Es imposible abarcar todo en un relato sobre los días de un festival de cine. El recorte no solo lo da quien lo escribe sino los acontecimientos que suceden a su alrededor. Un festival es la suspensión de los días comunes. Una serie de eventos donde todo lo que sucede se vive con otra impronta.

La ropa que se elige para asistir a los encuentros no es la misma que la de todos los días. Las emociones y las conversaciones que transcurren no son las del cotidiano. No es lo mismo ver una película que no verla. El cuerpo y el alma se alteran. Los ojos se secan y los oídos retumban. Todo lo que pasa dentro de las salas transforma la percepción del afuera.

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Okupar la kultura

El espacio recreativo de la costa central fue hace muy poco un territorio de lucha y tensión entre la planificación oficial y otra que, sin éxito, intentó ocupar y darle otro sentido a ese terreno.

Entre el mar, el amor, las amistades, la marihuana, los libros, los sánguches de miga, las papas fritas y el protector solar, están las películas, esas que golpean, aburren, incomodan, conmueven, entristecen, divierten y hasta logran dormirnos pero jamás se les puede ser indiferente.

El festival

En el mundo hay más de dos mil quinientos festivales de cine. Entre ellos, solo cuarenta y tres son reconocidos por la Federación Internacional, y entre estos, solo trece son competitivos no especializados, distinguidos con la categoría de Clase A. 

Berlín, Cannes, Shanghai, Moscú, Karlovy Vary, Locarno, Montreal, Venecia, San Sebastián, Varsovia, Tokio, El Cairo y Mar del Plata. En estas ciudades una vez por año se congregan miles de personas para ver, evaluar y premiar cientos de producciones audiovisuales en distintas categorías.

Desde 1954, el Festival de Cine de Mar del Plata es el único Clase A en Latinoamérica. Tiene una duración de diez días por los que pasan una amplia selección de películas nacionales y extranjeras, abarcando competencias, homenajes, panoramas, pasarelas y funciones especiales.

Escribir sobre un Festival de cine es pensar en imágenes. Sus mejores y peores momentos. Sus momentos intrascendentes. Escribir sobre un Festival de Cine en el Sur de América Latina es imposible sin pensar en su historia, sus contextos y sus cambios.

Julio Neveleff, Miguel Monforte y Alejandra Ponce de León realizaron un trabajo de sistematización en dos volúmenes sobre la Historia del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. La división en dos tomos plantea dos épocas. El primero De la epopeya a la resignación compagina el recorrido desde 1954 a 1970 y el segundo, De los tacos altos a las zapatillas recopila el recorrido desde 1996 a 2010.

El primer tomo del libro cuenta con un nivel archivístico memorable. Fotografías que hablan por sí solas. Juan Domingo Perón en una función de cine 3D, Victoria Ocampo como jurado de una de las ediciones, Jean Paul Belmondo y Mirtha Legrand fumando en una sobremesa, Paul Newman jugando a las cartas en el Tren de las Estrellas, Stuart Withman de picnic en otra playa, Palito Ortega y Leonardo Favio bailando después de la proyección de Crónica de un niño solo, Beatriz Guido bajando las escaleras del Hotel Hermitage y Pier Paolo Pasolini y Maria Callas en una conferencia de prensa rodeados de banderas de distintos países del mundo.

Fotografía del primer Festival en Mar del Plata, en 1954.

El segundo tomo del libro también cuenta con un gran registro. Cientas de personas agolpadas en la puerta del Auditorium, Chiara Mastroianni sonriendo a cámara, Sophia Loren sentada en la recepción de un hotel a la espera de su chófer, Cipe Lincovsky besando a Lucrecia Martel en la mejilla, Tommy Lee Jones en la vereda de las estrellas, Natalia Oreiro y Ricardo Darín caminando por la rambla, Alex de la Iglesia y Albert Serra con lentes de sol rodeados de la comitiva española y Susana Giménez dando una entrevista a una decena de micrófonos de televisión.

Del primer festival oficial autorizado por la FIAPF hasta el año 2023 pasaron 69 años. Este año fue su edición número 38°. Hay una descompensación numérica entre la cantidad de años y la cantidad de ediciones, la pregunta que resuena: ¿Por qué, este año recién llega a su edición 38 y no la número 69 como el calendario estipula?

Tal vez la respuesta a esa pregunta la responda la temática del Festival de este año.

Érica Rivas y Mercedes Morán protagonistas de “Elena sabe”, presentada e el Festival.

