Cuando a tu papá le dan el utilitario de la empresa, te dan permiso para manejar el auto. Ya tenés edad para sacar el registro. Tu mamá le pide al tío Damián que le recomiende una escuela de conductores. La idea te parece ridícula pero preferís eso a no usar el auto. Damián le promete llevarte a la academia de un conocido. 

La tarde en que pasa a buscarte le hace un chiste a tu mamá: dice que te va a enseñar él mismo en un pueblo, ahí se aprende mejor. Ella deja lo que está haciendo para mirarlo a los ojos y decirle que ni se le ocurra. Él larga una carcajada y cuando se da vuelta te guiña un ojo. No entendés si el chiste es hacerla enojar o revelar el verdadero plan. 

Te puede interesar:

La experiencia del doble

Un alerta de Google disparó la inquietud sobre los homónimos del autor: un criminal, un futbolista, un profesor tejano comparten su nombre propio: se llaman igual y son completamente distintos

En el auto, escuchan la música que él cree que te gusta. Te das cuenta porque te mira buscando aprobación. Piensa que escuchás pop. Querés hablarle de música y probarle que no sos una estúpida pero no confiás tanto en él. Te parece un tipo misterioso. Es canchero y te trata bien pero hay algo de él que no te cierra. Tampoco entendés su insistencia en parecer más joven. Creés que es una forma de no hacerse cargo de su vida. Le devolvés una sonrisa gastada y tarareás la canción. Preferís evitar la charla: vos también podés ser misteriosa. 

Al tercer tema, están llegando a Circunvalación. Damián prende un cigarrillo y te lo pasa. Lo rechazás con alguna excusa. No le decís que no fumás. Toma el primer desvío en dirección a la autopista. Estás por preguntarle a dónde van cuando aminora la marcha y detiene el auto en la banquina. Se desabrocha el cinturón con el pucho en la boca. Admirás la forma en que el cigarrillo sigue sus movimientos sin volcar ceniza. Nada mejor que una buena autopista para aprende a manejar, dice como quien festeja el buen clima para hacer un asado. Baja y te abre la puerta invitándote a bajar. Los autos pasan tan rápido que no llegás a distinguir los modelos. Sólo ráfagas de colores que te chupan y te expulsan como un imán intermitente. Tenés miedo y poco tiempo para reaccionar: Damián te toma de los hombros y te acerca hasta el asiento del conductor. Con el pucho todavía en la boca, te sienta y te explica para qué sirven los tres pedales. Te cuesta prestar atención porque el humo te nubla la vista y su cara casi rozando la tuya te pone incómoda. Resalta que lo importante es ser suave. Que al embrague lo tenés soltar de a poco a medida que el auto arranca y recién ahí pisar el acelerador. Una vez que arrancás, el auto te va pidiendo. Cierra la puerta de tu lado y le da dos chirlos al techo en señal de aprobación. A vos te saco buena, dice y te apunta con el dedo con el que aprieta el cigarrillo. Lo mirás con rabia, como desde entonces vas a mirar a los que decidan por vos. 

Arrancás enseguida. Damián tiene las piernas abiertas de par en par y el brazo izquierdo en el respaldo de tu asiento. Te parece tan arrogante que le pedís que se corra porque te tapa el espejo retrovisor. Decís retrovisor y te sentís conductora. Sacás la música de un manotazo torpe, te desconcentra. El velocímetro asusta así que lo evitás. De la nada, un auto gris te toca bocina y se acerca tanto que, por el espejo, podés ver al conductor insultándote. Tu tío, molesto, dice que no le des el gusto. Los apurados tienen que aprender a respetar, protesta mientras baja el vidrio para tirar la colilla. Espiás la velocidad, vas a noventa. Le decís que mejor te corrés y lo hacés poniendo el guiño correspondiente. Halaga tu determinación, como si a noventa por hora pudieras titubear. Después agrega que te estaba probando, no admite errores.

Por varios minutos, la autopista está vacía y eso te alivia. No tenés que poner cambios ni hacer maniobras difíciles. Sólo ir derecho pisando el acelerador. Cuando empezás a relajarte, Damián te cuenta cómo le enseñó a manejar su ex novia y lo que le costó poner primera a la muy bruta. Se ríe y choca las palmas para festejar sus ideas seguido de un dios mío. Es uno de sus gestos que odiás. Querés decírselo pero te mordés los labios. Apretás el volante y pensás que ahí y en ese momento, todo depende de vos. Querés transformar el vértigo en placer e invertir los roles: ser la arrogante que metemiedo. La velocidad te vuelve lanzada. Ya sos parte de las ráfagas de colores que antes te asustaron. 

Afuera, la vida es lenta. A la quietud del campo poco le importa tu hazaña. Las vacas siguen pastando y los cables dibujan guirnaldas eléctricas en el cielo. Damián continúa su monólogo pero no lo escuchás. Hasta que hace un sonido con la boca y es como si pronunciara un conjuro: los recuerdos vuelven a borbotones. Te acordás de la vez que quiso apurar a tus amigos. De la tarde que se encaró a la novia de uno de ellos y cómo la acusó de creída cuando ella lo mandó al frente. De lo cargoso que se ponía cuando estabas con tus amigas. Te preguntás si fue por eso que dejaron de hablarte. Recordás, también, la madrugada que tu mamá se pasó en la comisaría porque él había robado una remera de fútbol en el shopping. La impotencia de escucharla decir que era una boludez para que tu papá pagara la fianza. De las veces que se cagó a trompadas y tus viejos salieron a buscarlo. Pasás del miedo a la bronca en cuestión de kilómetros. Destrabaste el recuerdo. La velocidad es tu escuela. Damián festeja que le agarraste el gustito pero te pide que bajes la marcha. Llegaste a ciento diez. Te enfurece que no tenga miedo. Fantaseás con dar un volantazo. Te gustaría que el auto tuviese la función de expulsar al acompañante como en las películas. Lo imaginás ensangrentado en la banquina. Un perro callejero que se hace el malo pero lo matan por pelotudo, porque no sabe cruzar. Visualizás el velorio y a sus amigos llorando su muerte. ¿Cuántos sufrirían la pérdida de verdad? ¿Quiénes fingirían? Imaginás las dedicatorias en las redes. Tan joven. No encajaba porque era de otro mundo. Esas cosas que comentan cuando el muerto fue un hijo de puta pero nadie lo admite. Te irrita pensarlo inocente. Sabés que a tu papá lo aliviaría su muerte. ¿Me querés matar…? escuchás que dice y la fantasía frena bruscamente. Lo mirás de reojo. Te preguntás si puede leer tus pensamientos. Tenés miedo de que imaginar con tanta fuerza te haya vuelto transparente. Ya no está desparramado en el asiento. Se sienta recto y mira por los espejos. Hace una pausa, sonríe incómodo y completa la pregunta: ¿me querés matar del susto, Schumacher? Te reís, ahora sin miedo. Entonces sí, bajás la marcha y tomás el siguiente desvío para volver al centro.

 

conectada
Sobre el autor:

Acerca de Marianela (Moli) Luna

Nació en Rosario en 1988. Es tallerista, gestora cultural y performer. En el 2015 creó y editó la revista literaria Femme Fetal. Desde el 2016 es parte de la organización del Slam de poesía oral de Rosario. Conduce y anima eventos, fiestas y ciclos culturales. Trabajó como columnista y conductora en radio. Muchos de sus […]

Ver más