolfo en una carta a su hijo Elvio.

Francisco Gandolfo decidió encargarse personalmente de la gestión y el domingo 14 de noviembre de 1971 visitó a Ortiz. “Encontré al viejito sentado en un rincón del porch de su casita frente al río, leyendo un libro grande en la mañana fresca, con un gato negro en su falda, cubierto de tabaco rubio caído también al suelo, de un cigarrito que se ve que armó”, le contó por carta a Elvio Gandolfo el 4 de diciembre.

“Lo escuché durante más de una hora hacer poesía con todo lo que hablaba: la enfermedad y muerte del poeta Martínez Howard, que estuvo internado en Paraná (era entrerriano) y lo visitaba; boquillas y pipas; costumbres chinas; contaminación del aire y las aguas y empobrecimiento de la tierra. Me habló de la aromoterapia; yo recordé que Ramón y Cajal curó su tuberculosis en un bosque de pinos. Me elogió la cocina de los chinos que no cuecen ni hierven del todo los alimentos para que no pierdan sus naturales propiedades alimenticias y recordó como un manjar exquisito la flor de loto”, contó Gandolfo en la misma carta.

Yendo finalmente al grano, Ortiz le dijo que la traducción estaba lista, pero no la tenía él sino su amigo Hugo Gola, en Santa Fe. Gandolfo fue entonces en su búsqueda. En la casa de Gola, “me encontré con 8 carillas formato oficio plagadas de tachaduras y correcciones sobre un papel manteca transparente, amarillento como pergamino antiguo, escritas con una tinta un tanto borrosa como de duplicado, con una máquina de escribir que (Ortiz) trajo de China, con caracteres correspondientes al cuerpo seis de tipografía”.

La edición demoró un tiempo entre pruebas y correcciones y finalmente salió de la imprenta La Familia, de Gandolfo, en 1973. Por entonces Elvio Gandolfo había vuelto a Rosario y el lagrimal iniciaba su segunda etapa.

Poesía para equilibrar la sociedad

Francisco Gandolfo le dedicó tres textos a Juan L. Ortiz, los poemas 28 y 33 de su libro El sicópata. Versos para despejar la mente (1974) y “Los infieles”, de Poemas joviales (1977). Según le contó a Roberto Fernández Retamar, el director histórico de Casa de las Américas, cada uno surgió de una visita al poeta entrerriano.

Ortiz representó para Gandolfo una figura emblemática del poeta. Esa es la impresión reiterada en sus diálogos con otros escritores. “Cuando al fin el viejo se sentó en un sillón frente al público rodeado por el humo de su boquilla, me pareció el reducido gran mago de una extensa zona: el Litoral”, le dijo a Juan José Saer en una carta donde recordó otra presentación de Ortiz en Rosario, invitado por la editorial La Ventana, de Orlando Calgaro. “Para mí Juanele es poesía que anda”, le dijo a Fernández Retamar.

En ese sentido pueden leerse los poemas que le dedicó en El sicópata, sobre todo el 33, donde parece dirigirse a otros poetas: “Muchachos/ suban la alfombra para volar/ hacia lo del poeta/ que acampa frente al río para enseñarnos/ cómo vive el sol y se producen las flores// él ha conseguido ser solamente poesía/ para equilibrar la sociedad”.

La dedicatoria de “Los infieles”, en cambio, es menos comprensible: en el poema Gandolfo declara su agradecimiento a una mujer, “la india Cirila”, que le reveló de chico “la presencia profunda del silencio” y ayudó a su familia cuando “quedamos en la calle/ por orfandad de padre y casa hipotecada”, un episodio traumático de su infancia al que se refirió más tarde en varias entrevistas.

El lagrimal dejó de publicarse en 1976. Su último número apareció en abril de ese año, con poemas de Tilo Wenner, que había sido secuestrado y desaparecido en Escobar el mismo día del golpe militar. Elvio Gandolfo se mudó otra vez a Montevideo, ya con carácter definitivo, y Francisco reeditó el proyecto de publicar plaquetas, para iniciar la colección El búho encantado.

El plan era comenzar con una plaqueta de Ortiz. Pero le llevó más de un año conseguir el material y para no demorarse comenzó la serie con Antes, poemas de Raúl García Brarda.

Gandolfo contó entretelones de la nueva publicación de Ortiz en una carta a Mario Levrero, de julio de 1978: “Yo primero y después un amigo no pudimos sacarle un poema al viejo Juan. Enterado de esto, Sammy (Wolpin) lo fue a buscar (…). Llevó para halagar a Juanele copia de los únicos poemas escritos por Proust y que éste no conocía. Y en tres días consiguió lo que quería, sacando copia y controlando la misma con el poeta”.

Wolpin volvió entonces a Rosario con el original de “Entre Diamante y Paraná”, poema inédito de Ortiz y ahora una especie de documento del cuarto tomo de En el aura del sauce, cuya suerte sigue siendo un misterio. “Eran algo emanado de Juanele, en un papel tan amarillento de antiguo y de consistencia crujiente, como extraído de un tesoro enterrado por los conquistadores españoles. La copia estaba hecha en una máquina china que él trajo de ese país cuando lo visitó, cuyos caracteres eran minúsculos y sus correcciones a mano, etéreas, tanto que para desentrañar uno de sus términos usamos una lupa y no lo pudimos develar”, recordó Gandolfo en un homenaje a Ortiz realizado en Amigos del Arte el 11 de junio de 1984.

Ortiz era intolerante con las erratas. Había tenido una mala experiencia con una antología que publicó en Buenos Aires el editor Carlos Pérez, precedida de un largo reportaje de Juana Bignozzi, y otra más con una publicación de poemas en Clarín. “Al final, un amigo pescó la onda del término: era pedrerías, refiriéndose a los ojos de los gatos que él tanto amaba. Yo no iba a publicar su poema hasta no estar seguro de esa palabra casi ilegible, porque sabía que como buen poeta era muy puntilloso con la corrección de sus versos cuando salían publicados”, agregó Gandolfo en el homenaje.

La plaqueta salió en julio de 1978 y fue el último poema que publicó Ortiz, ya que murió poco después, el 2 de septiembre de 1978. Un enlace entre dos figuras centrales en la tradición del Litoral.

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Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

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