Atravesar la marea verde entre fotos traslúcidas que te hacen parte de la ola que es tsunami, y encontrarse con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, entrecruzar esos rumbos para saber que nadie empieza de cero, que siempre hay una senda que continuar.

Caminar al lado de un mural donde las noticias de la expoliación neoliberal se entrecruzan con las resistencias que siempre tuvieron a las mujeres y las identidades disidentes en la calle, en la primera línea.

Mirar un video y llorar con un grupo de ex detenidas que cuentan sus estrategias para conservar la vida -en su más amplio sentido, el de la dignidad- en las cárceles de la dictadura. No es estrictamente mirar un video, hay seis pantallas, y se puede elegir adónde ver, entre fotos de antiguas luchadoras y encontrar otras voces, que podrían ser olvidadas pero están presentes, las del grupo Unidas, que entre 1982 y 1988 activó en las calles un feminismo que entonces era todavía una rareza.

Pasar un rato largo en la sala de las intersecciones, reconociendo luchas anteriores, de movimientos populares y feministas, imbricadas en rostros que se repiten, en escenarios conquistados a fuerza de perseverancia.  Dejarse llevar desde el pañuelo blanco que perteneció a Norma de Vermeulén, Madre de la Plaza 25 de Mayo hasta el pañuelo verde que se usó por primera vez en Rosario, en el Encuentro Nacional de Mujeres de 2003.

En esa sala, se puede ver a las anarquistas de principio del siglo 20, y escuchar la canción que hizo una joven a su bisabuela, Manuela Bugallo, a partir de un texto encontrado de su ancestra libertaria.

En una mesa, sentarse a leer documentos históricos de la década del 80, fotos cuasi familiares de grupos feministas del principio de la recuperación democrática.

Más adelante, apreciar la obra de arte de Mónica Castagnotto que a fines del siglo 20 generó un escándalo digno del 19, con amenazas a la artista, por poner en diálogo imágenes de la virgen con vulvas.

Esas y otras son las experiencias que propone Revolucionistas, Rebeliones y feminismos. La enumeración parece un caos, pero el recorrido es amable, como un río de montaña que va llevando el agua de deshielo hasta los cauces donde puedan integrarse.

Es una forma de encontrar las huellas se escuchan en las calles donde estas pisadas multitudinarias fueron precedidas por otras, más acotadas, pero tan poderosas como persistentes. Es una forma de hacer memoria que recupera -y nos recupera- en una genealogía feminista, disidente e insurrecta que jamás escindió al patriarcado del capitalismo, y por eso supo poner el cuerpo contra toda forma de violencia.

Hasta el 31 de marzo se puede ver en el Centro Cultural Angélica Gorodischer (que es el Fontanarrosa, de San Martín 1080, pero durante este mes rinde homenaje a la gran escritora) se puede visitar –todos los días, de 10 a 20– la muestra Revolucionistas, Rebeliones y Feminismos. Curada de forma colectiva por Pamela Gerosa, Sonia Tessa, Lilian Alba, Joakina Parma y Romina Garrido, es organizada por el Centro de Estudios del Che (Celche), de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario.

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