Vilma Echeverría es una de las creadoras más singulares de la ciudad de Rosario. Su poética personal arrastra cuerpos, palabras y paisajes, obsesiones que como pequeñas claves configuran una manera de mirar y habitar el mundo. El “gesto tapera”: la poesía del cuerpo como trinchera, como revelación, como trampa. La casa como un lugar imaginario pero definitivo, la ficción como una casa. Los cielos de la diabla, la obra que estrenó antes de que estallara la pandemia y ahora repone en el Teatro de la Manzana es el territorio en el que todo aquello se pone en danza. Un lugar de apropiación y de afirmación que reivindica el margen, los terrores y las delicias de la llanura y sus cielos, la tierra apestada.

En la conversación, Vilma hace uso de la palabra y elabora así su manifiesto. Narra la genealogía del proyecto que la ocupa y se explaya sobre aquello a lo que llama “tapera”, un modo orgánico y residual de habitarse, de revelar la escena, de proyectar la casa, de mostrar el espacio y estar con los otros. Aunque vuelve una y otra vez a su infancia, aclara, sin embargo, que Los cielos de la diabla no es una obra autobiográfica: “No me interesa la autobiografía. Para mí se trata de la materialidad, es como si eso fuese el espacio, no lo temático. El personaje tiene un nombre, tiene una historia, pero lo que a mí me interesa es lo otro, me interesa que sean más fuertes el cielo y la tierra y no lo del medio, el cuentito, aunque tenga que estar. Alguna vez leí que una obra puede empezar en un espacio convencional o en un espacio sitiado. Yo siempre sentí que en todos los escenarios de mi vida hubo algo de campo de batalla, pero también mucha dignidad”, asegura.

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Diálogos en familia

La actriz, directora, docente y dramaturga nació y creció en Arequito, un pueblo al sur de la provincia de Santa Fe. Por allí resuenan también algunos ecos de la vida de la poeta y laquista Beatriz Vallejos, cuyo centenario se celebra este año como un evento ineludible de la agenda cultural. “Como toda poesía de vida y circunstancia, este es mi lenguaje, el único modo, el único símbolo con que aproximadamente me contesto a mí misma. Como toda tarea realizada por manos no expertas, tiene un eslabón abierto: “Si aparto lo que creo que sé, ¿qué queda de mí?”, declara y se pregunta Vallejos. La palabra de la poeta establece un paralelo perfecto con la de Vilma que, con una sensibilidad fuera de serie, se piensa mientras habla y va haciéndose con lo que tiene que es lo que supo, lo que sabe y lo que con humor, gracia e inteligencia improvisa. Sin dudas, el diálogo invisible que se establece entre sus imaginarios entrama, teje, hace familia.

Los cielos de la diabla surge de un taller que coordinaba Echeverría y al que asistían Pilar Sequeira y Danisa Vidosevich, oriundas también de Arequito. Con ellas compartió el proceso de germinación de la obra, que en un principio formaba parte de una propuesta titulada Tapera, monólogos del propio allá donde ponían el cuerpo Pilar, Danisa y Vilma. De aquel momento fundacional, la actriz cuenta: “En el taller, siempre nos pasaba que se generaba una intimidad nuestra en el medio de las escenas, nos reíamos mucho juntas. No había celos ni egos, era todo muy disfrutable y había mucho humor. Ahí empezaron a surgir las ‘escenas tapera’ y los personajes. Frente a la insistencia de los otros, que nos decían que teníamos que hacer algo juntas, nos empezamos a reunir y a charlar sobre ‘los desquicios’. En principio, ese era el tema: ‘las desquiciadas’, incluidas nuestras madres, nuestras tías, nosotras mismas; la fuerza de esas mujeres que quedaban por fuera del canon, de lo que el pueblo esperaba de ellas: las que iban a ver fútbol, las que participaban de las comisiones del club, las que iban en bicicleta a la hora en la que nadie andaba… Las tres somos de Arequito pero cuando éramos chicas vivíamos en barrios diferentes, así que era distinto el conocimiento de esas mujeres que aportaba cada una. Trabajábamos desde la fuerza-chisme, que es además muy divertida. Ahí empezaron a aparecer unos cuadernos en los que anotaba ideas, consignas, escenas, textos”.

Esos cuadernos a los que hace referencia Vilma atraviesan su vida entera y una podría imaginarlos un poco desordenados, apilados en una biblioteca, siguiendo capítulo a capítulo el recorrido de una existencia y la configuración de una poética. Con Sequeira y Vidosevich la dinámica no tardó en consolidarse: cada una de ellas trabajaba en su propio monólogo y ponía el cuerpo para las otras dos y para sí misma. De la articulación de los tres trabajos y del espacio en común surgió, finalmente, la obra que llevaron adelante las tres juntas.

El rojo

Uno de los monólogos de Tapera, el interpretado por Vilma, se llamaba La diabla: “Cuando lo ensayábamos a veces no pasaba nada y a veces era pasarlo y morirnos de la risa. Esta mujer, la que cuenta la historia, que ya desde entonces se llamaba Amanda, estaba vinculada a Independiente, el equipo de fútbol, y en un momento se empezó a agrandar”, recuerda. Amanda, la protagonista de Los cielos de la diabla, narra su historia y habita el tiempo de la escena el día en el que espera a que lleguen para entrevistarla. Ella es la encargada de lavar –con pasión y una dedicación de artesana– las camisetas de los jugadores de la selección y lleva adelante su tarea como un acto de entrega a la causa.

