Hace algunos años, cuando yo recién estrenaba maternidad y estaba sola, como tantas mujeres que maternan primero sin red y después se van armando el tejido que les permite criar sin tanto padecimiento, vine de vacaciones a Rosario. Le dije a una amiga que vive acá que estaba feliz porque venía a la ciudad más feminista de la Argentina y ella, sonrió de costado y después me dijo: “Bueno, acá tenés todo condensado: lo mejor y lo peor del patriarcado”. Las dos nos reímos, trabajadoras de género siempre viendo el vaso medio vacío por todo lo que falta, ella en ese caso de anfitriona que le pesa el elogio por las dudas, pero lo cierto es que yo estuve una semana acolchonada entre brazos de amigas de mi amiga, que no me conocían y aun así me hospedaron, jugaron con mi hijo, me llevaron a la playa, y me cuidaron de la tormenta real que no me dejó volver a Buenos Aires ese febrero lluvioso y de esa tormenta mental que es la maternidad disidente.

Por eso, llego a Rosario y además de respirar otro aire, me siento amparada. Veo miles de pañuelos verdes en las mochilas y en los puños, pibas empoderadas, amigas que me cuentan las iniciativas, los proyectos, la última y la próxima marcha, esa maravilla que es la cátedra “El aborto como un problema de salud” en la Universidad Nacional de Rosario desde 2017 y tantas cosas más.

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Cada vez la fiesta feminista tiene más adherentes y el libro Una ciudad en la marea da cuenta de esa sensación en el cuerpo, de esa certeza de empoderamiento colectivo, del trabajo de tantas sin nombre que, como dice la historiadora Lilian Diodati al comienzo del libro “transitaron el siglo XX reclamando por el derecho a votar, por tener un trabajo decentemente pago, que abonaron con sus actividades de bajo perfil partidos políticos, instituciones religiosas, educativas y sindicatos”. Y es de redes afectivas que hablamos pero también de intervención política, acción social, ocupación del espacio público, visibilización de nuestra agenda, tan extensa, tan desesperante de asir pero, con voluntad política y mucho trabajo, aparentemente posible.

Viví de cerca el feminismo de los 80. Tengo 42 años y pasé parte de mi infancia en Radio Belgrano, junto a mi mamá Ana María Muchnik y Marta Merkin haciendo Ciudadanas, un programa pionero en cuestiones de género. No me extraña que mientras en todo el país nuestras adultas luchaban por la ley de divorcio y la de patria potestad compartida, Rosario haya hecho historia creando su Departamento de la Mujer, lo cual es cristalizar el trabajo de tantas (y a la vez tan pocas en esos años) dentro de la estructura del Estado. Es emocionante y el comienzo de un camino que quienes transitamos sabemos fue arduo, ardiente y muchas veces desalentador. Como cuando se decía, y todavía se dice, de una mujer que es “capaz” para ejercer un cargo, como se aclaraba de Monica Fein en 1998, cuando asumió como Secretaria de Salud Municipal.

Lo que más me gusta de los libros que recogen experiencias son los testimonios. Les dan carne, nervios donde anidan el dolor y el color del texto. Y cuando leía Una ciudad en la marea, me encontré con el de Marisol Herrera, una piba de 19 años que formó parte del programa Equidad Educativa y que habla de la maternidad “como lo desconocido. No sabía lo que era” y emociona con esa frase tan simple y honesta.

Más adelante el latigazo del hombre que narra, en el marco del Dispositivo de Varones, “Yo nada más la insultaba, no le levanté la mano”, y el impacto emocional de G, una mujer que no puede ver a su hijito porque la justicia patriarcal falló a favor de su primer marido, que era violento, aún cuando el que le pegaba al niño era su segunda pareja. “Hay un mito que dice que siempre están a favor de la madre pero no es así”, dice G.

