Hace unos días volví de Ushuaia. Me quedé una semana en un hotel que daba al mar y a las montañas. Vine para La Noche de las Ideas(1), para presentar un proyecto, La Promesa del Mar(2), y fantaseé con quedarme, como hago casi siempre que voy a algún lado nuevo, más que todo si estoy en un momento de crisis en el lugar donde estoy. 

Hice toda la película en mi cabeza. Anotaría a mi hijo en el colegio polimodal para que empiece la secundaria, y en el club Afaysin para que aprenda a navegar. Daría talleres y charlas por zoom, escribiría textos por encargo, haría traducciones, trabajaría en un futuro libro. Con estas actividades virtuales podría vivir acá y quedarme en mi habitación, mirando el mar y las montañas, todo el día si lo quisiera. De hecho, es lo que hago prácticamente durante los primeros días en Ushuaia. 

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A mediados de los 70 Kurt Vonnegut imaginó unos EEUU del futuro diezmados por una plaga y a unos chinos que habían ganado la contienda global reduciéndose al tamaño de una partícula.

Salgo a pasear, a dar vueltas por la ciudad y los alrededores, a respirar aire fresco y buscar provisiones. Ciertas calles llevan nombres de naufragios, me parece novelesco. Ni bien llueve un poco fuerte o siento frío, vuelvo a mi habitación. Dispuse los muebles de tal manera que la transformé en una especie de refugio-taller-cueva donde podía escribir, dibujar, comer y tomar vino (descubro que el vino en latita no está tan mal y mientras lo saboreo, espero que donde esté mi abuelo materno no me esté viendo, o caería muerto por segunda vez) mirando por la ventana. Mi vista está llena de barcos, de todos los tamaños, optimists junto a enormes cruceros, la embarcación más genuina rozando la más contaminante.

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Un día quedo con A., quién me ayudaría con el registro de La Promesa del Mar, en el bar Ramos Generales. Ella me espera en una mesa ubicada en una salita medio escondida, detrás de la barra, al final de un pasillo. Parece que estamos tomando la merienda en la casa de alguien. Por cierto, el apellido de la familia que posee ese bar –una de las primeras de la ciudad– es el mismo que el suyo, extraña casualidad porque ella justo decidió irse de Buenos Aires e instalarse por un tiempo indefinido acá, en Ushuaia. Su emoción, sus dudas, su ansiedad, me recuerdan ese estado que sentí cuando me instalé en Rosario, trece años atrás, sin saber si estaría un mes, un año o una década. Le dije lo que creía, que irse es siempre huir. Unas personas saben resolver sus problemas enfrentándolos, quedándose donde pertenecen, pero para otras solo queda la huida para seguir adelante y por ahí reinventarse.

Este funcionamiento trae sus momentos de excitación, y sus pozos de angustia. Hay que aprender a convivir con la melancolía, saber alejarla, tener estrategias para no caer. Hacerse cargo es la meta, pero lleva tiempo, es difícil. Justamente en el hotel en Ushuaia estoy leyendo una encuesta familiar de Virginie Linahrt(3) que me regaló mi madre y, en un momento, cuando ella misma tiene la tentación de instalarse en Nueva York dice: “Lxs que se exilian por su propia voluntad, o sea, que no se van de su lugar natal por guerra, hambre, persecución o lo que sea de este estilo, son siempre grandes heridos de la familia”. “Herido de la familia” entendido como “herido de la pierna”. Recibo esta frase como un golpe en el corazón, y le doy vueltas hasta dormirme.

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Otro día visito el Museo del Presidio. Caminar esos pasillos, entrar en las celdas, leer los extensos textos sobre la historia de este lugar trajo a la mente algo olvidado: la visita al campo de concentración de Buchenwald a principios de los 90, en el transcurso de un viaje escolar a Alemania, y recuerdo la intensidad de nuestro guía, quien había sido niño durante la segunda guerra mundial, habitante del pueblo más cercano, y quien de adulto dedicaría su vida entera a mantener viva la memoria y compensar con su compromiso la negación de los habitantes, pero más allá de toda una sociedad y un mundo que miraban en silencio adentrarse los trenes en el bosque profundo. 