“Mi papá era muy fanático de Independiente y, cuando era chica, él me enseñaba la formación para que me la aprendiera de memoria. Yo retenía y repetía los apellidos con mucha facilidad, era como un don. Para él, el fútbol era un lugar de mucha identidad y, además, en Independiente había un jugador arequitense que, cuando volvía al pueblo, era como una estrella. Había ahí una gran sensación de pertenencia. Además, mi papá era una persona muy respetada a pesar de las carencias. Venía de una familia de muchos hermanos. Entre ellos, Celedonio, mi tío, que se fue para ser piloto de avión y terminó trabajando en Aerolíneas Argentinas. A mí me decían, cuando dejé Arequito, que estaba siguiendo sus pasos. Cuando era chica, cada vez que mirábamos al cielo y pasaba un avión decíamos que era el tío Celedonio. Independiente, para mi papá, era como el tío Celedonio. Mientras el hermano andaba en el cielo con sus aviones, él andaba en la tierra con sus pasiones: Independiente y el tango”, comenta Echeverría.

Fotografía de Viveka Feijoo Huzinic

Otras vidas

Vilma se expresa a través de imágenes que le dan volumen a lo que dice, como si sus palabras tuvieran la fuerza de la teletransportación. En este sentido, reflexionar sobre los cuerpos y los límites que configuran el espacio escénico es otro aspecto fundante de su manera de pensar lo teatral. Esto no solo tiene que ver con la disposición de objetos y materiales en el lugar físico sino con aquellos paisajes, texturas, colores, sueños y dolores que lleva siempre con ella, como una casa a cuestas: “Un día mi papá trajo un libro de contabilidad, de esos grandotes y de hojas duras. Cuando lo ví no lo podía creer, quedé fascinada. Me lo apropié y me armé en el camino de mi casa a la escuela una amiga imaginaria, una especie de alter ego. En el cuaderno de tapa dura escribía su diario, dibujaba su casa, anotaba cosas sobre esa otra mujer que quería ser. Ella era una chica hija de una directora de escuela. Yo miraba las otras vidas y tomaba de ellas lo que quería para mí”, cuenta.

En su infancia, en el pueblo, según recuerda, estaba su casa y al lado la de sus abuelos. En el medio, dos grandes patios. Uno en el que su abuelo botellero acumulaba cajones, botellas, muebles viejos, trastos que ella misma y su abuela se encargaban de acomodar en el gallinero, y otro en el que el padre tenía una huerta donde hacía crecer lo que fuera con su mano verde. También estaba la madre, la insondable presencia femenina como centro aleatorio de todo espacio. Allí la hibridez, el resto, la casa a medias, la tapera, los elementos de la naturaleza, la sutileza en el caos, la necesidad de habitar, la comodidad y la curiosidad puestas en el sinsentido –o en el sentido más elevado– de un tiempo, una presencia, un lugar y nada más, no hay nada que contar. Todos ellos aspectos que Los cielos de la diabla retoma y mezcla y resignifica incesantemente.

Amanda, la protagonista de la obra que se presenta todos los sábados de abril y mayo y que participó, además, de la Fiesta Provincial del Teatro saliendo seleccionada para representar a Santa Fe en la instancia nacional, trae la tierra, los cielos y su pasión por el Rojo de la historia familiar de la actriz que la interpreta, y hereda lo de diabla de la cabellera colorada de Vilma, que cuando era chica no pasaba desapercibida y deseaba con todas sus fuerzas cambiar de color para borrar la diferencia: “Tenía una obsesión con la piel. Leía la Radiolandia cuando escribían dermatólogas para ver qué había que hacer para cambiársela”, comparte como una confidencia. Quién le hubiese dicho a la Vilma niña que la Vilma adulta encontraría un método más seguro, más efectivo y, sin duda alguna, más maravilloso que cualquier tratamiento, crema o cirugía: convertirse en una actriz que pisa la escena y funda, construye con su presencia cuerpo, palabra y espacio con un único gesto: el gesto tapera, su propia poética.

Los cielos de la diabla se pone en escena todos los sábados de abril y mayo en el Teatro de la Manzana (San Juan 1950, Rosario) a las 21
Fotografía de portada de esta entrada de Julieta García
Ficha técnica de la obra:
Escenografía: Florencia Degli Uomini – Ivana Molina
Vestuario y Asistencia General: Ivana Molina
Iluminación: Florencia Degli Uomini
Objetos Escénicos: Fernando Martin
Composición Musical: Vanesa Baccelliere
Fotografía: Gustavo Frittegotto
Julieta García
Viveka Feijoó Huzinich
Filmación Ensayo a cielo abierto: Rubén Plataneo
Gráfica: Ciro Covacevich
Tutorías en Dirección y Dramaturgia: Elena Guillén y Gustavo Guirado
Dirección y Producción General: Vilma Echeverría
conectada
Sobre el autor:

Acerca de Sol Pierobón

Nació y creció en Villa Eloísa, un pequeño pueblo al sur de la provincia de Santa Fe. Es actriz y profesora de Lengua y Literatura. Desde hace ya muchos años, reside en la ciudad de Rosario.

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