Se lo ve inmóvil y con los ojos tristes. Una argolla clavada en la lengua le atraviesa la dentadura y cae por debajo de su mentón. Durante un siglo, el ángel de piedra custodió el frente de una casona de Sarmiento y 3 de Febrero. Ahora es solo un fantasma atrapado en la foto analógica que sostengo con la derecha.

—Su soledad es tremenda. ¿Cuántas cosas terribles tiene para decir y nadie quiere escuchar?–piensa Fabián, un soñador alucinado que fotografió, desde el 2001 y durante varios años, ángeles, gárgolas, espíritus de piedra; relieves esculpidos en los frentes de las casas del centro.

foto de gárgola de Fabian

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Amigas plantas o plantas amigas

La llegada de la estación que goza de las mejores famas, la aparición de esa cala roja con hojas de corazón llamada anturio y las formas de la amistad en cuarentena.

—El amor por ese mundo que se está yendo, reemplazado por torres anodinas y estacionamientos, floreció hace mucho en mi pecho, pero ahora es una flor de hielo.

Fabián tiene algo más de cincuenta y desde adolescente atiende la óptica que ayer fue de sus padres y hoy es suya, en Mitre y 3 de Febrero. De los frentes que retrató quedan la mitad. Antes de despedirme, guarda las fotos en un bolsito de cuero, enciende un cigarrillo y apunta con los ojos, algo cansados, hacia el paisaje interior de sus recuerdos.

Frente a nosotros, en la esquina diagonal, están levantando una torre de departamentos donde históricamente funcionó el bar Chaco, una fonda frecuentada por medio mundo: laburantes, gente de la noche, bohemios y hasta comediantes como Pepitito Marrone, que venía de la Capital y al terminar las funciones recalaba ahí. En el Chaco podías comer a las tres de la mañana y no es que te daban un carlitos, te servían mondongo, carne al horno con papas, ravioles con estofado. Conocí el lugar cuando ya lo habían remodelado y se llamaba La Delfina, pero los años que pasé en bares, al pedo, escuchando las charlas que me rodeaban y hablando con quien me cruzaba, me permitieron reconstruir su pasado legendario. Hay hombres y mujeres con la vida suspendida, a veces rota, que se aferran apasionadamente a una charla ocasional. Fabuladores, gente que no anda apurada y le gusta la parla. En el halo mágico de la exageración, la deformación y hasta el delirio de los recuerdos –y no en los relatos fríos– está la clave para dar con la historia existencial de una ciudad.

—Antes el centro tenía vida nocturna y por eso había lugares como el Chaco –dice Adriana, una mujer que toda la vida vivió en la cuadra–. Estaban los teatros y los cines, que fueron los primeros en desaparecer, y que para mis viejos y abuelos eran emblema. Los lugares rockeros del bajo y los boliches vinieron en los ochenta y noventa, yo soy de esa generación, eso ya no existe. Bares había muchos. En los últimos diez, quince años, la noche del centro se fue muriendo, y la pandemia le dio el tiro de gracia.

Ecosistema

En el centro conviven edificios y caserones señoriales que aún conservan su estilo con casonas devenidas en pensiones; torres levantadas con la guita de la soja y casas de pasillo húmedas y descascaradas; comercios de renombre con vendedores ambulantes que ofrecen baratijas. Privados de cierto nivel y putas callejeras. Galerías, plazas y peatonales. Edificios que dan a otros edificios donde el cielo es una postal lejana y rota.

Hay negocios que, anclados en épocas pasadas, no terminan nunca de irse del todo. Joyerías que lucen mostradores y estanterías de madera oscura con tintes de barniz, mosaicos mostaza con guirnaldas negras y rojas, poca luz exterior y tubos fluorescentes que queman. Bodegones con mesas que visten manteles bordó, ubicados diagonalmente sobre manteles blancos, y paredes revestidas con madera laminada. Galerías oscuras, solitarias, atravesadas por carteles de neón ochentosos, perdidas en el tumulto de los peatones y los comercios de calle San Luis. Sastrerías de estampa formal que parecen escenografías de películas de detectives del 40. Todo un ecosistema que frecuenté desde adolescente y que la fotógrafa Paulina Scheitlin retrató con maestría en su libro llamado justamente El Centro.

