“Todo lo que está vivo cambia. Lo dijo Heráclito, con metáfora hidráulico-higiénica: no nos bañamos dos veces en el mismo río. Lo cantó inigualable Mercedes Sosa, gracias al poema de Julio Numhauser. La lengua no escapa a esta regla”, escribió Ana Ojeda (Buenos Aires, 1979) a propósito de Vikinga bonsái, una novela en la que explora las posibilidades literarias del lenguaje inclusivo. No fue una preocupación aislada: poco antes había organizado en la Feria de Editores un debate sobre la cuestión que reunió a Beatriz Sarlo y Santiago Kalinowski. La discusión quedó en suspenso a partir de marzo, como sucedió en general con la cultura a partir del aislamiento social obligatorio; pero pensar la salida de la cuarentena significa también preguntarse por los modos en que esa actividad puede continuar, y las políticas alrededor del lenguaje inclusivo tienen que ser recuperadas del confinamiento.

La oposición al inclusivo es una obsesión de los discursos de odio y se corresponde con la promoción de la xenofobia, la discriminación y la descalificación del feminismo como “ideología de género”. También tiene el apoyo de escritores consagrados, que lo consideran una ridiculez, una imposición, una moda. Ana Ojeda sostiene que en el plano de la literatura “nos permite decir más, o sea, pensar más: pensar nuevos mundos posibles, más igualitarios y equitativos, que reflejen mejor, de manera más exacta, una sociedad cuyas minorías luchan para lograr una ampliación de sus derechos”. Vikinga bonsái es una prueba de esas posibilidades, desde su apertura –una cita donde el Facundo de Sarmiento se transforma en Fecunda– hasta su propia matriz narrativa, alrededor de Vikinga, sus amigas Dragona Fulgor, Gregoria Portento, Talmente Supernova, Orlanda Furia, un hijo en la adolescencia y un marido ausente.

Te puede interesar:

El feminismo de las brujas

Las mujeres de Tarot desde Neptuno, Atrología para Todes y Alma del Universo hablan de una práctica por la que llegaron a arder en la hoguera. El cruce con el feminismo y el ciclo que se inicia

–Las lecturas de Vikinga Bonsái resaltan que la novela está escrita en lenguaje inclusivo, y también se nota un trabajo más amplio sobre el lenguaje, a través de los hashtags, los guiños literarios, la mirada irónica sobre lo que se cuenta. ¿Por qué usar el inclusivo para escribir literatura?

–¿Por qué? Mi pregunta fue más bien la opuesta, ¿por qué no usar el lenguaje inclusivo para escribir? No lo pensé como algo importante para nada. Creo que el inclusivo se inscribe en un trabajo más amplio sobre cómo contar, como decís. De hecho, me parece que los hashtags tienen mayor gravitación en la construcción de la voz narrativa porque empiezan como algo que hace Orlanda Furia, que no para de subir fotos subtituladas con frases un poco cachivaches a Instagram, y de pronto sin mediar explicación la estrategia pasa a convertirse en una especie de subtítulo irónico, burlón, de la voz narradora. Como que los hashtags se liberan y comienzan a habitar la voz narradora, que a su vez es como si aprendiera esa técnica de Orlanda Furia, que es quien los usa originalmente.

¿Pensaste usar el inclusivo como un gesto político, artístico, las dos cosas?

En principio, te diría que no pensé demasiado el lenguaje inclusivo, estaba escribiendo sobre estas amigas que armaban una familia por voluntad propia en el sentido de conjunto de personas que por alguna razón se conectan para tirar juntas hacia el mismo lado. Eran todas mujeres de este tiempo y el lenguaje inclusivo surgió ahí, espontáneo. Como los hashtags. ¿Por qué las mujeres seguiríamos aceptando mansamente subsumirnos bajo un supuesto universal masculino cuando entendemos que tenemos –como todes– una experiencia diferencial, específica, del sistema que rige nuestra manera de existir? Una experiencia minoritaria, es decir, con menos derechos, con una educación enfocada en el aguante y la no respuesta. Se nos enseña a “protegernos” –“no salgas sola de noche, no te pongas esa ropa, no tomes”, etcétera– cuando lo que tendrían que estar enseñando es a los hombres a deconstruir el lugar común muy nocivo de los impulsos “irrefrenables”, del avasallamiento de la voluntad de les otres por medio de la fuerza, sin importar las consecuencias.