La temática

Antes del comienzo de cada función, una proyección muestra en la pantalla una serie de consignas. Cultura, memoria, verdad y justicia. Aplausos, gritos y piel de gallina. Después de esa proyección, inyectada por el melodrama de una música melódica, sigue en la pantalla la misma tipografía narrando otra historia. Distintos recortes de la historia del cine son proyectados. Fragmentos que han quedado en el archivo histórico de la Argentina de películas que fueron censuradas durante la última dictadura cívico militar que transcurrió entre 1976 y 1983. Durante esos años y más no se realizó el festival, que pudo volver recién en el año 1996, en un país completamente distinto al anterior a 1976 y también muy diferente al que hoy vivimos.

El lema o los lemas que transcurrieron en la programación de este año fueron dos. Por un lado, la censura y por el otro, los cuarenta años de democracia. En un año electoral, la maquinaria del Estado, uno de los principales socios y financistas del festival, apostó a esa narrativa: por un lado, pintar un pequeño paisaje entre la censura y la producción cinematográfica y por el otro intentar preservar un pacto social que sigue vivo bajo una crisis profunda.

El público

Para el público el festival comienza el día en que se publica la programación y se abre la posibilidad de adquirir las entradas de forma virtual. Durante ese día las dos páginas que podían utilizarse para comprar tickets estuvieron colapsadas, al día siguiente, ya casi no había entradas.

Algunas personas tuvieron más suerte que otras. En fin, algunas compraron más entradas de las que necesitaban por si acaso. El festival es su público. Una sala de cine vacía y una película proyectándose es casi un oxímoron. El cine sin el ojo del espectador no existe. 

Fue por eso que un grupo de concurrentes crearon un grupo de whatsapp de venta de entradas. En ese grupo, día a día, las personas publicaban cuáles eran las entradas que les sobraban y las vendían. Entre desconocidos se pasaban un CBU y se enviaban códigos QR o números de acceso para las funciones. 

El grupo tuvo más de mil participantes y una actividad cotidiana de cientos de mensajes por día. Me sobra una entrada para tal película. Cambio una entrada para la función de hoy por la de mañana. Quiero una entrada para la película que pasan hoy a la noche. 

La juventud tecnologizada supo hacer de esa crisis una oportunidad. Algunos, los que coordinaban las entradas físicas, se hicieron amigos o conocidos, o tan solo compartieron la entrada y butacas yuxtapuestas para ver una película.

Aficionados del cine, nerds del séptimo arte, cinéfilas, productores, camarógrafos, continuistas, vestuaristas, técnicos, periodistas, lugareños curiosos y algún que otro jubilado o jubilada que subsiste son la mayor cantidad de concurrentes. Pero lo que más se ve son esos cientos de jóvenes de distintos puntos de Argentina, mayormente de Capital Federal, Córdoba y Rosario, sedientos por ver maratones de películas.

Se los ve caminar y deambular por ese cuadrado imaginario que se compone entre la sala del Auditorium, el shopping Paseo Aldrey, el Teatro Colón y el Centro Cultural Chauvin, los cuatro lugares donde este año se hicieron la mayor cantidad de proyecciones. 

Grupos de amigos y amigas lucen su ropa de feria vintage. Calcos de los 90, chicos con remeras de bandas de rock que ya no existen, pantalones anchos arremangados heredados de sus padres, lentes de sol envolventes que parecen robados a un guardavidas de playa y tote bags con frases de películas o marcas conocidas, chicas con camisas, pañuelos en la cabeza o gorras de colores, zapatillas deportivas, medias altas y lentes de sol de carey que cubren sus ojos rojos de tanto mar, sol, viento y pantallas.

En la puerta de un bar que queda en un subsuelo hay tres chicos bajo las luces de neón que arman un cartel rojo y verde al estilo de la fotografía de una película de Wong Kar-wai. Estos fuman mientras miran videos en su celular y charlan sobre la película que acaban de ver. Dicen que la película les gustó pero que la noche del festival ya no es lo que era. Uno le pregunta a otro por la mejor época. Ese otro responde que durante la época de oro del kirchnerismo se tiraba la casa por la ventana, había mucha plata, un exceso de fiestas, celebridades, helado gratis, tragos de degustación en bares, cierres musicales con bandas de renombre. En fin, más presupuesto. 

