El fotógrafo Émilien Buffard nació en Francia, al sur de la ciudad de Nantes, en un pueblo de 1357 habitantes. Desde 2014 vive en Rosario.

De sus proyectos profesionales dice que cada uno tiene que ver con una experiencia propia. Por eso, su ensayo fotográfico “Los huérfanos del Poopó” (que explora la desaparición progresiva del lago Poopó, el segundo más grande de Bolivia) se ancla en esa parte de su biografía que cuenta que entre otras cosas se formó en gestión del agua.

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“Sport Friendly. La cancha de la diversidad” se llama su último trabajo y Émilien dice que como los anteriores tiene mucho que ver con lo que él es pero también con cómo le gusta vivir el arte: “Me interesa cuando el autor pone su experiencia personal en la obra porque el impacto es otro”.

De su infancia, en un pueblo de la campiña francesa donde “había más vacas que personas”, recuerda lo mucho que le costó encontrar su lugar en el deporte: “Odiaba practicarlo en la escuela, no me gustaba cómo lo enseñaban, me enojaba que él fútbol fuese para los chicos y el básquet para las chicas. Y si bien no sufrí discriminaciones directas no encontraba un lugar”.

Si el deporte no es más que un espejo de lo que la sociedad produce, “Sport Friendly: la cancha de la diversidad” está pensado como punto de partida para marcar un horizonte de compromiso social ante la discriminación y la violencia dentro del ámbito deportivo.

Empujar las líneas que delimitan el perímetro de la cancha, bajar las vallas, ampliar las redes, hacer espacio para que entren todes en lugar de unos pocos, es el espíritu del proyecto fotográfico y social (que se puede ver en la Alianza Francesa de Rosario, el Museo de Bellas Artes Juan B. Castagnino y el Distrito Sudoeste) que encaró el artista entre 2021 y 2022 y que funciona, acaso, como lado B de los Juegos Juveniles Suramericanos que acontecen en Rosario.

Se trata de una producción de 15 fotografías y 15 testimonios que buscan promover el deporte inclusivo, poniendo luz sobre 50 agrupaciones deportivas LGBTQI+ de todo el país que quieren redefinir los valores clásicos del deporte, para que más allá de su identidad sexual, género o condición física, cada persona tenga un lugar. “Se trata de equipos mixtos que permiten a sus jugadores crecer, tanto humana como deportivamente. Y a su vez que la sociedad se abra hacia una nueva identidad deportiva en las canchas”, dice el texto que acompaña la muestra.

Una de las intervenciones está montada en el hall de la Alianza Francesa y plantea una formación deportiva sobre una cancha de césped sintético que el espectador recorre metiéndose entre deportistas y fotografías. La otra, está exhibida a partir de gigantografías de dos metros de alto sobre la fachada del Museo de Bellas Artes Juan B. Castagnino, puerta de ingreso al circuito del Fan Fest de los Juegos Suramericanos. Atrás de las fotos se lee el testimonio de los jugadores y jugadoras retratados y cada imagen es metáfora de esa voz.

“Soy puto… Si, ¡soy PUTO! Salir del closet me causó
una gran felicidad. Ser libre y ser feliz. Es un derecho.
Es mi derecho. Es tu derecho. Que tomes la posta y nades
en libertad. Porque nadar en libertad, es el único camino que
realmente te llevará a la felicidad. A ser quien eres.
A ser como sos”.
Daniel

Diversidad de cuerpos, de géneros, de clase social, es donde quiso poner el ojo el artista sabiendo que hay muchos equipos de espacios públicos para aquellas personas que no pueden pagar la cuota de un club y que hay muchos clubes privados que no dejan entrar en sus filas a quienes son gordos, bajos, pobres o gays.

“A veces encontrar un lugar en un deporte es un problema. No sufrí discriminaciones directas pero no terminaba por encontrar un lugar y viajando por el país, juntándome con estos equipos me encontré con esas historias de quienes tampoco encontraban su lugar en el deporte, que eran víctimas de discriminaciones por su sexualidad, pero también por su cuerpo, su edad, su clase”, explica Émilien.

La idea del proyecto surgió un tiempo antes de la pandemia cuando el fotógrafo se incorporó a practicar vóley en el equipo inclusivo Yaguaretés Rosario y se encontró con la existencia de muchos equipos disidentes en todo el territorio argentino. Aunque tuvo que alejarse de la cancha de juego por cuestiones de trabajo, al iniciar un taller en ARGRA sobre uso del flash en el fotoperiodismo no dudó en aplicar esa técnica al retrato del deporte inclusivo.

“Usar el flash como luz fuerte, como proyector, con la idea de visibilizar al jugador, pero también al deporte inclusivo, fue la primera estética que quise trabajar”, cuenta de sus fotos de putos, lesbianas, trans, no binaries.

