“Una potencia del pensamiento, un rincón del deseo, con suerte, un desacato de la imaginación e incluso, una disposición para la acción. En cualquier caso la esquirla intrépida de un otro-mundo. Fantasear como una manera de desafiar lo aprendido, como un ejercicio de insumisión imaginativa”.  
Vir Cano 

Estos días se sienten en el cuerpo. Ansiedades, insomnios detonados por preocupaciones, angustias. El cuerpo, esa patria que también pelea por su soberanía, está en alerta. Controlado hasta que se vuelve indómito, anestesiado hasta que desea, dice Alexandra Kohan. Hay mucho en juego este 22 de octubre y, sin embargo, para muchas y muchos hay muy poco en juego y casi nada que perder. ¿Cómo se sostiene este cuerpo colectivo? ¿Cómo superamos la idea de la pérdida fatal –sin desconocerla y sobre todo advierténdola– por la promesa de la democracia

Imaginar un nuevo escenario donde la democracia deje de ser un argumento –ciertamente puesto en crisis– y pase a ser un proyecto que remedie los achaques de este cuerpo, puede ser un camino posible. Imaginar como una actividad consciente, ligada a una práctica, que no se asienta sobre un saber previo, sino que crea uno nuevo(1). 

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La construcción del enemigo imaginario

El debate en torno a la seguridad en estas elecciones siguió una lógica bélica que apenas si abordó la genealogía del proceso.

Este domingo quizás podamos ir a las urnas con el poder de la imaginación y con la exigencia de una praxis que busque encarnar un nuevo proyecto colectivo y democrático. Con deseo y vigilancia. 

Derecha sin tapujos

La apuesta libertaria es eliminar casi todo atisbo de Estado. Algo de esto podemos ver en la premonitoria película Puan, un pequeño ejemplo de lo que puede pasar en las universidades públicas. Y podríamos hacer así una película sobre la salud, las jubilaciones, las escuelas, aunque no creo que sea con la genialidad con la que lo hicieron María Alché y Benjamín Naishtat. 

Estos discursos buscan achicar el Estado –que sabemos que no es lo mismo que mejorarlo– pero también pretenden achicar la democracia, debilitándola como proyecto colectivo. 

Ahora, la antidemocracia (más que la antipolítica) es un elemento de la contienda electoral, forma parte del juego democrático aún queriendo anularlo. Los discursos desestabilizadores y antidemocráticos son posibles sin la necesidad de medios ocultos, sino planteados abiertamente. Cuando antes estas maniobras se hacían de forma encubierta –ese “Estado en las sombras”–,  hoy el planteo es público y forma parte del discurso electoral. 

La corrida cambiaria y el llamado abierto de Milei a desprendernos de los pesos, a los que calificó de “excremento”, es un crimen económico ligado a la especulación financiera, tal como plantea Pedro Biscay. El golpe es directo y su sentido es profundamente político e histórico. Busca enraizar la dependencia económica con Estados Unidos, la pérdida de la soberanía. Maurizio Lazzarato califica al ultraliberalismo de Javier Milei como uno de los más peligrosos. Busca una “hipercentralización de la economía y del poder a través de una moneda que ya no tenga como sujeto al Estado argentino”. Libertad sí, pero no para nosotres. Seguimos siendo colonia de la gallina de arriba, cantaba Leon Gieco a fines de los noventa (2). 

Estos planteos emergen sin resguardo alguno por la institucionalidad y por lo común. Tarea que debería ser ineludible para cualquier candidato que pretenda dirigir los destinos de una nación a través del voto popular. 

Una nueva praxis política 

En el marco de esta contienda, el cuerpo recuerda. Hace memoria. Octubre nos trae otro aniversario de aquella gesta popular del 17 que marcó para siempre los sueños y sobre todo las vidas de las y los argentinos. Y parece que el desafío es el de volver a poner las patas en la fuente. Volver a darle vida a la democracia y asumirla como una apuesta imaginaria. Un nuevo pacto social. Octubre nos trae la memoria de las conquistas históricas de un pueblo y, al mismo tiempo, nos recuerda lo lejos que quedaron aquellas promesas. 

Así, dejando de lado el letargo de los meses de campaña, pienso que estos días son para nosotres. Para decir acá estoy. Para que nuestra tarea cívica pueda ir más allá del ejercicio del voto y en la balanza los malestares, las deudas y los deseos. Con la advertencia sobre los efectos de un salto al vacío que, lejos de ser un salto creativo, en manos de las fuerzas libertarias se propone como un franco retroceso. 