El tercero responde que le hubiese gustado vivir ese momento. El que preguntó sigue con el celular y comenta que prefiere disfrutar lo vivido que anhelar un tiempo en el que él no sabía de la existencia de este festival. El otro se queda pensando en esos años dorados de imprenta de billetes y juventud desbordada.

Así, el público se hizo presente, con una inflación angustiante y un panorama adverso, el proyector sigue expulsando luz sobre la pantalla, los parlantes llenan de sonido la sala y Mar del Plata, cuna de la belle epoque argentina, las cosas, mal que mal y para bien, siguen sucediendo.

La ciudad

Para describir a Mar del Plata uno puede pensar en los lobos marinos. Su figura icónica y sus distintas representaciones a lo largo y ancho de la ciudad. Esta forma de ver la ciudad la comentó un lugareño en un bar a la madrugada mientras otras personas lo escuchaban con gran atención, como si sus palabras desplegaran una verdad oculta en el entramado iconográfico.

Hacia el sur, están las terminales portuarias, las playas más extensas y los históricos bodegones populares de comida. Es una zona donde lo fabril moldea el atractivo. En esta periferia hay una reserva natural de estos animales, esos que tienen olor, duermen, comen, reproducen y se trasladan deformes por un medioambiente que parece expulsarlos. Sobreviven mezclados como atracción para quienes visitan la zona entre barcos para navegar y embarcaciones olvidadas llenas de óxido. Estos lobos de carne y hueso, reflejan el auge, el olvido y la resistencia del siglo veinte en una ciudad que parece desarrollarse sobre un sentido opuesto en el siglo veintiuno.

En el centro y punto neurálgico de la ciudad, entre hoteles, casinos y salas de teatro, se encuentran dos esculturas y monumentos históricos. Realizadas por José Fioravanti y esculpidas por Janez Anton Gruden en 1940. Estos dos lobos marinos también sobreviven mientras miles de familias pasan y posan sobre ellos para sacarse fotos y llevarse un recuerdo. A diferencia de los primeros, no emiten olores, ni duermen, ni molestan, menos que menos se reproducen. Estos marcan un punto de quiebre en la historia. El momento en el cual la ciudad se abrió a las masas y dejó de ser sólo parte de la élite argentina y comenzó un proceso de popularización que llega hasta hoy en día. 

Estas dos piedras de cuarzo arenita reflejan lo que perdura y se transforma, dos lobos instalados para abrir el paso a los trabajadores para clavar la sombrilla y la reposera como símbolo del descanso. Ahora se han transformado en un icono popular para unos y un ícono kitsch para otros. A metros de estos lobos se encuentra la sala principal del festival y en su entrada hay una pasarela roja por la cual pasan las celebridades que se acercan a las distintas proyecciones.

Mar del Plata es una ciudad donde las distintas clases sociales conviven sobre un collage de expresiones que significan cosas diametralmente opuestas para cada persona. El padre de familia sindicalista que lleva a sus hijos a conocer el mar por primera vez, se saca la foto con entusiasmo sobre los lobos, el grupo de amigas jubiladas de PAMI posan coquetas con el mar en el horizonte, por detrás un joven monotributista aficionado al cine y la fotografía captura esas escenas con un iPhone 14 como un momento estilístico e irónico, como lo hace desde hace años el fotógrafo británico Martin Parr para Magnum.

Hacia el norte de la ciudad, se encuentra el lobo marino de Marta Minujín, un lobo hecho con ochenta mil envoltorios de los alfajores de la marca Havanna. Emplazado en la puerta de ingreso del MAR, el museo de arte contemporáneo de la ciudad, una estructura arquitectónica hecha de hormigón armado, en la cual por dentro tiene tres salas donde se exponen anualmente distintas instalaciones conceptuales. Este lobo, a diferencia de los lobos marinos reales del Sur y los lobos marinos de piedra del Centro, es único y solitario, construido en este siglo, una especie de revisionismo histórico que habla de una trama urbana adicta al brillo y los carbohidratos.

El lobo marino hecho por Marta Minujín con envoltorios de alfajores marplatenses.

Entre toda esta combinación barroca, entre las calles y el aire que se respira, Mar del Plata también se cae. Una ciudad que se ha transformado a los ojos bajo la especulación inmobiliaria y los negocios edilicios en un lugar donde es más importante la vista al mar desde una torre de cemento que las historias de sus casas patricias, donde los herederos de antiguos palacios de familia buscan que el paso del tiempo las venza para poder sortear el código de preservación patrimonial y venderlas a una constructora para derribarlas.

