Es el sexto día de manifestaciones y escucho unos disparos cerca de mi departamento. Un amigo que vive al frente y que alcanza a ver todo más de cerca, me envía un video. Son carabineros disparando hacia las ventanas de los edificios y a la altura de las personas que están en la calle. Todavía quedan dos horas para que comience el toque de queda.

Me alejo de las ventanas, me escondo y me siento cobarde. Pienso en mi mamá, papá y abuela y me vuelve la angustia que ha aparecido todos estos días. Las historias que me contaban y con las que crecí, de mi abuela colgando frazadas en las ventanas para poder tener la luz prendida después del toque de queda en plena dictadura militar de Pinochet, y cómo se asomaba entre estas, agachada y en silencio, cuando escuchaba ruidos de disparos.

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Sigo pensando en ella y en cómo vivió 17 años en dictadura, quedando sola con cuatro hijos luego de que su esposo se fuera con otra familia, trabajando como auxiliar de enfermería hasta los 68, haciendo turnos extra y trabajando en Navidad, para hoy recibir una pensión de 130 dólares que no alcanza a cuadriplicar el sueldo mínimo del país.

Siento que mi cabeza solo puede pensar en esto. Todos deberíamos pensar solo en esto, me corrijo. Los disparos de afuera se detienen, alcanzo a ver cómo el carro lanza-aguas se aleja entre una nube de gas tóxico, y los vecinos continúan con sus gritos y cacerolazos.

¡El pueblo unido jamás será vencido!

¡Renuncia Piñera!

Las calles de Santiago dejaron de estar en silencio y sus paredes se convirtieron en lienzos que demuestran nuestro descontento. Mientras los militares disparan a plena luz del día, un grupo de mujeres juega fútbol cerca de Plaza Italia y un poco más allá, un joven con el rostro cubierto con un pañuelo corre hacia dos abuelitas y les entrega mascarillas para aguantar las lacrimógenas que siguen lanzando carabineros.

“Cómo llegamos a esto”, dice un cartel en una esquina del frontis del Centro Cultural Gabriela Mistral, ubicado en la Alameda, arteria principal del centro de Santiago. Y la respuesta es clara. Las manifestaciones y evasiones que comenzaron el martes 15 en el Metro de Santiago, encabezadas por secundarios por el alza del pasaje, solo representan la punta del iceberg de un malestar y enojo colectivo por la desigualdad del país.

Lo que continuó fue una seguidilla de hechos que desataron la crisis. El jueves 17, el presidente Sebastián Piñera anunciaba en un programa de televisión que Chile era un “verdadero oasis con democracia estable”, a diferencia del resto de América Latina. Al día siguiente, mientras las protestas tomaban aún más fuerza, Metro anunciaba el cierre completo de las líneas y estudiantes resultaban heridos con balas de goma por parte de carabineros, el mandatario daba órdenes de represión comiendo pizza en un restaurante del barrio alto, para luego decretar Estado de Emergencia y entregarle la ciudad a los militares.

A eso se suma un sistema de salud público que obliga a esperar meses para recibir atención médica, provocando incluso que pacientes mueran en la espera. La precariedad de políticas públicas en salud mental nos tiene ubicados como el segundo país de la OCDE que más ha aumentado su tasa de suicidios en los últimos 15 años y como si eso ya no fuera alarmante: el suicidio de personas mayores de 80 años es la más alta del país. En la mayoría de los casos, la decisión surge por no tener una vida digna.

Avanzo por la Alameda hasta llegar a Plaza Italia y recuerdo las manifestaciones de 2011 cuando exigimos una educación pública, de calidad y gratuita, y cómo terminé de un día para otro con una deuda millonaria de más de 19 mil dólares, por estudiar periodismo.

Un reportero hace un despacho en vivo con las manifestaciones de fondo y habla de esperanza. Es difícil esa palabra por estos días, porque nos continúan asesinando, engañando y robando. Para mí la esperanza es el grupo de mujeres que conocí gracias al feminismo y con las que salimos por esas mismas calles, tantas veces, a gritar por las que ya no pueden hacerlo.

Mi esperanza estos días ha sido ver cómo se indignan y cómo, asumiendo nuestros privilegios, tratamos de acompañarnos, escucharnos y contenernos. No solo entre nosotras, sino también con las mujeres que no cuentan con una red de apoyo, que aún esperan justicia por los 49 femicidios que van hasta octubre de este año y que enfrentan todos los días las consecuencias de la precarización laboral.

El 2019 ha sido el año de no tener miedo, y así como el 8M las mujeres logramos la movilización más grande la historia post dictadura, esperamos que este viernes 25 de octubre rompamos otro récord, esta vez exigiendo que nos devuelvan la dignidad que nos arrebataron, que escuchen nuestra rabia y enojo por 30 años en los que seguimos esperando una democracia que nunca llegó.

Los medios de comunicación tradicionales, las autoridades políticas y los empleadores buscan nuestro silencio y el llamado durante los últimos días ha sido volver a la normalidad. Cómo volver a la “normalidad” cuando el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) informa en su último reporte que hay cinco muertos por agentes del Estado, doce querellas por violencia sexual, que incluye desnudamientos, tocaciones, solicitud de sentadillas y amenazas de violación, y 585 heridos, entre ellos 302 por armas de fuego.

Cómo volver a la normalidad cuando manipulan la información y cuando, incluso con manifestaciones que se han extendido durante ya una semana, continúan con estrategias cobardes y vergonzosas e intentan fallidamente ponernos unos contra otros. No es el pueblo contra el pueblo. Somos nosotros y nosotras versus la clase política, el empresariado y aquellos que aún no logran despertar y salir de sus burbujas impregnadas de comodidad.

Cómo volver a la normalidad cuando nos están disparando en las calles, cuando apuntan sus armas contra inocentes, cuando la represión desmedida se transforma en la norma y cuando la justificación es que estamos en guerra. Jamás volverán a tener nuestro silencio y no nos basta su perdón displicente. No bajaremos los brazos. No volveremos a la normalidad.

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Sobre el autor:

Acerca de Belén Peña

Reside en Santiago, Chile. Es periodista y feminista.  Instagram: belenpuntoycoma.

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