Justamente el ejemplo de alguien que no huyó sino que quedó toda su vida fiel en su lugar natal, recordando en voz alta cada día, lo peor de lo peor. Condiciones de vida inhumanas, injusticias, malos tratos, asuntos turbios y ocultos, la historia de la cárcel y de sus  presos se desarrolla de sala en sala, de texto en texto, con mil detalles, fotografías, puestas en escenas y reconstituciones. También hay una sala llena de maquetas de naufragios. Es la otra cara de la ciudad, la que esconde detrás de su paisaje de ensueño, de su aire fresco, de sus casitas de dibujos animados. Seguramente todos los lugares tienen varias facetas, no pienso que acá sea peor que en otra parte, simplemente está esa sensación de que la historia de los últimos siglos está un poco más concentrada tal vez.

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Durante la Noche de las Ideas asistí a una conferencia de Agnés Voltz, especialista francesa en Charcot. Contaba de sus expediciones en el “Pourquoi pas” (¿Por qué no?), su barco, hasta la Antártida. Salió de Le Havre, mi ciudad natal, y fue emocionante ver esas imágenes proyectadas acá. Otros recuerdos surgen al ver la masa de gente amontonada para ver el barco zarpar. Nosotrxs también íbamos en familia a despedirnos de los famosos transatlánticos: una tradición portuaria. Si la huida se transforma en exploración, entonces se vuelve una expedición y quizás de esta manera se encuentre un poco de paz. 

A. lo sabe intuitivamente porque vino acá con el proyecto de relevar y dibujar las flores de la zona. En una imagen de la conferencia de Agnés se ve a Charcot y a alguien de su tripulación tomando una copa de champagne en la nieve. De una punta del mundo a la otra (en Le Havre tenemos un pedazo alejado de playa que toda la población llama “el fin del mundo” y donde pasa todo tipo de cosas por las noches) quizás estoy estos días en Ushuaia también para explorar una parte de mi que por ahora no conozco.

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Estas palabras “fin del mundo” que se asocian a Ushuaia resuenan de manera más bien terrible en 2022. “¿Habrá algún día un gran juicio estilo Núremberg para condenar a los que se negaron a hacer algo (multinacionales, gobiernos, poderosos diversos, y en general los que tienen el mando del planeta) cuando todavía lo podían hacer pero no se hicieron cargo? ¿Tendrá sentido si justamente es demasiado tarde? ¿Tiene sentido ir a la escuela si se termina el mundo?”, pregunta Greta Thunberg cada viernes en el paro que inició el 20 de agosto de 2018. En una lancha voy, con el grupo de artistas invitadas al mismo evento que yo, hasta una isla que está en el Canal de Beagle, que parece una roca marrón pero que contiene decenas de especies si unx mira de cerca. No hay que pisarlas, algunas crecen un milímetro al año. Nos quedamos un rato en esta playita donde venían a pescar unas personas y a hacer asados de lobos de mar durante unos siete mil años antes de que los encontraran los españoles y se termine su mundo. Con el tiempo los restos de huesos y cenizas formaron una colina. Se viene una tormenta y de repente llueve mucho. Hay que volver rápido. 

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A veces instalarse en otro lado es, más allá de huir y explorar, simplemente no volver. La mayoría de nosotrxs pensamos seguramente durante vacaciones: ¿Y si no volvemos? Hay lugares a los cuales no tenemos nunca ganas de volver. A las tareas domésticas, a la carga mental, a un trabajo que no nos gusta, a una economía precaria, a una relación que nos hace sentir mal, a una depresión, a un sueño roto, a un sistema capitalista que nos aprieta y nos hace más o menos al final sentir más bien infelices. También pienso en cierto eslogan feminista que se leía en las paredes de Argentina y después de toda América Latina: “A las perchas no volvemos”. Y en algo más: eso de no volver ¿no era acaso lo decidido tácitamente durante el primer confinamiento en 2020? No volveríamos a ese mundo que nos había propulsado a este desastre. Se escribió mucho sobre cómo imaginar el mundo del después, cómo sería esta sociedad renovada, lista para aprender de sus errores, para bajar un cambio, un mundo definitivamente diferente, en cuanto a su relación al tiempo, a los afectos, a las personas invisibilizadas que tanto necesitamos, a los animales, al planeta. Y un día nos dimos cuenta que habíamos vuelto al mundo de antes, hasta seguramente bastante peor porque el cambio climático había avanzando, y con él todas sus nefastas consecuencias. En realidad, en lugar de estar más cerca de una forma de vida mejor para todxs, nos hemos acercado un poco más al fin del mundo. Según el reporte OXFAM, durante la pandemia los diez hombres más ricos duplicaron sus fortunas. Durante este verano hubo más incendios que nunca. En estos días se puede leer por las redes que se desmantelará un puente histórico de Rotterdam para que el millonario Jeff Bezos pueda pasar con su superyate.