También es la ciudad de un puerto petrificado, el que uno ve y sólo puede pensar en la segunda temporada de The Wire, donde los carteles de los sindicatos muestran el nivel de capacidad ociosa de una tierra incógnita que parece estar librada a la suerte de los gremios y el olvido. Un paseo comercial que dejó de ser, hace tiempo, el reflejo del boom económico de los 40, el reviente consumista y el paraíso de la clase trabajadora registrada para ser un gran mausoleo a cielo abierto de objetos del pasado que brillan en colores fríos bajo los carteles de locales cerrados o abiertos pero vacíos.

En esta ciudad complicada, como toda ciudad en el mundo, el Festival de Cine de Mar del Plata festejó su 38° año de vida. Un lugar que a pesar de todo no pierde su encanto y sigue fascinando a quien lo transita. Tal vez una ciudad donde hay más detalles de color que sustancia, más monumentos que movimientos, ¿Pero qué otra cosa es una ciudad salvo un constante tire y afloje entre la vida, la muerte, la luz y la oscuridad?

Las películas

Este año fueron quince películas. Después de cada film, un block de notas y un listado de impresiones. Acá el listado, un homenaje a cada uno de esos momentos sin ninguna pretensión más que el raconto de una forma de ver que también es una forma de aprender a hacerlo. En orden cronológico desde el sábado 4 al domingo 12 de noviembre.

Uno

Elena sabe es una película dirigida por Anahí Berneri. Mercedes Morán hace un personaje hecho para ella. Érica Rivas se esfuerza por interpretar a una mujer que no cuadra con su phisique du role. Una directora del under cinematográfico acepta realizar una película con Netflix. Locaciones gentrificadas sin huellas. Sólo se sabe que la película es Argentina porque es una película argentina. Lo que cuesta hacer un hit. La estética de las plataformas. Una relación entre una madre que quiere morir y una hija que se va a morir. Una novela de Claudia Piñeiro. Algunos destellos de lucidez entre el sonido y lo correcto. Una película que está bien porque no hay forma que se le permita que salga mal.

Dos

Un pájaro azul es una película dirigida por Ariel Rotter. Una historia sobre descuidos y una trama descuidada. Una pareja que construye mientras se destruye. Un varón que quiere seguir siendo hijo. Una mujer que pone su cuerpo al servicio de la medicina porque quiere ser madre. Un cuerpo que dice que no. Un tratamiento típicamente argentino sobre un drama argentino. Un hombre sensible que trabaja de corrector en una editorial. Una oficina impecable sostiene a un grupo de máquinas humanas. La creatividad como el signo común de la clase media ilustrada. Las viviendas precarias como único destino. El hijo que no llega. Una película que parece no decir nada pero que de algo habla.

Tres

Las Ausencias es una película dirigida por Juan José Gorasurreta. El relato de un hombre sobre su vida, las películas y los momentos que lo marcaron. En simultáneo este film habla sobre un concepto que atraviesa al festival: la memoria y el archivo. Un reflejo de la socialdemocracia cultural. Un parto en blanco y negro. Alfonsín hablando a cámara. Recortes. La visita a la casa de Juan L. Ortíz. Un hombre hablando de sí mismo. Tal vez otra película más sobre una temática que por visitada no deja de ser productiva pero que por reiterada comienza a perder cierto efecto de contagio.

Cuatro

Cuando acecha la maldad es una película dirigida por Demián Rugna. Terror argentino del interior donde lo morboso es sinónimo de arte. Un pueblo, un embichado y una serie de errores que lleva a construir una trama donde hay tanto asco como suspenso. Las actuaciones pecan de un exceso de ruralidad pero construyen una historia que cala hondo en la tierra de un poblado que no está preparado para tanto mal. Un experimento que tiene un valor intrínseco: el relato y el tratamiento del relato tienen un grado de profesionalismo muy complejo de digerir, una contraposición a la típica película de terror de sala de cine pochoclera donde abundan los sonidos estruendosos, los efectos especiales, las tomas milimétricas y los presupuestos exorbitantes.

Cinco

Las cosas indefinidas es una pequeña muestra del ADN del cine argentino del festival. Un duelo y una mujer profesional. Pero también un documental sobre la ceguera y los modos de mirar donde no se ve. El mundo del cine contado por gente que hace cine. Un relato dentro de un relato. Una editora que tiene miles de carpetas con archivos filmados de un amigo difunto. La muerte y lo que queda después: ¿qué queda después de la muerte? Un sin fin de momentos indefinibles, cosas por vender, tirar, reutilizar, modificar y reconstruir. María Aparicio tiene la sutileza de extender sobre un pequeño puñado de personajes una historia mínima que es tan triste como hermosa.