Massa es hijo de la debacle, no podemos negarlo. Y es al mismo tiempo la herramienta para frenar democráticamente a la ultraderecha en el país. Su propuesta, con una preocupación por la institucionalidad, está ligada a la producción y a la generación de empleo. Educación y salud pública. Sabiendo de donde viene logró instalar cierto horizonte. El desafío quizás sea (para sus simpatizantes, para los dudosos, para los que no quieren a la derecha pero no “les cierra” Massa), el de pensar un continuum del voto. Una democracia que no se agote en la elección, sino que pueda contener una vigilancia despierta sobre eso que irá aconteciendo. Un cuerpo no sólo en estado de alerta, sino sobre todo activo. Un cuerpo presente. 

Bullrich fue posicionada por los medios de comunicación como “superándose a ella misma” tras el último debate presidencial. En una contienda donde lo que importa es seducir a nuevos votantes parece que la batalla es contra ella misma. Algunos la perciben como una posible salida, aunque su discurso es duro y tiene un eje inamovible: la defensa de las fuerzas de seguridad. No hay atisbos de autocrítica sobre la gestión que la tuvo como ministra de Seguridad (2015- 2019). Ella también es parte de la debacle. En este caso vale la pena preguntarse, entre quienes dudan si poner su voto en la urna o no, si lo que busca es fortalecer la democracia –ganar en derechos– o bien mantener una estabilidad para ciertos polos de poder (mercado y fuerzas de seguridad).  

Ante este escenario la democracia nos está llamando, nos reclama. Y esta vez, más que a la clase política, quizás nos esté convocando a nosotres, a la ciudadanía a pie. Para que activemos nuestro poder de incidencia, que no renunciemos y recuperemos eso de la fuente y las patas. 

La voluntad y el cuerpo 

Pese al establishment político, a la espectacularización de estas elecciones y a la lejanía que venimos padeciendo de las fuerzas que se autodenominan progresistas, lo que nos queda es la voluntad. En una relectura actual del clásico compendio de experiencias históricas de la militancia política argentina, se vuelve a sentir que es la voluntad casi lo único que nos mantiene en pie. Y quizás esto nos recuerde esa condición sine qua non de la democracia. La expresión de la voluntad mediante el voto. Y sí, así de pequeño, así de fragmentario, pero así de potente en la capacidad de volverse voluntad colectiva. 

Siento en el cuerpo el fin de una época, así como llamamos a esta columna que reúne conversaciones e ideas sobre estas elecciones. Más que en un nivel analítico, la sensación es corpórea, orgánica. “El cuerpo no cesa en su insistencia de hacerse presente. Como una visita agradable a veces, pero otras como un intruso, el cuerpo se precipita entre lo soportable y lo insoportable y en ese entre escribe, en una lengua imprevisible, su errancia”(3). Este intersticio, esta incertidumbre de no saber, puede ser un momento propicio para volver a imaginarnos un otro porvenir. 

Estas elecciones nos recuerdan que somos un cuerpo colectivo. Con todo eso que somos. Con lo que dejamos que suceda, con lo que no advertimos, con lo que no pudimos conversar. Somos este cuerpo colectivo ausente hasta que dice acá estoy.

Quizás estas elecciones que nos parten en pedazos y nos obligan a juntarnos hacen de nosotres un milagro colectivo. De cualquier manera, antes y después del 22 la tarea seguirá siendo la misma: reconstruir este cuerpo. 

 

 

(1) Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad (primera publicación 1975, Fabula Tusquets editores, 2013).
(2) Referencia a la canción El embudo que se hizo conocida en 1997, cuando León Gieco la incluyó en su disco Orozco. 
(3)  Alexandra Kohan. Un cuerpo al fin. Ciudad de Buenos Aires. Paidós. 2022. 
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Sobre el autor:

Acerca de Florencia Bottazzi

Es politóloga por la UNR y Magíster en Derechos Humanos y Democracia en América Latina y El Caribe por la UNSAM. Docente, investiga y trabaja en temas de infancias, juventudes, género y derechos humanos. Es co-fundadora de Quepa Laboratorio Social, espacio autogestivo de investigación y aprendizaje colaborativo e integrante de la red de politólogas #NoSinMujeres

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