—Ah, sí, Ticino. Donde hicieron luz con cáscara de maní.

El playero de la estación de GNC de General Roca, al costado de la autopista Rosario-Córdoba, me acaba de preguntar a dónde viajo. Su respuesta es reveladora: por primera vez no me veo obligado a tener que repetir el nombre ni dar mayores precisiones sobre ese pueblo del sur cordobés que visito desde que tengo memoria.

El apagón que el 16 de junio pasado dejó a oscuras a todo el país no afectó a sus poco más de 2.200 habitantes, que siguieron como si nada gracias a la generación de energía de una central alimentada por –ya lo dijo el hombre de la estación– cáscaras de maní. Los grandes medios nacionales fueron por esa noticia y de un día para el otro Ticino cobró una fama súbita, inesperada. La historia de ese punto de luz en el centro de un país a oscuras seguramente hizo que muchos descubrieran que todo el maní que consumimos viene de ahí, de esa porción de la pampa gringa donde la soja recula ante una de las economías regionales más prósperas de la Argentina. Ahora todos hablan del milagro cordobés. Y hacia allá voy. O mejor dicho, vuelvo, porque Ticino es un destino obligado para mí. De chico iba dos o tres veces por año a visitar a mis abuelos, y ahora viajo para que mis hijos pasen unos días con los suyos, que hace casi diez años que se fueron a vivir allí.

La meca del maní queda a 300 kilómetros de Rosario. Nada de montañas. Ni de lejos. Tampoco arroyos cristalinos o circuitos turísticos. Es la Córdoba de más acá; la de la llamada zona núcleo. Esa que, si no se oye hablar con tonada a un lugareño o se leen carteles indicadores, costará distinguir del oeste santafesino.

Por autopista, hasta Villa María (Ticino está a 40 kilómetros), esa continuidad se hace más evidente: un mar verde y marrón auspiciado por carteles de agroquímicos. De tanto en tanto un tractor, un mosquito fumigador, una casa de campo a lo lejos, pocas vacas y muchas rayas blancas de silo-bolsas.

Al igual que muchas localidades pequeñas de esa región, la ascendencia piamontesa en Ticino es inocultable. Con los primeros fríos del año las familias se reúnen a comer bagna cauda. Es un ritual que se mantiene inalterable. No pasa lo mismo con las carneadas. Esas pantagruélicas celebraciones colectivas de hasta dos jornadas enteras a plena faena y factura de chacinados que se acompañaban con abundante alcohol ya están casi en extinción. Sí sobreviven algunas tradiciones que en las grandes ciudades pertenecen al recuerdo de un pasado muy lejano. En las noches de navidad o de año nuevo se siguen dando serenatas. Grupos de jóvenes con algunos mayores colados salen de “ronda” por el pueblo, tocan las puertas de algunas casas y dedican una canción. Los dueños de la casa salen y les dan una botella de algo. La banda agradece y sigue su marcha. Esas salidas suelen terminar con algunos cantores que quedan fuera de carrera antes del amanecer. Y muchas veces, con un asado matinal que recolectan en la última parada de la gira: la casa del carnicero.

La primera vez que busqué Ticino en google maps me costó encontrarlo. Como sabía que está sobre Ruta 6, entre Pasco y Dalmacio Vélez Sarsfield, insistí con un zoom sobre esa porción del mapa y recién entonces vi la traza de sus calles. Pero antes que el nombre del pueblo, apareció el de Lorenzati, Ruetsch y Cía S.A. La empresa responsable del “milagro” en el día del apagón nacional tiene desde hace 50 años una centralidad ineludible en la vida cotidiana de Ticino. En el pueblo le dicen “la planta” y con eso alcanza. Con 450 empleados, todos tienen un familiar que trabaja en ese lugar donde se acopia, selecciona y procesa el maní que compran a productores de la zona para agregar valor y exportar.