Seis

Return to reason son cuatro cortos dirigidos por Man Ray. Una película que tiene cien años. La música experimental de Jim Jarmusch y un mapa sonoro que se estira sobre imágenes surrealistas. Una experiencia audiovisual que va mucho más allá del contenido y la forma. El valor histórico del patrimonio. La posibilidad de construir un centenario con material de archivo y la revalorización del mismo. Una serie de efectos especiales alucinatorios. El surrealismo fue un arte que nació contra el establishment y que hoy parece algo anticuado. Pero, como los sueños, su materia prima, persiste.

Siete

Los tonos mayores es una película dirigida por Ingrid Pokropek. Un film fantástico. Más allá del adjetivo, es un relato sobre una joven adolescente que quiere y puede crecer. Una prótesis en su cuerpo y un llamado del más allá construye un relato que se une a la muestra del ADN del cine argentino actual. Mujeres, duelos e historias mínimas. Una chica que perdió a su mamá, un accidente que transcurre como un fantasma, un padre que quiere ser artista y volver a enamorarse. Una adolescente que interroga la vida y encuentra en un desconocido y una ciudad que empieza a descubrir un mundo que aparece como una incógnita. Una actriz joven que sostiene una actuación tan sobria como deslumbrante.

Ocho

Yannick es una película dirigida por Quentin Dupieux. Una comedia francesa que tiene todo lo que una comedia francesa necesita. Humor ácido y crítica social. Un espectador de una obra de teatro decadente que busca mediante un arma construir una nueva historia sobre el escenario. Un absurdo que conecta con un metarrelato. La piedra angular entre un trabajador que está cansado de su vida y un grupo de actores y actrices que están cansados de su arte. Una resolución que le da sentido a toda una película.

Nueve

Competencia de cortos latinoamericanos. Un punk ejemplar, dirigida por Diandra Arriaga es una oda estética a una tribu urbana, una carta de despedida de una amiga a un amigo, un retrato mal hecho a propósito, algo desenfocado adrede, errar porque eso es lo que no soporta el sistema, quince minutos de glitch. Nueva Esperanza, dirigida por Carlos Rentería es un retrato sobre la pandemia, un hombre solitario y un despliegue de clichés sobre cuan triste puede ser la vida en el Perú, un viaje y una historia que no llega a existir, un acordeón que suena, mucho silencio y planos abiertos que transmiten desolación. Sólo la luna comprenderá, dirigida por Kim Torres es una gran historia en tres recursos, una voz en off que cuenta una leyenda, un grupo de niños que interpretan y una comunidad en Costa Rica donde abunda el aburrimiento pero no la tristeza, un homenaje a un pueblo mientra la luna transforma su color en el cielo, una forma de contar lo bello como una necesidad existencial.

Diez

La bestia es una película dirigida por Bertrand Bonello. Una película francesa que se ve con el cuerpo. Una cámara de fotos no se dispara con el ojo, se dispara con el dedo. Una historia distópica de un romance en tres momentos de mundos distintos. Pasado, presente y futuro, en casi tres horas de película. Tres siglos distintos. Un hombre y una mujer que no pueden unirse. La traducción de un imposible. Un pasado lejano. Un presente espantoso muy cercano. Una mujer que no encuentra trabajo porque es sensible. Un futuro que pide aniquilar los recuerdos por un trabajo. El yoga como la masturbación solitaria de personas que están cada vez más solas. La fiesta implosiva como el único valor más allá del trabajo. 

Once

Clara se pierde en el bosque es una película dirigida por Camila Fabbri. Otra muestra del ADN del cine argentino actual: mujeres, duelos e historias mínimas. Una serie de novelas y un lanzamiento al cine. El día que apagaron la luz. Cromagnon y un bosque. Argentina y su paisaje sonoro. Del 2004 al presente. La generación que se perdió cuando todo ya estaba perdido. Los 00 como la historia urbana de los rollingas: ¿Dónde queda la verdad? ¿En una zapatilla blanca topper de lona? ¿En el deseo de una mujer que sobrevivió a la juventud pero que muchos amigos y amigas no? ¿Qué vale más, el deseo de ser madre o el deseo de volver y revisar un pasado que vuelve sin pedir permiso? Un híbrido hecho de ficción y no ficción, una serie de lenguajes que se infectan para contar algo. El material de archivo, lo real y lo ficticio, permiten armar el hilo de un país y un grupo de pertenencia, mientras, la voz de Cristian Álvarez, líder de dos bandas históricas del rock nacional, canta y cuenta la tragedia de una generación que no luchó contra nadie pero perdió contra todos, y ahora intenta vivir y sobrevivir. 

