“El elogio incondicional de la memoria y la condena ritual del olvido acaban siendo, a su vez, problemáticos”. 
Tzvetan Todorov

En medio de este calendario electoral que nos tiene a trote, con la dificultad de entender quién representa qué, entre lo que se enuncia y lo que no (porque el discurso no está hecho solo de palabras), a contrapelo de un discurso cada vez más homogeneizante de quienes nos representan, intentamos abrir y dar nuestros propios debates. 

Pese a la resistencia de la clase política que sigue atrapada en la chicana y en las mutuas acusaciones, podemos igualmente pensar qué se nos pone en juego en estas elecciones a intendente en la ciudad de Rosario. Pareciera que lo que transmiten los candidatos no tiene solamente que ver con un clima social, sino también con una encerrona propia de una clase política que es ante todo conservadora y busca cómo acomodarse ante los avatares electorales. Lo contrario es la excepción.  

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Si de algo sirve la democracia es para que importemos tanto gobernantes como gobernados. Sin una de las partes no hay pacto posible. En este sentido, propongo desde tres momentos puntuales de la historia reciente, tres fotos de una memoria emotiva y política de nuestra ciudad, en un intento por rescatar tradiciones, herencias y posibles trazos para un futuro que ya llegó. 

 

Todos los perfumes, todo aquel lugar

Cooperativa “Por un futuro mejor”, Villa La Lata, Rosario. 2001.

Empezaban los 2000, Rosario ardía y aún no había terminado el secundario. Por esos años iba con otras compañeras de la escuela a Villa La Lata –Barrio Corrientes– a participar de un espacio de apoyo escolar. La zona era catalogada como una de las más violentas de la ciudad, nada muy diferente a lo que sucede por estos días en muchos otros barrios de Rosario. 

El año 2001 cambió radicalmente nuestras prácticas, empezamos a vincularnos con una cooperativa que en ese momento funcionaba como espacio para las personas beneficiarias del Plan Trabajar*. Para la “coope”, como la llamábamos cariñosamente, el 2001 también cambió radicalmente su quehacer. Pasó a ser un comedor que proveía diariamente la cena y el almuerzo a las familias del barrio. Nosotras nos sumamos a esa dinámica. Las mujeres nos miraban con desconfianza aunque nos asignaban rápidamente tareas sencillas que tomábamos seriamente.  

En medio de esa debacle social un día se abrió una oficina del Servicio Público de la Vivienda de la Municipalidad de Rosario, enclavada en el corazón del barrio. Eran los inicios del Programa Rosario Hábitat, una política de urbanización de asentamientos irregulares. Recuerdo esos años y rescato la potencia de la iniciativa estatal –tan discutida por estos días– aún en un momento de profunda crisis.

La memoria que comparto es la de una adolescente que poco entendía, pero que vivió de cerca las asambleas de vecinas y vecinos, los conflictos en torno a los frentistas y quienes vivían en los pasillos y serían finalmente relocalizados, la experiencia de las chicas y chicos que iban al viejo club 9 de julio que terminó por convertirse en el polideportivo municipal del barrio. Con luces y sombras en medio de una crisis inédita en nuestro país  –con más de nueve víctimas fatales en nuestra ciudad, entre ellas el militante Claudio Pocho Lepratti– el Estado local daba pasos certeros. Esa vocación estatal fue impregnando una ciudad como la nuestra. 

 

Pocas garantías hay para los dos

Centro cultural El Obrador, Rosario. Foto tomada por el grupo de jóvenes del taller de fotografía del CCB 23 de Febrero que formó parte de la muestra “Recorridos”, 2014.

En 2010 empecé a trabajar para el Municipio, para ese Estado que había vivido como ciudadana, como observadora, como activista. Ahora era parte de ese engranaje. Por varios años trabajé en diferentes barrios de la ciudad. El Mangrullo, Villa Banana, Santa Lucía, Barrio Rouillon. El mandato era hacer lazo con los jóvenes de esos territorios que estaban vinculados a circuitos de violencia, comercialización de drogas ilegalizadas. Jóvenes que dividían su tiempo entre ir al Centro de Convivencia Barrial y trabajar para esos circuitos ligados a la delincuencia, donde encontraban en principio un modo de sobrevivir pero también sobre todo un espacio al cual pertenecer. Un código de identidad. 

El trabajo era cuerpo a cuerpo, casa a casa. Ya en ese momento advertíamos que lo que podíamos ofrecer como Estado en esos territorios no estaba a la altura de las necesidades de esos grupos. Sin embargo, los jóvenes sostenían esas propuestas, con el gesto de expectativa que nos da una promesa, con un atisbo de esperanza a ver si la cosa tomaba forma y finalmente se podía terminar la escuela, conseguir una changa, salir adelante. 