“El orgullo es una respuesta política a la vergüenza que la sociedad
impone sobre nuestras cuerpas y andar marica. Monarca como tantos
otros equipos son espacios de reparación para el colectivo LGBTQI+.
Vienen a sanar esa herida con el deporte que nos fue negado por ser
exclusividad de los varones cis heterosexuales. En cada Monarca
hay una historia, un estigma, un dolor, una soledad marica
que con cada partido se transforma en otra cosa… un beso…
una risa… un abrazo… el festejo de un tanto… bailar Lady Gaga…
presumirnos en el tercer tiempo.

No vinimos a replicar las lógicas, vinimos a cambiarlas. En nuestro
jugar, la pelota es de glitter, las canchas marcadas por el taco gastado,
las casacas puperas, las medias bucaneras, no saben si corremos
o desfilamos y por eso nos aman y aborrecen al mismo tiempo.
Pero no pueden dejar de mirarnos porque nunca podrán brillar
desde el barro como lo hacemos nosotres”.
Adrián

La lucha que cada jugador lleva a la cancha se puede ver en todas las fotos. Una deportista con pañuelo verde, una embarazada que enarbola la bandera LGBTIQ+ junto al deseo de que su hije pueda ser sí mismo, un jugador que posa con la bandera de Los Osos como diciendo que los cuerpos reales existen y que ser gordo y gay no es fácil en el mundo deportivo. Una chica que ayer dejó la escuela y hoy encontró su lugar de socialización en el hockey. Un varón maquillado que juega al rugby. El jugador salteño que se muestra con pelota de vóley en la mano y tacos aguja porque además de deportista es drag queen. “Cada uno viene como es, con su experiencia, y eso me pareció que había que mostrarlo. Incluso que las masculinidades y las feminidades no son de una sola forma. Está la posibilidad de estar en el medio, de no identificarse con todo lo masculino ni con todo el femenino”, dice Émilien.

“Nunca podrás ser libre hasta que puedas reconocerte a vos mismo
en tus acciones y en tus ideas, y no podés ser feliz en una jaula
o detrás de una máscara. En eso se traduce para mí el orgullo:
liberarte de tus propios miedos y los juicios inculcados.
Es verte en una foto y sonreír sin pensar en la opinión de los demás.
Es la fuerza de aceptarte tal cual sos, verte tal cual querés ser,
sin vergüenzas ni temores a mostrarte vulnerable, alocado,
excéntrico, colorido. Es la forma de descubrirte, de aprender,
de darte cuenta de todo lo que te privaste por consideración,
costumbre o terror a una idea limitada de lo correcto y lo normal.
Es amarte y respetarte, es poder amar y respetar sin restricciones.
Es un beso espontáneo, es una caricia, es caminar de la mano,
es un momento de pasión, es una foto que deseas compartir,
es la irreverencia, es ser dueño de tu cuerpo, es el atrevimiento
y la sensualidad, es una noche de copas y música, es elegir
como expresarse, vestir, andar, hablar. Es una lucha constante,
es mantenerse y seguir, es vivir dignamente.
Es nuestra voz”.
Alejandro

De octubre de 2021 a marzo de 2022 el fotógrafo retrató a mil jugadores de 50 agrupaciones LGBTIQ+ de Corrientes, Mendoza, Salta, Tucumán, Paraná, Córdoba, Buenos Aires, Rosario. En su mayoría se trata de centros urbanos y eso tiene una explicación para el autor: estos equipos están ubicándose en las ciudades más grandes ya que es difícil desarrollar una actividad de este tipo en un pueblo pequeño. Y a partir de no desconocer las marcas de una experiencia que le es propia asegura: “Muchos de la comunidad se van a la ciudad porque saben que van a encontrar más aceptación o menos discriminación en una ciudad con más habitantes”.

El trabajo del artista no termina con la recorrida por las provincias, el registro de los equipos y la muestra. Su intención es que la exposición gire por cada lugar del país donde se encuentran los deportistas retratados y sacar un libro a fin de año con la totalidad de las fotos y entrevistas a jugadores profesionales abiertamente LGBTIQ+. Pero más que nada se fundamenta en mantener un contacto con quienes son parte de este álbum diverso y federal. “Apenas termino me parece primordial enviar las fotos a todos. Mi idea no es fotografiar, desaparecer y hacer lo mío por mi lado. Busco hacer un proyecto social con un impacto mayor. Ganar la confianza de los equipos y que se sientan identificados con mi trabajo. Por eso, les paso las fotos para que puedan usar esas imágenes para promover sus actividades en las redes. Y me emociona cuando las comparten con textos que hacen referencia a la familia que son”, cuenta.