La encargada de contar a la prensa cómo fue que Ticino pudo autoabastecerse de energía eléctrica el domingo pasado fue la intendenta, Liliana Ruetsch, hija de uno de los fundadores de la planta. Explicó que hace un año que esa empresa cuenta con un generador que utiliza como combustible la cáscara de maní, un desecho que contaban por toneladas y cuya acumulación causaba problemas ambientales. Según explicó, la planta demanda mucha más energía que todo el pueblo. Con esa tecnología –la cáscara que se quema en una caldera produce un vapor que propulsa una turbina– pasaron a producir 4 megas que inyectan al sistema interconectado nacional. Esa potencia alcanza para poner en funcionamiento a la planta y dar energía eléctrica a 8 mil viviendas. Ticino no supera las mil. El domingo, cuando se produjo el apagón, la empresa se desconectó de la red nacional y cedió ese flujo de energía a la cooperativa eléctrica del pueblo, que en forma inmediata restituyó el servicio a los ticinenses.

Argentina es el principal exportador de maní de calidad del mundo. La de Ticino es una de las veintitrés plantas maniseras del país. Todas están ubicadas en el sur de Córdoba, en una especie de triángulo de suelo bastante arenoso que forman las localidades de Río Cuarto, Villa María y La Carlota. Entre los derivados que despachan la mayoría de las plantas de esa región se encuentran el maní de confitería, el crocante, el pelado y salado, y productos como el aceite y la manteca de maní. El 95 por ciento de toda esa producción termina en los países de la Unión Europea, Rusia, China y, en menor medida, Estados Unidos, India, Sudáfrica y Australia.

Según datos de la Cámara Argentina del Maní, por año se exportan 500 mil toneladas anuales, y sólo 40 mil quedan para el mercado interno. Señalan que mientras en Argentina el consumo de maní por habitantes es de 250 gramos anuales, en China ese promedio ronda los 10 kilos. La explicación que dan desde la cámara es que en los países asiáticos utilizan mucho maní en la cocina por su aporte proteico, algo que los argentinos encontramos en las carnes. Desde hace unos años las industrias maniseras nucleadas en la cámara lanzaron una campaña para fomentar el consumo.

Una de las estrategias fue la creación de Maní para mí, una página web que difunde los beneficios para la salud que tiene la ingesta de maní y donde vemos a una chef preparar recetas. En pocas palabras, buscan que los argentinos empecemos a considerarlo como algo más que un ingrediente para acompañar la cerveza o el Cinzano. Burritos de bondiola y maní; empanadas con maní, hummus de maní, pesto de maní, y scons de queso y maní, son algunas de las opciones que proponen.

Llego al pueblo cerca del mediodía y no hay nada de maní en la entrada al asado que prepararon mis parientes. Vino, chorizo seco y aceitunas. Ya pasaron tres días de aquel domingo de apagón nacional y el tema sigue en boca de todos. Canal 13, Telefé, enviaron cronistas a Ticino. Sacaron en directo y en horario central a la intendenta hablando desde la planta. También entrevistaron a un par de habitantes del pueblo y tomaron imágenes del centro, es decir, de la plaza. Sospecho que el revuelo que generó este episodio va a alimentar el historial de anécdotas que se suelen evocar en los boliches o en reuniones familiares. Me cuentan, por ejemplo, el caso de una señora que jura haber visto a Nelson Castro tomando un café en el minimarket de la YPF. “Qué ganas de hablar al pedo. ¿No viste que el otro ahora está en Chernobyl?”, me aclaran.

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Sobre el autor:

Acerca de Sebastián Stampella

Periodista

Rosarino de zona sur afincado en Echesortu oeste. Estudié Comunicación Social en la UNR pero dejé la carrera a poco de llegar al título. Algún día bla, bla, bla, me miento. Trabajo de periodista. Escribí y dirigí una obra de teatro. Dicen que soy terco. Lo niego rotundamente.

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