Yendo de un lado a otro, perdiéndome en sus viejas calles, me familiaricé con personajes llamativos, particulares, que parecían a punto de caerse del mundo. “Toda persona es demasiado para sí misma”, dijo el escritor William Saroyan. Se los veía en bares, en las peatonales y hasta en los patios o salones de lectura de la Biblioteca Argentina. A uno lo bautizaron el Judío Errante. Por su piel blanca, su barba colorada y sus rasgos polacos. Andaba siempre con una valija y no es que tenía la vista perdida, sino centrada en una realidad que no es la de la mayoría; mejor dicho, la realidad que uno supone que es la de la mayoría. Con la pandemia lo dejé de ver. Alteradas las rutinas, interrumpidas y cambiadas, se desconfiguró incluso ese extraña red que identificaba, en un instante fugaz, a los extraviados del cosmos.

Muchas de las notas que escribí retrataron personajes y lugares que estaban viviendo su final. Héroes y fracasados de la existencia, seres normales y extraordinarios, representantes de un tiempo ido o de ningún tiempo, fantasmas que navegaban su existencia en un barco que se alejaba de todos los puertos posibles:

—¡Cómo te gusta hablar del pasado! –me dijeron, estúpidamente, y a veces aún me lo dicen.

—No hablo del pasado. Hablo de los mundos que se están despidiendo, que se van, pero que son parte del presente –aclaro.

Más de una vez, en mañanas y tardes de este tiempo loco y tremendo que nos toca, anduve solo por las peatonales desiertas y sentí que la ciudad que había conocido quedaba atrás para siempre. Habían cambiado sus calles y sus recovecos. No estaba su gente. Tampoco estaba yo, guardado igual que el resto, convertido en un fantasma de caminatas solitarias. Cerraron bares y negocios que frecuentaba. Cerró parte de mi mundo, un mundo que poco tiene que ver con lo virtual.

Marcas de época

De a poco, y de a momentos, el movimiento vuelve a las calles. Lo perdido se recupera, a pesar de las bajas, y la desolación del aislamiento se descomprime. Pero las marcas de la época son obvias: desde hace años, el centro dejó de ser el ícono representativo de Rosario, tal como ocurre en las grandes ciudades del mundo. Los nuevos shoppings y las complejos habitacionales más novedosos están en el norte, en terrenos que ayer ocuparan fábricas y ferrocarriles. Barrios enteros se construyen en las afueras. El casino y hotel City Center se encuentran al borde de la Circunvalación, en el acceso sur de la ciudad, y el llamado casco histórico se viene a menos. El cierre de Falabella lo sintetiza. Hay alarma entre los comerciantes de las peatonales y distintos proyectos para reavivar la zona.

De chiquito salía los sábados a la mañana a pasear al centro con mis abuelos. Me llevaban al cine, a veces me compraban ropa. Caminábamos las peatonales. Todo una salida. Se los cuento a mis primos más chicos y no saben de qué les hablo. Soy un viejo, un viejo de treinta. Quedé en medio de dos generaciones pero, quién sabe, capaz a los cincuenta soy vanguardia. Lo mismo da.

Ya no se escuchan frases como las de Elvira, que cuando la conocí, en los primeros años de la secundaria, tenía casi ochenta años y se negaba a mudarse del piso que tenía en Italia y Córdoba:

—Toda la vida viví en el centro y ahora me quieren mandar a no sé dónde. Yo no soy una cualquiera, como para vivir en cualquier calle al 7000.

Galería de imágenes: “El Centro”, fotos inéditas de Paulina Scheitlin


En el centro eso no pasa

—Me fui del barrio donde vivía porque no soportaba el chismerío. Todos eran muy metidos y eso me hacía mucho mal. Acá, en el centro, eso no pasa –me dijo en la plaza Sarmiento una señora ya mayor llamada Martha. Al verla tirarle pan viejo a las palomas me acerqué a ella y fuimos amigos el tiempo que duró la charla.

Recuerdo sus palabras, su voz temblorosa y su alegría al borde de la fragilidad.

—El otro día me hice amiga de un chico que cantaba en el coro municipal. Estuvimos dos horas escuchando su música con auriculares. Y la semana pasada una chica de tu edad se me sentó al lado y charlamos un buen rato. Antes de irse compró unas estampitas y me las dejó de recuerdo. Me largué a llorar y lo hago cada vez que lo cuento.

Recuerdo su ropa gastada y su olor a colonia. Lo que no logro recordar es su cara.

—Vengo seguido porque vivo cerca. Lástima que cerraron la cafetería. Ahí eran todos chicos muy amorosos y siempre charlábamos. Resulta que también cerraron el bar de la plaza Montenegro. Los domingos, para tomar un café, tengo que caminar hasta calle Pellegrini.