“Cuando era niñe, nunca pensé que iba a poder jugar al básquet
en un equipo porque en el lugar donde vivía, sólo había equipos
infantiles masculinos.

Aunque la identidad no binarie aparezca como algo nuevo,
desde siempre existen personas que se identifican por fuera de
lo masculino o lo femenino. Ser no binarie en cualquier espacio,
y particularmente en el deporte, es difícil porque los torneos y
los equipos están divididos binariamente por géneros, se debe elegir
uno u otro para poder jugar y son muy pocos los equipos mixtos.
Esto conlleva a la exclusión, a que haya poca representación
y poca visibilidad de nuestras identidades en el deporte, cuando
deberíamos acceder en igualdad de condiciones.

Después de llevar unos cuantos años viviendo en Buenos Aires,
conocí a Zorres, el equipo de básquet diverso e inclusivo en el que
juego actualmente. Hoy puedo decir que estoy orgullose
de estar en un equipo formado por y para personas de
la comunidad LGBTQI+. En donde podemos vivir libremente
nuestras identidades y orientaciones, aprender juntes
y jugar todes con todes”.
Agus

La cancha deportiva es un espacio público que promueve el encuentro, la reunión, el juego. Pero aún hoy está plagado de múltiples desafíos y violencias: el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia. Evidenciar la homosexualidad en el deporte sigue siendo algo tabú y más aún en disciplinas masculinas. “Son pocos los jugadores profesionales que pueden hablar de su homosexualidad y si lo hacen temen y tienen menos posibilidades de jugar”, dice el artista francés.

La cancha de la diversidad que él plantea intenta abrir un diálogo sobre esa zona donde los jugadores necesitan ser plenamente y mostrar quienes son en realidad tanto dentro como fuera del espacio de juego. “¿Qué sucede si un deportista tiene que esconderse?”, se pregunta el autor y ensaya una respuesta: “Su performances será más baja, perderá concentración y despliegue profesional en el deporte pero también libertad en la vida como en el juego”.

El mes pasado se estrenó en Netflitx la serie Heartstopper basada en la novela gráfica de Alice Oseman, una de las escritoras jóvenes con más ventas en el Reino Unido.

La historia narra el amor entre dos chicos, uno gay y uno bisexual, que van al mismo colegio de varones. Charlie salió del clóset hace un tiempo y en la escuela todas las miradas están puestas sobre él: están quienes se burlan y también quienes lo acompañan que son en su mayoría su grupo de amigues diversos y nerds. Le gusta leer, toca la batería y tiene una gran habilidad: correr. Pero le escapa a los deportes en equipo. Nick, en cambio, juega al rugby y su grupo de amigos encarna todos los estereotipos masculinos: son violentos, homofóbicos y hostigan a quienes no se ajustan a sus normas. Apenas se conocen, Nick lo invita a sumarse a su equipo deportivo por su excepcional velocidad a la hora de correr. Pero Charlie termina siendo el centro de burlas de los demás jugadores que le exigen animarse a taclear a los contrarios. “Es muy difícil hacerlo cuando pesa sobre vos el estereotipo de gay malo en los deportes”, le dice Charlie a la entrenadora que también le exige.

Al  inaugurar la muestra de fotos la directora de la Alianza Francesa de Rosario, Aurore Rebuffé-Jarlang, dijo hablando de los juegos juveniles pero también de ese campo que Émilien busca abrir: “Hacer siempre de cada dificultad un nuevo amanecer”.

La historia de Alice Oseman y las fotos de Émilien Buffard se juntan en un mismo horizonte para que las juventudes construyan sus nuevas narrativas y vivan otros mundos posibles.

Quienes salgan o entren del sector de los juegos deportivos del Parque Independencia se chocarán con dos jugadores de rugby besándose en la boca en la fachada del Museo Castagnino. Que se interroguen, que se emocionen, incluso que se molesten. Pero que disputen sentidos, que empujen palabras, que conquisten derechos. Que abran la cancha.

 

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Virginia Giacosa

Periodista y Comunicadora Social

Nació en Rosario. Es Comunicadora Social por la Universidad Nacional de Rosario. Trabajó en el diario El Ciudadano, en el semanario Notiexpress y en el diario digital Rosario3.com. Colaboró en Cruz del Sur, Crítica de Santa Fe y el suplemento de cultura del diario La Capital. Los viernes co-conduce Juana en el Arco (de 20 a 21 en Radio Universidad 103.3). Como productora audiovisual trabajó en cine, televisión y en el ciclo Color Natal de Señal Santa Fe. Cree que todos deberíamos ser feministas. De lo que hace, dice que lo que mejor le sale es conectar a unas personas con otras.

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