Ese abrir los ojos, y encontrar políticas públicas que den asidero a la cadena de vulnerabilidades es un gran mérito del Instituto Municipal de la Mujer en estos últimos 7 años, y quien lea el libro se va a encontrar con estos sacudones de realidad porque de esa materia está hecha la historia cuando se cuenta en primera persona. Fein lo creó apenas asumió como intendenta de Rosario y Andrea Travaíni y Carolina Mozzi estuvieron al frente. Y hay algo que me parece clave en lo dicho por Fein en este libro, que nuestro desafío es crear un tipo de liderazgo diferente, uno que integre las emociones, los deseos y las voluntades, uno que no le tiemble el pulso pero entienda que la política también se hace desde la afectividad y el placer.

No me parece casual que las vibraciones verdes y violetas (¿de qué color es nuestro feminismo a esta altura?) me trajeran hasta acá, hablando de maternidad rebelde, visitando compañeras de militancia y mirando Rosario como ese cómplice político de las luchas, siempre junto a nosotras a 350 kilómetros haciendo temblar la tierra con paso firme y sostenido. Acá empezamos también esa aventura hermosa e irreversible que se nombró Ni una Menos y terminó multiplicando tantas consignas como adherentes.

Y fue por un femicidio en esta provincia, el de Chiara Paez, como bien se consigna en el libro, que el asco y la bronca pudieron más y salimos a la calle para no dejarla, convirtiéndonos en fuerza política y acción transformadora. Es esa la marea de la que habla el libro. Rosario tiene un historial de lucha y de nombres propios que la sostienen que exceden al Estado pero también ha habido un Estado que las ha sabido alojar.

Cuando una ve un trabajo sostenido durante tanto tiempo en materia de género lo primero que viene al cuerpo es la gratitud. Atrás de este libro está ese hilo, finísimo devenir de trayectorias de vida tanto de quienes lo tramaron con sus quehaceres y apuestas, desafiando al poder coyuntural que siempre manda a las políticas feministas al último cajón del presupuesto (basta ver el recorte permanente de nuestro actual gobierno y el desmantelamiento de planes y servicios para frenar con las violencias machistas para entender la magnitud del desafío) como de quienes se narran a si mismas en este tejido de voces que forman un coro de complicidades y alianzas. Por eso, al leer estas páginas pienso que Rosario es parte fundamental de la marea que terminó en tsunami y que ya no tiene vuelta atrás, por más que falte, por más que siga doliendo.

Lo que aprendimos estos años es que al duelo por nuestras muertas y violentadas sumamos fiesta, glitter y agite, porque en nuestra complejidad habitan la alegría y la rabia y porque de eso sabemos hacer un aquelarre que tiende la mano a la que mira de afuera. En ese sentido, no vi experiencia más rica con el trabajo con varones que el que hizo el Instituto Municipal de la Mujer en todos estos años. Pensé mucho cuando escribía este texto, en lo que me produce a mí el trabajo con los violentos. Siempre me interesó pensar y elaborar estrategias para trabajar nuestras violencias, qué hacemos las mujeres, lesbianas, trans y travestis con la furia y la incomodidad, y no hablo solo de los casos extremos, qué hacemos todas nosotras en nuestra vida diaria. Por eso, el trabajo con los varones me parece fundamental y agradezco que haya quienes quieran hacerlo, quienes pongan el cuerpo para deshilvanarlo. En estas semanas que tanto se habló de un spot publicitario donde los tipos charlan entre ellos sobre cómo no asustarnos, en que se habla de nosotras como bambis heridos que circulamos por el mundo y a quienes, atención, no hay que violentar, el trabajo con perspectiva de género para frenar las violencias machistas pero también para prevenirlas y acompañarlas, tiene que hacer hincapié, como tantas veces se dice en este libro, en el respeto básico entre seres humanos. No hay especificidades, no hay miradas hegemónicas, no hay verticalidad. Porque deseamos y porque vivas, desendeudadas y libres nos queremos, que la marea siga creciendo.

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Sobre el autor:

Acerca de Flor Monfort

Flor Monfort nació en Buenos Aires en 1976. Es periodista y estudió Filosofía (UBA). Trabaja en el suplemento Las 12 de Página 12. En 2018 publicó un libro de cuentos (Las rusas) y uno de poemas (Luna Plutón).

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