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El último día Malala, artista quien vive ahora en Buenos Aires pero es originaria de Río Grande –donde tiene el proyecto de cine Caja Negra– nos lleva con un auto prestado, al mismo grupito, hasta el Lago Escondido y el Lago Magnino o Kami. Atravesamos kilómetros y kilómetros de bosques nativos, nos maravillamos con los paisajes. Vamos hasta donde termina la Ruta 40 y nos emocionamos con la belleza de la Tierra del Fuego. Ahí estoy lejos. Me siento bien en compañía de estas nuevas amigas, argentinas y francesas, algunas viviendo acá, otras de paso. En el auto, de regreso a la ciudad, sentada atrás, me doy cuenta que tengo muchas ganas de llorar y no sé bien porqué. ¿Será esta sensación de bienestar con las chicas? ¿O la fuerza de la decisión de no volver que se hace sentir de nuevo? ¿Serán las lágrimas de todos los fantasmas del fin del mundo, los Selknam, los presos y todos los náufragos?

En el Club de velas Alfaysin, mientras preparaba la acción de la Promesa del mar, conocí a una mujer francesa. Me contó que había llegado a Ushuaia por el mar con su novio en marzo 2020 para ir a la Antártida, y que quedó atrapada en un principio por la pandemia. En el medio de todo esto se separó, su pareja se volvió a Francia pero ella se quedó acá viviendo en su barco. No se movió más. “¿Y qué pensás hacer?”, le pregunto. “No sé. Estoy perdida”, contesta. Me siento mal por haberle preguntado algo así. Estar perdida, no saber adónde ir, huir de las preguntas sobre mi situación, es algo que conozco demasiado bien. Quizás es lo que me pasa en el auto, de repente, yo que pensaba tener mi vida más resuelta que antes, me doy cuenta que no es así, y que esto es más allá de mi. Entonces para no llorar en el auto delante de las chicas, pienso en mi vuelta, la misma noche, por el avión de las 22.00 a Rosario, en las ganas de ver a mi hijo, de regalarle chocolate y una huevera (somos lxs dos fans del huevo pasado por agua) con pingüinos. Quiero volver, pero volver para tratar de cambiar todo lo que no va en mi vida y aprender a hacerme cargo, por fin. ¿Será eso lo que me enseñó Ushuaia? Es lo que voy a seguir pensando mientras hoy y acá en Rosario se levanta el viento. 

 

1.La noche de las ideas es un festival internacional organizado por el Instituto Francés y en Argentina con la colaboración de la Fundación Medife. Este año el tema era “Reconstruir lo común”. Se desarrolló el jueves 26 y viernes 27 de febrero en un montón de ciudades del mundo y es el punto de partida de esta ficción.
2. Una acción con niñxs navegando en esos veleritos llamados “optimists” que voy moviendo por diferentes puntos del mundo (tampoco tantos, pero unos cuantos ya) desde 2010.
3.Virginie Linhart, Le jour où mon père s’est tu, Points, 2018,  / Virginie Linhart, L’effet maternel, Points, 2020
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Sobre el autor:

Acerca de Pauline Fondevila

Nació en Le Havre, Francia. Es artista, escritora y parte de la banda Perro Fantasma en la cual dibuja, canta y escribe las letras. Publicó 2 novelas breves con la editorial Iván Rosado

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