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Nunca —hasta ahora— había usado en un texto la palabra confinamiento, que según el diccionario es la “pena que consiste en obligar a alguien a residir en un lugar diferente al suyo, aunque dentro del área nacional, y bajo vigilancia de la autoridad”. Es una de las expresiones, junto a coronavirus, contagio, covid-19, aislamiento social o pandemia, que más resuenan en los últimos días en esta suerte de Estado de vigilancia y de control en la emergencia de la recientemente declarada pandemia. Por supuesto, con el ejército y la policía en las calles controlando a la población, todas las teorías apocalípticas resuenan en mi cabeza. Aquellos teóricos —generalmente de pelada y lentes— que leíamos en la facultad, y que quizás actualizaste en estos años, adquieren relevancia. Las teorías sobre el poder, el biopoder, la biopolítica, los disciplinamientos, los cuerpos en primer orden de observación, y el miedo, por supuesto, hacen que esto —que todavía no sabemos bien qué es ni cuánto durará— se cargue como un chip con demasiada información en nuestra cabeza y en nuestras emociones. De hecho, desde hace días y con casi todos las actividades suspendidas y negocios cerrados, es el único tema del que se habla en España y —diría que— en el mundo. Sus consecuencias, claro está, ya son evidentes en los contagios. En el primer día del decreto de Estado de Alarma por el coronavirus, tres amigas cercanas fueron despedidas de sus respectivos trabajos.

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¿Qué palabra puede ayudar a describir este estado actual? Me pregunto muchas cosas sobre todo en la noche. No he visto ninguna serie nueva, ni vieja estos días. No he tomado clases de yoga, ni de cocina, ni de idioma. No vi conciertos on line #YoMeQuedoEnCasa ni me pude sumar a ninguna de las decenas de opciones que surgieron espontáneamente estos días. No es por rebeldía, quizá solo por ausencia de concentración. Apenas tuve ganas de cocinar, algo de sexo virtual y una clase de twerk, un baile de origen africano que crearon los esclavxs, que devino en una suerte de perreo contemporáneo y que bailan muchas pibas que agitan caderas y pelvis. Me divirtió bastante mover un poco el culo, para qué contarles. En las redes abundan toda clase de opciones para este habitar hogareño, para quienes tenemos un lugar para confinarnos, y que todxs suponemos y según insisten desde los medios, será más largo de lo previsto. Pero aburrirse tampoco está nada mal. Llevo ya cuatro días casi sin salir del piso que comparto con otras dos personas de diferentes edades y nacionalidades. Sólo hay permiso para salir a trabajar —en aquellos casos en que las empresas o instituciones no optan por el teletrabajo—,  a comprar comida, bebida, artículos de farmacia, tabaco o ir a pasear el perro. Lo de las peluquerías parece que no se confirmó. Ninguna de las de mi cuadra están abiertas. En estos días, además llueve, hay mucha humedad y el cielo está completamente gris, algo bastante atípico en Barcelona. Quizás por eso, convierte a la ciudad en algo más lúgubre. Cada letrero improvisado en los locales con persianas levantadas indica cuántas personas pueden ingresar. La mayoría de las farmacias atienden por la ventana y muchos de los sitios contemplan una mampara de acrílico o de papel film para separar el mostrador del cliente. La distancia mínima debe ser mayor a un metro. Y eso se advierte hasta en los buses, donde quedan separadxs los conductorxs con unas cintas plásticas, esos que indican peligro en letras rojas y negras, y que se utilizan en los casos policiales. El tema es aislar a las personas para no propagar el virus. Es lo que más se escucha en esos minutos de espera para comprar algo y se reitera en los medios de comunicación y redes sociales las 24 horas. La señora de enfrente pasea a su perro con el barbijo puesto. En la farmacia sigue habiendo cola fuera del local y aquí no se atiende con barbijos. El servicio público de transporte funciona al 50% y todas las personas ascienden y descienden por la puerta trasera.

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La autora de "El cuento de la criada" ofrece algunas respuestas a qué hacer en este salto suspendido de la pandemia.

Soy argentina y llevo dos años y medio aquí, a la espera de residencia en un país en Estado de alarma y hasta la fecha, el segundo con más casos de coronavirus de Europa. Porque si bien tiene una supuesta baja mortalidad, según los expertxs, el virus va mutando. En España ya hay unos 12 mil infectados (el jueves 12 de marzo había tres mil confirmadxs) y este martes 17 se registraron 150 muertes sólo en un día. Según leo, en una residencia de adultos mayores de Madrid hubo 17 fallecidxs sólo en un día. Lxs viejxs son los más castigados, por eso aparecen las llamadas desesperadas, la congoja e incertidumbre sobre si serán atendidxs, si deberán quedarse solxs en caso de contagio, sobre todo en sitios donde el crecimiento vegetativo es mayor respecto a la media de Latinoamérica, por ejemplo. Quizás por miedo al abandono y otros temores escucho muchos mensajes y en la radio esta mañana. También oigo a la dueña del piso donde vivo, que discute con su madre algo mayor. Ella va cada día a dejarle comida y a darle un
baño, pero pasa la cuarentena en nuestro piso compartido. No compartimos cenas ni espacio en la mesa, pero cada tanto hacemos encuentro de sobremesa. La otra, más joven y de origen asiático, vive aquí desde hace poco, sonríe y apenas me habla. Trabaja como traductora del inglés al japonés y come en su habitación. Nos vemos poco, aún en la cuarentena. Pienso mucho en estos días en que no sólo empezamos a conocer mejor con quienes convivimos hace tiempo —y que por razones de horarios y demás prácticamente no nos vemos— sino que también empezamos a ver a nuestrxs vecinxs. Que eran perfectxs desconocidxs en una ciudad y un barrio como el Eixample, que en los últimos años producto del boom turístico se ha convertido en una suerte de gigante Airbnb. Hoy nos encontramos en los balcones. Al menos nos empezamos a ver las caras cuando empieza a oscurecer el día, cuando los aplausos se convierten en una orquesta en las alturas y al rato los balcones son los espacios de máxima sociabilidad.

