El 24 de marzo de 2004 Mirtha Legrand le preguntó a Miriam Lewin en su clásico almuerzo televisado si era verdad que ella salía con el jefe del centro clandestino de detención de la Escuela de Mecánica de la Armada, el Tigre Acosta, donde estuvo presa durante la última dictadura. Era un programa especial con motivo del aniversario del golpe de Estado y Lewin no pudo responder en ese momento lo que hubiera querido: “No, no me acosté con el Tigre Acosta, pero si lo hubiera hecho para salvar mi vida, ¿Qué? ¿Quién podría juzgarme?” En aquel entonces, llena de indignación, sólo pudo decirle a la conductora de los mediodías: “Nos sacaban a cenar, sí. No salíamos por nuestros propios medios. No teníamos derecho a negarnos. No sabíamos si nuestro destino iba a ser un restaurante o el fusilamiento. Éramos prisioneras. Era una forma refinada de tortura, porque a algunas les habían asesinado a su marido hacía días”.

El pensamiento de Mirtha (que una detenida podía “salir” con su secuestrador) encarna lo que durante muchos años miles de personas pensaron, aún las más cercanas –militantes, detenidos y familiares de desaparecidos– de las mujeres detenidas. Y claro que la pregunta de la diva encierra a la vez una respuesta: aquellas que se salvaron lo hicieron a cambio de acostarse con los militares.

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Miriam Lewin y Olga Wornat relatan en el libro Putas y Guerrilleras (Planeta) los crímenes sexuales que sufrieron cientos de mujeres en los centros clandestinos de detención en los 70. Periodistas y militantes –y en el caso de Lewin, además de esas dos cosas, sobreviviente– las autoras reunieron testimonios de torturas, abusos y violaciones que hasta hace poco estaban silenciadas y que habían ocurrido durante la última dictadura militar.

El libro se publicó por primera vez en 2014 y ahora se volvió a reeditar con modificaciones y el prólogo de Rita Segato. Aquella primera edición salió a la calle antes de que la marea feminista inundara las calles de todo el país el 3 de junio de 2015, luego del femicidio de Chiara Páez en Rufino, levantando el grito de “Ni Una Menos. Vivas Nos Queremos”. No había pasado tampoco el reclamo masivo por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito ni el “Mirá como nos ponemos” y la lucha de las Actrices Argentinas en respaldo a la actriz Thlema Fardín, quien acusó a Juan Darthes de haberla violado a los 16 años. O el “Yo te creo hermana”, que inspiró a tantas voces de mujeres a levantarse para dar a conocer los abusos sufridos.

Las autoras suman en esta reedición el enfoque de género para analizar el infierno de los chupaderos reafirmando que la violación es una forma de tortura y poniendo en tela de juicio el consentimiento. Su lectura en la actualidad suma al debate de los feminismos y conecta con las luchas de hoy contra las violencias machistas, las relaciones asimétricas, la culpabilización de las víctimas.

Como escribe Rita Segato: “La violación no es una patología, es una pedagogía”. Es también una forma de guerra. Se invade un cuerpo, como se invade un territorio, para colonizarlo.

La que responde es Miriam Lewin.

–El libro suma a un debate muy actual en la agenda feminista como es el del consentimiento. ¿No?

–Si nos ponemos a pensar que cuando una mujer va a denunciar una violación lo primero que le piden son las marcas en su cuerpo, es decir, los signos que demuestren que se resistió, que defendió su sexo hasta poner en riesgo su vida, podemos entender que cuando salimos de los campos de concentración hasta los familiares de los compañeros nos trataran como sospechosas. Si los hombres que sobrevivían eran sospechados de traición, las mujeres teníamos un doble estigma: traidoras y putas. Se daba por sentado que habíamos tenido relaciones sexuales con los represores y con los torturadores, y que lo habíamos hecho por decisión. Es decir, había habido ejercicio del libre albedrío en un campo de concentración, cuando no se puede hablar de consentimiento dentro de un campo de concentración, ni siquiera aunque la víctima diga que estaba enamorada o que lo hizo porque lo quería. La asimetría, la privación de los derechos es tan brutal que para que exista amor debería haber libre albedrío, y cuando no hay libre albedrío no se puede hablar de amor.

–Es muy difícil separar esas torturas y abusos del modo en que pensamos a las violencias machistas y ustedes hacen una lectura de género de esos tormentos.