La novela está protagonizada por mujeres, el único personaje masculino importante está ausente. ¿Tiene que ver con la idea de privilegiar, como decís, una experiencia minoritaria?

–La ausencia de personajes masculinos adultos (porque están Momo, Panda y Pequeña Montaña, pichones de hombres, en primera línea) fue la consecuencia de poner a estas mujeres sobre el escenario. Había tanto que contar alrededor de ellas que no quedó lugar para nada más. Para mí, igual, los hombres están presentes: todas tienen vínculos más o menos mediados, problemáticos, tensados, con ellos. Desde bambalinas lo que hacen o dicen estos señores (jaja) modifican lo que las chicas hacen o puede hacer, sus opciones.

Organizaste el debate sobre el lenguaje inclusivo entre Beatriz Sarlo y Santiago Kalinowski en la Feria de Editores del año pasado. ¿Qué conclusiones sacaste al respecto?

Sí, organicé el debate con Cecilia Fanti, librera y escritora, que fue quien lo coordinó. La conclusión principal que saqué es que el lenguaje inclusivo no puede dejar de debatirse, pensarse. Para mí el inclusivo ofrece la posibilidad de una representación equitativa en el plano de la lengua de una aspiración histórica de las distintas olas de los feminismos (la igualdad), pero además ofrece una herramienta adecuada para darles voz a (y hablar de manera respetuosa de) aquellas subjetividades que no quieren encasillarse binariamente dentro de la polarización mujer/varón y que piden a gritos ser visibles: les no binaries. ¿Por qué tenemos que forzar a alguien que nos está diciendo que no se autopercibe ni mujer ni hombre a entrar dentro de uno de los dos extremos de esa dicotomía? ¿Qué se pierde usando la “e”?

Esa podría ser una pregunta para los próximos debates. En tu opinión, ¿qué dice el inclusivo que no esté dicho en la lengua corriente?

No sé si se necesitan más debates, creo que lo que se necesita es un poquito de apertura mental para que quienes lo quieran usar, lo usen y quienes no, no, y listo. Pasa que hoy, quienes no están a favor sienten una necesidad irrefrenable de tratar por todos los medios de que nadie lo use. Y eso, señora, no va, jaja.

Una objeción muy corriente al uso del inclusivo es que se trata de una imposición, según dicen Vargas Llosa, Sarlo, Alan Pauls y otros, y una imposición no puede ser incorporada por la lengua.

Yo no veo en qué sentido es una imposición. ¿Quién le impone a Sarlo que hable en inclusivo? Yo no lo veo como una imposición, sí como una posibilidad que une elige o no aprovechar. Sí me parece que habilita un cortocircuito para todes aquelles que son/se sienten progresistas/feministas, etc., y deciden no usarlo, por la razón que sea. Esa decisión les enfrenta inevitablemente a una reflexión que va en la línea de: ¿puedo ser feminista/progresista y no hablar en inclusivo? La respuesta es sí. Vargas Llosa, Pérez Reverte, etc., es obvio y coherente con sus líneas de pensamiento y posicionamientos políticos que estén en contra del inclusivo, como de todo cambio histórico-social tendiente a cualquier tipo de emancipación para las minorías.

En el diálogo con Kalinowski, Sarlo sugiere que el debate está sobredimensionado, que es un fenómeno restringido a colegios de élite.