En aquel tiempo vivía en un monoambiente en San Lorenzo y San Martín. Abría la ventana y un paisaje de edificios me arrinconaba, así que salía lo más que podía. Los domingos la fauna del centro se daba a conocer y yo la contemplaba con cariño y atención. Era fácil distinguirla porque la vida comercial no existía.

Viejas y viejos salían a pasear. Sobre todo viejas. El almuerzo dominical era la actividad más importante de la semana y se vestían con su mejor ropa. Muchas de las que estaban prisioneras en los geriátricos de calle Mitre y de calle Laprida, y que en la semana se sentaban con la cara triste y el cuerpo mudo, casi ausentes, en los portales de cara a la calle, gozaban de salidas transitorias a cargo de algún familiar. Coquetas, peinadas y perfumadas, se movían sin apuro por calles que eran suyas, embellecidas en atuendos que fueron moda en otros tiempos y que en ellas tenían una mística y un sentido.

Uno de los sitios predilectos de estas señoras, y también el mío, era el Comedor Paraná, un bodegón ubicado en la esquina de Rioja y Laprida. Se trataba de una fonda tradicional, de un monumento a la buena comida casera, de un gran lugar. José, tras la muerte de su padre primero y luego, de su madre, era el que continuaba con el negocio familiar.

—Esta es una zona de gente grande. Acá tienen todo cerca. Algunos andan acompañados, otros solos y se las arreglan como pueden. Y bueno, vienen al comedor y me piden que por favor no modifique ni la carta ni la decoración –me dijo José cuando lo entrevisté.

Ahí no había música, y la televisión estaba baja o en silencio para que se pueda conversar. Matrimonios grandes, personas solitarias y mesas de amigas y amigos compartían el pan y la palabra. Atrapados en un mundo que ya no les prestaba atención, que los obligaba al silencio y a la derrota, las viejas y los viejos tenían en esas mesas un lugar para hablar, entre pares, de las cosas que conformaban el día a día de sus vidas.

No son sinceros los “espacios de contención” para los que van quedando afuera. “Dispositivos terapéuticos”, “espacios interdisciplinarios”, etc., etc. Palabras raras que la mayoría no entiende. Los espacios verdaderos se dan solos, y la sociedad se encarga de exterminarlos. En el segundo mes de pandemia, cuando en las calles no había absolutamente nadie, volvía de buscar un paquete en el correo y al pasar por el Paraná alcancé a ver, en su frente, el cartel de “Alquilo”. Era de esperarse. Pero yo no me lo esperaba. Como ocurre cuando cierran este tipo de lugares, muchos de los que allí se conocieron se dispersan y no se ven más. Actualmente, funciona allí una hamburguesería y cervecería artesanal.

Admirado, aún recuerdo la paciencia de película con la que José trataba a su clientela. Un mediodía de verano, al sentarse, un parroquiano se fue para atrás y se cayó con silla y todo. El ruido de su caída retumbó fuerte en todo el salón y luego se hizo un silencio de aquellos.

—Esta silla es una porquería, José ¡No te das cuenta que es una porquería! –le dijo el viejo, enojado, una vez que lo ayudamos a levantarse. Sus gritos, aunque furiosos, trataban de disimular la humillación que sentía. No hay caso: cuando alguien se cae, lo primero que hace es comprobar si otros lo ven. Cumplido este paso, repasa si tiene golpes o heridas. El viejo no se había hecho nada.

—Ahora se la cambio, Pedro, no se preocupe –dijo José.

—Y sí, traé otra… ¡No te das cuenta que ésta es una porquería! –siguió Pedro, más furibundo que antes.

Tranquilo, José le alcanzó la silla que estaba en la mesa de al lado. Sin decir ni mu volvió a la barra y nos miró con resignada complicidad. Todos sabíamos que la silla en cuestión estaba en perfecto estado.

Cámara de Diputados de Santa Fe
Sobre el autor:

Acerca de Santiago Beretta

Nació en Rosario en 1989. Es periodista y escritor. Desde 2010 dirige y edita la revista Apología, con veintidós números editados y cuya propuesta es contar la vida cotidiana de Rosario a partir de crónicas, aguafuertes, relatos y entrevistas. Participó con notas de actualidad, crónicas, relatos y entrevistas en La Capital, El Ciudadano, Rosario Express, De […]

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