–Hay que hacer un ejercicio: pensemos que los campos estaban regidos por mujeres, y que los prisioneros eran varones y hay un varón que identifica que una oficial, una guardiana se siente atraída por él o lo coacciona con cierta recompensa de libertad o de cercanía con la familia. ¿Qué pasa cuando sale? Lo más probable es que sea vitoriado en la esquina por pillo. En cambio, las mujeres éramos putas. No hubo espacio para nosotras. En Rosario, en Santa Fe, en Misiones, en Jujuy, en Bahía Blanca, en Tandil, en todos los centros clandestinos de detención había modalidades de violencia sexual contra la mujer y esa violencia sexual era más refinada en algunos lugares. Es el caso de la ESMA, donde en medio de la noche te pedían que te vistieras o te sacaban a un restaurante con el Tigre Acosta. En otros lugares era más brutal, tenías los ojos vendados o se organizaban orgías donde los guardias eran espectadores y obligaban a prisioneros a tener relaciones o entregaban a los de buena conducta una prisionera. Sucedió en Mansión Seré, donde uno pasó la noche con una de ellas, pero ni siquiera la tocó, sólo charlaron  aunque los guardas supusieron que la estaba violando.

Hay en el libro una idea de que esas prácticas constituyeron verdaderamente un plan sistemático.

Ya estar desnuda en la cama de tortura y que te penetrasen la vagina con una picana o los manoseos sobre tu cuerpo eran parte de eso. A mí me dijeron con cuántos tipos me había acostado, cuántos abortos me había hecho, en cuántas orgías había estado. Esa especie de misa negra que era el escenario de la tortura es un delito sexual. Y eso no se percibió hasta que la Corte Internacional de La Haya determinó que los delitos sexuales de la ex Yugoslavia eran delitos de lesa humanidad y que entonces tenían otros mecanismos de prueba.

–En el libro aparecen dos historias que tienen una fuerte carga de sentido para Santa Fe: el caso de Silvia Suppo en Rafaela y la recuperación de la identidad y el reencuentro de un hijo con sus padres en la ciudad de Reconquista.

–La historia de Silvia Suppo fue desestabilizante porque Silvia fue asesinada el 29 de marzo de 2010 después de declarar como querellante (su testimonio fue fundamental en la causa contra el ex juez federal Víctor Brusa). Tenemos que lamentar en este país la segunda desaparición de José Julio López.  Silvia atravesó un aborto forzado en cautiverio, se la puso en una especie de dilema, si decía que no quería tener el bebé la mataban, y ella quería sacarse ese embarazo producto de una violación, pero no era ella la que podía elegir. Ella sabía que estaba obligada a hacer lo que le decían y una de las cosas más escalofriantes es el caso de la enfermera que la llevó a hacérselo. El rol de otras mujeres en la fuerza es desestructurante y no ha sido suficientemente analizado. En el caso de Reconquista, el destrato tremendo que sufrió toda una familia que era tratada como leprosa por toda la ciudad, y que en medio del desamparo quienes se acercan a brindar ayuda lo hacen con engaños para apropiarse del bebé que la mujer esperaba. Y tuvo que vivir toda una vida en la ciudad sabiendo que ese hijo criado por otros era suyo. Por suerte, podemos decir que esa sí es una historia con final feliz, de alguna manera, porque después de mucho tiempo pudieron reencontrarse.

–¿Y cómo operó el silencio de las víctimas observadas desde ese doble estigma? Ustedes hablan de una nueva victimización a ese no poder hablar de las mujeres. ¿Cuánto de este momento actual de los feminismos ayuda a que estas historias circulen y se escuchen desde otro lugar y qué pasa con las que aún no pueden hablar?

–No podíamos denunciar, la culpa y el sentimiento de vergüenza de las víctimas de violación estaba acentuado porque si nosotras habíamos sobrevivido, nos habían dejado llamar por teléfono a nuestras madres y padres o comunicarnos con nuestros hijos pequeños, era porque había habido alguna prenda de cambio. Entonces nos sentíamos avergonzadas porque erróneamente habíamos creído que habíamos dado algo a cambio, que había sido una negociación y después de muchos años y habiendo entrevistado a muchas víctimas eso se empieza a desarmar. De reconocer que el haber sobrevivido no nos hace inmortales pero que sí es tiempo de colocarnos en el lugar que corresponde, como mujeres empoderadas y decir lo que verdaderamente nos pasó. Y para eso hay que reconocerse primero como víctima, para luego empoderarse.

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Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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