–El tema colegios de élite es una falsedad histórica que circula mucho. El inclusivo (en principio con “x”, “*” o quitando directamente el morfema de género, estrategias que, por otro lado, se siguen utilizando) es un uso que se inicia en los diferentes movimientos a favor de la diversidad, espacios y representantes del queer y de las comunidades LGBTTTI+. Es verdad que algunes alumnes del Nacional y del Pellegrini y de otros colegios de la Capital lo adoptaron y utilizan de manera corriente en sus vidas, como también lo usan muchas feministas y activistas por la diversidad y personas de a pie sin ninguna pretensión, que entienden que hay algo raro al decir (un ejemplo banal): “Ahora nos quedamos quietos”, frente a 25 mujeres y un varón. La pregunta, en todo caso, debería ser otra, me parece: suponiendo que fuera un fenómeno restringido, de élite, incluso (cosa que sería rara porque las élites históricamente tienden a ser conservadoras), ¿eso lo invalida? Vos, Osvaldo Aguirre, como hombre cis hétero, acá estoy suponiendo…

–Sí, está bien, jaja.

–Bueno, es decir, como individuo que nació, fue asignado al sexo masculino, dentro de cuyas coordenadas socioculturales fuiste educado para devenir varón, ¿te parece que los pedidos de igualdad de derechos para todes, incluidas mujeres y disidencias, es un pedido válido o inválido? El inclusivo le da visibilidad a ese pedido. ¿Te incomoda el uso del inclusivo o te incomoda el pedido? Y ahí hay también una distancia interesante porque una cosa es que te incomode el inclusivo y otra distinta es que te tomes el trabajo de salir a militar en contra de su uso. Más positivo por supuesto sería que te incomodara la desigualdad de derechos entre seres que nacen todos iguales, pero luego, con el correr de la vida, algunos van quedando marginalizados y otros en cambio, van ocupando el escenario. Y esto sin meternos en una lectura más marxista (de clases) de la sociedad, lo cual nos llevaría al concepto de “insterseccionalidad”, que sostiene que las opresiones soportadas por cualquier cuerpo dado que elijamos son múltiples y convergentes: de etnia, de género, de clase, de orientación sexual, etc. Pero: simplificando de manera un poco brutal, podríamos decir que el sistema (patriarcado capitalista) está hecho para los hombres, lo cual no quiere decir que a ustedes les resulte fácil mantenerse a flote con las reglas vigentes, sino que a todes les demás nos resulta más difícil. Hay excepciones y no se puede generalizar, por supuesto, pero en líneas generales, jaja.

¿La oposición al inclusivo es un signo de resistencia a un fenómeno cultural más amplio, una expresión de quienes se oponen a las demandas del feminismo?

No creo que quienes se oponen al uso del inclusivo estén necesariamente en contra de las demandas de los feminismos –como no creo tampoco que las razones por la que mujeres y hombres se oponen a su uso sean las mismas–, más bien me parece que no quieren pensar en eso y el inclusivo no hace sino presentificar que si todes seguimos aceptando y jugando según las reglas vigentes, nada va a cambiar. Para quienes tenemos derechos por ganar, el cambio se anuncia promisorio. Para quienes, en cambio, enfrentan la posibilidad de perder privilegios (que a veces ni siquiera ven porque los dan por hechos), es entendible que el cambio no venga tan saludado, jaja. Esto, por supuesto, teniendo claro que no basta con hablar en inclusivo para que cambie la sociedad, que es el objetivo último de toda esta conversación que estamos teniendo entre todes.

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Osvaldo Aguirre

Nació en Colón. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Es periodista, poeta y escritor. Ha publicado poesía, crónica, novela y ensayo, entre los que destacan: Las vueltas del camino (1992), Al fuego (1994), El General (2000), Ningún nombre (2005), Lengua natal (2007), Tierra en el aire (2010) y Campo Albornoz (2010), y reunió sus tres primeros libros en El campo (2014). Fue editor de la sección Cultura del diario La Capital de Rosario.

Ver más