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Seguramente ya comenzará algunx a decirme: “Y por qué no te volvés?”. Quizás las mismas personas que hasta hace poco me decían: “Vos sí que estás bien allá, en el primer mundo. Y con euros”(?). Por suerte, me río. Y pienso que tengo un lugar donde dormir y que no hay enemigos en mi hogar como les pasa a muchas mujeres y amigas, quienes deben convivir con sus parejas o ex parejas. Hasta los juicios se suspendieron y si bien hay teléfonos para llamar por temas de violencia machista, los casos son varios y algo complejos cuando indagamos.

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Este martes, el presidente de España, Pedro Sánchez, acaba de decretar una serie de medidas económicas destinadas a palear la crisis que ya se siente y destinará unos 200 mil millones de euros. También la Unión Europea confirmó el cierre de las fronteras a los extra comunitarios. Mientras tanto, bajo al supermercado que está debajo de casa y todo se parece bastante a una escena del laboratorio de la serie Breaking Bad pero sin drogas. Las repositoras y la cajera llevan puesto ese traje pero en color blanco pulcro parecido al de científicx con antiparras y máscara. Sé que está molesta por verme ahí comprando pan. Sé que quiere irse a sus casa. “La histeria de la gente es el verdadero virus”, dice. Es todo muy rápido y caótico. Hace apenas una semana estábamos en las calles cantando y bailando en el encuentro que nos reúne a miles cada #8M. Pero los días, y la información
como la propagación del virus pasan volando. Y la incertidumbre sobre cómo nos afectará en este presente también es acelerada.

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Una amiga me dijo el sábado: “El futuro es el pasado”. Y me quedé pensando en esa magnífica frase. Y sí, a pesar de todos los avances y de la llegadas de valiosos aportes en sueros desde Cuba, que se probaron con éxito en China; la administración de un antiviral para casos leves de Covid-19, que se ensaya en Cataluña o la vacuna que se supone que se disputarán las farmacéuticas, miramos para atrás. Y el arsenal literario nos queda corto. Desde Ensayo sobre la ceguera de Saramago, La Peste, de Albert Camus, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, Las niñas salvajes, de Úrsula K. Le Guin, hasta Years and years, o cualquier distopía al estilo Black Mirror, que hayamos consumido en los últimos años, quizás nos devuelva algún aporte para pensarnos entre lo literario y lo que llamamos real.

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¿Cómo nos afectará la vuelta al mundo de lo real desde la percepción y los sentidos? Desde el tacto en esta suerte de simulacro de la biopolítica? Cómo podría denominar esto que siento? ¿Qué palabra? ¿Cómo nos afectará un sistema que se termine de adueñar de nuestras vidas, de nuestra salud, de nuestros movimientos, de nuestros deseos? ¿Y cómo se reconfigurará nuestra seguridad? ¿Seguiré teniendo sexo virtual? ¿Será mi nuevo modo de ingresos como trabajadora irregular en esta crisis que sabemos que se extenderá? Aún adeudo el pago de nuestra última edición a imprenta del periódico ilustrado, autosugestionado y colectivo que editamos en Barcelona y que ya está en Argentina (Femiñetas) en cuarentena. Cómo nos llevará puestxs esta crisis que ya venía muy fuerte antes del efecto coronavirus y cómo serán las políticas sociales para lxs más destrotegidxs, las mayorías que esperamos un Estado de bienestar que acompañe. Qué sucederá con lxs miles de refugiadxs que esperan abarrotados y de a miles en las fronteras, hoy cerradas por la pandemia. Cómo responderán las decisiones de aislamiento tomadas en Argentina, que tuvieron rápida reacción para que el virus no se expanda. ¿Se colabora en las medidas? Son demasiadas preguntas para seguir, pero sobre todo, me invade la de saber cómo responderemos a la dificultad que conlleva aislarnos al menos en lo sensitivo, en el modo en que entendemos lo real. Qué extrañeza y felicidad nos quedará en aquello cotidiano. Desde besarnos, darnos las manos o intercambiar fluidos con un otrx, hasta la idea de montar en la bici y salir a pedalear por ahí. O esa figura que hasta hace días repetía todos los días: correr hacia el bus para llegar a tiempo, incluso a un ritual que de tan sencillo más entrañable: encontrarnos desde este lado del mundo a tomar unos mates. De algún modo el deseo inexorable de salir de lo virtual para apreciar de nuevo los sentidos. Dejar de mirarnos con sospecha. Dejar de vernos como un virus. Y de sabernos ridículamente vivos en lo que quede de este planeta. O —más bien— en lo que quede de nuestra humanidad en la Tierra.

Distanciamiento
Sobre el autor:

Acerca de Flor Coll

Nació en Rosario. Es periodista y licenciada en Comunicación Social de la UNR, Magister en Género y Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabajó más de 15 años como cronista en las calles en la ciudad de Rosario, en noticiero de televisión y en Radio Universidad Nacional de Rosario (103.3) en diferentes programas políticos, […]

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