Doce

Picado fino es una película dirigida por Esteban Sapir. Una película necesaria para entender el cine argentino de los 90 en adelante. Un Wes Anderson criollo que construye la realidad de un país donde sobra cocaína y falta trabajo. Argentina es el peor y mejor país del mundo al mismo tiempo, siempre. La intensidad de la historia y la monstruosidad de los personajes son el carácter humano de esta pieza. La estética del nuevo cine argentino. Planos detalles, escenas cortas, montajes extraños, edición y traslación del sentido, el efecto está en el vacío que completa el espectador. El reflejo de todo el daño que le hizo el menemismo a un país y a su vez, la muestra de qué tan triste puede ser una historia triste. Si el argentino se reduce a su intensidad, lo tragicómico es su piedra nodal. Podemos ser lo mejor y también lo peor, con la misma intensidad.

Trece

Vera y el placer de los otros es una película co-dirigida por Federico Actis y Romina Tamburello. Un film sobre la sexualidad que peca de pecar demasiado. Una película donde las actuaciones son precisas. El sexo filmado tiene un inconveniente estructural, hay algo de la sexualidad que jamás se descubre. La película tiene una fotografía perfecta y una serie de planos que llevan al desarrollo de ciertas escenas un plus de placer. Lo erótico está velado por el descubrimiento. El goce está oculto sobre la miseria. Jóvenes bellos que aman su belleza desobedecen a adultos tristes que ocultan su tristeza. Entre medio, los fetiches, el mundo que se descubre y muchos personajes que ganan y pierden protagonismo mientras el relato se diluye hacia su fin.

Catorce

Fallen leaves es una película dirigida por Aki Kaurusmaki. La embajadora de Finlandia la presenta en la sala del teatro Auditorium. Ella dice que Finlandia es conocido por ser el país más feliz del mundo pero que ni el director, ni la película retratan esa característica. La película avanza y la sala comienza a reírse pero al mismo tiempo largos baches de silencio la contaminan. Sin su música esta película no tendría sentido alguno. Lo sonoro en este film es más de la mitad del valor de la película. Las melodías melancólicas, desde el tango argentino, pasando por baladas italianas y canciones de indie finlandés, son la estructura que sostiene un romance entre dos personas que viven en una realidad compleja. Una mujer que se queda sin trabajo y no tiene seguro de desempleo, un hombre adicto al alcohol que cambia de trabajo como si fuera de ropa. Entre medio, el rumor de la guerra entre Rusia y Ucrania. Las tropas invaden Mariupol. Los misiles caen sobre civiles. Y ellos dos, construyen una relación irónica y muy tierna. El sentido del humor es el que salva a los personajes de la vida que llevan. Es la ironía, ese ahorro de sentido, el que les permite enamorarse.

Quince

La chimera es una película dirigida por Alice Rohrwacher. Hay objetos que no están preparados para ser vistos por los ojos de los humanos. Esa es la premisa de una película que recobra valor a cada instante. La campiña italiana se tiñe con el hábitat de un extranjero que duela un amor mientras sigue un instinto. Su valor es un don y ese don lo lleva a encontrar piezas valiosas bajo el suelo. Arthur, un arqueólogo inglés que transita un duelo mientras profana el pasado de una civilización. Él, junto a una banda de ladrones, se dedican a encontrar y buscar rastros y restos de piezas de valor de civilizaciones etruscas, esa civilización anterior a Roma que sentó las bases del arte y la belleza de Occidente para desaparecer de la historia bajo la sombra de un Imperio. La chimera, título que hace alusión a una estatua pero también a una leyenda, cuenta una historia de cómo es amar sin poseer, y lee en sentido crítico los valores de una civilización dividida en una falsa dicotomía: unos roban para vender, otros compran para robar.

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Sobre el autor:

Acerca de Andrés Mainardi

Nací en Rosario en 1996. A veces estudio Comunicación Social. Escribo para cazar fantasmas. A la vida no se viene a ser feliz o infeliz: se viene a aprender lo que te enseñan los amigos.

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