Para mi era una sorpresa diaria ver cómo las pibas y los pibes llegaban a la hora pautada, el día acordado, para ir al aula radial, a la capacitación de herrería, al taller de huerta. Era un hallazgo diario confirmar ese pacto que se cumplía, aunque hubiera que salir a buscar a algunos. En un escenario en el que no había con qué planificar el día siguiente de un montón de vidas que vivían con menos de lo justo. 

Entre mis compañeras y compañeros de trabajo las conversaciones eran infinitas. Charlábamos del barrio a la parada de colectivo, de una casa a la otra, de una reunión a una  asamblea, con llamados telefónicos y mails larguísimos. La pregunta sobre cómo hacer lazos nos perseguía porque no había fórmulas ni pautas claras, y los recursos eran precarios. 

Mesas interbarriales, mesas de articulación territorial, mesas interinstitucionales. Una y otra vez los diálogos giraban en torno a cómo podíamos invitarlos, convocarlos. En el transcurso las muertes crecían, había que gestionar incluso los velorios, los entierros. El Estado no renunciaba pero se iba perdiendo en la capacidad de escucha, y eso se evidenciaba en la dificultad de robustecer las propuestas con más presupuesto, con más personal. Con más decisión. Ya no existen lazos, alguien hizo track. 

En paralelo la ciudad seguía creciendo como exponente de una cultura pública activa, como referente en el campo de la salud pública, con experiencia de deliberación y participación ciudadana. Lo mismo sucedía en el contexto nacional: el Estado crecía y la promesa parecía que iba a cumplirse. Los años dorados del kirchnerismo nos hacían sentir en sintonía con una ciudad que, con otro signo político, crecía también en ese sentido. Las fuerzas progresistas lograban ponderar al Estado como el verdadero articulador de la vida y de una vida que valía la pena vivir. 

Mientras tanto, en ese otro mundo, el de los barrios, la vida se iba depreciando cada vez más. La violencia crecía y el Estado que tenía sentido para algunos sectores, dejaba de tenerlo para otros. Mi modo oscilante de vivir entre una y otra cara de una misma realidad iba tejiendo algunas ideas que con el tiempo fueron encontrando sentido. O intentan hacerlo. 

Todas las miserias y toda la verdad

Foto tomada por los jóvenes del taller de fotografía del Centro de Convivencia Barrial 23 de febrero en un paseo realizado al Monumento, 2015.

La memoria de esos años hoy nos interpela, incluso involuntariamente. Me recuerda al tiempo de los intentos (como dice la canción) y me deja el sabor amargo de la distancia que fue creciendo hasta hoy. Una ciudad que parece inabordable por violenta, imposible de gestionar porque los demás no hacen su parte. La ciudad de la resignación, traicionando incluso su propia historia, parece cristalizada en lo que fue y no logra sin embargo nacer de otra forma. 

Hay una herencia que parecen evocar ambos candidatos a intendente, uno por pertenencia a un espacio político –el actual intendente–, y otro, como referente de un espacio que se diferencia de aquella gestión pero que la evoca como el ciudadano que creció en esa Rosario que ya no es lo que era y, como dice Ceci de Michele, parece haber acertado con la consigna de que queremos vivir sin miedo. Pero ¿cómo hacemos?

La posibilidad de que la memoria colectiva emerja está relacionada con el pasaje que va de lo singular a lo plural. Y lo que permite esa operación es la conciencia histórica, entendida como el producto de la dialéctica entre la experiencia y la espera. Este intercambio se da en el presente vivo. Provoca un lazo entre el pasado reciente y el futuro inminente como dice Ricoeur. La conciencia histórica se relaciona con la condición humana, en palabras de Hannah Arendt, con la historicidad de los sujetos.

¿Qué recuperamos de esa memoria? Como dice César Gonzalez, cuando el Estado no está presente cambia la autoestima en el aire.  Y hay algo de esa tradición política que, con más certeza o con más tibieza, hoy nos interpela. Ni el elogio total a lo que fuimos, ni la condena absoluta del olvido. Una ciudad, como alguien que no deja de buscarse, hace memoria, se pregunta cuál es su parte y construye su futuro. 

 

*El Plan Trabajar  fue lanzado en 1994 por Carlos Menem, con el objetivo de complementar la privatización masiva de empresas públicas en el país. 
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Sobre el autor:

Acerca de Florencia Bottazzi

Es politóloga por la UNR y Magíster en Derechos Humanos y Democracia en América Latina y El Caribe por la UNSAM. Docente, investiga y trabaja en temas de infancias, juventudes, género y derechos humanos. Es co-fundadora de Quepa Laboratorio Social, espacio autogestivo de investigación y aprendizaje colaborativo e integrante de la red de politólogas #NoSinMujeres

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